Yo soy el diego



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EL ORIGEN


Villa Fiorito, Los Cebollitas, Argentinos Juniors, Selección Argentina
A mí, jugar a la pelota me...

me daba una paz única.
Empiezo este libro en La Habana. Por fin me decidí a contar todo. No sé, pero siempre me parece que quedan cosas por decir. ¡Qué raro! Con todo lo que ya dije, no estoy seguro de haber contado lo importante, lo más importante.

Acá, por las noches, mientras aprendo a saborear un habano, empiezo a recordar. Es lindo hacerlo cuando uno está bien y cuando a pesar de los errores no tiene de qué arrepentirse.

Es bárbaro recorrer el pasado cuando venís desde muy abajo y sabes que todo lo que fuiste, sos o serás, es nada más que lucha.

¿Saben de dónde vengo? ¿Saben cómo empezó esta historia?

Yo quería jugar, pero no sabía de qué quería jugar, no sabía... No tenía ni idea. Yo empecé de defensor. Me gustó siempre y todavía me seduce jugar de líbero, ahora que apenas me dejan tocar una pelota porque tienen miedo de que mi corazón explote. De líbero miras todo desde atrás, la cancha entera está delante tuyo, tenés la pelota y decís, pim, salimos para allá, pum, buscamos por el otro lado, sos el dueño del equipo. Pero en aquellos tiempos, ¡ma' qué líbero ni líbero! La cosa era correr atrás de la pelota, tenerla, jugar. A mí, jugar a la pelota me... me daba una paz única. Y esa sensación —la misma, la misma— la tuve siempre, hasta el día de hoy: a mí dame una pelota y me divierto y protesto y quiero ganar y quiero jugar bien. Dame una pelota y déjame hacer lo que yo sé, en cualquier parte. Porque la gente, la gente es importante, la gente te motiva, pero la gente no está adentro de la cancha. Y donde uno se divierte es adentro de la cancha, con la pelota. Eso hacíamos en Fiorito y eso mismo hice siempre, aunque estuviera jugando en Wembley o en el Maracaná, con cien mil personas.

Lo que pasa es que nosotros, en Fiorito, allá en la villa, desafiábamos mucho más que eso. Desafiábamos al sol. Mi vieja, la Tota, que me cuidaba y me mimaba todo el tiempo, me decía: Pelu, si vas a jugar... después de las cinco, cuando caiga el sol. Y yo le contestaba: "Sí, mami, sí, mami, quédate tranquila". Y salíamos a las dos de casa, con mi amigo el Negro, con mi primo Beto o con quien fuera, y a las dos y cuarto ya estábamos jugando, dale que dale, ¡bajo el rayo del sol!, y no nos importaba nada y nos matábamos... A las siete, por ahí, parábamos un rato, pedíamos agua en alguna casa y seguíamos. Jugábamos en la oscuridad, igual. Y ahora por ahí escucho algunos que dicen eh, en tal cancha falta luz, ¡si yo jugaba a oscuras, hiju'e puta! Yo no sé si nosotros éramos chicos de la calle; más vale éramos chicos del potrero. Si los viejos nos buscaban, sabían donde encontrarnos. Ahí estábamos, corriendo detrás de la pelota.

Los sábados y los domingos era así, todo el día. Y los días de semana también, desde las cinco, porque tenía que ir al colegio. Yo iba al Remedios de Escalada de San Martín, justo ahí, frente a la estación Fiorito. Al colegio me lo bancaba porque me lo tenía que bancar, por el hecho de no defraudar a mi viejo y a mi vieja, que me compraban el delantal y me llevaban y porque sospechaba que ahí iba a tener la oportunidad de poder ir a un club o de poder jugar a la pelota. Todo lo que hacía, cada paso que daba, tenía que ver con eso, con la pelota. Si la Tota me mandaba a buscar algo, yo me llevaba cualquier cosa que se pareciera a una pelota para ir jugando con el pie: podía ser una naranja, o bollitos de papel, o trapos. Así subía las escaleras del puente sobre las vías, saltando en una pata, la derecha, y llevando lo que fuera en la zurda, tac, tac, tac... Así iba hasta el colegio, también, o cuando la Tota me mandaba a hacer algún mandado. La gente me cruzaba y me miraba, no entendían nada. Los que me conocían ya no se sorprendían. Eran mis amigos, los pibes con los que compartía todo, hasta una porción de pizza. Sí, nos íbamos cuatro o cinco a La Blanqueada, al toque de Puente Alsina, donde todavía hoy se hace la mejor pizza del mundo, y nos comprábamos una única porción entre todos —para más no daba—, y la comíamos así, un mordiscón cada uno.

Tengo un recuerdo feliz de mi infancia, aunque si debo definir con una sola palabra a Villa Fiorito, el barrio donde nací y crecí, digo lucha. En Fiorito, si se podía comer se comía y si no, no. Yo me acuerdo de que en invierno hacía mucho frío y en verano mucho calor. La nuestra era una casa de tres ambientes, je... Era de material, un lujo: vos pasabas la puerta de alambre de la entrada y ahí había como un patio de tierra; después, la casa. El comedor, donde se cocinaba, se comía, se hacían los deberes, todo, y las dos piezas. A la derecha estaba la de mis viejos; a la izquierda, no más de dos metros por dos, la de los hermanos... De los ocho hermanos. Cuando llovía había que andar esquivando las goteras, porque te mojabas más adentro de la casa que afuera. O sea, no es que no teníamos una pileta; no teníamos agua: así empecé a hacer pesas yo, con los tachos de veinte litros de aceite YPF. Los usábamos para ir a buscar agua hasta la única canilla que había en la cuadra, para que mi vieja pudiera lavar, cocinar, todo. Y para bañarnos también: con la mano sacabas el agua del tacho y te la pasabas por la cara, por los sobacos, por las bolas, por los tobillos, entre los dedos. Lavarse la cabeza era más complicado, te imaginas, y en invierno más valía zafar.

