Yo soy el diego



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LOS REGRESOS


Sevilla, Newell's Old Boys
Por favor, ¿qué número uno?
"Por favor, ¿qué número uno? Hoy por hoy, soy el futbolista número diez mil, considérenme así." Le dije eso a los periodistas, cuando más de uno se entusiasmó de más con mi nuevo regreso, esta vez al Sevilla, después de negociaciones que, más que eso, parecieron una telenovela. Un culebrón, como dicen en España.

Es que me sentía el número diez mil, en serio, fiera, ¿cómo no me iba a sentir así? Recién el ls de julio de 1992 había cumplido con la injusta sanción de los italianos; habían pasado, por fin, aquellos quince meses terribles, de los más terribles de toda mi vida.

Yo me volví de Italia el 1 de abril de 1991. No me escapé: me volví porque quise, porque ya no podía más. La tengo grabada esa fecha. Porque no me merecía irme así, como un delincuente, y porque marcó un antes y un después en mi carrera, muy muy clarito. A la semana, nomás, los italianos comunicaron desde allá que me colgaban por quince meses, ¡por quince meses no me dejaban hacer lo que sé hacer, jugar a la pelota! Fue una condena terrible, injusta, que hoy, por suerte, está en duda.

Volvía a Buenos Aires, donde pensé que encontraría, al fin, la paz, y encontré la guerra.

Demasiadas cosas pasaban en el país, demasiado graves... Yo estaba fuera de la escena, no era noticia. Me necesitaban, parece. El 26 de abril armaron la farsa más gigantesca que yo recuerde alrededor mío. Me atraparon, ¡me atraparon! En un departamento de Caballito, en la calle Franklin, donde yo estaba con dos amigos, más buenos que el agua mineral: Germán Pérez y el Soldadito Ayala... Lo más curioso es que la policía no estaba sola en el operativo, ¡parecía una conferencia de prensa después del título del mundo!

Un periodista amigo, a quien yo quiero mucho, me contó una vez que al medio donde él trabajaba llamó la propia policía para anunciar el horario del procedimiento. Y otra cosa más, una perlita: la detención se demoró un poquito ¡porque no llegaban las cámaras de la televisión española! Así fue, sí, señor...

Cuando entraron, volteando todo, yo dormía. Y me desperté preguntando por la Claudia porque era lo más natural, creo. La cosa es que me sacaron de la cama, me vestí, y cuanto estábamos en el pasillo, camino a la calle, ya vi el reflejo de las luces de las cámaras, lo gritos de los periodistas, todo... Entonces, como iba al lado del cana que mandaba el operativo, le dije:

—Maestro, ¿están todos los periodistas afuera, no?

Sí, Diego, sí. Hay un montón...

—Bueno, acomódese la corbata, entonces, porque va a salir en todos los canales. Así lo ven en su casa...

¿¡Y podes creer que el cabeza de termo se la acomodó!?

No es tema de esta parte de la historia, pero por supuesto que marcó lo otro, lo que yo hice adentro de la cancha. Lo marcó, de alguna manera lo marcó.

En aquellos días, mientras me tuvieron encerrado en la celda, mientras me quedé encerrado yo mismo en el séptimo piso del edificio donde vivía, en Correa y Libertador, en Núñez, me propuse volver. Primero, me lo propuse en la celda misma. En la pieza esa donde me tenían detenido había un banquito, como esos que les ponen a los boxeadores entre round y round, y la única luz era una bombita de mierda, colgada del techo. En eso, escuché pasos, alguien que venía... Y, no sé por qué, o sí sé, me di vuelta, me puse mirando a la pared. Era Marcos, el que venía.

Diego, vos vas a jugar el Mundial del '94.

Eso me dijo. Yo le contesté que estaba loco, pero en algún lado, por adentro, me recorría la idea de que no era una locura ni un carajo, que eso era posible. Faltaba mucho para eso, igual. Más de un año para que me dejaran pisar una cancha, por ejemplo. Pero tendría, tendría oportunidades de despuntar el vicio.

El 9 de Julio, me acuerdo, festejé algo más que el día de la patria: volví a jugar al papi, nada menos que en la canchita del Club Social y Deportivo Parque, donde nació media historia de Argentinos Juniors y donde bailé por primera vez con la Claudia. No bailé, esta vez; bailaron los contrarios: ganamos 11 a 2 y el equipo nuestro, el Parque, ganó el Campeonato Metropolitano de Fútbol Sala. Ese título hay que agregarlo entre los míos, ¿eh?, aunque jugué un solo partido.

Después me pasaron cosas que me hacen pensar que en un país como la Argentina y en un mundo como en el que vivimos, a veces hasta se vuelve una tortura intentar ser un tipo solidario.

Primero, el sábado 3 de agosto del '91, el día del cumpleaños de la Tota, jugué un partido a beneficio del Hospital Fernández, para que pudieran comprar un tomógrafo más moderno, algo que necesitaban mucho y que había quedado en evidencia después del accidente del actor Adrián Ghío, pobre. Para ese partido, Boca me permitió entrenarme junto con el plantel, que era dirigido por el Maestro Tabárez. ¡Los volvieron locos, pobres! Que yo los desconcentraba, que yo les robaba la atención, que yo no podía... ¡Carajo, si yo le había dado un montón a Boca, ¿por qué Boca no podía darme entonces esa mano?! Y encima estaba el tema del sponsor, peor todavía: los organizadores, y también Ana Ferrer, la esposa de Adrián, se habían roto el alma para conseguir alguien que los apoyara, que les diera unos mangos a cambio de publicidad, y no habían logrado nada. Cuando yo dije que jugaba, pum, aparecieron un montón. Entonces les dije, a Ana y a los organizadores: "Ustedes acepten, está bien, pero yo no voy a llevar publicidad en mi camiseta. No les voy a hacer el juego: que donen la plata, si la tienen conmigo en la cancha, también la podrían haber tenido sin mí".

Por suerte, lo más importante, una multitud llenó las tribunas y yo pude jugar; fue mi regreso a la cancha de once, en Ferro, un domingo a la mañana. ¡Qué sensación! ¡Espectacular! Aparte, la gente me dio todo, todo. Yo les decía que se olvidaran de mí, que pensaran que eso era sólo para el hospital, pero ellos me daban todo. Para ellos, El Diego había vuelto y estaba todo bien.

Después, ya en el '92, en abril, pasó lo otro, mucho peor: lo del partido de homenaje a Funes, a Juan Gilberto Funes, que había sido un jugador extraordinario, en River, y en ese momento le estaba peleando a la vida. Hoy podría agregar al Búfalo en la lista de mis grandes amigos, de los más íntimos, aunque recién hablamos y nos sentimos juntos en serio, con profundidad, en los últimos quince minutos de su vida. El estaba internado desde hacía un tiempo en el Sanatorio Güemes, con el corazón roto, pobre, con el corazón partido. Ver a ese oso bueno, a ese hombre enorme postrado en la cama, era una imagen tremenda, muy muy dolorosa. Con Claudia seguíamos la cosa bien de cerca, preguntándole a Ivanna, la esposa, si necesitaba algo, que contara con nosotros. Y el último día, el 11 de enero de 1992, por esas cosas del destino, por esas cosas que El Barba (Dios) tiene siempre reservadas para mí, yo estaba ahí, justo ahí, al lado de la cama. Juan me había llamado, que quería verme. Que había soñado con un Mercedes Benz rojo y que se lo iba a comprar. Me acuerdo que le dije: "Quédate tranquilo, Juan, que yo ya hablé con unos amigos de una agencia y ya te lo reservaron. Quédate tranquilo, Juan". Y se murió, ahí, nomás. Casi en mis brazos, así nomás. Por eso digo que es un amigo, porque sentí de verdad que en ese último momento estaba muy, muy cerca de él. Más que nunca. Acompañamos a Ivanna en todos los trámites, esas cosas terribles que hay que hacer, encima, cuando se te muere alguien, y después nos fuimos también a San Luis, donde lo enterraron.

Desde ese mismo momento, empecé a pensar en un homenaje. En hacer algo para recordar a Juan y también para ayudar a la familia, a Ivanna, a Juampi, el hijo, que tenía los ojitos más tristes que yo haya visto. Por ahí, podría haberle dado plata, y listo. Pero yo quería darle algo más, algo que le hubiera gustado a Juan. Entonces se me ocurrió que no había nada mejor que organizar un partido de fútbol. Me acuerdo, estábamos en mi quinta de Moreno, con la Claudia, todavía muy golpeados por todo lo que habíamos vivido, y le dije, de repente: "Má, ¿sabes qué tengo que hacer para Juan? Un partido, un partido de fútbol... Y yo voy a jugar también".

Claro, yo estaba suspendido todavía, pero eso ni se me cruzó por la cabeza. No era un partido más de la FIFA; era un partido de los jugadores por un jugador. Y sabía que, si yo estaba presente, en la cancha, con los cortos, iba a ir más gente, la recaudación iba a ser mayor, y todo eso era para Juan.

Desde la quinta los llamé al Flaco Gareca, al Cabezón Ruggeri y al Mono Navarro Montoya. Ellos tres, Raúl Roque Alfaro y yo, habíamos sido los únicos que viajamos hasta San Luis, para el entierro. Me parecía lógico empezar por ellos, entonces. Esta vez, de la publicidad no me hacía problemas, porque nosotros organizábamos todo y la gente de X-28, una fábrica de alarmas, estaba con nosotros desde el principio.

