Yo soy el diego



Descargar 0.88 Mb.
Página10/15
Fecha de conversión14.10.2018
Tamaño0.88 Mb.
1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   15

LA VENDETTA


Italia '90
Éramos carne de cañón, éramos carne de cañón

porque habíamos sacado a Italia.
Podía presentirlo, por todo lo que había sucedido en el '89, pero nunca imaginé que mi vida futbolística pasaría por todo lo que pasó en Italia durante 1990.

No había sido fácil mi regreso a Napóles, después de la Copa América de Brasil y de mis vacaciones, prolongadas por una rebeldía anunciada. No había sido fácil: yo les había pedido que me vendieran, para cambiar de vida, y no lo habían hecho. Cuando hablo de cambiar de vida, quiero decir que necesitaba un respiro: un fútbol que no me exigiera tanto, una ciudad que no me agobiara. Yo siempre hablaba de una villa, de una villa... No me refería a Fiorito, claro, sino a una casa de esas con parque, con pileta, que en Napóles no podía conseguir y en otros clubes de otros países, sí. No era tan difícil de entender, me parece, y los que no lo entendían, bueno, que le devuelvan la cara al perro.

No me quedaba otra que ponerme en marcha y, una vez más, sacaba fuerzas desde donde no tenía y también de la bronca —que sí tenía— para empezar de nuevo. A mi manera... Primero, tomándome mi tiempo, esos últimos meses del '89. Después, sí, lanzándome con todo, como si lo hiciera desde un tobogán, con esa fuerza, pero al revés, para arriba. Con Fernando Signorini al lado y un ritmo de entrenamiento que me permitió dos cosas: primero, conseguir el segundo scudetto con el Napoli; segundo, llegar a Italia '90 en unas condiciones físicas que no tenía ni siquiera en México '86, con cuatro años menos. Obvio, ahora tenía cuatro años más y eso no era nada malo, sobre todo si la suma daba 29, ni viejo ni joven: experto.

Quizás por eso, porque no era uno más, me animé a llamarles la atención a todos por algo que había pasado en el sorteo del Mundial. No era que quisiera buscar roña, pero yo quería que me explicaran y que también les explicaran a todos lo que había pasado. Resulta que antes del sorteo habían dicho que, para evitar que Colombia y Uruguay cayeran en las zonas de la Argentina y de Brasil, que eran cabezas de serie, el primer europeo le tocaba a la Argentina y el primer sudamericano a Italia, ¿está claro? Bueno, la cosa es que salió Checoslovaquia y, en vez de caer con nosotros, terminó con los tanos. Y a nosotros nos enchufaron a la Unión Soviética. Pedí que me explicaran, nada más, y se armó un quilombo gigantesco... Eso lo dije antes del último amistoso del '89, que jugamos el 21 de diciembre contra Italia, en Cagliari. Empatamos 0 a 0, pero no fue lo más importante del viaje. Ni siquiera lo fueron mis declaraciones explosivas... Lo que más me sacudió —a mí y a todos los que fuimos del grupo, que se volvía a reunir después de la Copa América de Brasil— fue una visita que organizó el tordo Madero a un hospital (el Regional Microsisténico), donde había internados cuarenta pibitos enfermos de cáncer y leucemia. "Dios mío, qué chiquitos que somos ante tanto dolor", fue lo único que se me ocurrió decir.

La cosa es que en el arranque de aquel '90 inolvidable por muchas cosas, me invitaron, como tantas otras veces, a un programa de televisión. Al conductor se le ocurrió decirme: "Diego, faltan 106 días para el Mundial". Y yo le contesté: "¿106 días? Cuando falten 90, empezamos...".

La verdad es que a tres meses y tres días de la inauguración de la Copa del Mundo yo me arrastraba por culpa de mi problema en la cintura, al punto de que llegué a decir, después de un entrenamiento en Soccavo, el sábado 3 de marzo: "Sí, puedo correr, las infiltraciones en la cadera me hicieron bien; pero puedo correr como lo haría mi papá y en esas condiciones perjudicaría al equipo".

Me refería al Napoli, por supuesto. No jugué durante dos fechas y después, sí, arranqué con todo. A partir del domingo 11, cuando estuve contra el Lecce, no paré más, no paré más... Por culpa de las lesiones que no me dejaban entrenar, tenía de seis a ocho kilos por encima de mi peso ideal. Entonces empecé una dieta que me envió el doctor Herni Chenot, desde Merano. En pocos días, bajé entre cuatro y cinco kilos. Viajé a Roma para ver al profesor Antonio Dal Monte, director del Instituto de Ciencia Deportiva del CONI, que ya me había atendido antes de México '86 y que también había trabajado con el ciclista italiano Francesco Moser, que batió el record de velocidad en México. Durante un día entero me hizo todos los tests imaginables, usé todas sus máquinas, que eran espectaculares, y recién a la noche me subí a mi Mercedes Benz plateado y me volví a Napóles, cansadísimo pero contento... A partir de ese momento, todos los lunes repetía el viaje.

En medio de esa preparación, jugué tres amistosos: contra Austria, contra Suiza y contra Israel, un clásico nuestro antes de cada Mundial: empatamos los dos primeros (1 a 1) y ganamos el segundo (2 a 1). El encuentro con los israelíes ya era nuestra cábala: había sido el último amistoso antes del Mundial que habíamos ganado y debía ser el último antes del que queríamos ganar.

De ese viaje tengo un recuerdo imborrable, más allá del fútbol y de las broncas: visité el Muro de los Lamentos, me arrodillé como uno más ante esa pared, pero terriblemente impresionado por los soldados armados que había alrededor... Terriblemente impresionado: no podía entender que en un lugar como ese se respirara tanto odio. Y, sí, también ahí me pidieron autógrafos: los firmé todos, con una kipá en la cabeza, que no me quedaba nada mal.

Si algo malo sentía, era una sensación interna: yo todavía no me sentía a punto, aunque seguía dándole duro al plan de Dal Monte y de Chenot. Pero lo peor era que no sentía bien al equipo, que nos faltaba algo... Para mí, nos faltaba un definidor y estaba convencido de que era Ramón Díaz. Pero no estaba en mis manos decidirlo. ¡Si Bilardo ni siquiera lo quería poner a Caniggia, que era mi pollo! Aunque en ese caso, sí, le di un ultimátum al Narigón: si lo sacaba a Caniggia, yo no jugaba en Italia '90.

Y otra cosa, todavía más grave, había pasado: Bilardo, al fin, lo había dejado afuera a Valdano. Entonces me descargué con todo: "Estoy triste porque lo de Jorge me llega en un momento muy especial, en el que estaba saliendo de un montón de cosas y procuraba alcanzar una serie de objetivos que me había propuesto y que solamente conocían Valdano, mi señora y muy poca gente más.

"Esto que hace Bilardo lo acepto, pero no lo comparto... Tuvo muchas oportunidades para decirle que se fuera de la Selección, pero de una mejor manera. Pudo hacerlo cuando se lesionó del tendón en Suiza, por ejemplo. Hasta le podía haber dicho que lo sacaba por viejo y que nosotros nos habíamos equivocado al pedirle que volviera al fútbol.

"No quiero contradecir a nadie, pero yo conocía a la perfección el estado físico de Jorge. Eso no lo pueden discutir ni Bilardo, ni Madero, ni el profesor Echevarría. Yo lo llevé a la clínica del doctor Dal Monte en Roma, donde pasó todos los controles del mundo ¿Que podía correr algún riesgo? ¿Y quién no? Nosotros arriesgamos siempre. Si me dicen que Valdano estaba un poco más predispuesto que otros por su larga inactividad, puede ser. Pero de haber estado mal no se hubiera recuperado desde Suiza hasta el día que lo dejaron afuera, en la forma que lo hizo. En la práctica del día anterior corrió más que todo el mundo; más que Sensini y Basualdo, lo que ya es mucho decir.

"Para mí no es un problema físico el motivo de la desafectación, sino que Carlos encontró otras variantes tácticas y eligió el peor momento para excluirlo. Con esta decisión no sólo mató a un jugador de fútbol, sino a una persona que le hacía muy bien al grupo. Y además, mató a otra persona que soy yo, por mi amistad con Valdano y porque junto con él, el Tata Brown y Giusti éramos los que manteníamos al grupo. Ahora, si me quedo solo, no sé qué podré hacer.