La verdad, la verdad, no teníamos mucho para divertirnos, pero con mi amigo el Negro hacíamos barriletes y los vendíamos. Aparte tenía la pelota, claro. La primera pelota que tuve fue el regalo más lindo que me hicieron en mi vida: me la dio mi primo Beto, Beto Zárate, hijo de la tía Nena. Era una número uno de cuero; yo tenía tres años y dormí abrazándola toda la noche.

Yo siempre digo que fui un profesional de chiquito: jugaba para el equipo que primero me venía a llamar; a veces en casa no me dejaban y yo lloraba como loco, pero cinco minutos antes del partidito, la Tota siempre me daba permiso. A don Diego costaba más convencerlo.

Yo lo entendía a mi viejo, ¿cómo no iba a entenderlo si se deslomaba para que pudiéramos comer y estudiar? Eso era lo que él quería, que estudiara. Claro, él había llegado a Fiorito desde Corrientes por el año '55. Después que la Tota, eso sí. Porque la Tota se vino primero, con mi hermana la Ana, la mayor, al hombro. En Fiorito ya vivía una tía mía, Sara, y fue ella la que le dijo que en Buenos Aires iban a estar mejor. En Esquina se había quedado esperando novedades mi viejo, con Rita, mi otra hermana, y mamá Dora, mi abuela, un fenómeno. Allá era lanchero, trabajaba para Don Lupo, Guadalupe Galarza: en barquitos llevaba animales a las islas cuando el río bajaba y volvían a buscarlos cuando llegaba la creciente, para llevarlos otra vez a los campos. Vivía en el río, conocía todos sus secretos. Y todavía los conoce. Allá tenía muchas de las cosas que le gustaban, cosas que compartimos todavía: pesca, asado y fútbol. Es el día de hoy que una de mis salidas preferidas es la pesca. Nunca nadie hará un asado más rico que el de mi viejo. Según me contaron siempre, jugaba realmente bien al fútbol, le pegaba como una mula. La cosa es que cuando la Tota lo llamó, se largó para Buenos Aires a conseguir un trabajo. Lo consiguió... Bueno, eso de trabajo es un decir: en la molienda Tritumol laburaba desde las cuatro de la mañana hasta las tres de la tarde.

La cosa es que se instalaron como pudieron. No fue fácil, ¿eh?, nada fácil. Alquilaron una casilla, primero. Después, se mudaron a otra, un poquito, un poquito, nada más, mejor. Y a lo último llegaron a una casita con mucha chapa y madera y algunos ladrillos, cerca de la esquina de Azamor y Mario Bravo. Ahí está, todavía de pie, esa casita, casi igual. Ahí nacieron Elsa, María, después yo, Raúl (el Lalo), Hugo (el Turco) y Claudia (la Caly).

Había que laburar mucho para alimentar tantas bocas. Había que laburar mucho y mi viejo se mataba. Por eso yo trataba de hacer las menos cagadas posibles, pero... A veces mi viejo cobraba y me compraba zapatillas y yo las rompía enseguida porque jugaba a la pelota todo el día. ¡Era para llorar! Y en realidad llorábamos, porque encima de que se rompían, mi viejo me fajaba... Pero ojo, no lo cuento para recriminarle... Eran otros tiempos y eran otras costumbres... ¡Mi viejo no tenía tiempo de hablarme! Y entonces me tenía que pegar. Mi viejo no tenía tiempo para decirme como yo hoy le puedo decir a Dalma o a Gianinna: "Vení, vení que quiero explicarte esto". Mi viejo tenía que dormir aunque sea un ratito para ir al otro día a las cuatro de la mañana a la fábrica, porque si no se pudría todo en casa y no había para comer. Esto lo cuento para que todos sepan que hay muchas familias obligadas a vivir así y de paso para reconocer que me sirvió de experiencia, de mucha experiencia. Es el día de hoy que reconozco a mi viejo, a don Diego, como la persona más buena que conocí en mi vida, y repito, para ellos, para él y para la Tota también: si me piden el cielo, se los doy.

Esto es lo que quiero transmitir: a mí se me hizo la piel más dura por lo que viví en Fiorito y después también; pero los sentimientos no me cambiaron nunca. Ni me cambiarán. Cuando digo lo que quiero transmitir estoy diciendo que a los ídolos la gente los tiene en sus casas, bien cerca, pueden tocarlos. No es que los ven por la tele o en las revistas; están ahí... Por eso siempre digo que no soy ni quiero ser ejemplo. En todo caso, para mis hijas sí; a ellas me debo, ellas podrán juzgarme.

La verdad es que, gracias a mi viejo, a mí nunca me faltó de comer. Por eso tenía buenas piernas, aunque era flaquito. En otras casas por ahí los pibes no comían todos los días, y entonces se cansaban antes que yo. Eso me hacía un poco diferente a los demás: que tenía buenas piernas y que comía. Nunca pensé, nunca, que había nacido para jugar al fútbol, que me iba a pasar todo lo que me pasó después. Tenía mis sueños, sí, como ese que quedó grabado en la televisión, cuando ya era más conocido y dije que mi sueño... era jugar un Mundial y salir campeón del mundo con Argentina, pero era el mismo sueño de todos los chicos, como cualquiera. Lo que sí sentí fue que con la pelota era diferente a los demás, que en cualquier picado que me ponían lo resolvía, lo ganaba yo siempre. Así como en la vida se elige, en los picados también: siempre eligen los dos más grandes y ahí se arma todo. Y bueno, al Pelusita siempre lo elegían primero en los picados.