Cuando ya estaba todo listo, menos de un día antes de la fecha fijada, el miércoles 15 de abril, cuando faltaban horas, llegó el fax, el maldito fax de la FIFA. Juro que, al principio, no lo podía creer, pensé que era un chiste, de mal gusto, pero un chiste al fin. Estaba dirigido a Julio Grondona, decían que se habían enterado que se jugaba el partido y que yo iba a participar. Y terminaba con una amenaza, tremenda, fulera: "De todos maneras, y en bien de la familia del jugador fallecido (¡en bien de la familia del jugador fallecido, por Dios!), la presencia de Maradona sobre el terreno de juego junto con otros jugadores inscriptos en la AFA podría acarrear a estos últimos sanciones por parte de la FIFA, en aplicación de los Estatutos y Reglamentos. " En síntesis, como diría Santo Biasatti, lo de siempre: yo era la manzana podrida, el que arruinaba todo. Decidí dar un paso al costado, con mucha bronca pero con más tristeza. Una vez más, me hacían sentir un delincuente. Le dije a Franchi: "Está bien, Marcos. Avisale a Grondona que se quede tranquilo, que no se cague, porque no voy a jugar. Pero decile que lo hago por los muchachos, para no complicarles la vida; ni por la AFA ni por la FIFA. Dale, anda y decile". Fue y le dijo.

Mientras tanto, los muchachos se enteraron de todo el quilombo y el Cabezón Ruggeri también se comunicó con Grondona, para ver qué pasaba y para pedirle por favor que me dejara jugar, que yo había armado toda esta historia y que conmigo la recaudación iba a ser más alta. Grondona le contestó mal, mal, aunque después quiso dar explicaciones. Le dijo que no me dejaba jugar de ninguna manera, primero; después, que le ofrecía cincuenta mil dólares, ¡cincuenta mil dólares!, para pagar los gastos de Funes en el sanatorio y que el partido se jugara en julio, cuando a mí me levantaran la suspensión; y para terminar, lo despidió así: Diego no puede jugar. Si lo hace, ustedes pagarán las consecuencias.

El Cabezón voló hasta el hotel Elevage, donde estábamos todos los jugadores que íbamos a estar en el partido. Eramos 41, en total. Cuando Ruggeri contó el diálogo que había tenido con Grondona, el Mono Navarro Montoya me dijo: Diego, ahora tenés que jugar, más que nunca. Yo no había dicho una sola palabra en toda la reunión, lo había estado escuchando así, bien atento, a Ruggeri, pero cuando el Mono me habló, fue como si me hubiera puesto play y me salió la voz, un poco quebrada, la verdad: "Sí, voy a jugar, les vamos a romper el culo".

Algunos, como Diego Latorre, se pusieron pálidos: ¿Ya nosotros qué nos va a pasar?, preguntaba el pelotudo, asustado.

Nada nos podían hacer, nada: el arbitro, Ricardo Calabria, no pertenecía a la AFA, porque ya estaba retirado, y sus ayudantes lo mismo. Nosotros, Maradona Producciones, habíamos pagado la póliza de seguro que se necesitaba y hasta habíamos mandado a imprimir las entradas. El partido lo estaba organizando yo y no la AFA. Así que salimos del hotel y encaramos todos para la cancha de Vélez. El partido se jugaba y yo iba a estar ahí, en la cancha, con los cortos, con la pelota. Con la gente.

A mí, lo de Grondona me había caído como una patada en los huevos: de alguna manera, ¡había ofrecido cincuenta mil dólares para que yo no jugara! En aquel momento dije cosas muy fuertes; por ahí, vistas ahora, a la distancia, demasiado. Pero las dije, así soy yo: "A Havelange, a Blatter y a ciertos dirigentes, nadie los va a llorar en la Argentina cuando se mueran". Y también: "Mientras Grondona sea el presidente de la AFA, no voy a volver a la Selección Nacional". Muy fuerte, sí, pero me salió del alma.

Al vestuario vinieron todos; también los dirigentes, que estaban más cagados que nadie, porque tenían miedo de quedarse sin jugadores. Ahora que lo pienso, hubiera sido bueno; todos habrían entendido de una vez por todas quiénes son los verdaderos dueños del espectáculo.

Cuando salí a la cancha, me estremecí. Era una noche oscura, cargada de neblina, pero en las tribunas había una multitud: estábamos juntando más de cien mil dólares sólo de recaudación; con la publicidad y todo eso se iban a más de doscientos mil, todo para la familia Funes, para que pagaran el sanatorio y para que siguieran con la obra que Juan había empezado, su escuelita de fútbol.

A mi derecha, apenas pisé el césped, saludé a la hinchada de Boca; no me podían fallar. Y había más, claro, no sólo los de Boca: estaban todos los hinchas del fútbol. Ellos me bancaban a muerte, ellos no se comen ningún gato muerto. Yo estaba muy emocionado, muy emocionado porque no me sacaba ni quería sacarme de la cabeza la imagen de Juan... Juan contento por ese partido que le hacía fruncir el culo a los poderosos, a los que se creen dueños de algo y no son dueños de nada.

Jugué bastante bien, aparte. Hice dos goles, le metí un pase de gol al Beto Acosta y el equipo mío, que usaba la camiseta azul, ganó 5 a 2. Salí unos minutos antes del final del partido, tal vez para tomar aire y decir, como dije: "Hoy, los futbolistas empezamos a crecer". Lo creía, de verdad. Le habíamos puesto la pata encima, como corresponde, a la mano negra. Le habíamos ganado al poder.

Para mí, aquella noche, la copa del mundo que me llevé a mi casa fue el apoyo de los míos, de mis compañeros, de los jugadores. Se jugaron las pelotas para oponerse a la maldad, porque había sido una maldad todo aquello. Al fin, los dueños del poder tuvieron que recular.

Yo había empezado a entrenarme despacito. Primero, con la doctora Patricia Sangenis, que después se sarpó, porque empezó a hacer un conferencia permanente con todo lo mío. Había estado por primera vez en el balneario Marisol, en Oriente, cerca de Tres Arroyos, a 550 kilómetros de Buenos Aires, en enero del '92 y ahí había comenzado todo. Ahí mismo, en febrero, había jugado mi primer partido, de verdad, después de la sanción. Y fue un partido muy especial, en la canchita de El Nacional, de Oriente, a beneficio de los chicos discapacitados: ahí, jugando para los Amigos de Marisol contra el Mercado Los Tigres, delante de cinco mil personas, todas de los pueblos de los alrededores, hice mi primer gol como jugador...prohibido. Fue el 27 de febrero de 1992 y el premio, un millón... de besos de chiquitos discapacitados pero felices, muy felices. Más felices que nadie.

Después de eso, y también después del famoso encuentro por Funes, volví a ponerme los cortos a beneficio, en Posadas, Misiones, para ayudar a un hospital de allá. Esa era mi vida, esa era la forma de seguir cerca, bien cerquita del fútbol. Ayudando a los demás, que también era una forma de ayudarme a mí mismo.

De donde estaba y me sentía lejos, por supuesto, era de Napóles y del Napoli. Por aquellos días, ellos mandaron mensajes, como que me esperaban el ls de julio, cuando terminara mi calvario. Yo empezaba a pensar en otras posibilidades para cuando ese momento llegara, tanto sufrimiento no podía ser eterno.

El sábado 4 de julio, tres días después de mi... liberación de las cadenas de la FIFA, agarré mi equipo y partí hacia la estancia El Sosiego, en 25 de Mayo, una ciudad de la provincia de Buenos Aires, a 300 kilómetros de la Capital. El Sosiego era de don Antonio Alegre, por entonces presidente de Boca, nada menos, pero la historia no tenía nada que ver con eso. Digo que no tenía que ver con Boca, en principio. Allí mismo y justo aquel día, inicié el camino del regreso y también empezó una tremenda telenovela: las negociaciones para cambiar de club, irme del Napoli y llegar a... ¿adonde? Una posibilidad era el Marsella, otra vez. A Bernard Tapie, que en su momento nos había ofrecido la vida, no le estaba yendo muy bien: había perdido Adidas y también estaba afuera del gobierno. Afuera y de mala manera. Pero era una buena posibilidad, porque lo que yo buscaba era tranquilidad, y el fútbol francés seguía ofreciéndomela.

La otra chance, pero muy muy lejana, era la de siempre: Boca. El tema era la plata. Nosotros teníamos que levantar el muerto de un año y pico sin jugar, y Boca no estaba en condiciones. La única manera era con la aparición de algún inversor.

Para terminar, otra puerta podría abrirse por el lado de algún club europeo: Real Madrid, por ejemplo. O Sevilla, sólo porque ahí había aterrizado Bilardo y nos había mandado un mensaje, a través de Marcos: Fíjate si podes hacer algo, porque éste puede ser un buen lugar para Diego. Acá no presionan, no piden campeonatos. Aunque con él, yo pienso que podemos ganar todo. No sé, fíjate, estudíenlo, vos sabes que yo quiero lo mejor para él.

El hijo de puta del Narigón había caído ahí, en el Sevilla, porque en la Argentina lo habían cagado con un negocio, la privatización del KDT, un centro deportivo, y entonces se había calentado y se había rajado. Pero estaba bien, tenía razón, era una linda posibilidad.

