Yo soy el diego



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LA DESPEDIDA


Boca '95/'96
Volver a Boca fue como parir

después de un embarazo de catorce años.
Cuando volví del Mundial de los Estados Unidos, con las piernas cortadas y el corazón peor, se me cruzó por la cabeza que todo se había acabado, que no había nada más que hacer... La sanción salió en agosto: otros quince meses.

Le decía a Claudia: tengo ganas de acostarme, dormir, despertarme y ser jugador de Boca, y estar listo para salir a la cancha, sin prohibiciones, sin sanciones, sin nada. Pero era una ilusión. Ahora estaba viviendo una pesadilla. Y era tiempo de pelea. Contra el que se me cruzara: Havelange, Grondona, Passarella... ¡Passarella!

Resulta que, a partir de Estados Unidos, yo era Lucifer y Passarella, Dios. Por eso salté —porque nadie lo hizo— cuando quiso hacerse el santo ordenando una rinoscopia para todo el plantel de la Selección: era una barbaridad, una fantochada todo.

La cosa es que yo algo tenía que hacer en esos quince meses de condena que la FIFA me había tirado por la cabeza. Mandiyú de Corrientes fue el primero que apareció y se animó a darme una oportunidad: ser director técnico de un equipo... En dupla con Carlitos Fren vivimos una experiencia que fue maravillosa, lo que pasa es que tuvimos que ser entrenador, presidente, psicólogo, mangar pelotas a Adidas. De todo. Fueron muchas cosas que me agobiaron, pero también me llenaron como hombre, y me hicieron ganar el respeto de todos los muchachos que dirigí. Porque cuando yo llegué no tenían nada. No tenían una pelota para entrenarse, los arcos no tenía redes.

El primer partido, contra Central, lo dirigí desde la platea, con mi hermano Lalo al lado, como dos hinchas más, porque no tenía la autorización para sentarme en el banco: perdimos 2 a 1 y me cansé más que en un partido con alargue de la Selección. El mejor resultado de aquella campaña, chiquita, fue el empate contra River, en el Monumental.

Y duré poco, la verdad: dos meses, desde el 3 de octubre al 6 de diciembre, apenas doce partidos, un triunfo, seis empates y cinco derrotas. Un día se apareció Cruz, Osvaldo Cruz, que era el dueño del club o no sé qué, por el vestuario nuestro y pegó el grito:

¡Muchachos, hay que poner huevos, ¿eh?!

Yo estaba de espaldas y Fren, de frente. Lo miré a Carlitos y le dije:

—¿Le pegas vos o le pego yo?

Me di vuelta, lo encaré a Cruz y le grité:

—¡Gordo y la concha de tu madre, ¿qué mierda venís a hablar con los jugadores? Con los jugadores hablamos nosotros... ¡Y te vas!

No, porque...

—¡Te vas, porque te rompo la cara a trompadas!

Y ahí me contestó:

¿!Y vos quién sos!?

¡Para qué! Le tiré un par de piñas hasta que me lo sacaron... El vestuario es mío cuando soy técnico, ¡mío! Y no me banqué que viniera a decirles a los jugadores que no ponían huevos. Después de eso me fui, lógico.

El '94 terminaba mal, pero el '95 parecía arrancar mucho mejor: me llamaron de Francia, para hacerme un homenaje de esos que yo siempre dije que quería que vinieran desde adentro, de mí tierra. Pero no, éste venía desde afuera: el lro de enero de 1995 —es decir, en el medio de mi suspensión, por si alguien no se dio cuenta— la revista francesa France Football me entregó el Balón de Oro como reconocimiento a mi trayectoria futbolística. Fue una emoción enorme y fue, también, mi reencuentro definitivo con Guillermo Cóppola. Yo le pedí por favor que me acompañara en ese viaje, porque él tenía mucho que ver con las razones por las que me habían dado aquel premio. Con Guillermo viví los años más exitosos de mi carrera futbolística, mis títulos más importantes, aunque eso nadie lo recuerde. Todos prefieren masacrarlo. A partir de ese momento simplemente se sumó, nunca arreglamos que fuera mi manager o algo por el estilo. Mientras, Ojitos Bolotnicoff seguía trabajando como mi abogado. La etapa de Marcos Franchi ya había terminado.

Después, sí, vino lo de Racing. Una experiencia que no me resultó tan linda, la verdad, como la de Mandiyú. Más allá de los resultados, digo. Porque estaba un tipo como De Stéfano de presidente, Juan De Stéfano, que conmigo, personalmente, se portó muy bien, pero como dirigente no respetó lo que habíamos hablado. Yo le pedí un marcador central y no me lo trajeron: yo había hablado con el Goyo Héctor Almandoz, que para mí, en ese momento, era el mejor líbero de la Argentina, y él mismo, Almandoz, le habló a Bianchi, para que lo dejara ir. Pero como en ese momento Bianchi estaba peleado conmigo, Vélez salió pidiendo como un palo ochocientos, un disparate. Y Racing no tenía plata ni para comprar una camiseta, los muchachos no cobraban. Teníamos un equipo para pelear el descenso, era como Mandiyú, pero con historia. Y una historia pesada, ¿eh?

Fueron cuatro meses de lucha, sobre todo contra los arbitros. Como técnico de Racing tuve que luchar contra una verdadera mafia, y no lo soporté. Encima, De Stéfano perdió las elecciones, yo había dicho que me iba con él y me fui. Cuatro meses exactos para once partidos, dos victorias, seis empates y tres derrotas. Así de clarito.

Pero es una buena experiencia la de ser técnico, muy buena. Te volvés, no sé, mucho más sentimental: te duelen más las cosas que les hacen a tus jugadores que las que te pasaron a vos mismo. En Racing, yo muchas veces quise entrar a la cancha por culpa de los arbitros, me sacaban de las casillas: Juan Bava, Ángel Sánchez, flor de quilombos tuve con ellos, y estoy convencido de que, por mi culpa, perdía Racing. Porque ellos la tenían conmigo, era algo personal. Pero hubo más cosas, muchas más, que me encantaron de mi experiencia como técnico: el hecho de dirigir un grupo, los entrenamientos, disfrutar de la relación con los jugadores. Sentí en el alma cómo me hubiera gustado, cuánto me gustaría todavía, tener en las manos un equipo poderoso.

Lo curioso es que aquella vez, a la semana nomás, de pronto, se me presentó la posibilidad. La oferta me llegó del hombre y del lugar menos pensado: de Pelé, para hacerme cargo de todo el fútbol del Santos, de Brasil. Todavía faltaba para el día de mi liberación —ese bendito 15 de septiembre de 1995 no llegaba nunca—, pero lo que Pelé me ofrecía se parecía mucho al ideal: ser técnico y, después, también jugador.

Me invitó a una de sus casas, en San Pablo, y el sábado 13 de mayo viajé con Guillermo, con Marcelo Simonián, un empresario muy amigo, y con Daniel Bolotnicoff. La pasamos muy bien charlando, la verdad; además, la cosa no se terminaba en el fútbol, también estaba la posibilidad de hacer cosas por los chicos de la calle, en la Argentina y en Brasil.

En realidad, yo quería ser técnico y jugador, pero en Boca. Y dos cosas se me cruzaban para que eso se cumpliera: una, que Boca no tenía un mango y, encima, sacarle un centavo del bolsillo a Carlos Heller, el vicepresidente, era más difícil que conseguir agua caliente en Fiorito; la otra, que los dirigentes, sobre todo don Antonio Alegre, el presidente, no quería saber nada con eso de jugador y técnico al mismo tiempo. Estaba Silvio Marzolini al frente, como en 1981, y al viejo ni se le cruzaba por la cabeza moverlo del banco. Y encima, pasó una cosa bien fulera: empezaron a decir que le estaba moviendo el piso a Marzolini; ni a La Bombonera podía ir porque se ponían histéricos, le tomaban la leche al gato con esa pelotudez. ¡Yo iba a ver a Boca, viejo, como cualquier hincha! La gente gritaba, sí, pero eso yo no podía evitarlo.

Lo mejor que me podía pasar era lo que pasó: la Pelé Sports Marketing me invitó a un viaje por Europa.

A la vuelta me llamó Heller. Un domingo a la mañana yo estaba jugando un picado en Tortuguitas, en la cancha de Adidas, y me llamó al celular de Cóppola. Ese mismo día, ellos dos se fueron a almorzar juntos y yo me fui a ver Boca-San Lorenzo por tele en la Quinta de Olivos, junto con el presidente Menem. Ese día, Boca perdió con San Lorenzo y yo lo viví como si fuera un jugador más. Estaba cuatro puntos físicamente, tal vez por eso me cansé comiéndome las uñas como me las comí.

Dos días después, el martes 6, yo estaba otra vez ahí, en la Quinta Presidencial. Pero ahora con más intimidad: Menem, Claudia, las nenas, yo... El presidente fue el que metió el dedo en el ventilador: ¿Y, Diego? ¿Qué pasa con Boca?, me preguntó. Y yo le contesté: "Me muero de ganas para que se concrete, presi... Pero todavía no hay demasiado". Claro, yo sabía que los problemas eran dos: de plata, uno, pero también estaba mi sueño de ser técnico y jugador.