Siempre jugábamos a la vuelta de casa, en las Siete Canchitas. Eran unos potreros enormes, algunas canchas tenían arcos y otras no. ¡Las Siete Canchitas, como si fuera uno de esos complejos que hay ahora, con césped sintético y esas cosas! Aquéllas no tenían ni césped ni sintético, pero eran maravillosas para nosotros. Eran de tierra, de tierra bien dura. Cuando empezábamos a correr se levantaba tanto polvillo que parecía que estábamos jugando en Wembley y con neblina.

Una de esas canchitas era la del Estrella Roja, el equipo de mi viejo, donde yo jugaba sí o sí. Otra era de Tres Banderas, del papá de un amigo mío, el Goyo Carrizo. ¡Estrella Roja contra Tres Banderas era como Boca contra River! Era muy común eso, en aquellos tiempos, y creo que ahora también: los padres a los que les gusta mucho el fútbol arman equipos y hacen jugar a los pibes. A veces por plata y todo. La cosa es que nosotros éramos el clásico del barrio. Pero con Goyo todo bien. Tan bien que un día, a mediados del '69, en la escuela donde éramos compañeros de grado me dijo:

Diego, el sábado fui a Argentinos Juniors a entrenar y me dijeron que llevara pibes a probarse, ¿querés venir?

—No sé, le tengo que preguntar a mi viejo, no sé...

La verdad era que yo sabía que si le pedía a mi viejo que me llevara era gastar plata en boleto y sacarle a él tiempo de descanso. Y eso me frenaba. Pero, claro, como me pasaba siempre cuando algo tenía que ver con mi viejo, le conté a mi mamá que me gustaría ir, que esto y que lo otro... La Tota cumplió, como siempre: le contó a mi viejo y él decidió que averigüemos todo a ver cómo era, que él me iba a llevar... ¡Para qué! Salí corriendo para la casa del Goyo más rápido que Ben Johnson. Eran como tres kilómetros, tenía que cruzar Las Siete Canchitas, y llegué así, sin aire, y le dije: "Goyo, voy, voy, me dejan, ¿cuándo es?". Faltaban unos días todavía, que para mí fueron como un siglo.

Con mi viejo lo pasamos a buscar a Goyo y a Montañita, otro pibe del barrio que jugaba bien. De Fiorito fueron un montón de pibes más, pero nosotros tres fuimos juntos y nosotros tres quedamos.

Ya el viaje fue una aventura. Hice por primera vez el trayecto que después iba a repetir miles de veces. Salimos de Fiorito en el verde, como le decíamos al 28, y en Pompeya nos tomamos el 44, para llegar hasta Las Malvinas, que era donde se entrenaba Argentinos en Tronador y Bauness. Juro que para mí cruzar el Puente Alsina era como hoy es pasar el puente de Manhattan, lo juro.

La cosa es que llegamos a Las Malvinas. Había llovido tanto que, cuando por fin estuvimos todos juntos, nos informaron que no se podía jugar para cuidar las canchas. ¡Qué desilusión! Creo que si los pibes nos poníamos a llorar inundábamos todo y ahí sí que no se iba a poder jugar más. Entonces Francis, que es un fenómeno, y manejaba todo ahí, dijo: No se hagan problemas, agarremos el Rastrojero de don Yayo y vamos al Parque Saavedra, que ahí sí vamos a poder jugar.

Francis era Francisco Gregorio Cornejo, el creador de Los Cebollitas, un grupo de chicos de la clase '60 armado para jugar en cuanto torneo se presentara antes de llegar a los 14 años, que era cuando Argentinos los podía fichar en la AFA y arrancar con la novena división. Y don Yayo era José Emilio Trolla, su ayudante, un hombre más o menos de la misma edad que él, que era el dueño de la camioneta con la que nos llevaban a todas partes.

En el Parque Saavedra armaron dos equipos. En la segunda tanda entramos nosotros y a mí me tocó jugar con Goyo. Aunque siempre habíamos sido rivales, nos entendíamos de memoria y les pintamos la cara. Tiré caños, taquitos, sombreros, hice un par de goles, no me acuerdo cuántos. Lo que sí me acuerdo fue que Francis le dijo a Goyo que siguiera yendo, que me quería ver otra vez. Pero lo que él no creía es que de verdad yo tuviera nueve años. Entonces me encaró, con cara seria...

Nene, ¿seguro que sos del sesenta?

—Sí, don Francis...

A ver, mostrame los documentos.

—No, los dejé en casa...

Era cierto, pero él no me creía. Tiempo después me confesó que pensaba que yo era un enano.

Para esa época ya se había hecho amigo de mi viejo, que confiaba en él y en don Yayo como si fueran de la familia. Por esa confianza es que yo termino en Argentinos y no en otro equipo. Viviendo donde vivíamos podría haber ido a Independiente o a Lanús... River no creo... Si ahora pudiera elegir me quedaría con Boca, con Boca... Ojo que en aquel tiempo yo, mientras me iba formando como jugador, estaba enamorado de Bochini. Me enamoré terriblemente y confieso que era de Independiente en la Copa Libertadores, a principios de los setenta, cuando estaba por dar el salto de los Cebollitas a la novena, porque ¡Bochini me sedujo tanto! Bochini... y Bertoni. Las paredes que tiraban Bochini y Bertoni eran una cosa que me quedó tan grabada que yo las elegiría como las jugadas maestras de la historia del fútbol. También me gustaba el Beto Alonso, porque era zurdo y a mí me parece que, no sé, los zurdos somos más vistosos. Ahí está el caso de Rivelinho, el mejor ejemplo. Creo que eso es lo único que no tuvo el Bocha: zurda. Pero amagaba con el pie por arriba de la pelota... y los defensores se caían. Yo pensaba: "No puede ser, no se entiende. Yo engancho para pasar a uno, lo encaro y tengo que correr la pelota para pasarlo". El Bocha no la corría; hacía así, se inclinaba, y la pelota seguía ahí, y los defensores igual se caían de culo. La verdad, a los 16 años decían que me quería comprar Independiente: en esa época soñaba con jugar con el Bocha; después, se me pasó.