Mientras tanto, yo me entrenaba, ahora asistido por el profesor Javier Valdecantos y el doctor Luis Pintos. Y también jugaba, pero en la tele, canchita de cinco y césped sintético: eran aquellos partidos en Ritmo de la Noche, el programa de Marcelo Tinelli, por Telefé. Como todos, los jugaba en serio y me divertía como loco.

El tema principal era desvincularme del Napoli. Justamente, eso era lo más complicado. Los guachos me citaron para la presentación, que iba a ser el miércoles 15 de julio, con bombos y platillos, con las nuevas figuras, el uruguayo Fonseca, el sueco Thern, como si nada hubiera pasado, como si fuera un jugador más. Ellos estaban recalientes porque yo había hecho declaraciones muy duras en medios italianos, pero tenía razones muy fuertes para no volver.

En una entrevista con el canal Telemontecarlo, disparé munición bien gruesa. Les dije, bien clarito, que mi ciclo con el Napoli estaba definitivamente clausurado, que no le haría ningún favor a los napolitanos si volviera. Que al único que enriquecería, aún más, sería a Ferlaino, y él ya había ganado bastante plata conmigo. Para mí, el Napoli había aprendido a jugar sin Maradona y podía seguir así: si Maradona se iba, el Napoli no se moría. Después se fue al descenso, es cierto, pero que no me echen la culpa a mí: la culpa, siempre, fue de Ferlaino, que no puede manejar ni un colectivo. Decían que Ferlaino quería venir a visitarme a Buenos Aires. ¡Hijo de puta! Durante un año no se había interesado en lo más mínimo por lo que yo estaba pasando y ahora se prendía. Lo dije y lo repito: si yo hubiera estado en un club donde se preocupaban por el jugador pero también por el hombre, habría regresado al Napoli. Pero no, no, había demasiados antecedentes de jugadores maltratados allí: Bagni, Giordano, Garella. ¿Por qué iba a ser yo una excepción?

Encima Claudio Rainieri, el nuevo técnico, habló antes de conocerme, diciendo que con él al frente, Maradona no estaría en Nápoles de vacaciones. Habló, como decimos los argentinos, gratis. Y Matarrese, Antonio Matarrese, era el que había puesto su mano en mi caso, su mano, su mano negra. Les transmití mi certeza, de algo: no merecía la sanción, me habían hecho pagar porque era extranjero y porque impedí que Italia jugara la final del Mundial. En el fútbol hay intereses muy fuertes y aquel año se perdieron muchos millones de dólares. Pero aunque me sancionaran por diez años, el resultado de Argentina-Italia no cambiaría. Y mi suspensión, además, fue una ventaja para Ferlaino, porque en aquel momento no era el Maradona que él quería. Yo llevo el fútbol en la sangre. Y quisieron golpearme por las cosas que dije.

"Non ce la faccio piú", así le dije: no lo hago más, no puedo más, ¡basta! Todo eso quería decir en una frase o en mil, en lo que me saliera. Tenía razones para no volver. Y eran tan claras, que hasta Grondona salió a decir que, si no nos poníamos de acuerdo, él iba a recurrir a la FIFA para que resolviera la cuestión y que no tenía dudas de que, en ese caso, el fallo iba a ser a favor mío.

Esas razones estaban escritas en un fax que nosotros le mandamos al Napoli, a la Federación Italiana de Fútbol, a la AFA y a también a la FIFA justo un día antes de que se cumpliera la sanción, es decir, el 29 de junio de 1992. Tratábamos de explicar por qué no servía para un carajo que volviéramos. El riesgo era grande en serio.

El tema es que ellos no estaban de acuerdo y empezó una guerra de cartas y faxes y más cartas. En un momento me parecía que íbamos a quedar tapados por todos los papeles. Yo, por las dudas, fui haciendo lo único que podía hacer: en los Tribunales de Buenos Aires me presenté ante la jueza Amelia Berraz de Vidal, que era la que seguía mi caso desde el quilombo en la calle Franklin, y conseguí, por fin, la autorización para salir de la Argentina: yo quería estar con las valijas listas.

El equipo ya estaba armado: yo, de líbero; Juan Marcos Franchi, representante; Javier Valdecantos, preparador físico; Luis Pintos, médico; Rubén Navedo, psicoanalista; Carlos Handlartz, psiquiatra; Luis Moreno Ocampo, Antonio Gil Lavedra, Hugo Wortman Joffré y Daniel Bolotnicoff, abogados.

A partir de ahí, Franchi voló a Sevilla, después del contacto que Bilardo le había hecho con el presidente del club, Luis Cuervas. Y Bolotnicoff, al mismo tiempo, partió a Marsella, donde ya se había movido para verse con Bernard Tapie, a través de uno de sus ayudantes, que se llamaba Jean Fierre Bernés. Una movida enorme alrededor mío, todo para definir el club ideal, el club donde volver.

Mientras Marcos y Daniel negociaban, yo pesaba: lo que más me gustaba de Sevilla era que estaba el loco de Bilardo, que no había exigencias de vuelta olímpica y que la ciudad tenía onda, buena onda; pero las dudas de los tipos para decidirse me daban la impresión de que sentían que yo les quedaba grande, y no quería ni imaginar qué podía pasar si nos quedábamos sin respuestas y volvíamos a pelear el descenso. Lo que más me atraía del Olympique era Marsella, la villa soñada que tuve al alcance de las manos y que Ferlaino me quitó, la posibilidad de jugar la Copa de Campeones en un equipo competitivo y, a la vez, la tranquilidad de un campeonato como el francés; lo que miraba de reojo, porque no me gustaba tanto, era el ambiente de la ciudad, que se parecía mucho a Napóles, y la obligación de enfrentar otro idioma, otra adaptación.

Tenía tiempo de pensar en todo eso aunque mi actividad era grande, ¿eh? En 25 de Mayo, cerca del campo donde había comenzado mi recuperación, jugamos otro partido a beneficio. Me sentía bien, me sentía jugador de fútbol, otra vez, aunque fuera en una canchita de pueblo. Me acuerdo que en ese partido jugaron Juanchi Taverna y Pablito Erbin, que eran de ahí, el Gringo Giusti, Daniel Sperandío, el Tata Brown y Julio Ricardo Villa.

Cuando terminó el partido —ganamos 7 a 0, por si alguien lo quiere anotar por ahí— armé una conferencia de prensa y dije: "Estoy en los primeros doce días de trabajo intenso. El sábado a la mañana hice cuarenta minutos de entrenamiento y en el segundo tiempo ni se notó. Hice cosas buenas en la primera parte, pero en la segunda ya estaba un poco cansado. Estamos por el buen camino, sin renunciar a ninguna práctica, porque esto nos va a servir para cuando venga la historia dura, la de competir oficialmente. Estoy decidido a volver para pagarle a un montón de gente que me brindó cariño en este año y medio en la Argentina. Sé que hay varios dirigentes que están haciendo gestiones, por ejemplo Grondona. Y hasta Pelé quiere que vuelva a jugar; me sorprendió, ¡no lo podía creer! Las primeras conversaciones están encaminadas hacia Sevilla y la otra es Olympique de Marsella. ¿Boca? Va a quedar para más adelante, no quiero que el club ponga un sope, porque en este momento se necesita mucha plata. Y después, sí, darle para adelante hasta que salgamos campeones. Que nadie dude que voy a morir futbolísticamente con la camiseta de Boca. Lo mismo que la Selección, cuando me ponga bien, quiero ganarme un puesto en el equipo. Tengo ganas, aunque en este momento es más un deseo. De jugar al fútbol no me olvidé, no. Y la cinta de capitán me queda bien, ¿no?".

Todo eso dije, de un tirón, el sábado 18 de julio, después de jugar un picadito en 25 de Mayo y con un frío que calaba los huesos. Lo que yo sentía, adentro también, era que la solución estaba al caer.

Pensando en eso volví a Buenos Aires, donde mi vida era de lo más sencilla: me entrenaba en Palermo, con el Profe Valdecantos y Carlitos Fren, ya había bajado 7 kilos; a la noche, un poco de tele y un poco de show: que fútbol en lo de Tinelli, que tango en lo de Antonio Gasalla. Sí, canté "El sueño del pibe" en La verdá de la milanesa, que así se llamaba el show de Antonio en un teatro... Algunos se sorprendieron con eso de Maradona cantando tangos, pero la mayoría ya sabía que yo había nacido también para eso. Me gusta mucho el tango: escucharlo y cantarlo. Muero por Julio Sosa, como muero por los rockeros... No sé, será otra de mis contradicciones.

"El sueño del pibe" es uno de mis preferidos, no sé, será porque tiene mucho que ver conmigo. Es más, cuando yo lo canto, le cambio los nombres de las figuras y me incluyo yo. Me gusta tanto que cuento esto y me dan ganas de cantarlo...


Golpearon la puerta de la humilde casa / y la voz del cartero muy clara se oyó / y el pibe corriendo con todas sus ansias / al perrito blanco sin querer pisó.

Mamita, Mamita, se acercó gritando / La madre extrañada, dejó el piletón / Y el pibe le dijo riendo y llorando: / "El club me ha mandado, hoy la citación".

Mamita querida / ganaré dinero/ seré un Maradona / un Kempes, un Boyé / dicen los muchachos / del oeste argentino / que tengo más tiro / que el gran Bernabé.

Vas a ver qué lindo / cuando allá en la cancha / mis goles aplaudan / seré un triunfador / jugaré en la quinta / después en primera / yo sé que me espera / la consagración.
Y sigue, con el sueño del pibe, el que yo cumplí...