"Las pasé muy mal cuando me enteré de la decisión. Hasta estuve a punto de pedirle permiso para volverme a Napóles... Por eso decidí hacer venir a mi señora con las nenas y mi suegra, para que me acompañen.

"Esto sirve para que los argentinos que dicen que yo traigo a mis amigos a la Selección se den cuenta de que mienten. Valdano es mi amigo... Yo fui y le dije que volviera, Carlos fue y lo sacó de la casa y hoy lo excluye.

"No hablé con Carlos ¿Para qué? Hubiera sido discutir sin sentido ¿Qué podía pasar? Si lo hacía volver iban a decir que yo lo había impuesto y la verdad es que yo jamás impuse nada. Además hubiera significado minimizar el valor de Valdano. Y eso sería imperdonable... Esto me hizo tan mal que no sé si voy a volver a ser el de siempre".

Eso lo dije de un tirón cuando volvíamos desde Tel Aviv a Roma, a instalarnos de una vez por todas en el centro de entrenamiento de la Roma, en Trigoria. Esa sería nuestra casa en el mes siguiente y, como en México, yo pretendía que lo fuera hasta el final, hasta la final. En mi habitación, que tenía un balcón lleno de flores que daba a las canchas de entrenamiento, yo tenía música siempre al mango: eran tiempos de la lambada, y mi amigo Antonio Careca me había regalado un cassette espectacular.

Trigoria era un lugar hermoso, la verdad. Ubicado en las afueras de Roma, para llegar había que recorrer un camino muy lindo, con curvas y contracurvas, subidas y bajadas, rodeado de árboles... Ideal para usar mis dos Ferrari, por ejemplo. Yo las había llevado a la concentración por aquello de que me quería sentir como en mi casa. Las tenía en el estacionamiento y, cuando Bilardo me daba permiso, salía a dar una vueltas: iba hasta el Grande Raccordo Annullare, una especie de autopista que rodea toda la ciudad, como si fuera la General Paz de Buenos Aires, y volvía... Era un placer: el de la velocidad y también el de sentirme dueño de disfrutar de algo que me había ganado. Eso le molestaba a alguna gente, decían que tenía privilegios, que era un indisciplinado... ¿Y que? ¿El objetivo no era llegar bien? Bueno, eso, ese pequeño placer, a mí me ayudaba para llegar mejor: no jodia a nadie. Más importante que tener o no mis Ferrari en la concentración era que una gripe me había obligado a tomar antibióticos, y todo el trabajo de desintoxicación que había hecho, se pudrió un poco, pero de eso no hablaba nadie.

Además, todos decían: "La Selección depende de Maradona" o "La Argentina va a ganar sólo si Diego está bien"; bueno, yo sentía eso como una responsabilidad hermosa y también que no tenía alternativas; por eso quería estar bien, para ganar... Porque a los 15 años yo era el pibe que tenía que demostrar si valía; a los 20, si era cierto; a los 25, si me podía mantener como el mejor del mundo; a los 29 —ahí, en Italia '90— a ver si fracaso o no... Para todo el mundo, para los demás, para muchos periodistas, para varios caretas, para otros que lo único que deberían hacer es devolverle la cara al perro, yo vivía rindiendo examen; para mí y para los míos, no... Así de sencillo: yo sabía muy bien lo que valía y por aquellos días decía, como si fuera el slogan de una propaganda para la tele: "La Copa del Mundo me la van a tener que arrancar de las manos".

Para que así fuera, me había comprado una máquina impresionante de entrenamiento en 60.000 dólares. Con Fernando instalamos el "ergómetro isocinético" en el fondo de uno de los gimnasios de Trigoria. Servía para evaluar mis condiciones físicas, en detalle, y controlarlas. A esa altura, ya concentrados, en los primeros días de junio, la usábamos para trabajos de elasticidad, estiramiento. Y la cinta, que desde aquella época me volvía loco, me encantaba. Además, el doctor Dal Monte me había mandado especialmente a una masajista, Mónica, que todos los días me dejaba como nuevo. Para el primer partido tenía previsto llegar en mi peso ideal: 75 kilos y medio. Eso sí: dentro de la dieta sí incluí un asado organizado por mi viejo, ahí en Trigoria. Una carne asada por don Diego no podía hacer mal, todo lo contrario. ¡Qué grande, el viejo! Ese día del asado le hicieron una nota, creo que para la Cadena Caracol, de Colombia. Y cuando le preguntaron por mí, contestó: Yo le deseo que siga siendo como es. Y que sea feliz... ¡Qué grande, don Diego!

Lo único que no me dejaba ser feliz del todo, en realidad, era un tontería: mi dedo gordo del pie derecho... Me han pasado cosas en el fútbol, pero ¡estar mal por un dedo gordo! ¡La única vez! Pasó que en los partidos previos contra Israel y contra Valencia, sobre todo me habían dado, casualmente, varios pisotones ahí, justo ahí... Y la uña me había quedado a la miseria. En los entrenamientos sufría como un condenado: probé con infiltraciones, probé con algodones, probé con botines más grandes, pero no había forma.

En la práctica del jueves, cuando ya era 31 de mayo, no aguantaba más el dolor: era insoportable y tuve que salir. No podía entrenarme como yo quería. Al día siguiente volví a practicar y después de hacer un par de jugadas con Burru y meterle un gol a Goyco, me saqué los botines porque no aguantaba más del dolor. Enseguida se me vinieron los periodistas encima, un montón, y los paré en seco: "¡Por favor, ni se arrimen, no me toquen! Si alguno me roza el pie, ¡hago un desastre!". Tenía una calentura que volaba, tenía.... tenía miedo de perderme el Mundial, ésa era la verdad. El Loco Bilardo no dormía a la noche pensando en mi uña.

El domingo 3 de junio a la mañana me fui con el tordo Raúl Madero hasta Roma, al Instituto de Dal Monte. Ahí me pusieron la famosa férula para cuidarme la uña. Era como un caparazón. Estaba hecha de fibra de carbono, con un material duro y liviano, que se usaba en aeronáutica; por eso yo decía que estaba hecho un avión, je, je... A la tarde volví a practicar media hora. El invento funcionó bastante bien, el problema era que se me salía del lugar. Faltaba hacerle unos retoquecitos.

El lunes 4 volví a viajar a Roma con Signorini para poner a punto la uña. Me volvieron a colocar la férula que tenía como seis centímetros y me la sellaron con un plástico que después de un rato de fricción se adhería a la piel. A la tarde jugué sin problemas. Valdano, que tenía que estar jugando y no trabajando como periodista en ese Mundial, escribió en el diario El País, de España: "No hay que preocuparse, el talento futbolístico más grande del mundo está guardado en un sitio perfecto: el cuerpo de Diego Armando Maradona. El depositario del tesoro —ese cofre de huesos, músculos y tendones que encierra incontables malicias futbolísticas— es en sí mismo una maravilla".

El martes 5 volví a correr en la cinta para unos estudios que me hacía Signorini. El miércoles 6 a la tarde jugamos un picado a muerte, como me gusta a mí. Después, Bilardo nos llevó para el medio de la cancha y ahí dio la formación: Cani iba de suplente... Todos lo sabían, yo quería que él jugara de entrada, pero no dije una palabra ni tampoco me molestó; sabía que si entraba en el segundo tiempo, podía hacer un desastre. Le tenía una fe bárbara.

Igual, jugar con Balbo me daba placer: para mí, cualquiera que se pusiera la camiseta argentina tenía que responder con todo.

Yo sabía que iba a recibir muchos silbidos en Milán, eran mis archienemigos. Pero también había recibido una llamada desde Napóles y ellos me pedían que no me preocupara, que los aplausos que iba a recibir en San Paolo, cuando nos tocara jugar allá, iban a tapar todo... Eso me emocionó mucho, porque yo sabía algo, mirando el cuadro de competencia: para una Italia ganadora, no había nada mejor que una Argentina eliminada.