Pero yo los miraba a todos, y aprendía. Mientras tanto, con los Cebollitas le íbamos ganando a todos los que nos ponían enfrente. Ganamos 136 partidos seguidos, los tengo anotados en un cuaderno que me regalaron Francis y don Yayo. Claudia lo tiene guardado como un tesoro... ¡Si me contaran los goles que hice ahí, tengo más que Pelé! Pero, claro, eso no se puede probar, aunque yo sé que los hice. Me acuerdo que perdimos el partido que nos cortó la racha en Navarro, porque nosotros íbamos a jugar a todas partes. ¡Era un equipazo! Ahí fue donde yo empecé a ser jugador de fútbol, jugador de verdad, porque yo en Fiorito lo que hacía era correr atrás de la pelota.

Jugaba siempre de cualquier manera: una vez, hasta con siete puntos de sutura en una mano y todo vendado. Resulta que estábamos por sentarnos a comer con Goyo, en mi casa, y la Tota me pidió que le fuera a buscar un sifón, que no había soda. Nos fuimos corriendo con el Goyo y, cuando volvíamos doblo en la esquina y me pego un porrazo. ¡Un porrazo terrible! Se me reventó el sifón y me hice un tajo enorme en la mano. ¡Para qué! A mí me dolía todo lo que se me venía: el corte, el susto de la Tota, la paliza de mi viejo y sobre todo el partido del día siguiente. Porque era viernes y el sábado teníamos que jugar en Banfield. Me llevaron al hospital, donde pudieron, y me cosieron y me pusieron una venda enorme, parecía La Momia.

Al día siguiente me fui con los pibes en el Rastrojero de don Yayo. Tenía miedo de que Francis no me pusiera y que encima me retara, porque, la verdad, le teníamos un respeto que se parecía bastante al miedo. Ya en el vestuario, la cosa fue que Francis me llamó y me preguntó...

¿Qué le pasó en la mano, Maradona?

—Me caí y me corté, don Francis. Pero puedo jugar...

¿Qué? ¡Ni loco! Usted así no puede jugar.

Pegué media vuelta y me volví al banco, donde me estaba cambiando, mordiéndome los labios para no llorar. El Goyo me vio y lo encaró a Francis...

Déle, Francis, déjelo jugar, aunque sea un ratito. Si Don Diego le dio permiso.

Francis frunció la cara y gruñó algo así como ...está bien, pero un ratito. A mí me volvió el alma al cuerpo... No jugué un ratito; jugué todo el partido: ganamos 7 a 1 y yo hice cinco goles.

En el equipo nuestro estaba el hijo de Perfecto Rodríguez, el Mono Claudio, que era un ocho excepcional. El nueve era Goyo, el diez era yo y el once, Pólvora Delgado. Pero el papá de Rodríguez estaba muy vinculado con Chacarita, y cuando llegamos a la edad de novena división se llevó al hijo para allá y nos desarmó el equipo. Francis tuvo que poner a Osvaldo Dalla Buona, que fue uno de mis mejores amigos pero era un picapiedra terrible, y entonces se complicaba la historia. Se complicaba. Así nació el clásico de inferiores, el Argentinos nuestro contra el Chacarita del Pichi Escudero y el Mono Rodríguez. Ganamos nosotros porque marcábamos la diferencia... por la izquierda. Una formación típica era: Ojeda; Trotta, Challe, Chammah, Montaña; Lucero, Dalla Buona, Maradona; Duré, Carrizo y Delgado.

De aquellos Cebollitas me quedaron muchas historias que me marcaron para siempre. Ahora que hay tanto lío con lo de las edades, como con los brasileños, que ponen jugadores mayores en los juveniles, debo contar que a mí me pasaba lo mismo, pero al revés: tenía 12 años, tres menos que los demás, pero Francis igual me ponía, en el banco. Si la cosa iba mal, me mandaba a la cancha. La primera vez fue contra Racing, en la cancha de Sacachispas: faltaba media hora, empatábamos cero a cero y no pasaba nada; me mandó a la cancha, hice dos goles y ganamos; el técnico rival, un tal Palomino que lo conocía muy bien, se acercó a Francis y le preguntó: ¿Cómo es posible que tengas a ese pibe en el banco? Cuídalo, que va a ser un genio. Francis le mostró los documentos y Palomino no lo podía creer. Otra vez, contra Boca, hizo lo mismo, pero como en el ambiente de las inferiores ya me conocían, me cambió el nombre: me mandó Montanya. Perdíamos tres a cero, entré, hice un gol, empezamos a apretar y empatamos; el problema fue que mis compañeros me mandaron en cana: ¡Grande, Diego!, gritaban, hasta que el técnico de Boca se avivó. Fue y lo encaró a Francis: Vos me pusiste a Maradona... Por esta vez pasa, no te voy a protestar el partido. Vos sí que sos un tipo de suerte. Ese chico es maravilloso. También alguna vez quedé afuera, y no precisamente por una cuestión de edad: en 1971, cuando fuimos a un campeonato a Uruguay, la primera vez que salía del país. No pude jugar porque me faltaba el documento, ¡me quería matar! Posé con el equipo, pero con pantalones largos y una cara de bronca que lo decía todo. Ese año también salió mi nombre por primera vez en un diario: el martes 28 de septiembre Clarín publicó en un recuadro que había aparecido un pibe "con porte y clase de crack". Según ellos, me llamaba... Caradona. Increíble, la primera vez que aparece mi nombre y mal escrito. También me llevó Pipo Mancera a la televisión, para que hiciera jueguito con la pelota en Sábados Circulares, un programa que veía todo el mundo en la Argentina.