El jueves se reunieron, sin mí, todos los que podían definir la cuestión: Heller y Spataro, por Boca; Cóppola y Bolotnicoff, por mí; Carlos Avila, por... la plata. Ahí se acercaron en los números, sobre todo gracias a un clásico de mi carrera: los amistosos, apuntando sobre todo al mercado asiático, a Japón, a Corea, a China... Cualquiera de ellos era capaz de pagar más de un millón de dólares por verme jugar noventa minutos. La cosa es que, cuando terminó esa reunión, Guillermo me llamó por teléfono y me dijo: Mira, Diego, que esta gente te quiere en serio. Sí o sí. Lo percibí en la piel. Todo lo demás se puede arreglar, incluido lo de Marzolini. Después hablamos mejor.

Ese llamado me hizo muy bien, me fui a dormir con una paz enorme, pensando en una frase: Esta gente te quiere en serio.

Cuando me levanté, al día siguiente, me sentía fenómeno. Le agarré la cara a Claudia con las dos manos, le di un beso en la frente y le dije: "Estoy feliz, Clau... Que ellos hayan demostrado un interés serio me pone muy, pero muy feliz".

Y me fui a entrenar al Cenard, donde estaba trabajando desde que había vuelto de Europa. Con el Renegado Vilamitjana, con el control del doctor Lentini, con los otros pibes, con un enchufe terrible. Trabajé más que cualquier otro día y apenas terminé, como siempre, hablé de más. O, mejor, dije lo que tenía que decir, por si alguien tenía alguna duda, todavía. Como en el '81 había sido Crónica, esta vez fue el programa Las Voces del Fútbol, de Radio Libertad. Tiré, sin anestesia: "Estoy muy feliz por la propuesta, me encanta. Me siento jugador de Boca". Por otro celular, me estaba escuchando Carlos Heller, así que le agregué, ahí mismo: "Carlitos, me gusta la propuesta, vamos a darle para adelante". Y no me quedé con eso; lo llamé a Marzolini: "Silvio, está todo bien. Hay cosas que yo no comparto, sobre todo en cuanto a línea futbolística, pero sé que nos vamos a poner de acuerdo... Si ya lo hicimos una vez". Claro, ya lo habíamos hecho una vez, en el '81: él no me quería y me tuvo que aceptar; ahora, yo no lo quería a él, pero me lo tenía que bancar.

Estaba todo bien. Yo no tenía ningún derecho a apresurarlos, la verdad, y el solo hecho de volver a ponerme la camiseta de Boca me hacía sentir muy, muy, muy feliz. Lo de la plata estaba más que garantizado, porque el empresario Eduardo Eurnekian, el capo de América, se había subido al negocio. Se lo encontró a Guillermo por ahí, en un café, le preguntó en qué andaba yo, Guillermo le contó y el viejo le dijo: Yo quiero hacer ese negocio. Así que arreglaron con Torneos, que a partir de eso se iba a ocupar sólo de producir los partidos, y listo. Gente que pusiera la plata no me faltaba: los números se parecían bastante a los de mi contrato '87/'93 con el Napoli y aquella vez habían sido veinte palos en cuatro años, a razón de cinco por año.

Lo único que me quedaba era prepararme, responderle a Pelé, decirle muchas gracias, está todo bien, y rogar que los días pasaran rápido: Grondona hizo alguna gestión ante la FIFA, para que me redujeran la pena, pero mucha pelota que digamos no le dieron. Así que me dispuse a esperar.

Para empezar, volví a La Bombonera. El Boca de aquellos tiempos era bastante gris, y yo lo sufría, pero escuchar el viejo canto, Vale diez palos verdes / se llama Maradona / y todas las gallinas / le chupan bien las bolas, ya me ponía de buen humor. El domingo 11, cuando me presenté otra vez en ese estadio que era mi casa, pasé por el vestuario, saludé a los muchachos, que yo consideraba ya mis compañeros, y sentado en el palco de La Bombonera, justito en la mitad de la cancha, donde a mí me encantaba estar... me comí una derrota, contra Belgrano de Córdoba. Ahí leí el fax que me había mandado Pelé, cerrando definitivamente la negociación. ¿La verdad? Aquella vez estuvo bien el Negro, muy bien, porque en el fax decía todo esto...

"A mis amigos de Argentina, en relación a los recientes acontecimientos que involucran a la empresa de la cual soy presidente y a Diego Armando Maradona, debo aclarar que;

"1. Diego continúa siendo el mayor jugador de la actualidad, y su fútbol original y creativo seguirá por mucho tiempo encantando a los que, como yo, amamos el fútbol.

"2. Lamentablemente, cuestiones burocráticas entre abogados y clubes impidieron materializar uno de los proyectos más lindos que me fue presentado en mi vida: el trabajo conjunto entre Diego Armando Maradona y mi compañía. No supieron interpretar lo que para mí y Diego estaba claro y definido.

»3. Nada modificará la relación entre Maradona y Pelé. Siempre lo respeté como futbolista, pero aprendí a respetarlo aún más como hombre a partir de nuestro reciente encuentro personal."

Y seguía. Un diplomático, Pelé. Como siempre, bah...

La cosa es que ya estaba en mi casa, otra vez. Para mí, volver a Boca fue como parir después de un embarazo de catorce años. Quería alegrar a la gente, quería volver a escuchar, en cualquier barrio de Buenos Aires: Vieja, vamos a la cancha, vamos que hoy juega El Diego. Porque yo soy El Diego, y soy de los que me llaman así: El Diego. Pero como no quería engañar a nadie, me embarqué en un contrato por productividad: cobraba si cumplía. ¿Qué miedo iba a tener, si me sentía Gardel? Pero Gardel en serio, ¿eh?: la gente de América me contrató también para hacer una película, justamente en homenaje a Carlitos. Se llamaba El día que Maradona conoció a Gardel y yo cumpliría otro sueño con eso: cantaría "El día que me quieras" en dúo con El Zorzal. Gracias a las computadoras, por supuesto, pero no dejaba de ser cierto.

Me pasaban tantas cosas, todas buenas, que un día le dije a Claudia: "Tengo miedo de despertarme mañana y darme cuenta de que todo esto es un sueño, que no es cierto". Claro, si encima Boca había cumplido con la promesa y me compró ¡a Caniggia!, para que jugara conmigo, como ya lo habíamos hecho en la Selección. Eso me garantizaba muchas cosas: que los dirigentes estaban haciendo las cosas a lo grande, como correspondía en Boca y también que el negocio iba a funcionar, porque con Cani y yo juntos los amistosos iban a caer a montones. Más vale que así fuera, porque al fin toda la operación había movilizado más de quince millones de dólares.

Todo iba muy bien, hasta que me di cuenta de que trabajaba como un loco, que me entrenaba todos los días, pero llegaba el domingo... ¡y no podía salir a la cancha! Ahí fui consciente de lo duro de la sanción, ¡de lo injusto de la sanción! Y, no sé, quería que todos entendieran, a partir de ese sentimiento mío, por qué había dicho "me cortaron las piernas". Porque me las habían cortado, ¡carajo!

Por eso desaparecí de los entrenamientos en Boca por una semana, porque no podía con mi alma. Y anuncié que no iría más, que seguiría por las mías, tal como estaba escrito en el contrato, hasta que se levantara la sanción, no antes. Me hacía mal, ¡me hacía mal de verdad!

Y lo mismo me pasaba en la cancha, cuando iba a ver al equipo. Recuerdo particularmente una noche, en la cancha de Vélez, contra Platense, el viernes 18 de agosto. ¡Lo que sufrí! Terminé yéndome del palco oficial, desde donde estaba siguiendo el partido, para escucharlo por radio, en el pasillo. Fue aquella noche que me crucé con Passarella, a un metro de distancia, y ni nos miramos... No sé, me había estallado algo en la cabeza, no aguantaba más la espera, no lo soportaba, se me hacía muy difícil. Era muy duro que llegara el domingo y no poder salir a la cancha.

Todos me decían: Es poco tiempo, es poco tiempo... Para mí, cuarenta y cinco días, eso era lo que faltaba, me resultaba un siglo, ¡una eternidad! Cada vez que entraba el equipo a la cancha, con la cancha llena y un marco espectacular, sin mí ahí, abajo, me daban ganas de llorar. Esa era la pura verdad.