Y con el rock, bueno, más que nada es identificación: con Andrés Calamaro, con Charly García, con Fito Páez, con los pibes de Los Piojos o de Attaque 77, con los monstruos de Los Redonditos de Ricota. Es identificación lo que siento con ellos: ellos también le dan alegría a la gente sin meterles la mano en el bolsillo, también hablan de la realidad sin caretaje. Ellos sí que no le toman la leche al gato... Me hicieron muchos temas a mí. Un montón. Yo lo siento como un homenaje, porque esas cosas, como los monumentos, sólo se las hacen a los muertos. ¡Y yo estoy vivo! Calamaro me hizo un tema que se llama... "Maradona", mira qué original; y me dice, en la letra: Diego Armando / estamos esperando que vuelvas / siempre te vamos a querer /por las alegrías que le das al pueblo / y por tu arte también. ¡Un fenómeno! ¿Y Los Piojos? ¡Me hicieron ese que dice: ¡Maradooó, Ma-radooó/ Los franceses de Mano Negra, también... Un montón. Y no sólo rockeros, ¿eh? También Julio Lacarra, un músico uruguayo, escribió algo para mí: Quería verte de nuevo / sobre el rectángulo verde / donde mueren las palabras / y tu zurda le habla a la gente...

Pero el que logró encerrar todo mi sentimiento en letra y música fue un tipo popular, un tipo al que voy a seguir llorando mientras viva porque en el poquito tiempo en que estuvimos juntos me sentí muy muy cerca de él: hablo de Rodrigo, por supuesto. Por ahí le dicen "cuartetero" despectivamente y no se dan cuenta de que están hablando de un tipo con un corazón enorme, tan enorme que fue necesario matarlo. Que sé yo, por ahí Rodrigo era demasiado peligroso para algunos. La cosa es que él me dedicó "Diego", el tema más lindo que me hicieron y me harán. Lo escucho y lloro... Lo sé de memoria.
En una villa nació / fue deseo de Dios, / ese deseo de vivir / una humilde expresión / de enfrentar la adversidad / con afán de ganarse/a cada paso la vida. / En un potrero forjó / una zurda inmortal / con experiencia sedienta / ambición de llegar. / De cebollita soñaba / con jugar un Mundial / y consagrarse en Primera. / Tal vez jugando pudiera / a su familia ayudar. / A poco que debutó / "Maradooó, Ma-radooó" / la Doce fue quien coreó / "Maradooó, Maradooó". / El sueño tenía una estrella / llena de gol y gambetas / y todo el pueblo cantó: / "Maradooó, Maradooó". / Pegó alegría en el pueblo / regó de gloría este suelo. / Cargó una cruz en los hombros /por ser el mejor, / por no venderse jamás / al poder enfrentó. / Curiosa debilidad, /porque Jesús tropezó, / por qué él no habría de hacerlo. / La fama le presentó / una blanca mujer / de misterioso sabor / y de prohibido placer, / deseo de sanar otra vez / involucrando su vida. / Y es un partido que hoy día / el Diego está por ganar...
En eso estábamos, justamente, tratando de volver al rectángulo verde, a la cancha, cuando se logró algo: que el Napoli aceptara negociar la rescisión del contrato en un lugar neutral y con un arbitro; esas dos cosas iba a ser la FIFA. Yo, a la distancia, entendía muy bien la política de Ferlaino: vivo el tano, no iba a ser él quien me dejara ir del Napoli; estaba llevando las cosas hasta un límite donde pudiera decirle a sus periodistas y a su gente: Me lo arrancaron de las manos. Eso estaba haciendo, clarito. Por eso había contestado violentamente a nuestro primer mensaje, para después aparecer como si lo hubiera presionado la FIFA para hacer la reunión. Encima, en el medio de la negociación, ellos mismos me pegaron un bombazo: me multaron en 168.000 dólares y me bajaron un 40 % de mi contrato. Estaba claro, querían guerra. La iban a tener, la iban a tener y se iban a sorprender.

Por esos días, también, el viejo Havelange dijo por enésima vez que me quería como a un hijo, como a un nieto. Que me quería, bah...

Lo del Marsella se derrumbaba de a poquito, sobre todo porque lo que vivieron Bolotnicoff y Franchi, que viajó unos días más tarde desde Sevilla para reunirse con Tapie, fue terrible. Un ambiente muy pesado que le hizo sentir a Marcos, cuando finalmente aterrizó en Sevilla en un avión privado, que estaba volviendo a su casa. En realidad, lo hizo: un viaje relámpago, Sevilla-Madrid-Buenos Aires, para ponerme al tanto de todo y para solucionar algunas cosas personales de él. Entonces, se nos ocurrió una nueva estrategia: citar a los dirigentes del Napoli para dialogar, pero en Barcelona, donde se estaban haciendo los Juegos Olímpicos en ese momento, un lugar neutral, con la gente de la FIFA cerca. Les mostrábamos justamente a ellos, a los dirigentes de la FIFA mi intención de dialogar y les poníamos un plazo a los napolitanos. Contestaron, sí, pero parecía que estaban de joda: nos decían que estaban dispuestos a recibirnos, para tener una reunión, y nos daban ¡la dirección de la sede del Napoli! Además, como si nos estuvieran cargando, los guachos metían el horario en el que atendían, fuera de los fines de semana y feriados, como si hablaran de una oficina... ¡Ah! Y también me recordaban que me seguían esperando en el lugar donde el equipo estaba haciendo la pretemporada. ¡Estaban de joda los hijos de puta!

Pero nos vino bien ese tono en el fax, porque la FIFA se vio obligada a armar la reunión en Zurich, en la sede central. Mi teléfono explotaba: me llamaba Bilardo, desesperado porque la cosa no se hacía; me llamaba Marcos, para pedirme que me quedara tranquilo; me llamaba ¡Bernard Tapie! para rogarme que aceptara su oferta; me llamaba Grondona, para decirme que confiara, que todo iba a terminar bien.

El mismo Grondona viajó a Barcelona y ahí se encontró con Marcos. Vieron la final olímpica que España le ganó a Polonia y partieron los dos, cada uno por su lado, creo, a Zurich, donde se iba a hacer la reunión, el 11 de agosto... ¿Cuándo había empezado todo esto? El ls de julio, cuando me levantaron la sanción: un mes y medio había pasado, ya. Era hora de que fuera terminando. El tema era: ¿cómo?

Apenas llegó a Suiza, un día antes de la bendita reunión, Franchi me llamó por teléfono y casi me mata de un ataque al corazón: Diego, les voy a decir que volvés al Napoli. Me volví loco, no lo podía creer, no entendía nada y Marcos me decía: Para, para, para, déjame que te explique...í- ¡Yo no entendía un carajo! Habíamos llegado hasta ese punto sólo para separarnos del Napoli y ahora nos estábamos sirviendo en bandeja.

Cuando logró pararme, Marcos me explicó: Les vamos a decir que volvés, pero bajo... cienos condiciones. Aaahhh, empezaba a entender, pero, ¿y si el Napoli aceptaba? Bueno, ése es el riesgo, pero quédate tranquilo, van a decir que no, me contestó Marcos y a mí me temblaron las piernas.

La reunión se hizo y la noticia sacudió al mundo. Me acuerdo que los tanos festejaban, La Gazzetta dello Sport mandó en la tapa: "Diego: sí al Napoli. Ganó Ferlaino". Yo no creía que esa euforia se podía dar vuelta... La Claudia lloraba, mis viejos también, yo salí a hablar, como para seguir con la táctica que había elegido Marcos, y dije: "La idea era no regresar al Napoli y tratar de resolver esto con la ayuda de la FIFA. Pero nosotros, viendo la mala predisposición del club, viendo que nos ponen un montón de trabas, viendo que la FIFA no puede resolver, hemos decidido ponerle un montón de cláusulas y volver ahí. Se acortan los tiempos en todos lados y yo lo único que quiero es entrar de nuevo en una cancha. Hace 36 días que estoy entrenándome, necesito un equipo, necesito estar a las órdenes de un técnico. Sería bárbaro que el Napoli acepte las cláusulas que pusimos, sería bárbaro. Pero yo no sé hasta qué punto le convendría a Ferlaino, políticamente o de cara a la gente, que acepte las condiciones que les ponemos nosotros". ¡Las pelotas sería bárbaro! Esperaba con terror la respuesta del Napoli: si decían que sí...

La respuesta llegó, el viernes 14: el Napoli contestó que... ni. Sí, contestó ni, porque aceptó todas nuestras condiciones a nivel humano pero no las que estaban relacionadas con lo económico, las de la guita. Y como en la reunión se había dicho que la respuesta tenía que ser por sí o por no, se consideró que el Napoli le respondía negativamente a nuestra propuesta. ¡Era mi primer paso hacia la libertad!

Faltaba, ahora, que el Sevilla se lanzara a solicitar oficialmente mi pase. Antes no lo había podido hacer por miedo, sí, por miedo: si a la UEFA no le gustaba que en mi conflicto con el Napoli se metiera un tercer club, y encima uno chico de España, por ahí les metían una patada en el culo a la primera de cambio. Pero ahora ya no había razones para tener miedo: sólo tenían que comprarme.