El único problema nuestro es que, más que una concentración de un plantel, Trigoria parecía un hospital... Estábamos todos a la miseria: ya había quedado afuera Valdano, a último momento lo perdimos al Tata Brown, Giusti apenas si se podía mantener en pie, Ruggeri no podía más con una pubialgia, Burruchaga estaba entre algodones, el Vasco Olarticoechea lo mismo... Basta repasar los nombres para darse cuenta de que la columna vertebral estaba rota. No sé por qué, entonces, yo me tenía fe igual: tal vez porque creía que éramos un equipo y un grupo más potente que el del último Mundial. Otra vez, nadie confiaba en nosotros: los holandeses y los italianos hablaban demasiado, estaban convencidos de que ganaban ellos... Hasta los camerunenses decían que no les preocupaba Argentina.

El jueves 7, por fin, viajamos hasta Milán, para hacer el reconocimiento del campo en el Giuseppe Meazza. Entré, caminé hasta el centro de la cancha y me persigné. Después, fui hasta uno de los arcos y otro de los napolitanos de mi equipo, Tommasso Starace, me dio los botines que iba a estrenar al día siguiente... Yo ya tenía puesta la camiseta argentina, y no me la sacaría más. La combinaba con un jogging celeste, arremangado casi hasta las rodillas, como si fuera un pescador. Sabía que ahí la cosa no iba a pasar de putearme, aunque más que de hinchas, el lugar estaba lleno de una minas infernales: eran todas las modelos que al día siguiente iban a participar de la fiesta inaugural... ¡Parecía un desfile! Ahí, en la cancha, me encontré con Gianna Nannini, que era la hermana del piloto de Fórmula Uno, amigo mío. Ella también iba a participar de la fiesta, tenía que cantar el himno del Mundial, "Un estáte italiana". Pero lo que a mí me llamó más la atención, en serio, era lo blando que estaba el piso. Enseguida me vino a la cabeza el recuerdo de Mar del Plata, en el Mundial 78, cuando los jugadores pateaban y junto con la pelota volaban los panes de césped.

A la nochecita bajé a la sala de conferencias. Ahí me esperaban todos los periodistas y Carlos Menem, que era el presidente argentino. El estaba de corbata y yo seguía con la camiseta argentina; a mí me parecía fenómeno, eso... Dejaba más claro todavía de qué se trataba eso de que el gobierno me nombrara "embajador deportivo itinerante": yo seguía siendo un jugador de fútbol y si mi país se hacía conocido era por la forma en que yo jugaba, nada más, nada de poder. Por eso dije, con el pasaporte diplomático y el diploma en la mano: "Quiero decirle gracias al señor presidente por este pasaporte. No tanto por mí, sino por mi mamá y mi papá, que deben estar muy orgullosos por esto. Gracias. Voy a representar y a defender a la Argentina... en la cancha". A algún periodista amigo se le ocurrió preguntarme, medio en joda...

Diego, ¿ahora habrá que decirte Su Excelencia?

—¡No!, si yo soy siempre el mismo.

Llegaba la hora de la verdad, la hora de salir a la cancha. Al día siguiente, viernes 8 de junio, en el vestuario, en las entrañas del Meazza, mientras afuera todos vivían la fiesta y se volvían locos con las mujeres que desfilaban, yo sentí un ambiente raro. En la piel, en el alma. No sé, un silencio demasiado grande, demasiado frío... Miré algunas caras y las vi pálidas, como si estuvieran cansados antes de salir a jugar. Me planté en el centro del vestuario, tomé aire y pegué el grito, bien fuerte, desde las visceras: "¡Vamos, arriba! ¡Vamos, carajo! Que esto es un Mundial y nosotros somos los campeones del mundo...". Tuve la sensación de que no había conmovido a todos y, como capitán, me sentí frustrado. Yo mismo, yo mismo les había dicho a todos que quien quisiera la Copa iba a tener que arrancarla de nuestras manos... Pero ahora sentía que no la teníamos tan agarrada.

Cuando salimos para la cancha, conmigo al frente, sentí una silbatina como pocas veces en mi carrera. Nos reventaban los oídos, pero a mí no me movía un pelo, al contrario: me daba más fuerza... Se sabe, jugar contra todo y contra todos era mi especialidad. Caminé unos pasos y busqué con la mirada el sector de la platea donde estaba mi familia y les tiré un beso.

Durante el himno, que casi no se escuchó por el abucheo de los italianos, traté de mantener la frente bien arriba y recorría la gente con la mirada. Después, cuando terminó, me volví a parar delante de la fila, delante de todos los jugadores, y volví a gritarles: "¡Vaaamos, carajo, vaaamos, ¿en?". Pero más de uno clavó la mirada en el piso.

Desde que arrancó el partido se me plantó al lado un negro grandote, el número cuatro, Massing. Primero me saludó, me palmeó y después... ¡me cagó a patadas! A los dos minutos, le metí un pase a Balbo, pero Abel no pudo definir; después tuvimos una llegada de Ruggeri, otra de Burruchaga, una más de Balbo... pero no vacunábamos, no vacunábamos, teníamos menos definición que los televisores de Villa Fiorito. Mientras tanto, a mí, Massing me había saludado de una manera muy particular: ¡con una patada en el hombro!

Pero faltando poco menos de media hora, el partido se acabó para mí: cuando vi que Camerún nos hacía el gol, me fui de la cancha, estaba pero no estaba... No podía creer que se diera una derrota tan tonta, tan injusta, esa derrota por culpa nuestra. Y no lo decía por Pumpido, ¿eh?, que no había podido parar el cabezazo de Omán Biyik. Lo decía por todos los que habíamos jugado: Camerún no nos había ganado, habíamos perdido nosotros.

Estaba acostumbrado a que pasaran muchas cosas en el fútbol, pero aquella derrota me sorprendió y me dolió, de verdad. Camerún nos había pegado mucho, pero hablar de eso era poner excusas: en todo caso, era un problema de los arbitros, que seguían sin defender a los habilidosos. En el Mundial del Fair Play, empezaban cagándonos a patadas... Sigo pensando, hoy, que si hubiéramos acertado en la definición, ese partido terminaba en goleada para nosotros. Y también que si Caniggia hubiera estado desde el principio, la historia era otra, muy diferente.

Me tocó el control antidoping, por supuesto, ¿¡cómo no me iba a tocar el control antidoping a mí!? Después marché a la conferencia de prensa, a poner la caripela. Fui irónico, es cierto, pero creo que dije una gran verdad: "El único placer de esta tarde fue descubrir que, gracias a mí, los italianos de Milán dejaron de ser racistas: hoy, por primera vez, apoyaron a los africanos...". Fui el último en subirme al micro, media hora más tarde que los demás, y marchamos hacia el aeropuerto, para volar hasta Roma. En aquel pequeño trayecto no escuché nada, una sola voz, no volaba una mosca... Creo que estábamos todos muertos, muertos de vergüenza.

Nada nos salía bien, porque en el aeropuerto nos avisaron que teníamos que esperar: había tantos aviones privados en la pista, con presidentes, dirigentes y capos que habían presenciado el partido inaugural, que nuestro vuelo se retrasaba más de dos horas. Las aproveché para charlar con Claudia y, también, para recargar las pilas. En esas dos horas me cambió el ánimo, recuperé la motivación. Y cuando subí al avión, ya era otro.

Tan cambiado estaba, que lo paré en seco a Bilardo cuando vino con una historia increíble: Muchachos, acá hay dos soluciones, después de esto... O llegamos a la final, o que se caiga el avión cuando volvemos para la Argentina. ¡Bilardo y la concha de tu madre! ¡Que no se caiga el avión un carajo! Mejor... lleguemos hasta la final.