Entonces, me convencí de que tenía que hacer las cosas a mi manera. Menos de quince días después, el jueves 31 de agosto, me embarqué en un avión privado hacia Punta del Este. Mi jefe de entonces, Eurnekian, me había conseguido la chacra de un amigo suyo, Samuel Liberman, para que yo armara mi operativo retorno desde allí. Al avión subí a Cóppola, como siempre, a Germán Pérez, que era como un asistente mío, y alguien que sabía que iba a provocar quilombo en la Argentina: a Daniel Cerrini. Sí, a Daniel Cerrini. Porque sabía que me podía ayudar mejor que nadie y también porque en el país de hipócritas en el que vivíamos, donde nadie le daba una segunda oportunidad a nadie, yo quería ser distinto: en el Mundial se había equivocado él, sí; pero también me había equivocado yo. Y no estábamos dispuestos a tropezar dos veces con la misma piedra. Aquello nos había servido de experiencia a todos.

Me tomé unos días. Hasta que el domingo 3 de septiembre, a las siete de la mañana, los levanté a todos de un grito: "Acá vinimos a laburar, ¿no? Entonces, ¡vamos a laburar!". Aquel lugar invitaba, también: la "chacrita" de Liberman era una monstruosidad, con cancha de fútbol, parques ideales para correr, de todo... Otra vez, me puse a dieta. Otra vez, Boca me hizo sufrir; aquel domingo empató con Lanús: ¡no ganaba nunca! A esa altura, yo me había convertido en el defensor número uno de Marzolini: si lo echaban, yo no volvía. Y el partido del regreso lo jugaba con un equipo mío, hasta con Passarella si él tenía ganas. Digo lo de Passarella porque en aquellos días nuestra guerra estaba en su punto máximo: ¡el pelotudo jodia con eso del pelo y hasta Redondo le pegó el portazo! Me acuerdo que dije, por aquella negativa de Fernando: "Mira vos, las vueltas de la vida, me voy a tener que hacer una remera que diga aguante redondo". Y también hice algo más, que muchos entendieron como un mensaje para Passarella, pero nada que ver: me pinté el pelo de azul y estaba dispuesto a agregarle, en cualquier momento, una franja amarilla.

Estaba tan embalado con todo que en esos mismos días cumplí con otro sueño: de Punta del Este me fui a Buenos Aires, de Buenos Aires —después de descansar unos días, apenas— a Madrid, de Madrid a París... Y en París, el lunes 18 de septiembre, concreté un viejo sueño: fundé el Sindicato Mundial de Futbolistas. Me apoyó una banda, pero una verdadera banda, en serio, con el francés Eric Cantona a la cabeza. El estaba suspendido, como yo, y fue el primero en sumarse a la idea. Pero también estuvieron George Weah, Abedi Pelé, Gianluca Vialli, Gianfranco Zola, Laurent Blanc, Rai, Thomas Brolin, mi gran amigo Ciro Ferrara, Michael Preud'Homme... Un equipo de primera. ¡Ojo! La pretensión, sencilla pero imposible por la actitud de ellos, era que los dirigentes nos escucharan. Que los futbolistas tuviéramos, de una vez por todas, voz y voto.

De ahí mismo piqué a Estambul en un avión privado, un viaje loquísimo para estar presente en un partido a beneficio de los chicos de Bosnia. Llegué cuando el partido casi terminaba, hice un par de jueguitos, la gente me aplaudió y partí de nuevo. Al día siguiente tenía que estar en Corea del Sur, para empezar a prepararme. De Estambul a Londres y de Londres a Seúl, por fin. Llegaba la hora: por fin, me iba a poner la camiseta de Boca en serio.

Yo estaba allá, en el otro lado del mundo, pero me sentía muy cerca de Boca. Jugaba solo, pero en mi imaginación estaba con todos: entonces metía pelotazos cruzados y gritaba: "¡Pica, Cani!". Pensaba en el equipo, dónde poner a cada uno, a Mac Allister, a Carrizo, a Giunta... Por eso, también, no me quise perder el partido que los muchachos jugaban en Buenos Aires, contra Independiente. Y volví a uno de mis clásicos: escuchar el partido por radio, como fuera. En Fiorito, con mi viejo movíamos el aparato, porque se nos iba la onda y terminaba escuchándose nada más que un chillido; en Barcelona, me colgaba del teléfono y mis hermanas me ponían la radio cerca; en Seúl hice lo mismo. Me dieron un teléfono de esos con parlante, le pedimos a la gente de Radio Mitre que nos llamara y lo vivimos como si estuviéramos en Devoto. Fue otro domingo sin triunfo, y entonces todos empezaron a hablar de mí como el salvador. Yo no me sentía eso, la verdad: pero sí sabía que podía ser un ordenador, un tipo que transmitiera optimismo, por lo menos. Entraba fresquito, estaba como nuevo.

Y me pinté una franja amarilla en el pelo, una franja como la de la camiseta de Boca, pero con un mensaje: todo en repudio... En repudio a los caretas, a los cabeza de termo, a los que le toman la leche al gato, a los que se les escapa la tortuga, a los que le decían a mi vieja que era la madre de la efedrina, a los poderosos que hacen lo que quieren olvidándose de la gente, a los que me habían dejado, una vez más, quince meses sin poder hacer lo que más quiero, lo que me representa: jugar al fútbol.

Volví a una cancha, en serio, el sábado 30 de septiembre de 1995, en el estadio olímpico de Seúl. Le ganamos a la Selección de Corea del Sur 2 a 1 y yo jugué mejor, mucho mejor, de lo que había soñado... Otra vez había elegido un tema para volver, y ahora me lo había soplado Cóppola: "Tratar de estar mejor", de Diego Torres.

No me faltaba nada y no faltaba nadie: estaba Menem, estaba Bilardo, estaba Menotti... Cada uno por lo suyo, está bien, pero lo cierto es que estaban ahí, ¡estaban conmigo! El presidente, que justo estaba allí por una visita oficial a Corea del Sur, me había hecho la pregunta clave, hacía unos meses ya, metiéndome definitivamente el bichito de mi vuelta a Boca. El Narigón y el Flaco, bueno, ahora eran periodistas, ¡periodistas!, y era difícil pensar que coincidieran. Pero, por lo menos, los dos estaban contentos con mi regreso.

Fue el mejor de todos mi regresos, seguro: porque anduve como no había andado en ningún otro y porque yo, cuando juego bien, me divierto. Aquella noche me divertí como loco.

Estaba feliz, y no sólo por mí... Estaba feliz por mis hijas; las llamé por teléfono apenas volvimos al hotel y lloramos como locos, los tres. También por mi vieja, por mi viejo, por los míos. Y porque estaba cerrando un año y medio muy, muy duro: en mi país, en la Argentina, la gente puede ser buena cuando quiere ser buena, pero también muy hija de puta. Y yo había respondido ahí, en la cancha, donde yo hablo, que había sido una injusticia que me tuvieran quince meses sin jugar, que cuando yo pongo huevo, puedo correr más que nadie... Sin falopa, sin falopa. Porque mi única falopa para jugar fue, siempre, la pelota. A ver si les queda clarito, lo voy a repetir hasta que los caretas lo aprendan: ¡la cocaína no sirve para jugar al fútbol, la cocaína te tira para atrás en una cancha, la cocaína te mata!

Recuerdo perfectamente todo, absolutamente todo, de esos días de mi regreso. La concentración en el Hindú Club, el viaje en el micro hasta La Bombonera...

Sábado 7 de octubre de 1995. Yo iba sentado en el primer asiento, solo. Desde ahí, miraba a la gente, que nos saludaba. De golpe, vi a unos pibes que se marcaban la banda de River en el pecho. Yo pensé: "¡Estos me van a tirar algo!". Y no, nada que ver, todo lo contrario. Los pibes me decían así, con los labios, como si fueran mudos y le estuvieran hablando a un sordo: "¡I-gu-al-te-que-re-mos!". Ya estaba, ya estaba: ése era mi mayor triunfo.

En realidad, me olvidé cuando entré a la cancha. Era una fiesta impresionante... Pero me mataron cuando hicieron aparecer a Dalma y a Gianinna ahí, adentro de una caja. ¡Me mataron! Me temblaron las piernas, otra vez, una vez más. Fue un golpe durísimo: yo les agradecí a todos la buena voluntad, pero eso de que las nenas aparecieran con un cartel que decía: papá, gracias por volver, cuando yo tenía la cabeza puesta en jugar y nada más que en jugar... me mató. Se les escapó la tortuga con esa historia.

Encima, levanté la vista, como para buscar tranquilidad en el cielo, y me encontré con una bandera, colgando desde una de las tribunas: ¿con la 10? ¡Dios!

Lo cierto es que me llevó 45 minutos volver a acomodarme: jugué el primer tiempo como si fuera un principiante, un debutante, y cometí todos los errores que hasta ahí yo le había marcado al equipo. ¡Estaba aceleradísimo!

Después pasó de todo: me pelié con el Huevo Toresani, Julio César Toresani, que se quiso hacer famoso conmigo, y terminamos ganando 1 a 0, cagando, con un gol sobre la hora de Darío Scotto. Grité como nunca antes en un partido, porque me sentía técnico, también. La idea aquélla nunca se me había ido de la cabeza, y como no la podía concretar, se me había ocurrido eso de ser el técnico adentro de la cancha. Ni pensé que Marzolini se fuera a enojar; al contrario, si a él le convenía.