¿Y? ¿Qué pasó? Pasó que el Sevilla se tomó su tiempo. Franchi y Bolotnicoff se desesperaban, pero los dirigentes andaluces tranquilos, sin dramas. Empecé a darme cuenta de algo: lo que me había parecido al principio, que estaban asustados, que yo les quedaba un poco grande, se estaba cumpliendo. Y encima, el Napoli hacía todo lo posible para reconquistarme: se empezó a decir que ya tenían reservada para mí una villa en la isla de Capri, con vista al Tirreno, y también un helicóptero, para transportarme todos los días hasta Napóles, además de un yate, por supuesto. Además, protestaban oficialmente ante la FIFA porque decían que ellos no me habían contestado que no a mis condiciones. Y los hinchas, bueno, otra historia: los hinchas, los que siempre estuvieron conmigo, los que se encadenaron o hicieron huelgas de hambre para que yo llegara, ahora volvían a hacer esfuerzos, pero para que me quedara. Decían: No tenemos viviendas, ni escuelas, ni ómnibus, tampoco servicios de higiene o ideas... Pero tenemos a Maradona. Pobres, no era de ellos la culpa, no era de ellos.

Yo seguía esperando que estos andaluces hicieran algo. Recién el martes 18 de agosto el Sevilla mandó un fax al Napoli ¡solicitando mi cotización! Yo me comía los codos, no aguantaba más. Jamás el Napoli iba a responder a esos papelitos! ¡Por Dios, tenían que ir a por ellos, ¿o es que no eran españoles, matadores?

Empezó otro tironeo insoportable, que ni siquiera se destrabó con lo que dijo Blatter. Era un miércoles, el miércoles 9 de septiembre, y el suizo mandó, desde algún lugar del mundo, que la mejor solución para este problema era que el Napoli me cediera, que el Sevilla me comprara y que, bueno, que se dejaran de joder, eso les dijo. Enseguida, metí mi ultimátum: "Si el sábado 12 no se define esta historia, rne retiro... Lo juro por mis hijas". Se debe haber asustado Franchi, Porque el viernes 11 armó el viaje para el día siguiente: ¡todos a España, nosotros sí que íbamos a por ellos! En realidad, Marcos no había escondido nada: Si esto pasa del fín de semana, vamos a tener problemas con Diego, había dicho. Y tenía razón, me empezaba a conocer el hijo de puta.

Con todo el lío, la autorización de la jueza para salir del país incluida, no me di cuenta de una cosa: era mi regreso a Europa, después de mi salida de Italia, tan fea, tan dolorosa. El sábado a la mañana me levanté al mediodía y casi ni comí. Me despedí largamente, largamente de mis hijas y me fui para el aeropuerto. El quía con traje color cereza, una pinturita... Arriba, hice el primer lío: les dije a los periodistas que mi partido debut se lo iba a dedicar a Sonia Pepe, por su entereza, y al Bambino Veira y a Carlos Monzón, porque estaban cumpliendo su pena en la cárcel, uno acusado de violación y el otro de asesinato, pero igual los seguían destruyendo.

Aterricé en Europa otra vez, en España para ser preciso, a las 7 de la mañana del domingo 13 de septiembre. Desde Barajas, nos llevaron en un avión privado a Claudia, a Marcos y a mí hasta Sevilla, al aeropuerto San Pablo. Ahí le di la mano, por primera vez, a Luis Cuervas, el presidente. Tenía unas ganas de decirle "¿por qué no apuras un poco las cosas, lenteja?", pero me pareció demasiado para el primer encuentro.

Ya tuve bastante, después, con lo que vi en la cancha, en el estadio Sánchez Pizjuán donde el Sevilla jugaba de local: una caída contra el Deportivo La Coruña que yo ya empecé a sufrir como propia. Aunque éstos tenían que concretar, todavía. Igual, me sentía en casa: estaba el Narigón ahí, loco en el banco; estaba el Cholito Simeone, ya más grande, metiendo y metiendo en la mitad de la cancha. Además, me acordaba de mi debut en el Napoli contra Verona: nos bailaron y terminamos ganando dos scudettos. No sé, de golpe estaba todo bien: entendía que Havelange y Blatter me defendían porque sabían que había cumplido con mi pena y también sabía que tenía que estar agradecido al Sevilla, como en su momento al Napoli, porque la verdad es que no hubo muchos clubes que me quisieran.

Me instalé en la suite del Andalusí Park, un hotel espectacular, onda árabe, que estaba en las afueras de la ciudad, camino a Huelva y me dispuse a entrenar y a esperar. La cosa es que todo lo que estaba bien, en una semana podía estar mal. Porque el Napoli no aflojaba, porque el Sevilla no apuraba, porque siempre prometían una reunión decisiva para mañana. La verdad es que el viernes 18 no me volví a Buenos Aires porque cuando me levanté encontré un papel debajo de la puerta: el conserje del hotel me había pasado por ahí un fax enviado por mis hijas, desde Buenos Aires. Decía: Papi, no vengas. Espéranos que vamos para allá. Ese papel... ese papel fue pías importante que el contrato mismo, ¡porque me volvía, ¿eh?!

Salí a correr, una vez más, con el apoyo del Profe Valdecantos, por el campo de golf Las Minas, ¡Las Minas, se llamaba!, que estaba cerca del hotel. Cada tanto, usaba una camiseta de Michael Jordán, del Dream Team, y entonces decía: "¡Sáquenme fotos con ésta, sáquenme fotos con ésta, así me ve Jordán!". Así, Jordán va a preguntar: ¿Y éste quién carajo es?, ja, ja, ja. Otra vez, me seguía un camarógrafo italiano, entonces aproveché para gritarle a la cámara, mientras corría: "¡Me obligan a hacer esto, me obligan a dejar! Lamentablemente para mí, porque tengo ganas de correr, como me han visto. Que Ferlaino también vea la filmación, que vea que soy un hombre vivo... Que no estoy muerto". Entonces me quedé en aquello que yo bauticé "La dulce espera". Aunque de dulce no tenía nada.

Hasta que llegó el martes 22 de septiembre. Eran casi las tres de la tarde y yo estaba de sobremesa, rodeado por toda mi familia, en el restaurante del hotel. No sé, jugaba con unas miguitas o algo en el mantel. De golpe, levanto la vista y lo veo venir a Franchi. Parecía que tenía la cara llena de risa y estaba como iluminado... Se me paró al lado y me dijo, mirándome desde arriba, porque yo seguía sentado.

Pibe, sos libre.

—No te creo, me estás jodiendo...

Te estoy hablando en serio, sos libre, sos libre de verdad.

Franchi me dijo eso y se derrumbó, se cayó así sobre una silla y sobre la mesa y se puso a llorar. A mí me empezaron a saltar las lágrimas mirando a todos los que estaban a mi alrededor: la Claudia, mis viejos, mis suegros. Apunté a Gianinna, la apreté contra el pecho y le empecé a decir, en el oído: "Soy libre, soy libre, estoy feliz... Por fin vas a poder verme en una cancha, con una pelota, Por fin".

Seis días después, el lunes 28 de septiembre, volví a ser, definitivamente, jugador de fútbol. Se armó la fiesta de presentación contra el Bayern Munich de mi amigo Lothar Matthaus y al fin pude saltar al césped del Sánchez Pizjuán con el diez en la espalda, escuchando un tema que significaba mucho para mí: "Mi enfermedad", de Fabi Cantilo. ¡Estoy vencida porque el mundo me hizo así / no puedo cambiar / soy el remedio sin receta, y tu amor / mi enfermedad!, decía. Y a mí me conmovía, me hacía sentir... ahí.

Ganamos 3 a 1, pero eso no le importaba a nadie, creo... Al menos no me importaba a mí: me gustó tocar con el croata Davor Suker, esperarlo a Simeone, escucharlo a Bilardo, meter un tiro libre casi desde el córner que reventó el travesaño, mandar un pase gol para Monchu... Me gustó jugar a la pelota, otra vez. Y lo festejé a lo grande, con el mismo Matthaus, que vino al hotel y se sumó a nosotros. El, su presencia, me hacía sentir que el fútbol estaba feliz porque yo había vuelto.

La cosa, entonces, era definir cuándo debutaba de verdad, por los puntos. Miré el fixture y lo vi, ahí estaba: domingo 4 de octubre, Athletic de Bilbao, Estadio San Mamés. ¡Ese tenía que ser mi debut, lo marcaba la historia! Ningún rival más significativo para mí, ninguno. Por historia y por presente. Resulta que apenas arreglé con el Sevilla, al técnico del Athletic, que era el alemán Jupp Heynckes se le ocurrió inventar, y lo dijo públicamente, que él sabía que en mi contrato con el Sevilla yo había exigido que pusieran que no iba a jugar ni en el Camp Nou, la cancha del Barcelona, ni en el San Mamés, el estadio del Athletic... ¡¿Cómo que no?! ¡Si yo quería jugar más ahí que en ningún otro lado! Por eso, quería revancha con ese alemán también.

Eran tantas las cosas que me unían o separaban de ese club vasco que no podía ser otro el rival, no podía... El Athletic fue, para empezar, el club que me quitó la oportunidad de ganar las dos Ligas mientras yo estuve en España. Con ellos perdimos la Copa del Rey, la última, que fue al fin mi despedida del Barcelona, mi último partido con aquella camiseta blaugrana: terminamos a las patadas, todos los jugadores en la mitad de la cancha, un escándalo terrorífico que empezó porque alguien me cargó. Y también, claro, un jugador símbolo del Athletic, Andoni Goikoetxea, me había fracturado el tobillo en 1983, el mismo que me había provocado la lesión más grave que yo tuve en toda mi carrera. En 106 días había regresado, aquella vez, y me había puesto la camiseta del Barcelona para enfrentar justamente ¡al... Sevilla!