Todos nos veían afuera del Mundial, pero yo no. Se venía Unión Soviética, nuestro primer partido en Napóles, donde íbamos a ser locales, ahí sí. Ahí no nos silbaron el himno, nos aplaudieron todos... Me acuerdo que viajamos desde Trigoria, el día anterior al partido, el miércoles 13, en nuestro bus oficial. Conocía muy bien ese trayecto, lo había hecho mil veces, para viajar hasta Fiumicino, o hasta la clínica de Dal Monte, o a tantas otras cosas. En el San Paolo, hasta un cartel de bienvenida había: "Bueno, llegamos a casa", les dije a los muchachos. Me sentí local, local, local... Escuchaba el ¡Die-có, Die-có! de siempre, pero también, enseguida, el ¡Ar-yen-tina, Ar-yen-ti-na! que me hacía sentir orgulloso, orgulloso de verdad. Igual, les mandé un mensaje: "Si mañana vienen todos los napolitanos a alentarme, a gritar por Argentina, me verán realmente feliz... Pero quiero decirles que ya me han dado todo, no tengo derecho a exigirles nada".

La exigencia, en todo caso, era para nosotros mismos. Sin excusas, teníamos que levantar la puntería. No podíamos perder, con dos derrotas sí que nos quedábamos afuera, no teníamos salvación. El de ese jueves 14 era un partido de vida o muerte. Pero parece que en ese Mundial, el destino nos mataba de contraataque: a los 12 minutos, nada, cuando parecía que estábamos mejor plantados en la cancha, más tranquilos, la tragedia: chocaron el Vasco Olarticoechea y Pumpido y la pierna de Nery se quebró como si fuera de madera. ¡Que ruido, que dolor! Yo no lo podía creer: primero, mi dedo —que al lado de lo de Nery era una boludez—, después lo de Camerún, ahora esa desgracia. Entró el Vasco Goycochea y tratamos de seguir, shockeados como estábamos. Por suerte, Pedrito Troglio metió un cabezazo espectacular y pasamos a ganar.

Fue después de eso que tuve que jugar de arquero... No, en serio, quiero decir que ahí pegué otro manotazo histórico. Los rusos nos estaban apretando, nosotros estábamos todos metidos en el área nuestra, como le gustaba al Narigón cuando los otros tenían la pelota... Yo vi un ruso grandote que esperaba el centro y pegué el grito: "¡Agarren al seis, agarren al seis!". ¡Bum!, el tipo metió un cabezazo impresionante. "¡No llego, es gol!", pensé yo, y el palo me quedaba ahí nomás, y el referí me miraba, y... ¡tac! le metí el manotazo. Enseguida salí a apretar a buscar el rebote, y la revolié afuera.

Los rusos se le fueron encima al arbitro, pero yo lo había hipnotizado, ¡lo había hipnotizado! "¡Siga, siga!", dijo el tipo. Había sido todo un gran quilombo, porque yo no tenía que estar en ese palo... Después, Burruchaga aseguró el triunfo, con otro gol, y terminamos como pudimos, todos con la imagen de Pumpido llorando. El Tata Brown, que se había quedado con el equipo, lo acompañó hasta el hospital y después nos llamó para tranquilizarnos y nos hacía chistes, el pelotudo... Está bien, él nos quería aflojar, si ya no podíamos hacer nada por Nery, pobre; por eso el Tata nos decía: Lo logré, muchachos. Me costó, pero lo logré. Al final no lo sacrifican... Los tanos ya tenían el bufoso en la mano para matarlo, pero lo discutí a muerte y gané. Y claro, cuando los tipos se enteraron de que había un camello (ése era el apodo de Pumpido) con la pata quebrada, lo querían pasar a mejor vida, como a un caballo. De algún lado teníamos que sacar una sonrisa, porque las desgracias no paraban.

En el último entrenamiento antes del partido contra Rumania, me golpié feo la rodilla izquierda. Cuando aparecí otra vez por Napóles para ese partido, era otro tipo... Tengo una imagen grabada: sentado en un sillón del hotel Paradiso, que era nuestro lugar de concentración cuando viajábamos a Napóles, abrazando a Claudia con una mano y a mi rodilla con la otra, apretando una bolsa de hielo... Me reía, sí, pero por no llorar: más que un Mundial, aquello parecía una carrera de obstáculos. Que jugáramos bien, con ese panorama, era pedirnos demasiado; la cuestión era ganar, como fuera. Mucho no pudimos hacer durante los primeros cuarenta y cinco minutos de aquel partido, que se jugó el lunes 18 de junio. Caminamos al vestuario como derrotados, no podíamos romper la defensa de Rumania. Ahí, en ese lugar que tanto conocía, en las entrañas del San Paolo, escuché de rebote que el tordo Madero le decía a Bilardo que sería mejor sacarme: además de lo de la rodilla, me habían pegado un patadón tremendo en el tobillo izquierdo, que se me empezaba a hinchar. Salté como si no me doliera nada, absolutamente nada: "¿¡Qué!? ¿¡Me quieren sacar!? Ni muerto, ni muerto salgo de la cancha... Yo sigo, ¡yo-si-go!". Menos mal, en el segundo tiempo metí un centro, por lo menos eso, y el Negro Monzón, Pedro Damián Monzón, lindo pibe, la mandó adentro... 1 a 0 y a aguantar, a aguantar, hasta que no aguantamos más: nos cabecearon dos veces en el área, cosa que no puede pasar nunca, y Balint nos empató. Estábamos clasificados, sí, pero entrábamos en los octavos de final por la ventana. Como mejores terceros, apenas.

Me duché a los pedos y salí del vestuario con la camiseta de siempre. No tenía ganas de hablar con nadie... Afuera nos esperaban siempre, era un rito, nuestros familiares, junto con algunos periodistas. Yo caminé por el playón de salida del San Paolo, por el mismo por donde tenía que salir el micro, y me senté en el cordón. No quería hablar con nadie, ni con Claudia. Estaba recaliente. El Profe Echevarría me vio, se acercó y me tocó la cabeza, cariñoso como era. Yo le dije: "Tengo una bronca bárbara. Mejor no hablo, porque va a ser peor". Y él entendió todo. El entendió, como los demás debían entender, que no podíamos ser tan pichis, que no podíamos regalar el prestigio como si nada... Si hablaba en ese momento, tenía que hacer mierda a medio equipo. Y no era mi estilo. Como tampoco lo era decir: "Estoy conforme", porque era una hipocresía. ¡No estaba conforme un carajo! Mejor era que mi bronca fuera por dentro y que empezara a pensar, después, cuando ya hubiera digerido toda la amargura, en Brasil. Sí, en Brasil... Por salir terceros nos tocaba Brasil en los octavos de final. Además, empezábamos un baile de vuelos que yo conocía muy bien, porque si algo he hecho por la Selección en mi historia, eso es volar: ya teníamos que dejar Napóles, nuestra casa, mi casa... Ahora empezábamos un recorrido por Italia que de turístico no tenía nada: para jugar contra Brasil, teníamos que viajar a Turín.

Al día siguiente, martes 19, lo llamé por teléfono a Guillermo Cóppola, que por cábala se había quedado en Buenos Aires. Lo llamé y le dije: "¡Que cábala ni cábala! Venite que no doy más". No daba más realmente y el clima en Trigoria se cortaba con una tijera... Yo me encerré en mi habitación, me acosté en la cama y, mirando el techo, me puse a repasar todo los que nos había sucedido. La gripe, primero, que volvió a intoxicar mi cuerpo con antibióticos. La salida de Valdano, que era el único hombre capaz de levantarme el ánimo con una sola palabra. La maldita uña de mi dedo gordo, insólita lesión que me quitó horas de entrenamiento. La derrota contra Camerún, increíble. Los golpes de los contrarios, que dejaban al descubierto la mentira del Fair Play. El capricho de Bilardo de no ponerlo a Caniggia de entrada. Y, al final, lo peor de todo: no podía creer ni quería aceptar que hubiera gente que se alegraba con mis derrotas, que las gozaba, que las... deseaba.

Entonces no aguanté más y me fui de la concentración. Agarré la Ferrari y desaparecí por unas horas, me fui al centro de Roma, salí a comer, salí... Necesitaba aire. Necesitaba vivir a mi manera: si había hecho todo como me habían indicado y había perdido, ¿por qué no jugarme por la mía, por qué no? Ganar o perder, pero con mi estilo, sin traicionarme.