Me sentí bien metiendo pelotazos, tocando con precisión. Pero también me di cuenta de que había cosas que todavía no podía hacer. Por ejemplo, no me animé a pegarle al arco de afuera... y de adentro tampoco. Por supuesto, más allá del rendimiento, me tocó el control antidoping, ¡qué casualidad, ¿no?! Antes de que yo llegara, a Caniggia le había tocado tres veces seguidas: si eso no era una persecución, ¿qué era?

Al final, después del partido, en la conferencia de prensa, a alguno se le ocurrió preguntarme si había vuelto a vivir. Y yo le contesté: "¿Si volví a vivir? Yo nunca estuve muerto, maestro...". De ahí, del estadio, nos fuimos todos a una fiesta sorpresa que me había preparado Cóppola, en el Soul Café, del Zorrito Von Quintiero, un gran músico, un gran amigo. Era la inauguración del boliche y ahí en el barrio Las Cañitas todavía no había esa cantidad de restaurantes que hay ahora. ¡Lo hicimos famoso nosotros! Yo lo disfruté con el alma: había una pantalla gigante, repitieron el partido y me lo vi todo... Además, parecía un casamiento de esos de antes, porque estaba mi familia completa, mi mujer, mis hijas, mis viejos, mis suegros, mis hermanas, mis amigos, y también un montón de invitados famosos que podría resumir en un solo: Charly García. Cuando terminaron de pasar el partido, él armó su propia fiesta y terminó tocando el piano con mis hijas alrededor, cantando. Ya estaba, no podía pedir nada más.

Eso pensaba, pero me había olvidado que otra vez estaba jugando un campeonato, que en siete días tenía otra cita, otra fiesta. ¡Y no era una más, viejo! El domingo 15 de octubre volví a jugar contra Argentinos Juniors, que ya no era mi equipo; era el de mi sobrino, el Dany, el hijo de la Ana y de mi cuñado, Carlos López. Toda la familia se instaló en la platea de la cancha de Vélez. Mi vieja, fumando sus Marlboro y a las puteadas contra un diario que ese día había publicado que ella prefería un empate, porque se enfrentaban por primera vez su hijo y su nieto, ¡justo en el Día de la Madre!

El irrespetuoso del Dany me hizo un foul y casi nos vacuna, pero aquella noche —por una cuestión de edad, o de respeto— la noche fue mía... Aunque jugaba contra pibes como el Tomatito Pena, que cuando yo debuté en primera tenía tres meses de vida. ¡Había jugado contra el padre! La cosa es que le hicieron un foul a Scotto en el borde del área: la acomodé, le pegué... y la clavé en el ángulo. Juro, juro, que me tomé unos segundos para pensar qué hacía: ¿lo gritaba o no lo gritaba? Primero pensé en no gritarlo, la verdad. Por mi cuñado Gabriel, que es fanático de Argentinos, por aquellos buenos viejos tiempos. ¡En esa misma cancha le había hecho cuatro goles a Gatti, con la camiseta del Bicho, cuando peleábamos el descenso! Y esos hijos de puta me estaban silbando, ahora, esos imbéciles pagos. Entonces pensé en la Tota, en su día, y le agradecí al Barba (Dios) que otra vez me daba la oportunidad de regalarle algo... De regalarle un gol.

Después, cuando volví al vestuario, cuando saludé con un beso en la boca a mi vieja, me enteré que mi cuñado, el Morsa, se había peleado, él sólito, contra toda la barra brava de Argentinos. No soportó que me silbaran, no lo soportó.

Ya estaba al borde de los 35, yo, y preparaba una fiesta de las que a mí me gustan, con todo. Pero antes de eso festejé con un poquito de fútbol. Teníamos que viajar a Córdoba, a jugar contra Belgrano, que lo había vacunado mal a Boca las cuatro últimas veces que había jugado, y yo quería la revancha a toda costa. Pero justo esa semana se armó un quilombo infernal, un quilombo de ésos que sólo era capaz de armar Mariana Nannis, la mujer de Caniggia. Declaraciones que van, contestaciones que vienen, me acusó a mí de joderle la vida al marido, cuando en realidad Caniggia era un tipo al que yo quería con el alma. Otra vez, yo, la manzana podrida. Creo que aquella historieta me jodio más a mí que al propio Cani. Me derrumbó, me agarró una depresión tremenda. Y sí, fue cierto, no me entrené en toda la semana. El único que logró sacarme, como tantas otras veces, fue Cóppola. Así llegué a Córdoba, de última, pero dispuesto a todo, como siempre.

Peor estaban los cordobeses, pobres. Mal, como tantas provincias argentinas. Por eso me alegré de haber viajado, porque me recibieron con una alegría que iba más allá del fútbol, más allá de todo. No sé si eran todos hinchas de Belgrano los que me aplaudieron cuando aterricé allá, pero me motivaron tanto, que cuando salí a la cancha estaba como si me hubiera entrenado un mes seguido. Encima, me habían contado que el Negro Nieto, Enrique Nieto, que era el técnico de Belgrano, les había dicho a sus jugadores: Nada de fotos con Maradona, ¡no quiero cholulos en mi equipo, ¿eh?! Pero apenas pisaron el césped, se me fueron acercando casi todos, despacito, como con timidez, con miedo, a pedirme una foto... Para mí, era una sensación rara: insisto, parecía que cada uno de los partidos era un homenaje. Como si me estuvieran despidiendo. Pero, más allá de eso, era como un orgullo que yo me llevaba de cada cancha. Un montón de jugadores me metieron duro, no me regalaron nada y después, al final del partido, me dijeron: Diego, te deseo toda la suerte del mundo. Eso, para mí, era invalorable. Venía Barros Schelotto y me decía: Sos un fenómeno; venía otro y me comentaba: Diego, si te pego a vos, esta noche no entro en mi casa. ¡Ojo! Eso también se me volvía en contra, ¿eh?, porque estaban los que se agrandaban marcándolo a Maradona: Ahora me van a conocer, yo soy el que borró a Maradona. El tema era que Maradona no dejaba que lo borraran, que Maradona no se entregaba, diciendo: "Total, yo gané veinticinco campeonatos". Maradona agradecía, pero después quería bailarlos. Iba a luchar para que no me pararan jamás.

Ganamos, sí, otra vez, el tercer partido consecutivo... Cagando, pero ganamos, 1 a 0. Terminé el partido llorando, pero llorando en serio, y declaré, casi a los gritos: "Fue una semana muy dura para mí, muy dura. Y triste, sobre todo".

Verlo tan mal a Cani, a mi amigo, me había hecho mierda. Parecía una boludez, pero así soy yo. Esa misma noche decidí dejar de meterme, que la Nannis hiciera lo que se le cantara. Lo que sí, no le iba a permitir nunca que me prohibiera contar mis sentimientos: si estaba triste, estaba triste, y eso no me lo podía impedir ni la Nannis ni nadie.

Pero ese triunfo, jugar de Maradona libre por toda la cancha como cuando tenía 17 años, todo eso, se lo debía a la bronca, a Cani, como tantas veces en mi vida: la bronca como combustible.

Después, sí, armé aquella fiesta de cumpleaños. Fue en el Buenos Aires News y junté a todo el mundo: mi familia, primero; mis compañeros de Boca, por supuesto; pero también Charly García, Juanse, Diego Torres, Ricki Maravilla, Andrés Calamaro. ¿Que yo soy contradictorio? Sí, ¿y quién no lo es? Lo cierto es que estuvieron allí todos los que yo quería que estuvieran. Y festejé con un mensaje: que iba a vivir muchos años más, aunque varios querían que no fuera así.

Esos varios, que no eran pocos, también pensaban que los futbolistas éramos todos unos ignorantes: y la mejor respuesta no se la di yo, sino la prestigiosa Universidad de Oxford.

Esa sí que fue una de las más grandes alegrías de mi vida: que me reconocieran en ese lugar. Por eso hice un esfuerzo enorme para estar. Jugué contra Vélez en la cancha de Boca, el domingo 5 de noviembre. Ganamos nuestro cuarto partido consecutivo, y desde La Bombonera volé hasta Ezeiza. Me acompañaban Claudia, mis hijas, Cóppola y Bolotnicoff. Me tomé un avión hasta Nueva York y ahí hice escala —más que eso no pude hacer, porque se sabía que los yanquis no me dejaban entrar en Estados Unidos— y enganché con el Concorde. En tres horas y media aterricé en Londres y en una camioneta me llevaron hasta Oxford. En menos de veinte minutos estaba parado frente a un montón de estudiantes de todo el mundo, que me aplaudían como si hubiera hecho el mejor gol de mi vida. La idea había sido de un pibe argentino a quien le voy a estar agradecido toda mi vida, Esteban Cichello Hübner. Durante treinta y cinco minutos leí un discurso que me habían ayudado a escribir Bolotnicoff y Cóppola. Para mí, era un desafío, un desafío en serio: volví a leer en público desde mis tiempos de la primaria. El sentido de lo que dije aquella vez era el que me había movido siempre: demostrar que los jugadores de fútbol no somos ignorantes, defender la dignidad del jugador.