Demasiadas, demasiadas coincidencias como para dejar pasar esa oportunidad de debutar en mi nuevo equipo, el Sevilla, contra mi viejo rival, el Athletic de Bilbao.

Fue el domingo 4 de octubre de 1992, ya lo dije, y un día antes recibí una visita que me confirmó que estaba todo bien, que el Barba (Dios) me había puesto en ese lugar y en ese momento por una razón especial. Yo estaba en mi habitación cuando me llamaron de abajo, de la conserjería y me dijeron que alguien quería verme. "¿Quién?", pregunté, con fastidio. El señor Andoni Goikoetxea, me contestaron. Bajé las escaleras corriendo y ahí estaba el hombre: era la primera vez que nos encontrábamos así, después de aquello. Eramos más hombres, los dos. El me dijo: Hombre, es un gusto reencontrarte, saber que estás bien, que has vuelto para jerarquizar al fútbol... Nada, hombre, verte simplemente. Y hablamos de nuestras hijas, de la vida, de todo un poco... ¿De aquello? De aquello nada.

De aquello me acordé, sí, cuando salí a la cancha, a la famosa Catedral, al estadio San Mamés. ¡Llovía como la puta que lo parió! Apenas entré, sentí que me mojaba la lluvia y también sentí que me rodeaba algo, una silbatina tan grande que parecía que chiflaba uno solo y eran miles y miles. Ni bien pisé el césped, bien verde, bien mojado, miré hacia la tribuna y distinguí una bandera que decía: Maradona, marica, te pica el gol de Endika. Endika nos había hecho el gol en aquel partido final de la Copa del Rey, que terminó en escándalo. Enseguida empezaron a gritar: ¡Goikó, Goikó, Goikó! No, no se acordaban de nuestro querido Vasco, me recordaban al de ellos, el mismo que el día anterior me había dado la mano y nueve años antes una patada tan inolvidable que para ellos era como un título, como una copa. Como un triunfo. Con ese clima empezamos y así seguimos: recién había empezado el partido, irían poco más de veinte minutos, cuando... me pareció que la historia se repetía. Yo estaba en la mitad de la cancha, de espaldas al arco de ellos, girando hacia la derecha. Fue entonces cuando sentí un cañazo en el tobillo derecho. ¡Terrible! Escuché el silencio del estadio, de verdad, y enseguida el grito: ¡Goikó, Goikó, Goikó! ¡No lo podía creer! Me revolví de dolor, sobre el pasto húmedo, y apenas pude me levanté. Me levanté como para decirles a todos: "Aquí estoy, de pie, estoy vivo, no me mataron. Lo intentaron otra vez, pero no pudieron". Después, cuando vi la jugada por televisión, me di cuenta de lo cerca que estuvo Lakabeg de convertirse en ídolo del Athletic: me había entrado igual, igual, igual, que Goiko casi una década antes. Pero esta vez me salvé, tal vez porque lo vi venir.

Y también me di el gusto de hacerlos fruncir un poco. Fue en el gol nuestro: tiro libre, me paré para darle y... otra vez el silencio. ¡Siempre les hacía cerrar el pico a los vascos! Le pegué por encima de la barrera, el arquerito no la pudo retener, apretó Marcos y fue gol. ¡Algo había hecho en mi primer partido! Dejé la cancha veinte minutos antes del final: aquel golpe de Lakabeg no me había partido, pero me había hecho doler de verdad.

Cuando yo me sumé al Sevilla, el equipo ya había jugado sin mí cuatro partidos en el campeonato español: con dos triunfos, un empate y una derrota. Y después de aquel primer partido en Bilbao, llegó el debut de local, en el Sánchez Pizjuán, contra el Zaragoza, el 11 de octubre: ganamos con un gol mío, el primero, de penal.

Enseguida empezaron los viajes. Por contrato, tenía que jugar en Boca. Sí, suena raro, pero fue así: era una minigira del Sevilla por la Argentina. Y el miércoles 14 de octubre, con la buena excusa de una cláusula en mi transferencia, me puse la camiseta de Boca otra vez. En La Bombonera, después de más de diez años, jugué el primer tiempo con la camiseta del Sevilla —empatamos 1 a 1— y el segundo con la de Boca —terminamos perdiendo 3 a 2.

En realidad, debo admitirlo, jugué los primeros 45 minutos rogando que pasaran rápido, rápido, para poder volver a sentir los colores que tanto amo sobre mi piel. En el entretiempo, cambié de vestuario corriendo y llegué justo para recibir toda la ropa, toda la ropa azul y amarilla, y también para escuchar la charla técnica del Maestro Tabárez, el técnico. El uruguayo, un fenómeno, les pidió que hicieran todo lo posible por servirme un gol. Y yo arengué a los muchachos: "¡A seguir metiendo, ¿eh?! Que así le rompimos el culo a River". Claro, unos días antes, el domingo, los había visto a ellos desde la tribuna, los había visto ganarle a River, como se debe, con autoridad; viví el partido como loco, como un hincha más, y casi me muero cuando Navarro Montoya le atajó el penal a Hernán Díaz. Bueno, la cosa es que con esa arenga volvimos a la cancha. Cuando todo terminó, muchos me dijeron que había corrido más en la última parte, y a todos les contesté lo mismo: "Fue por la camiseta, fiera".

Repetimos la fiesta en Córdoba y volvimos para España. Ahora tenía que empezar a meterle, en serio. Por eso le pedí que volviera a trabajar conmigo al hombre que más conoce mi físico, Fernando Signorini. Festejé mi cumpleaños número 32 en mi nueva casa, en el mejor barrio de Sevilla, el Simón Verde. Se la había alquilado al torero Espartaco, se llamaba Villa Espartina y era impresionante. El regalo que más agradecí fue la paz que me habían dado los andaluces en esos días. Además, por aquella época, me hice unos estudios de esos que a mí gustan, con todo, con las mejores máquinas, muchas cintas y toda la bola, en la clínica de Xabier Azkargorta. Dieron bárbaro, estaba encaminado, apenas con dos kilos por encima de mi peso ideal, aunque ése no era un problema.

Fueron buenos tiempos aquéllos, hasta fin de año. Sobre todo un día cuando un diario de Barcelona presentó un supuesto informe donde decía que yo hacía lo que quería, que no me entrenaba nunca, que vivía de noche: le respondí con un triunfo contra el Celta, en Vigo, y un golazo de tiro libre. Fue el domingo 22 de noviembre, ya sumaba tres goles, porque también le había metido uno al Rayo Vallecano, de penal. Estaba en el centro de la escena, otra vez.

Me acuerdo que armaron un quilombo bárbaro antes del partido contra el Tenerife, por mi duelo con Redondo y por el enfrentamiento entre bilardistas y menottistas, porque a ellos los dirigía Valdano, y con él estaba Ángel Cappa. Y yo le di la mano a Redondo antes de empezar el partido y punto, los dejamos a todos con las ganas de la pelea. Eso sí: a nosotros se nos escapó la tortuga aquella tarde del 3 de enero de 1993, en la isla: el Tenerife nos ganó 3 a 0. También se armó un circo enorme antes de mi reencuentro con el Barcelona, Pero del lado de enfrente: el lío sirvió para llenar el Sánchez Pizjuán como no se había llenado nunca y para sacar un empate 0 a 0, digno, nada más que digno. Y cerré la primera rueda a todo galope, con un partidazo contra el Real Madrid. Un partido grande, de los que a mí me gustan. Entonces, sí, me acuerdo que me animé a decir: "Me sentí entero para disputar todo mano a mano, de ir al piso, a recuperar la pelota, pude picar y ganar. Me sentí seguro". Se prendieron todos, enseguida, y algún diario español tituló: Volvió el Maradona de México. Se les fué la mano, eso me parecía a mí y a todos los que me conocían bien. Por eso, seguro, se me apareció Fernando con el diario en la mano y me gastó: ¿Así que anduviste de paseo por México en estos días?

Ese era el humor, así estábamos, hasta que llegó el momento de responder a lo que yo más amaba: el llamado de la Selección. El Coco Basile, que había estado conmigo en el debut, que había hablado conmigo en la intimidad, que había asegurado que me llamaría apenas me viera bien, había cumplido: me llamaba para jugar contra Brasil, el partido por el festejo del centenario de la AFA. No era un partido más: nunca lo es contra Brasil, claro, pero además, estaba incluido dentro de la fiesta en la que me nombraban como ¡el mejor futbolista argentino de todos los tiempos!

Viajé, sí, pero al regreso las cosas ya no fueron iguales: yo estaba acostumbrado como nadie a eso de cruzar el océano para jugar en el Seleccionado, volver y jugar en mi club. Nadie me lo iba a enseñar y los dirigentes del Sevilla pretendieron eso: no querían dejarme jugar el segundo partido, contra Dinamarca. Se pusieron en duros, me amenazaron con una multa y qué sé yo. Por supuesto jugué contra Dinamarca y volví a Sevilla, pero ya nada fue lo mismo. Es curioso, pasó lo que tenía que pasar, al fin: a Bilardo y a mí nos habían dicho que el Sevilla se caía siempre apenas pasaban las Fiestas; como si los jugadores, después de darle al champagne y a los brindis, ya no fueran los mismos. Bueno, a mí me pasó pero por otra razón: algo se rompió con los dirigentes y ya no hubo forma de arreglarlo.