En realidad, la gente que iba a ver a Argentinos me conocía, pero no por el nombre. Resulta que un día yo estaba de alcanzapelotas en un partido de primera, y al vivo de Francis se le ocurrió tirarme una en el entretiempo, para que empezara a hacer jueguito. Yo la recibí y empecé a darle, como siempre: empeine, muslo, taco, cabeza, hombro, espalda, dale que dale. Francis, vivo, insisto, me empezó a arrear para el centro de la cancha. A mí me daba vergüenza, porque los otros chicos no me podían seguir y me daba cuenta de que la gente ya me estaba mirando. Empezaron a aplaudir y se hizo un clásico. Pero lo más lindo fue una vez en un Argentinos-Boca, en 1970 en la cancha de Vélez. Hay que imaginarse que nosotros jugábamos toda la semana con un pelota rota, un desastre, así que cuando llegaba el domingo y veíamos las Pintier oficiales de los partidos de primera, nos brillaban los ojitos... En el entretiempo nos poníamos a jugar. En una de ésas yo le pego de afuera del área, la pelota rebota y le da en la cabeza a Don Yayo, que estaba al lado del arco. A la gente le llamó la atención y se empezó a reír. Don Yayo me devolvió la pelota y yo empecé con el jueguito, tac-tac-tac-tac, y la gente empezó a aplaudir, a aplaudir, volvieron los de primera, el referí, y la gente empezó a gritar: ¡Que-se-que-de, que-se-que-de, que-se-que-de, que-se-que-de! Era toda la gente: la de Argentinos, pero más todavía la de Boca, la de Boca... Ese es uno de los recuerdos más lindos que tengo de ellos. Creo que ahí empecé a sentir lo que siento ahora por Boca, ya sabía que algún día nos encontraríamos.

Con los Cebollitas perdimos la final del Campeonato Nacional, en Río Tercero, Córdoba. Nos ganó un equipo de Pinto, Santiago del Estero, dirigido por un señor llamado Elías Ganem. El hijo de él, César, me vio tan amargado que se me acercó y me dijo: No llores, hermano, si vos vas a ser el mejor jugador del mundo. Todos creen que me regaló su medalla de campeón, pero nada que ver: se la quedó él y bien ganada que la tenía.

De ese torneo también hay una foto mía que mucha gente conoce: estoy arrodillado, consolando a un muchacho más grande que lloraba. El muchacho era Alberto Pacheco, jugaba para Corrientes, que había perdido la final contra Entre Ríos. Nos habíamos hecho muy amigos porque papá, como buen correntino, los iba a ver en todos los partidos. Ya desde esa época me gustaba jugar contra River... y ganarle. Recuerdo tres partidos: un 3 a 2, en un cuadrangular en el que también estuvieron Huracán y All Boys, un ¡7 a 1! y, el mejor, un 5 a 4 por la final del Campeonato Evita 1973: si me pongo a buscar un antecedente del gol que le hice a los ingleses, lo encuentro ahí; gambetié a siete y los vacuné.

¡Ah!, también tengo un antecedente en los Cebollitas del otro gol, el de la mano de Dios: en el Parque Saavedra hice un gol con la mano, los contrarios me vieron, y se fueron encima del referí. Al final dio el gol y se armó un lío bárbaro... Yo sé que no está bien, pero una cosa es decirlo en frío y otra muy distinta tomar la decisión en la calentura del partido: vos querés llegar a la pelota y la mano se te va sola. Siempre me acuerdo de un arbitro que me anuló un gol que hice con la mano contra Vélez, muchos años después de los Cebollitas y muchos años antes de México '86. El me aconsejó que no lo hiciera más; yo le agradecí, pero también le dije que no le podía prometer nada. No sé si él habrá festejado el triunfo contra Inglaterra.

Una semana después de aquel partido contra River, el presidente de ellos, William Kent, le pidió a mi viejo que me pusiera precio, que él me quería comprar. Pero mi viejo le echó flit: Dieguito está muy feliz de jugar en Argentinos, le contestó. Igual, no fue la última vez que River me buscó.

Por aquellos tiempos también conocí a Jorge Cyterszpiller. El siempre había seguido las inferiores de Argentinos porque tenía un hermano, Juan Eduardo, que parece que la rompía. Pero este chico falleció de una enfermedad terrible, y eso lo golpeó muy duro a Jorge. No volvió más por el club. No volvió hasta que alguien, un amigo, no sé, le contó que en los Cebollitas había surgido un pibe que la rompía... Ese pibe era yo, y Jorge salió de su encierro. Se convirtió en algo así como coordinador de las inferiores, de los más chicos. Cuando teníamos partidos importantes con la novena nos llevaba a su casa para que descansáramos mejor, para que comiéramos más. El vivía en la calle San Blas, en La Paternal, y muchos viernes me quedaba a dormir ahí. Jugábamos al Scrabel, al Estanciero, así empezó la amistad... Yo dormía en la cama de Juan Eduardo, para los Cyterszpiller era como uno más de la familia. Lo del manager y todo eso vendría después, no faltaba mucho.