Después, los pibes me empezaron a hacer preguntas, y eso me gustó todavía más. Tal vez porque estaba emocionado, o porque los que me preguntaban se lo merecían más que nadie, reconocí que el gol a los ingleses, aquel de la mano de Dios, había sido en realidad con la mano de... Diego. Pero les expliqué, les expliqué enseguida por qué lo había hecho: porque lo haría contra cualquier equipo del mundo, por mi forma de ser, porque siempre busco lo mejor... para los míos. Sentía que el tiempo había curado todo, la verdad, y por eso me animé a decirlo.

Después, me tiraron una pelotita de golf y me pidieron que hiciera jueguito. Me atajé, les dije que eso se hacía con zapatillas, por lo menos, y no con los zapatos brillosos que tenía, pero me animé igual: la levanté con la zurda y le pegué, una, dos, tres, diez veces... y la tribuna se vino abajo. Me gritaban: ¡Diegouuu, Die-gouuu!, con acento inglés, y a mí se me cayeron las medias.

Muchas gracias les dije y muchas gracias les repito, hoy. Porque me hicieron sentir orgulloso, porque me obligaron a confesar en quién había pensado, cuando estaba allí, rodeado por los estudiantes de una de las universidades más prestigiosas del mundo, los mismos que me habían premiado, me habían entregado una toga y me habían nombrado Maestro Inspirador de Quienes todavía Sueñan: en mis hijas... y en mis viejos, que me dieron la educación que pudieron.

Seguramente impulsado por todo eso que vivía, volví a Buenos Aires hecho un avión. Boca había vuelto a ser un equipo de punta, un equipo para ganar el campeonato en serio. Yo ni me había dado cuenta del detalle, pero a un periodista se le ocurrió preguntarme algo, justo en el medio de uno de mis entrenamientos privados en un gimnasio, después de jugar contra Gimnasia en Jujuy y antes del clásico contra San Lorenzo. Claro, era el 20 de octubre de 1995.

Diego, hace 19 años, un día como hoy, debutaste en primera. ¿Qué se te cruza por la cabeza hoy, con casi dos décadas de fútbol sobre la espalda?

—Lo mismo que en aquellos días, te juro. Las mismas ganas de jugar, de entrar a la cancha, de ganar... Igual.

Era cierto, en serio. Me iba demasiado bien, mejor de lo que yo pensaba. Casi para festejar, jugamos contra San Lorenzo, en la fecha siguiente. Empatamos, pero jugué bien, muy bien. Tuvimos varios encontronazos con el Cabezón Ruggeri y a mí me encantaron, porque me lo pude bancar y porque los dos éramos parecidos y de viejitos todavía dábamos todo. Esa tarde no sólo me aplaudió la hinchada de Boca; la de San Lorenzo, también me ovacionó.

Fue entonces que pasó lo que yo sabía que podía pasar: si me iba mal, saltarían todos los caretas a decir que era un viejo choto, que daba vergüenza, que me tendría que haber retirado; pero me fue bien... y empezaron a inventar. Primero, Fernando Miele, el presidente de San Lorenzo, empezó a llorar, a decir que el campeonato estaba armado para nosotros; le salió Grondona al cruce y lo cortó, pero el tema ya estaba en la calle. Después, algo peor: un periodista insinuó que había un control antidoping positivo en Boca; claro, Caniggia no estaba jugando y todas las miradas se clavaron en mí... Fueron puñales, la verdad. Me derrumbaron, me derrumbaron otra vez. Y volví a encerrarme.

Estaba triste, ¿la verdad?, muy triste. Parecía que cuanto más le daba a la gente, más se querían meter en mi casa... Los periodistas, digo. "¡Apareció Maradona!", publicaron, y yo estaba saliendo de la puerta de mi casa, después de una semana difícil, donde me habían acusado injustamente y con un tema que a mí me dolía mucho, me dolía demasiado. Juro por mis hijas, que aquello fue algo muy fuerte, de mala leche, de mal gusto. ¿Les parece exagerado? A mí no, a mí no, porque eran cosas que se repetían y, por más que tuviera la piel curtida, dolían demasiado. Era como confirmar que estaba siempre en el ojo del ciclón, y yo ya no quería vivir dando explicaciones. Quería algo de paz. ¿Era mucho pedir? Uno no es un santo, pero ¿quién lo es? Ese es y ése era el tema: todo el mundo vive hablando de ejemplos, ¡ejemplos las pelotas! En la Argentina, no hay un ejemplo viviente, así que no me rompan los huevos a mí. En aquel momento, como tantas otras veces, pensé en irme a vivir a otro país, pensé en México.

Insisto, yo no me quejaba de la gente en general, sino de algunos tipos en particular, malos tipos, malos periodistas. Me había ido maravillosamente bien hasta con los hinchas de River, con quienes he tenido una lucha de toda la vida por ser de Boca. En la calle, muchos me decían: Soy de River, pero te llevo en el corazón. Eso era algo que a mí me emocionaba mucho, pero todo lo demás me jodia, sobre todo, porque el balance que yo hacía en ese momento era positivo al máximo: después de un año y medio largo parado, mi intención había sido volver más o menos bien.

Pero volví demostrando que si no me sacaban del Mundial éramos campeones otra vez, de taquito.

Viví intensamente todo, cada entrenamiento, cada partido, y logré lo que quería yo: batir todos los records de recaudación. No hubo un partido donde no se haya reventado la cancha. Ese era mi objetivo y ya estaba cumplido. Después, quedaba ver si podíamos coronarlo con el campeonato, me iba a jugar la vida por eso. Pero también toda aquella historia me sirvió para confirmar que en la Argentina existe la corrupción, dentro y fuera de la cancha. Y que no íbamos a ser nosotros quienes pudiéramos voltearla.

Había —y debe haber, todavía— técnicos que les pedían plata a los jugadores para ponerlos. A mí me contó Insúa, Rubén Insúa, que no fue a un equipo, una vez, porque el técnico le pidió plata y él no le quiso dar. "¿Y por qué no lo haces público?", le pregunté. Por el sistema, me contestó. ¡Pero carajo, ¿de qué sistema hablamos?! A mí me pasaron algo así, por arribita, pero no se animaron: si me llegaban a ofrecer dos con cincuenta, ¿sabes cómo los mandaba al frente?

Y también estaba el tema de los arbitros, terrible. Había una presión muy fuerte de los clubes hacia ellos, se equivocaban y todo el mundo pensaba mal de ellos. Decían eso de que todo estaba arreglado para nosotros, ¡arreglado las pelotas! Si nosotros ganábamos todos los partidos 1 a 0 y colgados del travesaño. A nosotros no nos daban penales cantados y a Vélez, que era nuestro rival, jamás le cobraban un penal en contra. ¿Qué iba a decir, yo? ¿Que ahora estaba todo arreglado para ellos? Un disparate, un disparate que hacía que los arbitros no supieran jamás dónde estaban parados. Por eso me pasó a mí lo que me pasó con aquella famosa historia de la cuarta amarilla.

Resulta que se acercaba el clásico contra River y yo tenía tres amonestaciones. Con una más, quedaba afuera. Por poco no llaman a elecciones para saber si yo me tenía que hacer amonestar en un partido contra Banfield, en la cancha de Independiente, para poder llegar limpio al clásico. ¡Un disparate! ¿Y si pegaba una patada y me expulsaban directamente? Pero, bueno, así estaban la cosas... y en el entretiempo, se me aparece el referí, Hugo Cordero,y me preguntó: Diego, ¿quiere que lo amoneste? Yo lo quería matar: "¿¡Qué!?", le grité. "¡Amonésteme si me tiene que amonestar, y déjese de joder, que ya bastantes quilombos tengo como para que me meta en otro!" La cosa que el tipo fue y me sacó la amarilla, nomás. Me dejó en pelotas, como si yo hubiera arreglado todo.

Eso me salvó de que mi carrera se cortara ahí mismo. Porque, la verdad, estaba viviendo situaciones difíciles y feas, comparables a las que había vivido cuando me fui del Sevilla y cuando me fui de Newell's. Porque a mí me encantaba —y me encanta— jugar al fútbol, sí, pero si el fútbol hacía llorar a mis hijas, yo mandaba a la concha de su madre al fútbol. Aunque yo estuviera agradecido por todo lo que me dio, que es todo lo que tengo: para mí, era más importante que Dalmita y Gianinnita sonrieran, que hacer sonreír a treinta millones de argentinos... No hay comparación.