Me empezaron a perseguir, a inventar historias, contrataron detectives para que les informaran lo que yo hacía, lo que yo decía, cómo vivía, y me harté. Me cansé: otra vez había hecho un esfuerzo enorme para volver y nadie me entendía. Sólo los míos, sólo los que estaban cerca. Como Bilardo. Por lo menos, eso pensaba yo en aquel tiempo. Una vez más, me equivoqué.

Pasó que yo venía arrastrando una lesión vieja, de esas que me acompañan a mí desde los Cebollitas, más o menos. Bueno, esta venía desde 1985, desde aquella famosa patada de un hincha venezolano en San Cristóbal, cuando llegamos allá para jugar las eliminatorias. Todos decían que yo no me entrenaba y mientras tanto, jugaba igual, lesionado: yo la estiraba, la estiraba. Tan es así, que me la querían operar en Italia y se opuso el doctor Oliva, él me salvó del cuchillo como me salvó de otras tantas. Cada vez que giraba, ¡me explotaba la rodilla! Me dolía tanto que yo mismo le decía: "¡Opéreme, doctor, opéreme!". Y él, nada: Vos no te operas, haceme caso. Le hice caso aunque el doctor del Napoli, el doctor del Milán, ahora el doctor del Sevilla, y todos decían que mi rodilla, así, no servía más... La cosa es que el Loco Oliva me la salvó, sólo que cada tanto me reaparecía el dolor en el menisco, como aquella vez en Sevilla.

Yo no me había entrenado en toda la semana y teníamos que jugar contra el Burgos, el domingo 12 de junio de 1993. Me puse de todo y salí a la cancha, como podía. Pero la rodilla se me iba, se me iba. Por eso, cuando terminó el primer tiempo, le dije a Carlos: "Carlos, no puedo más, no puedo manejar la rodilla... ¿Qué hago? ¿Me infiltro para seguir o salgo? Sáqueme o me infiltro". Y él me contestó: Anda, infíltrate que vos tenés que seguir. Fui, me cazó el tordo y me metió tres inyecciones en las rodillas. Tres inyecciones, ¡me mató! Pero yo le había dado la opción a Bilardo, y tengo de testigo a Lemme, su ayudante, y por eso me lo banqué. Porque sentí que Bilardo me necesitaba y yo no le podía fallar, siempre había sido así con él. Así salí a la cancha, de nuevo.

A los diez minutos, vi que el arbitro paraba el partido para hacer un cambio. Miré para el banco y vi la chapa número diez. ¡No lo podía creer! Pensé que era un error, que era un cambio de los otros... Pero no, Bilardo me sacaba a mí, diez minutos después de haberme hecho comer tres brutas inyecciones. Entonces lo reputié de arriba abajo, como todo el mundo vio por televisión: "¡Bilardo y la puta que te parió!", le grité.

Me fui al vestuario y lo rompí todo, lo hice mierda. ¡Rompí todo! Las cosas de los muchachos, di vuelta la camilla, todo, ¡una cosa terrible fue! Lemme, que me había seguido después de la puteada, me quería parar, pero lo tiré a la mierda a él también. Claudia, Marcos y Fernando, que habían bajado corriendo desde el palco, tampoco me podían agarrar. ¡Un quilombo infernal!

Me fui del estadio y me encerré en mi casa. Me quedé toda la noche despierto, llorando. ¡Sin droga, ¿eh?, sin droga! Miré televisión, llorando, vi películas, llorando. Siempre llorando, siempre. Llorando por lo que había pasado y llorando porque me acordaba de la reunión del miércoles, más allá de la lesión, de la reunión que había tenido unos días antes de ese maldito partido con los dirigentes del Sevilla.

Ellos me habían dicho, ¡a mí, ¿eh?, a mí: Vamos a echar a Bilardo antes del partido contra el Burgos, ¿te querés quedar como técnico y jugador? yo les contesté, lo juro por mis hijas: "¡No, ¿están locos?! A mí me trajo Bilardo acá, yo vine por él. Yo puedo ser cualquier cosa, pero no un traidor, señores". El presidente Cuervas y también el vice, Del Nido, me insistieron: Pero, Diego, ¡mire que las cosas están mal!, ¿eh? Y entonces cerré la discusión: "Bueno, muchachos, esto es muy sencillo; si se va Bilardo... ¡me voy yo!". Salí de la reunión y me crucé con Bilardo, ahí nomás: "Carlos, me ofrecieron ser técnico, estos hijos de puta lo van a echar". Juro por mis hijas que fue así. Y él no me creía: No, Diego, es una boludez, es una boludez. Voy a hablar con ellos y después te llamo. No me llamó más, no me dijo más nada hasta que llegó el partido y se dio aquella historia: yo que juego, yo que me infiltro, él que me saca, yo que lo puteo...

Al día siguiente, yo seguía mirando televisión, la final de Roland Garros, me acuerdo, y seguía llorando. Y pensaba: "La puta, ¿cómo puede ser? Yo fui honesto con este tipo, le avisé que lo iban a echar, que me ofrecían el cargo a mí, ¿¡y me saca igual sabiendo que estaba hecho mierda!?". Entonces, estaba mirando el partido de tenis, así, con el televisor a un costado y sentí que pasa uno por atrás mío. Yo creí que era Franchi, no le di bola. Volvió a pasar y entonces me di vuelta... ¡Era Bilardo! Y me dice: Vos no me podes hacer esto. Yo seguía llorando, llorando de impotencia desde que me había sacado de la cancha, ¡desde el día anterior!, y el tipo me venía a decir: Vos no me podes hacer esto, lo vi en la televisión, me puteaste, me puteaste cuando te saqué... ¡Para qué! Le grité: "¿¡Por televisión lo viste!? ¿¡Por televisión!? ¡Si te putié en la cara, hijo de puta, ¿cómo que lo viste por televisión?". Estábamos como locos: Vos no me podes hacer esto, yo te banqué siempre, me gritaba. "¿¡Qué me bancaste!? Si yo acepté que me clavaran tres agujas así de grandes y vos me sacaste igual."

Entonces se me vino encima y me empujó. Y cuando me empujó... perdí toda noción, perdí todo. Le di una trompada, ¡pim! Lo tiré a la mierda, cayó así, clavó. Y cuando le iba a pegar de nuevo... no le pude pegar, no le pude pegar. Vino Claudia, vino Marcos, lo agarraron. El seguía gritando: “¡Pégame, por favor pégame!" Le pegué una trompada, sí, y lo dejé concha p'arriba, porque me había empujado, por toda la bronca de una noche llorando, caliente. Pero... hoy me doy cuenta de que cuando se me vino encima, cuando se me vino para que yo le pegara, porque para eso vino, él estaba llorando, llorando. Por eso no lo rematé.

Después de eso, unos días más tarde, Claudia la llamó a Gloria, la esposa de Carlos. Y ella le contó que desde el día del quilombo el Narigón dormía con pastillas. Entonces, como yo soy Ceferino Namuncurá, lo fui a visitar, lo fui a ver. El me pidió disculpas, me dijo que tenía razón, que él me había pedido que yo me infiltrara. Se recompusieron las cosas, pero ya no fue lo mismo. A mí me quedó una duda, una duda que me dura hasta el día de hoy: ¿qué pasó en esa reunión entre Bilardo y los dirigentes, después que me ofrecieron a mí la dirección técnica? Tengo una respuesta, creo, y es que la solución era limpiarme a mí. Y me limpiaron. Se sacaron de encima a un tipo molesto, rebelde, que no aceptaba las cosas como ellos las planteaban. Por eso el boludo de Del Nido, el vicepresidente, se animó a decir que yo no estaba ni para jugar al metegol, para que me vaya, sabía que no iba a aguantar cosas así.

Así fue la historia. Así se terminó lo mío con el Sevilla. Mal.

Dos meses después, siempre en 1993, ya estaba en carrera de nuevo. Pero en la Argentina. En Rosario, para ser más preciso: ¡en Newell's Old Boys, sí señor!

Newell's fue una etapa tan corta como hermosa. Por eso ahora digo que me gustaría hacer algo más, alguna vez, por Newell's. Y pensar que llegué a jugar para ellos porque me enojé. Sí, ¡porque me enojé! Resulta que, a fines de agosto del '93, ya estaba casi todo hecho con Argentinos Juniors, cuando los hinchas del Bicho se aparecieron por mi casa, en Correa y Libertador. Yo estaba con mis dos hijas y me vinieron a apurar, me pidieron 50.000 dólares. Les contesté que no, por supuesto, y ellos me dijeron que yo tenía que estar al tanto, porque alguien se lo había prometido. "¿¡Qué!? ¿Cincuenta lucas? Se las doy a mi viejo y los pelea a todos ustedes juntos, por más pesados que sean. Quédense todo el día acá, si quieren, pero yo no les voy a dar ni un sope, porque yo no le prometí nada a nadie." Entonces me salieron con que me iban a hacer la vida imposible y yo les contesté que no tenían huevos, les dije de todo. Subí a mi casa y me acosté a dormir la siesta.

Al rato, salieron Claudia y las nenas y los imbéciles seguían ahí abajo: las insultaron, les dijeron de todo, las amenazaron. Aparte, habían escrito en la pared de enfrente: Maradona cagón. Se enteraron los muchachos de Defensores de Belgrano, los corrieron y taparon la pintada con otra: A Diego lo banca el Bajo. No aparecieron más los de Argentinos. Viejo, yo estaba de acuerdo en poner plata para la bandera y el vino, pero no para que se hagan ricos. ¡Ni para los viajes del Mundial había puesto plata! Porque creo que se mata la pasión, con eso: si les das, te gritan a favor; si no, te mandan a la puta que te parió. Así funciona la cosa: para protección, para que te alienten, ¡para que no te peguen! Nunca, nunca, nunca necesites. Si me querían aplaudir, que vieran lo que hacía en la cancha... Nunca necesité pagarle a nadie para que me alentara, pero que en el fútbol argentino, ¡y en el mundo!, eso existe, existe.

Entonces yo le dije a Franchi: "¿Putearon a la Claudia? ¿Me mangaron plata que no se quién les habrá prometido? Que se jodan: ¡me voy a Newell's!". Y me fui, por menos plata, me fui. Pero me sirvió, me sirvió, porque fue una cosa sensacional lo de Newell's. Al Gringo Giusti se le había ocurrido la idea y se la había planteado al presidente del club, a Walter Cattáneo. El tipo se lo tomó en joda, primero; no le creía una palabra. Como Giusti le insistió, el hombre embaló. Mientras tanto, todos decían que yo ya estaba en Argentinos, nadie tenía ni idea de ese incidente en la puerta de mi casa. Aparte, todos se jugaban la fija porque Argentinos se había metido en un negocio revolucionario, qué sé yo, un grupo empresario había puesto un montón de plata, iban a jugar de locales en Mendoza, y ahí aparecía yo, para terminar de cerrar todo el negocio.

Pero los pibes del Bicho la cagaron... Y el que casi la paga, sin comerla ni bebería, fue Guillermo Cóppola, con quien me había empezado a ver de nuevo, como amigos que éramos, aunque a la mayoría no le gustara un carajo. Resulta que estábamos en la disco El Cielo, tomando algo, y de golpe lo encaró Avila, el empresario Carlos Avila, hecho una furia: ¡A vos, a vos!, le gritaba. ¡A vos te voy a hacer mierda, nunca más vas a vender un jugador!, ya lo tenía agarrado de un brazo y Cóppola estaba dispuesto a darle. ¡Nos cagaste el negocio y lo cagaste a Diego!, le dijo, ya cara a cara. Yo le tenía el brazo a Cóppola, porque veía que lo surtía. Entonces, Avila se dio cuenta: ¡Ah, sos Cóppola! Te había confundido con ese hijo de puta de Franchi. ¡Avila se los había confundido a los dos canosos! Al que quería matar era al que le había prometido que yo iba a jugar en Argentinos y ahora me iba para Rosario.

Giusti habló con Marcos, Marcos habló conmigo y yo le dije que le dieran para adelante. No sé por qué, me había hecho a la idea de que con Newell's iba a cumplir mi sueño: volver a jugar la Copa Libertadores. Yo estaba hecho un avión: había empezado una dieta en Uruguay, con el chino Liu Guo Cheng, y lo tenía al lado a Daniel Cerrini, que tenía pinta de fisicoculturista pero sabía un huevo de alimentación y de entrenamiento.

Por eso estaba como estaba: pesaba 72 kilos, era un pendejo.

Grondona lo llamó a Marcos y le avisó que se acababa el tiempo, que definiéramos todo porque había que pedir el pase internacional. Menos de una semana antes, el 5 de septiembre del '93, la Selección había sufrido la peor derrota posible contra Colombia, aquel 5 a 0 que a mí me dolía en el alma. Ahí fue cuando yo le dije: "Newell's, Newell's... y que sea lo que Barba (Dios) quiera".

Lo que El Barba (Dios) quiso fue una fiesta increíble, que me hizo acordar a mi llegada al Napoli, cuando en el San Paolo se juntaron ochenta mil personas para escucharme hablar dos palabras en italiano y para verme revolear una pelota a la tribuna. Algo así pasó acá, el jueves 13 de septiembre, y si no había más de cuarenta mil personas, era porque la cancha del Parque Independencia no daba para más. ¡Qué belleza! ¡Habían ido sólo para verme entrenar! Me contaron que hasta gente de Sri Lanka hubo, porque se bajaron de un barco que estaba en el puerto de Rosario.

El Indio Solari, Jorge Raúl Solari, un grande, alguien que había tenido mucho que ver con mi llegada, se encargó de armar una fiesta espectacular. Me acuerdo que los muchachos me revolearon por el aire, en el centro de la cancha, como bienvenida, y la gente deliraba. ¿La verdad? Pienso en aquellos tiempos y me emociono: tengo algo especial con Newell's y también con Rosario, porque me acuerdo que ni los hinchas más hinchas de Central, los que tienen armada esa organización increíble, la OCAL (Organización Canalla Anti Leprosa), los hinchas más furiosos de Central, se animaron a tirarse en contra mío. Contra Newell's, sí, lógico; sacaron un comunicado que decía: Hay que ayudar a Maradona, la lepra también se cura.

La lepra, así le decían a Newell's. Y la lepra volvió a llenar la cancha para mi debut extraoficial, el jueves 7 de octubre del '93, contra el Emelec de Ecuador. Otra fiesta armada por el Indio, un homenaje en vida donde me permitieron entrar a la cancha con mis dos hijas en brazos y leer un cartel de bienvenida, escrito con fuego, que decía: diego, nob es tu casa. Lo era, en serio, así lo sentía yo.

Oficialmente, debuté con la camiseta de Newell's contra Independiente, en Avellaneda, el domingo 10 de octubre de 1993. Después de casi nueve años volvía a jugar en la Argentina; yo, que siempre digo que si algo debo y algo me deben son más minutos jugados aquí, en mi tierra, ante mi gente. Perdimos 3 a 1 pero, aunque a mí no me guste decir estas cosas, yo sentí que había ganado: metí dos rabonas y una de ésas me la sacó el Loco Islas cuando se metía, cuando era gol. Lo dije en aquel momento y lo repito ahora: me sentía en una nube, no podía creer que me sintiera tan bien, apenas cuatro meses después de mi salida de Sevilla. Lo sentía como una resurrección, otra más. Me quedaba pendiente el tema de la Selección: se me había ido la mano con unas declaraciones contra Basile, dije que se había emborrachado con dos Copas América y... tenía que levantar ese muerto. Allí mismo, en la cancha de Independiente, dije que me iba a comunicar con él y que me iba a poner a sus órdenes: que iba a hacer todo lo posible por ganarme un lugar en la Selección.

En Rosario, una ciudad hermosa, me instalé en el Hotel Riviera. Ese fue mi puesto central, desde allí me movía. Vivía de emoción en emoción, la verdad, casi como si fuera más un homenaje que me hacían que mi propia carrera.

Enseguida vinieron los partidos definitivos, contra Australia, para conseguir un lugar en Estados Unidos '94: lo conseguimos, lo hicimos... Nos costó un huevo, eso sí.

Cuando volví, otra emoción: partido contra Boca en La Bombonera, el reencuentro con el Flaco Menotti. ¿La verdad? Sentía tanto respeto en la cancha, de mis compañeros, de los rivales, que me parecía que estaba jugando una exhibición. Pero no, no era, y con Boca también perdimos, 2 a 0. Ya no estaba el Indio Solari, lamentablemente.

Entonces llegó la noche fatal: jueves 2 de diciembre de 1993, cancha de Huracán, contra el Globo. Yo venía embalado y también baqueteado: los dos partidos contra Australia, uno más contra Belgrano, en Córdoba. Ahora, éste: íbamos ganando 1 a 0, piqué a buscar una pelota perdida y escuché el ruido, atrás... Roto, roto: casi trece años después, ¡trece justo!, me había vuelto a desgarrar.

Fue un feo verano, aquél. Primero, los balines, toda esa historia de mierda que no hace a esto: una reacción fuerte, sí, pero ante una actitud que yo no tenía por qué aceptar, que se metieran en mi casa, en mi vida. Finalmente, mi último partido en Newell's, fue un amistoso contra Vasco da Gama en Rosario. Jugué 72 minutos, dos más de los que me había obligado la televisión por un contrato con el club, y salí. No volví a entrar nunca más, nunca más. Lo cuento así, rápido, porque así fue. Si parezco aburrido al recordarlo, también es cierto. Pero así me sale.

Lo que pasó, así, rápidamente, como para resumir, fue que a mí me llevó el Indio Solari y al tiempo él se fue. Con el Indio yo había arreglado que iba a tener ciertas licencias, lógicas, creo, a esa altura de mi carrera. Después llegó Jorge Castelli, con esto, con lo otro, y la cosa se pudrió. El no quería a la gente grande; después de que me fui yo, también les dieron el toque al Tata Martino, al Chocho Llop, al Gringo Scoponi. A los que de verdad sostenían aquel equipo y habían hecho grande a Newell's. Pero él, nada: él quería pibes jóvenes y después... ni siquiera esos pibes lo entendieron.

Lástima, lástima que terminó así aquel capítulo. Me fui. No quería robar la plata, nunca lo había hecho y menos lo iba a hacer ahí. Además, tenía el Mundial a la vuelta de la esquina, a poco más de cinco meses. Los buitres y los panqueques de siempre se animaron a anunciar que no lo jugaría. Que era imposible que yo, Maradona, jugara el Mundial de los Estados Unidos.

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