Por eso salí: me mandé a un restaurante del centro, acompañado por Guillermo, y me saqué el gusto de comerme tres bruschettas como entrada y un plato de spaghetti. Apenas me vio entrar, el dueño del restaurante mandó a cerrar la puerta, para que no pasara nadie más. Al ratito, empecé a ver un pibito, rubio, de ojos celestes, que se asomaba al vidrio. El guardia lo sacaba, y él volvía... Entonces lo mandé a Guillermo para preguntarle qué quería, porque me daba pena, aunque ya me lo imaginaba. Volvió Guillermo con un billete en la mano y el pedido: Quiere que le firmes un autógrafo acá... Y que, como el domingo que viene es su cumpleaños, le regales un gol... Se llama Ariel, como el detergente, dijo, para que no te equivoques. Le firmé el autógrafo, saqué un billete de 100.000 liras y se lo mandé, con un mensaje: "Además del gol, te voy a regalar el partido...". Un rato después, cuando terminamos de cenar, me despedí del dueño —Sos un grande, pero lo serías más si jugaras en la Roma, me dijo— y al salir me encontré con Ariel: "Auguri per il tuo compleanno y buena suerte", le dije.

El jueves 21 regresé a Trigoria unas horas antes de que se abrieran las puertas a la prensa. Ya no estaba el Tata Brown con el grupo, porque había regresado a Buenos Aires para acompañar a Pumpido y entonces el Profe Echevarría y Ruggeri trataban de hacer chistes, para levantar el ánimo... Ahora creo que hasta el más boludo se daba cuenta de que la cosa era forzada: estábamos golpeados, ¡estaba golpeado! Mi tobillo izquierdo era una pelota, eso era, una pelota de fútbol.

Signorini se acercó y me dijo: Salí descalzo, así ven todos que no mentís. Salí así, vestido con un buzo Adidas azul, un pantalón corto blanco y chancletas Puma. Me paré en un costado de la cancha a ver la práctica del resto y sentía los ojos de todos clavados en mi tobillo como puñales: todos parecían examinármelo. Cuando terminó el entrenamiento eran casi las ocho de la noche y me fui, rengueando, hasta la mitad de la cancha. Me tiré en el piso y empecé a hacer jueguito con la pelota sin usar la zurda para nada. AI ratito, estaba rodeado de periodistas. Yo sabía que iban a venir, los esperaba, en realidad: quería mandar un par de mensajes. Lo primero que me preguntaron fue si así iba a jugar contra Brasil y yo les contesté: "Así o enyesado, pero juego". Y después largué el discurso...

"Yo creo en los milagros, y nuestra victoria sería exactamente eso. Esto no debe sorprender a nadie. Pero ojo: muchos favoritos están muriendo en la cancha. Los soviéticos deberían estar en la segunda ronda, Brasil debió haberle hecho diez goles a Costa Rica. Italia veinte a Estados Unidos. Nada de eso pasó.

"Los que más me gustaron hasta ahora fueron Italia, Alemania y Brasil en ese orden...

"Los brasileños están mucho mejor que nosotros, eso lo saben también, pero si piensan que les regalaremos el partido, están muy equivocados. Y no es cierto que hayan dejado de jugar como saben, sólo se cubren un poco más.

"Será una sensación extraña, distinta, tener enfrente de mí a Careca y Alemáo. Siempre estuvieron de mi lado. Voy a entrar a la cancha y le voy a dar un gran abrazo a Antonio, pero apenas suene el silbato trataré de ganarle con todo... No, no creo que el estilo de Lazzaroni lo perjudique algo; Careca es demasiado grande como para ser disminuido por un técnico.

"No encuentro respuesta a lo que nos pasa, aunque hace tiempo que me lo pregunto. Mi experiencia me dice que no podemos ser éstos, que nos tenemos que despertar de una vez por todas de este sueño profundo, de esta pesadilla en la que estamos todos. Todos, ¿eh?, no me excluyo ni quiero que me excluyan. Todavía no justificamos por qué estamos en Italia. Sí, sé que es fácil decirlo, pero hace falta cumplirlo. Ahora, lo único que veo como solución es correr, correr y correr. Y no olvidarse de jugar. Porque ahora, con esta moda del fútbol físico parece que nos olvidamos de que lo principal es la pelota. Si tengo que decir la verdad, Argentina no me ha gustado. Pero en ningún momento del Mundial, nunca. Si un partido con Brasil, que siempre debe ser una final, llega ya en octavos de final, es exclusivamente por culpa nuestra. Porque cometimos errores terribles contra Camerún, porque no fuimos capaces de presionar para ganarles a Rumania, porque no supimos mantener la ventaja que teníamos.

"Estoy preparado para los silbidos de Turín y para cualquier cosa. Ya hemos llegado al límite de la mala educación, se puso en duda mi lesión. Acá está, la pueden ver todos. Pero claro, prefieren hablar de que saqué una pelota con la mano contra la Unión Soviética y no del codazo de Murray, y de que mi lesión es inventada y no de que en el Mundial del Fair Play los camerunenses nos mataron a patadas todo el tiempo... A veces pienso que me buscan como culpable a toda costa".

El ambiente estaba denso. Troglio, en una actitud que todavía hoy admiro, porque habla de su personalidad, salió a defender a los pibes: Basta de decir que Maradona está solo, que es un náufrago, que está abandonado en medio del desierto. Acá hay más jugadores, algo hemos hecho. Vamos a demostrar contra Brasil que nosotros existimos. Me pareció bárbaro, en serio. Todos teníamos que poner algo, porque si no nos hundíamos. Yo, por ejemplo, me puse a practicar con la derecha: le daba y le daba a la pelota contra la pared, como cuando era pibe.

El sábado volamos a Torino. Nos instalamos en el hotel Jet, que estaba muy cerca del aeropuerto, y de allí mismo partimos hacia el estadio Delle Alpi. Yo, firme con mi camiseta argentina y mi vincha rosa y negra. La verdad, tan mal no me trataron. Aproveché, hice jueguito, y le empecé a pegar a la pelota: con derecha, con derecha, con derecha... hasta que le pegué con zurda y me dolió el alma.

Me quedé sentado en el área, charlando con Signorini: estaba preocupado, muy dolorido, pero igual iba a jugar; infiltrado hasta los huesos, pero iba a jugar. El diagnóstico médico me dolía también, sobre todo porque no lo entendía del todo: "Traumatismo directo muy fuerte que interesó el hueso peroné y afectó un tendón". Qué sé yo, para mí era un patadón con el que intentaron dejarme afuera: no pudieron, no podrían.

Esa misma noche lo llamé por teléfono a Careca; él era mi amigo, no tenía nada que ocultarle: le conté que mi tobillo era un desastre y que iba a jugar gracias a las inyecciones. ¡El era un cagón para eso! Y después le anuncié: "Antonio, mañana te saludo a la entrada, pero después... a muerte, ¿eh?". Y él, un fenómeno, me contestó: Tudo bem, Diego. Ahora descansa, descansa... Tenía razón el brasileño: el tobillo me dolía hasta para caminar desde la cama hasta el baño. El Negro Galíndez intentó hacerme un masaje y apenas me tocó, pegué semejante grito que casi volteo las paredes. Lo único que se me escuchaba decir era: "Me duele, me duele". Por suerte, había llegado Cóppola: aquello de la cábala estaba roto ya, me importaba más tenerlo a él bien cerca. El ambiente se había distendido un poco, no sé si porque la mayoría estaba resignada o por qué. En la noche previa al partido, hubo un casamiento en el hotel y la novia me regaló el ramo... No sé por qué, insisto, pero las risas habían reaparecido. Ni siquiera fueron borradas por una noticia: yo me enteré de que había 26 pasajes reservados para el día siguiente al partido, pero me juraron que eso no era una cuestión de falta de confianza, me dijeron que eso era un trámite de rutina en esta etapa del campeonato, donde el que perdía quedaba eliminado. Les creí, pero no era una sensación agradable: parecía que estábamos condenados de antemano.