En aquel momento, me quedaban dos años de contrato todavía, y soñaba con llegar a jugar la Copa Libertadores en el segundo. Pero para eso teníamos que ganar un campeonato local, y yo estaba más deprimido que enojado. Eso no era bueno, porque la bronca siempre había sido la mejor motivación para mí. Racing nos goleó 6 a 4 y nos bajó de la punta y Mauricio Macri ganó las elecciones, era el nuevo presidente de Boca y se tenían que ir de la conducción Alegre y Heller.

Fue un golpe muy duro, demasiado. Me dejó groggy y ya no me recuperé, no me recuperé. No llegué para jugar el último partido, contra Estudiantes, donde teníamos una mínima posibilidad de conseguir el título y todo terminó.

Se empezó a hablar del reemplazante de Marzolini, que al final del campeonato se iba, y a la hora de tirar nombres, yo tuve mi primer choque con Macri: "Si viene Bilardo, yo me voy", le dije. Y me dispuse a dar la cara ante quienes de verdad debía darla: los hinchas. El martes 16 de diciembre, encima de noche, entré a La Bombonera más fría y silenciosa que recuerde de toda mi campaña en Boca. Yo estaba recaliente, había dicho que ése iba a ser mi último partido. Levanté la vista y los brazos, como siempre, mirando a la popular nuestra y me encontré con un montón de escalones amarillos vacíos, ¡espantoso!, y pude leer dos banderas. Una decía: gracias por el campeonato. Y la otra.- ¡hasta cuándo! basta de jugar con la hinchada, basta de camarilla. basta de llenarse los bolsillos sin ganar campeonatos. Me sentí como el orto, sentí que esta vez era yo el que le había tomado la leche al gato, que les había fallado a ellos, a los que habían llenado La Bombonera todos los domingos para ver a Maradona, a El Diego. Cuando terminó el partido, un tristísimo 2 a 2, los cinco mil pobres cristos que se lo habían bancado, se pusieron a gritar: ¡El Diego no se va / El Diego no se va! Y resolví, ahí mismo, que iba a seguir en Boca, con Bilardo o sin Bilardo. Por la gente, otra vez. Llegué al vestuario, lo llamé a Cóppola y le dije: "Anda y arregla todo".

Yo mientras tanto, me había decidido a poner otras cosas en su lugar: en enero de 1996 le di el puntapié inicial a la campaña "Sol sin Drogas" y confesé mi adicción a la cocaína. Lo único que voy a decir es lo siguiente: lo hice por los chicos, sobre todas las cosas. Dije aquello de "fui, soy y seré drogadicto" para confirmarle a la gente, por si no lo sabía, que en nuestro país había —y hay— mucha droga. Y, contra lo que la mayoría piensa, a la vuelta de la esquina... La droga existe en todos lados y yo no quería —ni quiero— que la agarren los pibes. Tengo dos hijas, ¿no?, y me pareció que era muy bueno decir todo esto; fue una obligación de padre y una obligación conmigo mismo. Porque yo no fui, no soy ni seré un hipócrita. Y con eso me dejé al descubierto. Lástima que no sirvió para nada: es demasiado grande el negocio de la droga como para que Maradona lo detenga. Que quede claro: los poderosos no quieren que se detenga y hoy, en ese tema, no soy más que una cortina de humo, una vía de escape, una distracción. Y punto con esto.

Por aquellos tiempos, entonces, tenía la cabeza partida en dos: por una lado, la campaña, que me llevaba un montón de tiempo y de viajes; por el otro, el regreso al trabajo con Boca y mi reencuentro con Bilardo. Yo fui clarito, para empezar: con el Narigón íbamos a andar fenómeno, porque yo tiré las cartas sobre la mesa y todos entendieron las reglas del juego. Pero también tenía que haber quedado claro que yo había aceptado a Bilardo como técnico sólo por la hinchada. Una vez más, como con Marzolini, había cedido por la gente. Eso sí: le pedí a la hinchada que estuviera atenta, porque yo no era de fierro y si saltaba algo, chau... Cuando yo decía saltar algo, decía: "No me saques de la cancha si me hiciste entrar infiltrado", como lo que había pasado en el Sevilla. Pero Bilardo estaba bien, ¡más loco que nunca, pero bien!

El lío, ahora, venía por otro lado: con Mauricio Macri jamás tuve buena relación, jamás, por el hecho de que él decía que éramos obreros y lo nuestro era lo mismo, lo mismo, que vender autos. Yo lo cacé al vuelo enseguida, por eso le dije de entrada: "Conmigo te equivocaste, pibe". El jamás en su puta vida estuvo en un vestuario, a no ser que su padre le haya regalado alguno. Por eso él no era nadie para venir a decirme: Los premios se los vamos a pagar así o asá, ustedes con Alegre y Heller se llenaron de plata y no ganaron un campeonato. ¡Y a él qué carajo le importaba! Lo que pasa es que Macri tiene menos calle que Venecia. Y el primer encontronazo fue, justamente, por los premios.

Yo ya había arreglado que me sumaba a la pretemporada después y estaba en Punta del Este. Me llamó un periodista amigo, para ver cómo andaba, y me contó que en Ezeiza, donde estaba trabajando Boca, en el viejo y querido Centro de Empleados de Comercio donde habíamos empezado con la Selección de Bilardo, había un lío bárbaro por el tema de los premios. Ya Macri había andado diciendo pelotudeces, como: Al que le gusta bien y si no también. O, peor: Bajamos la persiana y listo. No dudé ni un segundo: alquilé un avión privado en El Jagüel y salí volando. Una hora y media después estaba ahí, con los muchachos, arreglando todo. Y lo arreglamos. Nos sentamos con los dirigentes, me acuerdo que estaba Pedro Pompilio, y les dijimos lo que nosotros pensábamos. Escucharon al Mono Navarro Montoya, a Mac Allister y, sobre todas las cosas, a mí: yo era el representante del plantel, el capitán. Les pedí respeto, les pedí que se ganaran al jugador. Les aconsejé que hicieran las cosas de tal manera que pudiéramos confiar en ellos.

Pero no estaba todo tan claro. Arranqué jugando los torneos de verano, contra Racing, contra Independiente, y después teníamos que ir a Mendoza, para jugar contra River, a fines de enero del '96

Yo tenía un compromiso de la campaña "Sol sin Drogas" en Cosquín y le había avisado a Bilardo que, en una de ésas, no podía llegar, que fuera preparando un posible reemplazante. El la tenía más clara que nadie, me había dicho: Yo tengo que solucionar el equipo cuando vos no estás, le tengo que encontrar la vuelta... Y se la voy a encontrar. A mí, en realidad, en aquel momento me jodian otras cosas, que no tenían nada que ver con el tiempo: por un lado, me había pegado un latigazo atrás, en el muslo derecho, que me tenía a maltraer; y por el otro, lo de los premios seguía en veremos y yo sentía que los dirigentes, a mí, me mentían. Sí, que me mentían, y entonces me rayé: no me bancaba que me forrearan. Los refuerzos no llegaban nunca y Mauricio Macri, que para mí era Pajarito en la intimidad y Silvio Berlusconi en los sueños, se convirtió, de repente, en el Cartonero Báez. Eso era, el Cartonero Báez, el ciruja que se hizo famoso porque salió como testigo en el juicio de Monzón, cuando lo condenaron por asesinato.

Después de aquello de Mendoza, le expliqué por qué no había estado y me puse a disposición de él, como correspondía. Estábamos los dos al aire, haciendo una nota por la radio, y el periodista me preguntó...

¿Por qué los hinchas no se enteraron tempranito de que no ibas a jugar?

—Eso de tempranito me parece una boludez. Dije que no iba a estar en los partidos del verano y sin embargo estuve contra Independiente y Racing. Acá los nombres no tienen que importar, tiene que importar la camiseta, si no, con todo respeto, jugarían Argentinos, All Boys, Ferro. Acá juegan los grandes del fútbol argentino.

Y ahí se metió Macri, al aire: que no pequemos de humildad, que esto, que lo otro, que qué te costaba avisarle a la gente, que si estabas lesionado lo podías haber dicho...

¡Para qué! Me acomodé y me le tiré con los tapones de punta: "No es para discutirlo por radio. Me parece que te zafaste, Mauricio, esto lo tenemos que hablar entre nosotros y ahora vos me tiras a la gente en contra. Porque el que decide quién entra o quién no juega cinco minutos antes es Bilardo. Y vos le pedirás el informe a Bilardo y nos echaras a los dos si querés, y si no, seguiremos haciendo las cosas como queremos nosotros o como las quiere Bilardo. No quiero hablar, por miedo a zafarme yo, pero ahora te zafaste vos... Hasta luego". Y ahí nomás le corté, ¡lo mandé a la puta que lo parió! No, no era un buen clima.

Pese a todo, volví a trabajar con el equipo. Jugamos un amistoso contra Armenia, que formaba parte del contrato de Caniggia, y por primera vez sentí que me silbaban, que los hinchas de Boca me silbaban.