Cuando River salió campeón después de 18 años —en el 75— yo fui alcanzapelotas. Aquella noche, en la cancha de Vélez, ellos le ganaron a Argentinos 1 a 0, con el famoso gol de Bruno. No jugaron los profesionales por una huelga. Fue el 14 de agosto. ¡Pude haber debutado en primera justo un año antes! Francis le dijo al técnico, que era Francisco Campana, que ya que ponían a los pibes para jugar contra otros pibes, me metiera a mí. Pero no, no me puso. Me acuerdo, sí, que atajó el Feo Díaz, pero a mí no me puso y me quedé como alcanzapelotas, atrás del arco. Estaba Juan Alberto Badía, el periodista, haciendo notas ahí, desde ese lugar.

Veo que todo lo hice muy rápido: todos los Cebollitas salimos campeones con la novena; al año siguiente pasé a la octava, con el mismo equipo, y cuando llevábamos como diez puntos de ventaja, me mandaron a la séptima; en séptima jugué dos partidos y me subieron a la quinta; cuatro partidos ahí y enseguida a la tercera; debuté contra Los Andes, en la cancha de ellos, con un gol; dos partidos más y pum, a la primera. Todo, todo, todo eso nada más que en dos años y medio.

La verdad, si toda la gente que dice haberme visto debutar en primera fue a la cancha, el partido debió jugarse en el Maracaná y no en La Paternal. Lo cierto es que yo ya me entrenaba con la primera en la cancha de Comunicaciones. En la práctica del martes, se me acercó el técnico, que era Juan Carlos Montes, y me dijo: Mire que mañana va a ir al banco de primera, ¿eh? A mí no me salían las palabras, entonces le dije: "¿¡Qué!? ¿¡Cómo!?". Y el me repitió: Sí, va a ir al banco de primera... Y prepárese bien porque usted va a entrar. Entonces yo agarré, desde ahí mismo, de Comunicaciones, me fui corriendo con el corazón en la boca para contarle a mi viejo, a mi vieja. Y, claro, le conté a la Tota y a los dos segundos ya lo sabía todo Fiorito, ¡todo Fiorito sabía que yo jugaba al otro día!

Justo para ese día, Argentinos me había empezado a alquilar un departamento en Villa del Parque, en la calle Argerich 2746. Pero todavía teníamos cosas en Fiorito. Además allá estaba mi abuela, mamá Dora, que no quería saber nada de mudarse. Así que por ahí pasaban todos, mi primo Beto, mi primo Raúl, todos pasaban por la casa de la villa para ver si había partido, si jugaba o no. Claro, si ellos me iban a ver hasta en las inferiores. Cuando tenían plata iban; cuando no, no. Igual que yo, bah: a veces no tenía ni para ir a entrenar; llegaba del colegio —ya estaba en la secundaria— y si no me alcanzaba la plata, mis hermanas casadas —la Ana y la Kity— le robaban plata a sus maridos para que yo pudiera ir. ¡De ida solo!, porque la vuelta me la pagaba Francis. Así hasta que Argentinos me empezó a pagar un viático, gracias al dirigente Rey, que en paz descanse.

La cosa es que cuando le conté a mi primo Beto, el que más quise y más quiero, se largó a llorar... Pero se largó a llorar de una manera que no lo podíamos parar. En ese momento yo me di cuenta de que estaba por pasarme algo grande al otro día. Y también de que justo al otro día, un miércoles, mi viejo laburaba, así que no iba a poder estar en eso que tanto habíamos soñado juntos. Entonces me preparé para ir a la cancha solo.

En realidad, podría haber debutado un mes antes, pero me mandé una... Resulta que en un partido de tercera contra Vélez, en septiembre, el arbitro había sido realmente un desastre. Cuando terminó, me acerqué y le dije, así tranquilamente: "Juez, usted es un fenómeno, tendría que dirigir partidos internacionales". Me dieron cinco fechas por la cabeza y atrasaron el debut.

Cuando llegó el gran día, miércoles 20 de octubre de 1976, hacía un calor bárbaro. O eso sentía yo, por lo menos. Me puse la camisa blanca y el pantalón de cordero y turquesa, con la botamanga ancha, ¡el único que tenía! ¿Qué iba a hacer? ¡No había otro! Y yo no reniego de eso, ¿eh? Se hablaba de los premios y todo eso, entonces pensaba: "Bueno, en este partido al suplente le toca algo, y si entra, un poco más". Hacía cuentas: "Por ahí, me compro otro pantalón, o algo". Después perdimos, je, pero igual fue todo muy lindo.

A la mañana, cuando salí, mi vieja me acompañó hasta la puerta. Voy a rezar por vos, hijo, me dijo. Encima, mi viejo pidió permiso para salir antes del laburo para irme a ver. No me acuerdo la hora exacta del partido, si fue a las tres o a las cuatro, pero lo que sí recuerdo bien es que antes de salir a la cancha me avisaron que mi viejo había llegado a tiempo. Lo primero que me impactó fue ver a la hinchada de Talleres, ¡había cordobeses por todos lados! Nosotros —los jugadores de Argentinos, digo— nos juntamos antes del partido a comer ahí en Jonte y Boyacá. El clásico bife con puré, con la charla técnica de Montes como postre, todo ahí. Después cruzamos caminando hasta la cancha, entre la gente, ¡no nos conocía nadie! Y encima eran todos cordobeses. ¡Soy Taaaeere, Taaaeere, io soy.', gritaban, con su tonada inconfundible. Ellos tenían un equipazo: Ludueña, Ocaño, Luis Galván, Oviedo, Valencia, Bravo. Nosotros, bueno, no teníamos tantas figuras. ¿La verdad? Nos tendrían que haber hecho dieciocho goles... Recuerdo el cuadro de memoria: Munutti; Roma, Pellerano, Gette, Minutti; Fren, Giacobetti, Di Donato; Jorge López, Carlos Álvarez y Ovelar.

Yo entré por Giacobetti en el segundo tiempo, con el 16 en la espalda, con la camiseta roja cruzada por una banda blanca. ¡Cómo me gustaba esa camiseta! Era como la de River... pero al revés, je.

Los cordobeses nos estaban dando un toque bárbaro y a los 27 minutos el Hacha Ludueña hizo el gol. Antes del final del primer tiempo, Montes, que estaba en la otra punta del banco, giró la cara hacia mí y me clavó la mirada, como preguntándome: ¿Se anima? Yo le mantuve la mirada y ésa, creo, fue mi respuesta. Enseguida empecé con el calentamiento y en el arranque del segundo entré. En el borde de la cancha, Montes me dijo: Vaya, Diego, juegue como usted sabe... Y si puede, tire un caño. Le hice caso: recibí la pelota de espaldas a mi marcador, que era Juan Domingo Patricio Cabrera, le amagué y le tiré la pelota entre las piernas; pasó limpita y enseguida escuché el Oooole... de la gente, como una bienvenida. No estuvieron todos los que dicen haber estado, pero las tribunas estaban hasta la manija, no se veía ni un pedacito de tablón. Me acuerdo que lo que más me llamó la atención fue la falta de espacios; la cancha me parecía chiquita al lado de las de inferiores. Y los golpes grandes. Entre los chicos me había acostumbrado a que me cagaran a patadas, pero acá aprendí rapidito que tenía que saltar justo; lo gambeteas al tipo, saltas la patada y seguís con la pelota... Si no aprendes eso, a la tercera patada ya no podes seguir. Igual, yo venía muy fuerte físicamente, porque el doctor Paladino, Roberto "Cacho" Paladino, nos daba vitaminas, inyecciones, cuidaba nuestra alimentación. Creo que gracias a él me desarrollé fuerte y sano. Fuerte y sano. Me hace acordar a lo que pidió la Tota cuando me bautizaron, el 5 de enero de 1961: Que sea buena persona y que crezca sanito.

Perdí el primer partido, sí, pero arrancaba con Argentinos una larga historia, hermosa, inolvidable. Siempre digo que, futbolísticamente, ese día toqué el cielo con las manos. Por todo, yo sabía que se iniciaba algo muy importante en mi vida. En aquel Nacional jugué diez partidos más, fueron once en total, y también hice dos goles, los primeros de mi carrera: los dos a San Lorenzo de Mar del Plata, en el estadio San Martín, porque el mundialista todavía ni existía, el 14 de noviembre de 1976.

Me empezaron a hacer reportajes, notas. Me acuerdo de una por el título, porque resumía todo lo que me estaba pasando: "A la edad de los cuentos, escucha ovaciones", decía. Claro, si en tres años, nada más, había pasado de Fiorito a las revistas, a la tele, a los reportajes. Fue todo tan rápido como lo cuento acá, tal cual. Por eso debe ser que me ponían nervioso las notas. Me gustaban, pero me ponían nervioso. Yo no me la creía, no me sentía nadie y terminaba diciendo siempre lo mismo: dónde nací, cómo viví y qué jugadores me gustaban. Tuve que madurar demasiado rápido. Conocí la envidia de los otros, no la entendía, me encerraba en la pieza y me ponía a llorar. Maduré de golpe. Me quise comprar todo: camisas, camperas, pantalones, remeras... Me empecé a cuidar de lo que hablaba pero eso no es tan fácil. Nadie se pudo haber imaginado en aquel momento lo que hoy me pasa. Lo mío fue todo muy rápido, tan rápido que ni siquiera tuve tiempo de sentir envidia por lo que hacían los otros, ¡si yo lo tenía todo! Qué sé yo, me daba cuenta de que había dejado atrás una época de grandes esfuerzos, no sólo míos, sino también de mi familia. De mi viejo, de su sacrificio para acompañarme todos los días, cabeceando el sueño en el colectivo. Y ahora yo tenía la posibilidad de tener el auto estacionado en la puerta. Era un Fiat 125 rojo, guarda, ¿eh?

No sé, me pasaban un montón de cosas, un mundo todo distinto y todo de golpe. Tan de golpe que aquel sueño mío, jugar en la Selección, se cumplió enseguida, cuando recién tenía once partidos en primera, ¡once!

Como todo en mi vida, las cosas se iban dando demasiado rápido. Esto pasó a principios del 77, apenas tres meses después de mi debut en Argentinos. Yo estaba con los juveniles y nos entrenábamos contra los mayores. Por eso Menotti, que era el técnico de la Selección mayor, siempre me veía. A mi me había citado don Ernesto Duchini, que era un maestro, un verdadero maestro, y jugábamos contra los grandes, contra Passarella, Houseman, Kempes, ¡todos monstruos!

En una de esas prácticas parece que la rompí, porque el Flaco me habló especialmente a mí. Cada palabra del Flaco era un silencio, dentro mío, sepulcral... Porque el Flaco era, ¡era Dios! Y ahí estaba, me hablaba a mí solo. Me estaba anunciando que iba a jugar en el amistoso contra Hungría, ¡que iba a debutar en el Seleccionado! Esto lo conté una vez y no creo que ahora encuentre palabras distintas para hacerlo...

Cuando terminó la práctica, Menotti me llamó aparte y me dijo: Maradona, cuando salga de acá vaya al hotel a concentrarse. Lo único que le pido es que no se lo diga a nadie. Si quiere, coménteselo a sus padres, pero evite que se entere el periodismo. No me gustaría que se pusiera nervioso.

Lo tomé con calma. Al día siguiente, a la mañana, Menotti me volvió a hablar: Quiero decirle que si el partido se resuelve favorablemente, si el equipo llega a golear, es posible que usted juegue.