En realidad, más de la mitad de aquel partido que se jugó el sábado 23 de junio... no fue un partido. Durante terribles 55 minutos nos cagaron a pelotazos: tiros en los palos, goles increíbles que se perdió Muller, atajadas de Goyco... Todo ese tiempo nos llevó hacernos fuertes atrás: eso lo había aprendido de los italianos, aguantar, aguantar y no perdonar apenas uno tiene la posibilidad del contraataque. Y aquella jugada fue un modelito de contraataque. Arrastré las marcas de Ricardo Rocha y Alemáo, corriendo en diagonal hacia la derecha, mientras Caniggia se me mostraba por la izquierda. Le metí el pase con un derechazo, con Rocha colgado del cuello y antes de que me cerraran Mauro Galváo y Branco. Cani encaró a Taffarel y dio una lección de cómo se debe definir: lo gambeteó por afuera y tocó de zurda... ¡Un golazo! ¡Una alegría enorme! Y una sola tristeza: que los periodistas brasileños acusaran a Alemáo por no haberme bajado, porque era compañero mío en el Napoli... ¡Un disparate! Yo lo sorprendí con el pique corto a Alemáo, por eso no me agarró; si no, me hubiera bajado, sólo eso, bajado, sin tirarme a matar, porque es un buen tipo como para intentar algo así. Ese gol maravilloso destruyó anímicamente a Brasil, era imposible que nos dieran vuelta el partido.

En el vestuario fue tanta la alegría que hasta me olvidé del dolor en el tobillo. Me olvidé de todos los dolores. Y se demostró, también, que el equipo argentino no era yo solo: habíamos tenido una gran defensa, un medio campo que metió con todo y un Caniggia extraordinario para definir en el gol... Conmigo solo no le podíamos ganar a un equipazo como Brasil.

Después de eso, lo único que le pedía a Dios era que recuperara a todos los lesionados. Y ya queríamos todo: nos quedábamos conformes únicamente si ganábamos el título. Y tampoco queríamos ser favoritos, de golpe: ¿para qué, si siempre habíamos ganado peleando desde abajo? Le dedicamos el triunfo a Nery Pumpido y disfrutamos, después de mucho tiempo, disfrutamos.

Yo gocé, yo gocé muchísimo la eliminación de Brasil en el '90. Por Brasil, no por Careca y por Alemáo, que eran dos tipos que convivían conmigo en el Napoli, que yo quería mucho y sabía que iban a sufrir... ¡No, por Brasil! Prefería que sufrieran ellos, mis amigos, y no mi país... Mi país, que goza ganarle a Brasil como no goza ningún otro triunfo futbolístico. ¡Y ojo que a ellos les pasa lo mismo, ¿eh?! Ellos disfrutan por ganarnos a nosotros más que a Holanda, a Alemania, a Italia, a cualquiera. Igual, igual que nosotros. Igual que yo. ¡Qué lindo es ganarle a Brasil!

No sé, ellos le vendieron al mundo que sólo Brasil puede hacer el jogo bonito, el juego bonito... ¡Las pelotas! El jogo bonito también lo podemos hacer nosotros, nada más que no lo sabemos vender. Para los brasileños todo está siempre tudo bem, rudo legal, y para nosotros cuando no es tudo bem, no es todo bien, y a la mierda. Frenamos a la gente y los vamos descartando, así somos, y no me parece mal. ¡Ojo! A mí me gusta la forma de ser del brasileño, me gusta... Pero al fútbol, ¡le quiero ganar, le quiero ganar a morir! Es Mi Rival, así, con mayúsculas.

En la cancha son jodidos, son jodidos, porque ellos no se traicionaron nunca. A pesar de que estuvieron veinte años sin ganar nada, no se traicionaron, nunca. Jamás. Eso sí: Brasil vuelve a salir campeón, en el '94, con el equipo más feo, ¡más feo!, ¡más feo para ver!, de toda su historia. El del '82, a ése, le hacía cinco goles, por lo menos... Pero el del '82 pecó de soberbio contra Italia, mientras Italia fue a los papeles, como siempre. Los tanos eran los maestros del contragolpe, gracias a ellos yo aprendí cuando jugué allá: dejarlos venir, dejarlos venir, dejarlos venir, hasta que la defensa se pusiera firme. Y ya sabíamos que cuando la defensa del Napoli se ponía firme, era la hora del contragolpe, estuviéramos en Alemania, en Holanda, en Rusia, donde carajo fuera: cuando salíamos, ¡era gol! Salíamos, dos toques, Careca, yo, ¡pum!, a cobrar... Y Brasil no se dio cuenta de eso en el '90, no se dio cuenta como no se había dado cuenta en el '82. En España lo cagó Italia, en Italia los cagamos nosotros, con esa jugada que armamos Caniggia y yo, que hoy está entre mis mejores recuerdos.

Nuestro viaje por Italia seguía, pero ahora con otro ánimo. De Turín fuimos a Roma y de Roma volamos a Florencia. El otro escalón era Yugoslavia, que jugaba bien: tenían a Prosinecki, a Stojkovic. La verdad, fue uno de nuestros mejores partidos en toda la copa del mundo, pero no la pudimos meter. Por suerte, ellos tampoco. Y fuimos a los penales, y empezó la historia de Goyco, de Sergio Goycochea. Arrancamos arriba nosotros, porque justamente Stojkovic erró su penal. Cuando me tocó a mí, teníamos la posibilidad de ponernos 3 a 1 en la serie; es decir, casi definirla, si lo metía, ya estábamos...

El arquero de ellos era Ivkovic y yo lo conocía muy bien: jugando con el Napoli, contra el Sporting de Lisboa, por la Copa UEFA, él me había jugado 100 dólares a que me atajaba el penal en la definición. "Trato hecho", le había contestado yo como un pelotudo, ¡y me lo atajó! Pero la serie siguió y al fin ganamos nosotros. Ahora lo tenía otra vez ahí, frente a mí. Le pegué, me salió una masita, ¡y me lo atajó! Alguna vez dije que lo había errado a propósito, por cábala, para que la historia terminara como aquella noche con el Napoli, pero... ¡las pelotas! Cuando me di vuelta, para volver hasta la mitad de la cancha y juntarme con el resto de los muchachos, muerto, ya venía caminando hacia el arco Goyco; chocamos las palmas arriba y él me dijo: Quédate tranquilo, Diego, que yo voy a atajar dos. Me lo dijo en serio, el Vasco, pero Savicevic se lo metió y, enseguida, para colmo, Troglio lo erró... Estábamos iguales cuando Goyco le atajó el primero a Brnovic y el segundo a Hadzibegic, tal como me lo había prometido. ¡Me le colgué del cuello, corrimos hasta el costado de la cancha, donde estaban nuestras mujeres, no lo podíamos creer! ¡Estábamos en las semifinales!

Y no era una semifinal más; nos tocaba Italia, ¡y en Napóles! Cuando llegué a la conferencia de prensa, feliz, dije aquello que nunca me perdonarían, pero que era verdad: "Me disgusta que ahora todos les pidan a los napolitanos que sean italianos y que alienten a la Selección... Napóles fue marginada por el resto de Italia. La han condenado al racismo más injusto". Yo no quería sublevar a los napolitanos contra Italia, para nada, pero estaba diciendo una verdad. Me acuerdo que Palumbella, Gennaro Montuori, el capo de la Curva B, salió públicamente a definir la posición de los hinchas y dijo: Haremos fuerza para que gane Italia, pero respetando y aplaudiendo a los argentinos. Para mí estaba todo bien, ¡si yo no pedía nada! Después de todo lo que habíamos vivido, que no nos silbaran ya era sentirnos locales.

Los que aprovecharon bien la historia fueron los diarios italianos: "Ahora, Italia contra Maradona", decían. O: "Querido Diego, nos vemos en tu casa". Querido, las pelotas, y lo de mi casa, en parte, era muy cierto...

De hecho, cuando salí a la cancha, el día del partido, el 3 de julio, lo primero que recibí fue un aplauso y pude leer todas las banderas: diego en los corazones, italia en los cantos o maradona, napoles te ama pero italia es nuestra patria. El Himno Nacional Argentino, por primera vez en toda la Copa del Mundo, fue aplaudido desde el principio hasta el fin; para mí, eso ya era una victoria... Sonreí, me emocioné, los saludé: era mi gente, los que me decían Diecó, los que me decían El Diego. Mi gente.