Después nos fuimos al Sur, a San Martín de los Andes, a hacer una especie de pretemporada y a todos nos vino bien alejarnos un poco del quilombo. Igual, a quien me quisiera escuchar, yo le decía que lo de mi mala relación con Macri no era un rumor, era una realidad. Y lo definía con pocas palabras: él nació de padres muy ricos, yo nací de padres muy pobres, que la gente saque sus conclusiones.

Igual nos seguimos viendo, no nos quedaba otra. Una vez se apareció por Ezeiza, donde nos entrenábamos, y se vistió de jugador. Quería sacarse el gusto, el guacho, quería jugar con sus empleados: estuvo en mi equipo, arriba, haciendo dupla con Caniggia. Ganamos 1 a 0, con gol mío, y cuando me pidieron una opinión, fui bien contundente: como futbolista... es un buen empresario.

Cuando dejé de pelear, me puse a jugar. Aunque en la cancha también era una lucha, la verdad. Aquel equipo estaba para morder, no para pelear el campeonato. Yo lo dije y todos me miraron raro, pero era la más absoluta verdad: estábamos para el cuarto o quinto puesto.

Oficialmente —por los puntos, digo— el ciclo Bilardo-Maradona arrancó con una goleada: el 8 de marzo, en la cancha de Vélez, le metimos cuatro a Gimnasia y Esgrima de Jujuy. Yo hice el primero, de penal. Después, todo era cuestión de tirarle la pelota a Caniggia. ¡Cómo estaba Cani! Un fenómeno, ganaba él solo los partidos. A Platense, a Lanús. Y el cabeza de termo de Passarella no lo llamaba a la Selección. Tampoco llamaba a Batistuta, y dejaba a los dos mejores delanteros del fútbol argentino afuera.

La cosa es que, como podíamos, dábamos pelea. Yo era un viejito talentoso, si quieren una definición: metía pelotazos justos, alguna gambeta, pero me costaba definir en el área, me costaba...

¿Hubiéramos llegado más arriba si yo metía alguno de los cinco penales consecutivos que erré en aquellos seis meses fatales? Qué sé yo: lo único que se me ocurre es que aquellas cinco maldiciones terminaron marcándome en una etapa para olvidar.

Todo empezó en Rosario, contra Newell's, el 13 de abril de 1996. Veníamos invictos hasta ahí, sin dar mucho. Aquella noche me pasó de todo: me atajaron el penal, para empezar, y me volvió a tirar atrás, en la derecha, para terminar. Tuve que salir, no aguantaba más el dolor. Y a algún cabeza de termo se le ocurrió silbarme, encima. ¡No me creían! No me creían que estaba lesionado, pero ¿era posible? Yo sentía una pelota de tenis en la pata y había algún boludo que dudaba.

Por eso, y por otras cosas, tardé en volver. Es que veía las cosas distintas que Bilardo y de afuera me lo bancaba menos: teníamos al Kily González, a la Brujita Verón, a Caniggia. Había que meter algo de equilibrio y para eso estaba el Pepe Basualdo. Pero Bilardo se había emperrado y no lo ponía... Me costó, me costó volver.

Y me tocó justo contra Argentinos: le hicimos cuatro, empezamos a mirar la tabla de otra manera. Empezaron, en realidad, porque yo volví a resentirme de un desgarro y me tuve que volver a parar. Hasta que vino Belgrano a La Bombonera, el 9 de junio, y... la puta madre, en mi regreso, la maldición del penal: Labarre me atajó otro. ¡Que desesperación! Volvía para la mitad de la cancha y escuchaba, livianito, frío, un Maradooó, Maradooó, como para perdonarme, pero no tanto. Eso que sentía atrás, en la popular, me dolía, sí, pero no tanto como lo del palco, allá al costado. ¡No quería ni mirar! Sabía, me imaginaba, a la Claudia y a las chicas llorando. Porque era así, ¿eh?, ¡lloraban en serio! Menos mal que salvé la ropa, cuando el partido ya se iba, cuando ya nos quedábamos con un empate que no servía para nada: la agarré justo allá, debajo de los palcos, y le tiré un globo, por encima de todos: aterrizó detrás de Labarre, y se clavó en el palo más lejano; los vacuné, los vacuné a todos... El Barba (Dios), me había dado una mano, otra vez.

Pero estaba visto que no podía vivir mi regreso en paz. Lo tenía al Barba de mi lado, pero se nos cruzó el diablo... No, el diablo no: Castrilli, peor todavía. Yo creo, hoy, que aquella noche del domingo 16 de junio, en la cancha de Vélez, cambió el final de mi historia en Boca. Porque jugábamos contra nuestro rival directo en la lucha por el título y le estábamos ganando, ganando de verdad: jugamos media hora de fútbol que, creo, fue lo mejor que hice desde que decidí volver. El Cani, como siempre, un genio, un salvador, había metido un cabezazo para el primer gol, a los quince minutos, nomás, y yo les movía la pelotita, de acá para allá... ¡Hasta una rabona les metí! Pero, ¿ven?, ahí está la diferencia: mientras yo metí una rabona, que hasta los hinchas de Vélez aplaudieron, a nosotros nos metieron la mano en el bolsillo. A Vélez le dieron un gol, un tiro libre y un penal, que no fueron, ¡no fueron!

Después del penal, dos minutos antes de que terminara el primer tiempo, me volví loco. No, ahora que lo escribo, no: el que se volvió loco fue Castrilli, ¡fue él! ¡Por la gente de Boca lo traté con respeto! Si hubiera sido por mí, le rompía la boca. La cosa es que me le paré adelante, me puse las manitos atrás, y le pregunté por qué me había echado. Como no me contestaba, le pedí por favor: "¡Somos seres humanos, explícame por qué!". Y como no me contestaba, le grité: "¿¡Qué estás!? ¿¡Muerto!?". Y me dio un ataque, una ataque de verdad, casi me desmayo. Por supuesto, me sortearon para el control antidoping. "¿Y a él, por qué no le hacen el control a él?", les pregunté a todos y nadie me contestó; tendrían miedo que los echara. Lo único, lo único que quería en ese momento, era que a él no lo dejaran dirigir más. Y que a mí no me dieran muchas fechas. Pero ya mirábamos otra vez el campeonato de lejos, otra vez. Por eso digo: si ganábamos ahí, íbamos derecho al título. Y ése sí que hubiera sido el retiro que yo me merecía.

Volví contra Central, el sábado 29 de junio a la noche, en el Gigante de Arroyito ganamos, el equipo jugó bastante bien, yo también, seguíamos un poco prendidos, pero... ¡yo volví a errar un penal! El tercero consecutivo. Una desgracia, sí, pero una desgracia que me empezaba a romper las bolas. A mí, ¿eh?, porque el equipo sumaba igual, aunque yo errara penales.

Ya parecía joda, porque contra River, ¡me pasó lo mismo! Ojo, aquella noche del 14 de julio, todo tuvo un sabor distinto: pegué mi penal en el palo, sí, pero a las gallinas ¡les metimos cuatro! Uno del Pepe Basualdo y tres de Cani, que estaba imparable. Yo seguía sintiendo que éramos menos que Vélez, pero cada vez jugábamos mejor... El Narigón había encontrado un equipo: el Mono Navarro Montoya en el arco, Gamboa de líbero, Fabbri y el Colorado Mac Allister como stoppers, el Pepe Basualdo y el Kily González como laterales volantes, Fabi Carrizo en el medio, la Brujita Verón por todos lados, Caniggia y Tchami —blanco y negro— arriba... ¿Yo? Yo donde podía, acompañando. Creo que lo mío, a esa altura, era más que nada presencia, presencia. Me respetaban mucho los rivales. Tanto, que me animé a candidatearme para la Selección: como dije aquella vez, le metí un pase en profundidad a Passarella, pero el Kaiser no salió al balcón, no se animó, no contestó.

Después de aquel superclásico nos fuimos a China, a jugar dos amistosos que iban a servir para pagar mi pase. Fue un viaje increíble, a un lugar donde yo nunca imaginé que me conocían tanto... ¡Ni por la Ciudad Prohibida pude caminar tranquilo! A mí me parece que aquel viaje fue bueno para el grupo, pero el Narigón estaba que volaba, porque se le cortaba la racha, veníamos pegando duro y parejo en la Argentina.

Por aquellos días, también recibí una oferta impresionante. Por mis 35 pirulos, seguramente la más importante de toda mi vida: para que jugara dos años en Japón me ofrecían ¡veinte palos verdes! ¿La verdad? Aparte de la guita, había un montón de cosas que me hacían pensar en irme, en serio: por ejemplo, no me gustaba nada que Boca, para armar sus divisiones inferiores, le comprara jugadores a todos los clubes de la Argentina. Eso hacía Griffa y por eso le dije: "Así, hasta mi viejo saca pibes...". Igual, el amor era más fuerte, y también dije que no cambiaba otra vuelta olímpica en La Bombonera de la mano de mis hijas ni por todo el oro del mundo. Eso no tenía precio.