Yo seguía tranquilo. No sé por qué, pero el anuncio me puso alegre y no me preocupó para nada. Además, todo dependía de cómo le fuera al equipo. El domingo 27, el gran día, el del partido, no desayuné. Quería descansar todo el tiempo posible, así que me levanté a las once. Me bañé y vi televisión en la pieza del hotel hasta las doce. Después bajé y estuve charlando con los muchachos hasta que fuimos a almorzar. Volví a mi habitación y estuve viendo otro rato la televisión. Salimos para la cancha de Boca a las tres y media de la tarde.

Cuando el micro estacionó en La Bombonera empecé a darme cuenta dónde estaba, qué me sucedía. Vi tanta gente que se acercaba, nos palmeaba y gritaba consejos que empecé a sentir que me temblaban las piernas... ¡Parece mentira el miedo que te puede hacer sentir la gente!

Primero se cambiaron los titulares. Después nosotros, los suplentes... Cuando aparecí en la cancha y escuché la ovación del público, los gritos, creí que todos me gritaban a mí, que todos miraban a Maradona. La verdad es que nadie me debe haber dado bolilla, pero yo sentí eso.

Empezó el partido y enseguida, penal. Entonces pensé: "Bueno, esto es goleada, prepárate Diego". Pero cuando el arquero lo atajó me di cuenta de que iba a ser muy difícil que jugara. Al toque llegó el golazo de Bertoni, y el segundo, y el tercero... y cada gol que hacíamos era como si me entrara una hormiga más en el cuerpo. Si la cosa seguía así, iba a entrar, seguro.

Yo estaba sentado al lado de Mouzo; después seguían Pizzarotti, el doctor Fort y Menotti. Iban veinte minutos del segundo tiempo cuando el Flaco me llamó: ¡Maradona!, ¡Maradona!, dos veces me llamó. Me levanté y fui hasta donde él estaba. Me di cuenta de que iba a jugar. Va a entrar por Luque, me dijo Menotti. Haga lo que sabe, esté tranquilo y muévase por toda la cancha. ¿Estamos? Eso me dio coraje. Empecé a correr haciendo precalentamiento y ahí fue cuando oí que la tribuna coreaba mi nombre. ¡Maradooó, Mara-dooó! No sé qué me pasó. Me temblaron las piernas y las manos. Era un ruido bárbaro: la tribuna gritaba, lo que me había dicho Menotti me sonaba en la cabeza, el Japonés Pérez me alentaba: ¡Vamos, Diego, con fuerza!, y todo se mezclaba. Lo digo honestamente: tenía un julepe bárbaro.

La toqué enseguida. Sacó Gatti para Gallego y el Tolo me la dio a mí, de una. Lo hizo a propósito, me di cuenta de que era una gran muestra de compañerismo. Me la dio rápido para que tomara confianza, para que tuviera la pelota. Fue ahí cuando lo dejé solo a Houseman con un pase entre dos húngaros. Entonces me serené del todo. Me alentaba Villa, me cuidaba Gallego, Carrascosa me gritaba ¡buena, buena! aunque no la hiciera bien.

Terminó el partido y el primer abrazo lo recibí de Gallego: ¡Así te quiero ver siempre, Diego! ¡Así! Me parecía mentira. Había pasado todo. Me fui a casa con papá y con Jorge Cyterszpiller. Cené y prendí la televisión para ver el partido. Me di cuenta de que me había equivocado varias veces. Le di una pelota a Bertoni a la derecha, y el que estaba solo en la otra punta era Felman; quise gambetear a un húngaro y la enganché muy corta: me acordé de que en ese momento pensé hacerla larga y después me arrepentí; vi la patada que me dio un húngaro sin la pelota, pero por televisión duele menos. Después me fui a dormir. No soñé nada. Dormí como nunca.

Ya estaba instalado definitivamente en la casita de la calle Argerich, con toda mi familia. Era una típica casa de barrio, propiedad horizontal. Nosotros vivíamos al fondo y adelante estaba la familia Villafañe: don Coco, taxista y fanático de Argentinos, doña Pochi, ama de casa, y... la Claudia. Creo que nos empezamos a mirar desde el primer día, cuando me instalé ahí, en octubre del 76. Ella me miraba por la ventana cada vez que yo salía y yo me hacía el boludo, pero siempre la relojeaba. Eso sí: recién me le animé casi ocho meses después. Exactamente el 28 de junio de 1977. Fui a bailar a un clásico del barrio: el Social y Deportivo Parque. Ahí, sobre las baldosas de la cancha de papi, las mismas en las que jugaban todos los monstruitos que después terminarían en Argentinos, se armaban unos bailongos bárbaros. Después de las dos de la mañana empezaban los lentos y ése era el gran momento. Yo estacioné mi Fiat 125 rojo en la puerta y me mandé... Ella estaba adentro, con sus compañeras del colegio, iba al quinto año comercial. Los dos sabíamos que nos espiábamos, así que apenas la cabecié, aceptó. Justo, justo en el momento en que empezamos a bailar, ni nos habíamos saludado todavía, meten el tema "Yo te propongo", de Roberto Carlos... ¡Espectacular! Me ahorró todas las palabras, que justamente no me sobraban. A partir de ahí, a partir de ese momento exacto, somos El Diego y La Claudia. Y no sabemos vivir el uno sin el otro... Bueno, ella se tuvo que acostumbrar a algunas cosas. Y no hablo de las concentraciones precisamente: una vez yo volví muy tarde, casi de día. Ni dormí: me bañé y me fui a entrenar. Mi viejo me escuchó, pero no me dijo nada... Al mediodía, cuando volví, lo veo a mi viejo hablándole a la Claudia, casi a los gritos: ¡Vos no podes hacerlo acostar tan tarde al nene, lo tenés que cuidar un poco más, él tiene que ir al entrenamiento! Yo quería que me tragara la tierra: esa noche no había salido con la Claudia.

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