La verdad, pocas veces habíamos salido tan tranquilos a jugar un partido en todo el torneo. Tal vez porque acá sí que nadie nos daba como candidatos o quizás porque Italia era muy clarita tácticamente: sabíamos por dónde entrarle. Por eso no me preocupé cuando Toto Schillaci nos metió el primer gol. No me preocupé nada, en serio. Me acerqué a Caniggia y le dije: "Tranquilo, Cani, seguimos igual".

Seguimos igual, pero empatamos cuando ellos mejor estaban jugando. Qué se le va a hacer, así éramos nosotros... Centro de Olarticoechea, peinada espectacular de Caniggia y a cobrar, a cobrar, viejo. Yo creo que, a esa altura, nada le daba más terror a un rival nuestro que llegar a los penales. Y como a nosotros no nos sobraba nada para seguir apretando —encima, lo habían rajado al Gringo Giusti—, trabajamos el resto del partido y el alargue para llegar a la definición, a esa definición en la que nosotros contábamos con el as de espadas, con el Vasco Goycochea.

Esta vez, yo no erré mi penal. Lo patié suave, como siempre, y fue gol. Gritos, ¿eh?, y no eran sólo de mi viejo, o de Claudia. Escuché gritos con cierto acento... napolitano, pero mejor dejarlo ahí. Mejor dejarlo todo en las manos del Vasco, que le sacó el primero a Donadoni, el segundo a Serena, y el... el milagro era una realidad. Corríamos como locos, nos abrazábamos. Camino al vestuario, metiéndome en el túnel que tanto conocía, levanté el brazo y saludé a la tribuna: me despidieron con un aplauso. Ya en la escalera, me apoyé en la pared y en el Profe Echevarría y me besé la camiseta: "¡Te quiero! ¡Te quiero!", le grité a mi camiseta, estrujándola con el puño.

Era tanta la felicidad en el vestuario, que no nos dábamos cuenta de nada. Ni siquiera de que por suspensiones nos quedábamos sin Olarticoechea, sin Batista, sin Giusti, ¡y sin Caniggia!, para la final. A Cani lo habían amonestado por una pelotudez, por una mano en la mitad de la cancha; es el día de hoy que pienso que no teníamos rival con él entre los once. El Gringo Giusti también estaba destrozado: sabía que nunca más se pondría la camiseta del Seleccionado.

Pero allí estábamos, felices como nadie, pese a todo. Nosotros, los zaparrastrosos, la banda, los lesionados, los perseguidos, habíamos llegado a la final, estábamos en el partido decisivo de un Mundial por segunda vez consecutiva... El equipo desastroso había conseguido lo que pocos, peleando desde abajo, como siempre. Como éramos nosotros. Y afuera quedaba, nada menos, Italia.

A partir de ese momento, Trigoria dejó de ser el paraíso y se convirtió en un infierno. El primer síntoma de que estábamos en guerra se dio el jueves 5, apenas dos días después del partido contra Italia: mi hermano Lalo salió a dar una vuelta con una de mis Ferrari por los alrededores de Trigoria, con Dalma y con Gianinna... Mi hermano tarado no es y no era capaz de andar a mil por hora con sus dos sobrinas en el auto, pero la policía los paró. Yo lo conozco a Lalo y puedo imaginarme en qué tono les dijo a los policías que no tenía los documentos encima, que el auto era mío, y que si volvían hasta la concentración, todo se aclararía. Volvieron a la concentración, sí, pero de mala manera... Y se armó el quilombo: Mario, el jefe de vigilancia, ya nos tenía ganas de hacía rato y se sumaron los custodios. Se les escapó la tortuga, la verdad, porque no imaginaron que iba a aparecer mi cuñado Gabriel, el Morsa Espósito: revolió un par de trompadas y desparramó a unos cuantos, pero sólo lo pudieron contener entre cuatro. Claro, ninguno de los tanos estaba al tanto de lo que yo decía siempre: "Por mí, el Morsa es capaz de matar o de... morir".

Al día siguiente de eso, viernes 6, me levanté de la cama, me asomé al balcón y... ¡me quería matar! ¡Lo que vi me puso loco, me sacó de las casillas! Bajé corriendo, fui hasta la puerta y les pedí a los custodios que abrieran el portón, que dejaran pasar a todos los periodistas que hacían guardia ahí: "Vengan, vengan a ver", les dije, y los tipos me seguían sin entender nada. Dimos la vuelta por detrás del edificio y entonces les señalé los tres mástiles... Todos levantaron la vista y pudieron observar lo que yo había descubierto cuando me asomé al balcón: en uno, flameaba la bandera de la Roma; en otro, la de Italia; y en el tercero... un retazo de la bandera argentina, todo deshilacliado. Entonces, la conferencia de prensa la armé yo, a mi manera:

—¿¡Dónde está!? ¡Y después dicen que acá nos tratan bien! Desde el primer día que estamos luchando contra esta campaña absurda. Ayer a la tarde, la historia de mi hermano, hoy la bandera arrancada. Esto es algo que va más allá del fútbol, creo que tienen que intervenir las embajadas...

Los periodistas italianos me preguntaron enseguida:

—¿Y vos quién crees que la arrancó?

Me la dejaron picando:

—Aquí hay un montón de policías, es imposible que haya venido alguien de afuera. No, no... Tiene que haber sido alguno de acá adentro, de la Roma. Desde que llegamos que hay un clima hostil, en contra nuestra. Y yo se lo dije a Bilardo: "Nos equivocamos al elegir Trigoria como lugar de concentración". El presidente del club, Dino Viola nos tenía entre ceja y ceja; nos había prometido hacernos la vida imposible... y lo hizo: él había dado signos precisos de esa campaña contra nosotros, contra mí, con sus controles periódicos. Venía siempre a ver si estaban las sillas, si no habíamos roto los vasos, si el pasto estaba pisoteado o no. Nos ha tratado como a gitanos... Nosotros somos como todos los demás. Tenemos una casa y en nuestra casa hay platos y vasos. Si creen que somos indios, están equivocados... Están equivocados.

Lo peor es que todo aquello y lo que aún faltaba, nunca me lo perdonaron, nunca.

Eramos carne de cañón, éramos carne de cañón porque habíamos sacado a Italia. No nos iban a perdonar eso, les habíamos arruinado el negocio de la final contra Alemania. ¡Y para colmo antes habíamos volteado a Brasil! Sí, éramos carne de cañón...

Por el otro lado llegaba Alemania, que había hecho una campaña parejita, bien en su estilo. En la semifinal, ellos habían eliminado a Inglaterra, en Napóles. Me acuerdo que el día que fuimos a reconocer el estadio, el Olímpico de Roma, el sábado 7 de julio, apareció Grondona y me comentó que tenía un mal presentimiento, que ya estábamos afuera. Yo me recalenté con Julio, no podía creer que me estuviera diciendo eso. Y después del partido la hizo peor, porque vino y me dijo: Bueno, está bien, hicimos lo que pudimos.

Nos habían robado el partido, el partido estaba digitado, ya. Y no era sólo eso: yo también había hablado de mis sospechas por el sorteo, me había peleado con Havelange, había reclamado que repartieran el dinero de los premios para las federaciones entre los jugadores. Demasiadas, demasiadas cosas para los poderosos.

Aquel partido contra Alemania fue una farsa. Desde el principio, ya. Desde el insulto irrespetuoso al Himno y más fuerte todavía cuando apareció mi imagen en la pantalla gigante. Yo sabía que todos me estaban viendo, sabía... Por eso les dije, bien clarito, para que me entendieran en cualquier idioma: "Hijos de puta, hijos de puta". Pero no lo grité, lo dije así, despacito, como si se lo estuviera diciendo a cada uno en el oído, dispuesto a pelearme a trompadas con todos, con el que viniera... Hijos de puta... Eso eran.

Allí estábamos plantados contra Alemania, otra vez, como cuatro años antes. De los campeones del mundo, en la cancha estábamos sólo Burruchaga, con el poco resto que le quedaba, Ruggeri arrastrándose y yo, igual. Habíamos perdido un montón de soldados en la guerra.