No tenía precio y yo lo regalé, la puta madre. Otra vez Racing nos arruinó la fiesta. El 7 de agosto, de noche —noche terrible para ser sincero— nos vacunó el Piojo López, yo erré mi quinto penal consecutivo y todo se derrumbó, otra vez. En el vestuario me largué a llorar, sabía que ya no me quedaban muchas oportunidades para cumplir mi último sueño. El campeonato se había terminado para nosotros y yo me quería morir. Una semana después, el 11 de agosto, salí a la cancha, para jugar contra Estudiantes, convencido de que era mi último partido con la camiseta de Boca. Dalma y Gianinna habían llorado mucho después de aquel partido contra Racing, creo que nunca me habían visto tan mal, tan triste. Yo asumí todo lo que le pasó a Boca en esa temporada, todo: lo bueno y lo malo.

Recién once meses más tarde volví a ponerme la camiseta de Boca para salir a una cancha. ¡Once meses! Mucho, mucho tiempo... Esta vez, por ahí en repudio, en rebeldía, lo decidí yo, yo mismo. No fueron los poderosos del fútbol.

Si hubo alguien poderoso que me arruinó aquellos días fue el juez Hernán Bernasconi. El responsable de quitarle la libertad a mi amigo Guillermo Cóppola y, con eso, mi tranquilidad. Fue un golpe terrible. Lo único que me interesaba, lo más importante, era que se hiciera justicia. Y todavía hoy la estamos buscando. Hoy, el mismo Guillermo dice que todo aquello que pasó con su caso, con el caso Cóppola, cortó mi carrera cuando estaba para volar. Y tiene razón.

Fue un año, casi, donde hice y me pasó de todo... menos jugar a la pelota. Fueron tantas cosas y tan locas, que casi no me acuerdo, ese período lo tengo como borrado.

Me fui a Suiza, primero. Fue un viaje que me organizó Cóppola, el mismo domingo a la noche, cuando volvimos de la cancha, después de aquel último partido. Sí, Lucifer me eligió un lugar, una clínica, donde podrían ayudarme a salir de las drogas, eso le habían dicho a él. Y el lugar parecía serio, sí, hasta que el médico que me atendía, dos días después de recibirme, dio una conferencia de prensa y contó todo de mí, hasta el grupo de sangre que tenía. Un careta. Por lo menos, me quedó la tranquilidad de que el resultado del control antidoping que me hicieron después del partido contra Estudiantes, que salió mientras yo estaba allá, dio negativo.

Mi cumpleaños número 36 fue uno de los más tristes de mi vida. Ya estaba en Buenos Aires y elegí entrenarme con los muchachos de Boca, para que pasara lo más rápido posible.

¿La verdad? Lo confieso, no sabía para dónde salir: un día decía que quería jugar en Boca, otro que me quería retirar para siempre, otro que me quería ir del país. Sonaba contradictorio, lo sé, pero ahora me doy cuenta por qué: no sabía cómo vivir sin jugar al fútbol. No me alcanzaba, no me alcanzaba ni siquiera con las exhibiciones que seguían ofreciéndome en todas partes del mundo. La última, la que cerró el '96, fue en Montevideo, en el estadio Centenario. Y me abrió la puerta a una posibilidad de volver, pero volver en serio: picó Peñarol de Montevideo, nada menos. Sin quererlo, me despertó las ganas de ponerme la camiseta de Boca, otra vez. Aunque fuera de Nike y le hubieran puesto una rayita blanca entre el azul y el amarillo, aunque pareciera la ropa de la Universidad de Michigan... Era la de Boca, y era la que yo quería.

Mientras tanto, armé una hermosa reunión del Sindicato Mundial de Jugadores, que yo mismo había fundado. Estuvieron Di Stéfano, Cruyff, Sócrates, Zidane, Stoitchkov, Klinsmann, Weah, ¡cada nene! Eso fue en febrero, cuando al frente de Boca ya estaba el Bambino, Héctor Veira, y se había ido el Narigón Bilardo.

Cuando volví, empezó el tira y afloje con Boca, que fue desgastante, tremendo. Tanto, que en un viaje a Chile, invitado por un programa de la tele de allá para hacer una nota, me agarró un bajón terrible, que me dejó por el piso. ¡Me sacaron en silla de ruedas del estudio! Y para mí fue como un aviso, una alarma... Eso pasó el 7 de abril; me puse las pilas y el 21 ya estaba firmando con Boca de nuevo. No me importaba un carajo si la camiseta tenía una rayita blanca o no; el equipo estaba mal, la gente peor y yo quería dar una mano. Me hice un montón de estudios, la máquina funcionaba bien pese a todo y le di para adelante. En junio, me fui otra vez a Canadá y contraté a Ben Johnson. ¡Sí, a Ben Johnson! El hombre más veloz de la tierra, digan lo que digan. Fue un fenómeno, me ayudó y mucho.

El 9 de julio de 1997, cuando volví a jugar en Boca, en un partido que fue una fiesta contra Newell's, pesaba menos de 75 kilos.

¡Volaba! Aquella tarde, hice un gol de tiro libre y todo... La leyenda continuaba. Jugué uno de los últimos partidos del Clausura, contra Racing y me preparé en serio para arrancar con todo el Apertura. ¡Me preparé en serio, ¿eh?! Y me metí en lo que yo sabía, como en el Napoli: a quién había que traer a Boca y a quién no... Ahí, en esa comisión directiva que Macri manejaba como quería, el único que lo hacía callar era el viejito Luis Conde, un fenómeno, que en paz descanse, ese sí que sabía de qué se trataba. La soberbia de Macri lo llevaba a no preguntar sobre lo que no sabía. El no sabía y no preguntaba; entonces, seguía sin saber y... metía la pata. Para que se sepa, de una vez por todas: a los mellizos Guillermo y Gustavo Barros Schelotto y a Martín Palermo los compré yo, ¡los compré yo! Hoy tendría que tener un porcentaje, yo, y se lo regalaría a los hinchas de Boca. Por todos los jugadores que yo le hice comprar al club y que después vendieron en millones de dólares... La cagada que se mandaron con Palermo, por ejemplo, cuando no lo vendieron a la Lazio, a fines del '99, fue por capricho, sólo por capricho: ya estaba vendido en veinte palos verdes, no lo dejaron ir, se lesionó y tuvo que empezar todo de nuevo. ¡Decí que tiene unos huevos! Y lo de los mellizos, lo mismo. Yo le dije a Guillermo: "Agárralo de la mano a tu hermano y no lo sueltes; si él no va a Boca, vos tampoco". Para que le hiciera ganar unos pesos y también porque a mí Gustavo me encantaba. Y los dirigentes que no, que no, hasta que me lo aceptaron. Lo único que me arrepiento de toda aquella historia, es de no haber puesto plata. Hoy, los mellizos y Palermo serían un poco míos, de verdad.

Y digo a propósito que es lo único de lo que me arrepiento. Porque todos saben que mi historia en Boca terminó con un nuevo control antidoping positivo, justo en la primera fecha de ese campeonato Apertura que iba a ser mi despedida, el 24 de agosto; justo contra Argentinos Juniors. Una cama me hicieron, una cama tan grande que todavía hoy no la puedo aceptar. Dicen que dio cocaína cuando yo me cuidaba como de mearme en la cama con eso. Dicen que dio cocaína...

Entonces me entregué, la verdad es que me entregué. Tenía la sensación de que me estaban dando un revólver como para que me matara. Demasiada cruz tenía con mi adicción como para que encima me sacaran así de la cancha... ¡Por Dios! Yo sabía de cocaína, ¿cómo no iba a saber de cocaína si era un cáncer que me acompañaba desde hacía quince años? ¿Iba a tomar cocaína antes de un partido? ¡Por favor, para eso me iba al Coyote o a El Cielo! Me habían hecho una chanchada, otra más.

Volví, volví una vez más. La Justicia me dio un permiso, una de esas medidas de no innovar. Jugué contra Newell's, hice un gol de penal, ganamos. Se venía el clásico contra River, en el Monumental, y quería estar ahí, ¡quería estar ahí! Jugué cuarenta y cinco minutos, pero jugué. Lo ganamos a lo Boca, lo dimos vuelta, fue 2 a 1. Lo disfruté mucho, muchísimo. Pero jamás pensé que ése iba a ser mi último partido.

Cinco días después, el 30 de octubre de 1997, el día de mi cumpleaños número 37, en medio de rumores sobre mi control antidoping, sobre si había tomado falopa o no, a alguien se le ocurrió decir que mi viejo se había muerto. Me desesperé, me volví loco, busqué un teléfono, llamé a mi casa, hablé con la Tota...

—¡Mami, mami, ¿qué le pasó al viejo, qué le pasó?!

Nada, nene... Está acá, ¿por qué?

Fue lo último, dije basta. Si había empezado alguna vez con esto, con esta historia del fútbol, era por un sueño mío. Y si había seguido, después, era por mi familia. Sentí que había llegado el momento de dejar de hacerlos sufrir. Y le dije adiós al fútbol. ¿Para siempre? Jamás diría eso.

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