Ellos fueron superiores, sí, pero lo nuestro fue muy digno. Muy digno. De arranque nomás, Buchwald me pegó un patadón, como para hacerme sentir lo que iba a ser el partido. Y el arbitro no lo cobró, como no cobró ningún foul a nuestro favor durante veinticinco minutos. Cuando terminó el primer tiempo, me acerqué al mexicano y le rogué: "Cobre algo, por favor". Sí, cobró, lo echó al Negro Monzón después de un foul contra Jürgen Klinsmann. Y así se nos fue el partido, se nos fue: de los campeones del mundo, en la cancha quedé sólo yo. Ya éramos retazos de lo que había sido un equipo.

Le había prometido a mi hija Dalma que volvería con la Copa del Mundo, pero ahora tenía que explicarle algo mucho más difícil, feo y doloroso; que en el fútbol, en nuestro fútbol, había mafia... Pero no una mafia que mata, sino una mafia que es capaz de cobrar un penal que no existe y no dar uno que sí fue. Eso pasó con Alemania y con la Argentina, para que quede claro: ese señor Edgardo Codesal, arbitro mexicano, mandado vaya uno a saber por quién, creyó ver cómo Sensini volteaba a Vóller pero jamás vio cómo Matthaus lo bajaba a Calderón, justo en la jugada anterior... Eso le tuve que explicar a mi hija, aunque era imposible que lo entendiera.

Y al final del partido lloré, sí, sin vergüenza. ¿Por qué tenía que ocultar mis lágrimas si era lo que sentía? Bilardo lo mandó a Goycochea para que me cubriera, para que no me vieran llorar, ¡¿por qué?! Me dio mucha tristeza que la gente no las entendiera, que las siguiera silbando cuando mi imagen aparecía en la pantalla gigante. ¿Qué pretendían? ¿Pisarme en el suelo, patearme? Ya me habían ganado, ya estaba. Pero no me sorprendió tampoco: así me trataron siempre en Roma y en Milán. Después, no lo quise saludar a Havelange porque me sentía robado y sentía que él tenía algo que ver con eso. Y no quise festejar tampoco el segundo puesto porque, para mí, no servía para nada.

Sabía, estaba convencido, que mi vida cambiaría después de todo aquello. Debía volver a Italia, necesitaba hacerlo para buscar una revancha y para demostrar quién era, pero nunca imaginé que iba a vivir todo lo que viví a partir del Mundial '90.

Fueron meses terribles, que incluyeron mi separación de Guillermo Cóppola, encima. Volví a Buenos Aires en octubre y firmé todos los papeles. Mi nuevo representante pasaba a ser otro hombre del grupo, Juan Marcos Franchi. Entonces, además de esa noticia, di otra: "Sí, no voy a jugar más en la Selección, es una decisión tomada y pensada. Me duele en el alma, dejo la capitanía de un equipo que amo, pero me obligaron a esto. Me mintieron, me dejaron mal parado. Resulta que vino Joáo Havelange a la Argentina y lo recibieron como al mejor, como si no hubiera pasado nada. Pero, ¿se olvidaron todos ya del Mundial? ¿Se olvidaron de la gente que nos recibió en la Argentina gritándonos 'Héroes' y que habíamos sido robados? ¡Por favor! Me parece que se les escapó la tortuga... Encima, Julio Grondona le mandó una carta al presidente de la Roma, Viola, agradeciéndole el trato recibido y qué sé yo. O sea que yo, Ruggeri, Giusti, Brown, somos boludos, idiotas, ni registraron lo mal que nos trataron allá. Aparte, Grondona es vicepresidente de la FIFA, nos robaron la final y no fue capaz de mover un dedo... No, con todo el dolor del alma, porque amo ser capitán de la Selección Argentina, la dejo". Eso lo dije el jueves 11 de octubre de 1990 y me salió del corazón.

Pero, la verdad, con un dolor tremendo. Por eso empezaron unas idas y vueltas terribles para mí y, creo, para la gente. Pero peor para mí. Porque muchos decían —y dicen, todavía—: Uy, mirá a este incoherente de mierda. Y yo puedo ser incoherente, sí, pero pasa que digo lo que siento... Y en cuestiones como éstas, con el Seleccionado de por medio, había mucho sentimiento en juego. Por eso en aquella Navidad declaré que yo no quería perder la capitanía del Seleccionado por nada del mundo, y menos de quince días después repetí que, para mí, la Selección era sólo un recuerdo hermoso. Así estaba, iba y venía, hasta que llegó una semana decisiva, terrible para mi carrera y para mi vida.

Todo empezó el martes 12 de marzo de 1991. El Coco Basile, nuevo entrenador del Seleccionado en el lugar de Bilardo, se había portado como un señor en toda esta historia. Siempre decía, públicamente: "La camiseta número diez es de él, lo está esperando, pero yo quiero darle tiempo, es un hombre con muchas presiones". Lo llamó a mi representante, a Marcos, para tener una reunión en Ezeiza y allí, en el nuevo centro de concentración que se había armado para los Seleccionados nacionales —algo por lo que habíamos peleado durante tantos años—, se dio el encuentro. Marcos me contó lo que le dijo Basile y para mí fueron palabras mágicas, las que yo quería escuchar: Me gustaría encontrarme con Diego, charlar con él... Pero antes que nada y sobre todas las cosas, estar junto con él como ser humano, ayudarlo en este momento que está viviendo. Para mí, que por aquellos tiempos estaba agobiado por juicios varios, por agravios permanentes de los italianos, aquello fue como una mano en la espalda, como un abrazo. Y le prometió una respuesta a la altura de él; si es que podía, porque el Coco mide como dos metros...

El domingo 17, con el Napoli, recibimos al Barí en el San Paolo: un partido más en un campeonato en el que veníamos peleando desde más abajo. Ganamos 1 a 0, con gol de Zolita, Gianfranco Zola. El era mi reemplazante, habitualmente, y aquel domingo jugamos juntos... Ni nos imaginábamos, ni nosotros dos ni nadie, que sería una de las últimas oportunidades. Me tocó el control antidoping y... la vendetta se cumplió. La venganza estaba escrita y al fin llegó. Yo le llamo el doping de Antonio Matarrese.

Gracias a Dios, hoy estamos al borde de descubrir a los farsantes, a los que nunca patearon una pelota y siempre engañaron a la gente. Porque el laboratorio donde se hicieron los análisis está bajo sospecha, y no precisamente por mi caso. Por mi caso, los italianos no lo hubieran investigado jamás... Ese doping era la venganza, la vendetta contra mí, porque la Argentina había eliminado a Italia y ellos habían perdido muchos millones.

Después de aquel partido en Napóles, Matarrese, que era presidente de la Federcalcio y es un dirigente nacido en Barí, no me miró con bronca, ni con amargura; me miró como miran los mafiosos... Y yo pensé, en ese mismo momento: "Qué difícil va a ser seguir viviendo acá".

Solamente los ignorantes eran capaces de denunciar que yo sacaba ventajas con lo que tomaba. Si yo me dañaba, era a nivel personal, y eso no me servía para hacer goles o tirar caños. Pero por suerte, el Barba (Dios) está ahí arriba, mirando todo, y empujó a alguien a decir la verdad, a alguien que trabajaba en aquel laboratorio, para que se sepa que detrás de todo esto hay una mano negra... Mi abogado en Italia está llevando adelante una causa y ya se sabrá la verdad.

Mientras tanto, aquel domingo 24 de marzo de 1991, sin saberlo todavía que lo era, jugué mi último partido en el Napoli: en Genova, perdimos 4 a 1 con la Sampdoria, que sería el campeón... Yo hice el único gol, de penal. El gol más triste de mi vida.

Mi regreso, al Seleccionado se postergaba, entonces. Me perdía regresar contra Brasil, pero el destino también me tendría preparada una sorpresa en cuanto a eso. El reencuentro sería de la mano del Coco Basile, una vez más, pero sólo ¡dos años y medio después! La Federcalcio me había tirado por la cabeza con quince meses de suspensión, quince meses duros e inolvidables, en los que pensé de todo. De todo, menos que volvería como volví.

1   ...   7   8   9   10   11   12   13   14   15


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal