Yo soy el diego



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LA EXPLOSIÓN


Argentinos Juniors, Argentina '78, Japón '79
Me había propuesto una revancha

por lo del Mundial '78...

Y en Japón la cumplí.
Yo creo que podría haber jugado en el Mundial 78... Estaba afilado, estaba como nunca, como nunca estuve. Pero bueno, son cosas que pasan, qué sé yo. Lloré mucho, lloré tanto que... no sé. Ni siquiera cuando pasó lo del '94, lo del doping, lloré tanto. Yo las siento hoy como dos injusticias. Son distintas, pero injusticias las dos. Yo a Menotti no lo perdoné ni lo voy a perdonar nunca por aquello —sigo sintiendo que se le escapó la tortuga—, pero nunca lo odié. Odiar es distinto a no perdonar. Eso creo yo, por lo menos. Por eso digo que, a pesar de todo, a mí no se me borra la imagen que yo tengo del Flaco, de su sabiduría para saberme llevar.

Fue un 19 de mayo y llovía en José C. Paz, en la quinta de Natalio Salvatori donde estábamos concentrados. El Flaco nos llamó a todos, a los veinticinco, al centro de la cancha donde hacíamos fútbol. Yo me la veía venir, me la veía venir. El plantel tenía cinco que jugábamos de diez: Villa, Alonso, Valencia, Bochini y yo. Creo que el que más le gustaba al Flaco era Valencia, porque lo había descubierto él; después, Villa; a Alonso lo sumó porque hubo una campaña tremenda del periodismo y de no sé quién más; al Bocha le dio el toque antes que a nadie. Y a mí, bueno, me llegó la hora.

El día anterior había ido a visitarme Francis a la concentración, y me encontró llorando en la pieza... Por eso digo: me la veía venir. Cuando todos conocieron la noticia esa de que Bravo, Bottaniz y yo quedábamos afuera, se me acercaron algunos a consolarme: Luque, un gran tipo, el Tolo Gallego... Y ninguno más. En ese momento eran demasiado grandes como para gastar una palabra en un pibe. No digo que hayan estado mal, ¿no?, pero todo el mundo quería jugar su primer Mundial y todo el mundo cuidaba su quintita. O sea, quien le tenía que hacer de alcahuete al Flaco Menotti, le hacía de alcahuete al Flaco Menotti; quien le tenía que hacer de alcahuete a Pizzarotti, le hacía de alcahuete a Pizzarotti. Era todo muy entendible, en el fútbol la cosa es así con las estrellas, y lo mío pasó como si fuera un pibe más... Un pibe más... Ahora, a la distancia, es otra cosa, lógico. Por ejemplo, a mí lo de Lito Bottaniz no me gustó; pero él se quedó porque lo sintió así, es su personalidad. Yo no me quedé ni un segundo más ahí: yo ya no me sentía parte de ese grupo y si estabas, era para tirar para adelante. Si no, mejor irse.

Pero lo peor de todo fue cuando volví a mi casa. Parecía un velorio. Lloraba mi vieja, lloraba mi viejo, lloraban mis hermanos y mis hermanas. Me decían que yo era el mejor de todos, que no me preocupara porque iba a jugar cinco mundiales... Pero lloraban. Eso fue lo peor. Ese día, el más triste de mi carrera, juré que iría por la revancha. Fue la desilusión más grande mi vida, lo que me marcó para siempre, lo que me definió. Yo sentía en mis piernas y en mi corazón y en mi mente que yo les iba a demostrar que iba a jugar muchos mundiales. Eso mismo me decía Menotti, pero yo en ese momento no entendía razones. Igual yo viví el Mundial como un argentino más. Hasta fui a la cancha y todo. Fui contra Italia y también en la final contra Holanda; después salí en la furgoneta de mi suegro a festejar por todo Buenos Aires. Yo pensaba que podía haber estado ahí adentro, estaba seguro de que hubiera aportado mucho.

Ahí, cuando quedé afuera de la lista de veintidós, "porque era muy joven", empecé a darme cuenta de que la bronca era como un combustible para mí. Me ponía en marcha el motor a la máxima potencia. Cuando buscaba revancha, mejor jugaba. Dos días después de la nefasta noticia que me comunicó el Flaco, me puse la camiseta de Argentinos y salí a la cancha: le ganamos a Chacarita cinco a cero, hice dos goles y serví otros dos... Me acuerdo de que después de hacer uno se me acercó Pena, Huguito Pena, un tipo extraordinario, que en paz descanse, que jugaba para ellos, me pasó el brazo por arriba del hombro y me dijo, al oído: Dieguito, si no fuera porque tengo otra camiseta, lo festejaría con vos... Quédate tranquilo, nene, que vas a jugar muchos Mundiales y les vas a tapar la boca a todos.

Ahí, en Argentinos, aprendí lo que es pelear desde abajo, pelear siendo chico contra los grandes. A dejar de lado la palabra descenso para soñar con el campeonato. Empezamos a levantar, a levantar... Contra todo y contra todos. En el campeonato Metropolitano del 78 ya fuimos quintos, y yo goleador con 22 goles. En el Nacional de ese año casi no jugué, pero lo aproveché bien: jugué cuatro y metí cuatro.

En aquella época, ya habíamos formalizado nuestra relación profesional con Cyterszpiller. Es increíble: desde los tiempos de los Cebollitas hasta 1977, nos habíamos manejado sólo por la amistad, sin firmar un papel. Pero la historia había cambiado demasiado y ya no era posible seguir así. Ya era hora de que lo nuestro fuera definitivamente profesional. Yo quería a alguien de confianza, y en él confiaba. Había ofertas de todos lados, para hacer publicidad, para jugar... Hasta una oferta de Inglaterra había: un millón cuarenta mil dólares por mí y por Carlitos Fren, ¡un millón cuarenta mil dólares! Entonces un día, saliendo de mi casa de Argerich, yo con dieciséis años y él con dieciocho, le digo: "Cabezón, quiero que manejes mis cosas". Y así empezó todo. El, que había dejado sus estudios de Ciencias Económicas, creo que en segundo año, me acompañó al Sudamericano Juvenil de Venezuela, en Caracas, en el 77, un fracaso total: todo había estado mal barajado; a aquel equipo no lo apoyaba nadie, todos pensaban en el Mundial 78 y nada más que en el Mundial 78. No era un mal equipo, pero estábamos más solos que Adán en el Día de la Madre.

Recién cuando terminó Argentina 78 se acordaron de nosotros, después de la vuelta olímpica, enseguida nomás, Menotti se empezó a meter en los Juveniles. Era un grupo espectacular, elegido por el maestro Duchini: Sergio García era el arquero, de Tigre; Carabelli, que había jugado contra los Cebollitas con Huracán, de Argentinos; Juanchi Simón y el Gringo Sperandío, de Newell's; Rubén Juan Rossi, de Colón; Huguito Alves y Bachino, de Boca; Juancito Barbas y el Gaby Calderón, de Racing; Osvaldito Rinaldi, de San Lorenzo; el Pichi Escudero, de Chacarita; Ramón Díaz, de River; Piaggio y Alfredito Torres, de Atlanta; el Flaco Lanao, de Vélez; el Tucu Meza... íbamos por todo el país, jugábamos contra los más grandes, los goleábamos, las canchas se llenaban, ¡la rompíamos!

En noviembre del 78, me acuerdo, le ganamos al Cosmos, en Tucumán, con la cancha a reventar, dos a uno. Hice un gol yo y el otro Barrera. Al final del partido, cambié la camiseta con Franz Beckenbauer, que me vino a saludar.

El Flaco nos había prometido que él iba a estar siempre con el equipo. Y cumplió... Nos acompañó al Sudamericano que se jugó en Montevideo, que fue durísimo. Ahí nos clasificamos para Japón. ¡A mí me enorgullecía eso de formar parte del equipo de Menotti! Era un orgullo muy grande porque yo estaba convencido de que él era el artífice de meternos en la cabeza a todos que ser campeones morales ya no servía para nada. Yo siempre digo y repito: cuando me fui a fichar a la AFA, a los 12 años, no vi ninguna Copa del Mundo, estaban todas las vitrinas vacías... Ahora, gracias a Dios, tenemos algunas, y en eso el Flaco tuvo algo que ver.

Bueno, la cosa es que en Montevideo arrancamos con todo. Goleamos a Perú, tocamos, empatamos con Uruguay, tocamos, empatamos con Brasil, tocamos. Eso hicimos contra Brasil: ellos nos tocaban, nos tocaban... En un momento, en el entretiempo, nos juntamos en la mitad de la cancha, y Menotti nos dijo: ¡Hagamos lo mismo que ellos! ¡Y salió un partido bárbaro! Porque los negritos jugaban, taca, taca, llegaban al área y tiraban cada bombón que se iba cerquita del palo; la teníamos nosotros, taca, taca, y también les quemábamos el arco... Salimos cero a cero, pero los dejamos afuera; nos clasificamos junto con Uruguay y Paraguay.

Al final de ese Sudamericano, además del resultado, cumplí un sueño, tal vez más importante: llevé a toda mi familia a conocer el mar. Nos pasamos unos días en Atlántida, en Uruguay, y ahí mismo, en la playa, cuando estábamos todos juntos haciendo algo que durante años habíamos soñado, le pedí por favor al viejo algo muy especial: que dejara de laburar... Ya tenía 50 años, ya bastante había hecho por nosotros. Ahora me tocaba a mí.

Enseguida, el Flaco nos empezó a meter a los juveniles en la Selección mayor. Nos estaba preparando para que llegáramos con todo al Mundial. A mí y a Barbas nos hizo jugar contra Bulgaria, en la cancha de River, en el primer partido después de la Copa del Mundo. Ganamos 2 a 1, y después nos llevó a Berna, a jugar un partido contra Holanda, por una fiesta de la FIFA o algo así. Me llevó, pero con la condición de que si aparecía Kempes yo no jugaba... Nunca se lo pregunté al Flaco, nunca: ¿me hubiera puesto igual si aparecía Mario? Bueno, la cosa es que Mario no vino y salí a la cancha yo, contra Neeskens, contra Krol, ¡contra una banda! Empatamos 0 a 0 y después ganamos en los penales: patié uno yo, también pateó otro Barbitas... Eramos pibes, sí, pero nos sentíamos importantes.

Tan importantes, que a mí me declararon intransferible. El tema era cómo hacían para pagarme y retenerme, con las ofertas que llegaban de afuera. Entonces, apareció un arreglo con Austral: me vistieron de arriba a abajo con los colores de la compañía, le pusieron la publicidad a la camiseta de Argentinos y así pude seguir... Si no, hubiera jugado en la Argentina todavía menos de lo que jugué, que para mí fue muy poco. A esa altura, ya era la cara de Puma, de Coca-Cola, de Agfa, de un montón de marcas que yo, dos años antes, ni conocía. Enseguida jugué otro partido con la Selección mayor, contra Italia, en Roma. Y después me mandé de lleno a mi gran objetivo...

La cosa es que cuando llegamos finalmente a Japón sabíamos que no podíamos perder. Particularmente yo: me había propuesto una revancha por lo del Mundial 78... Y en Japón la cumplí. Aquél fue, lejos, el mejor equipo que integré en mi carrera, ¡nunca me divertí tanto adentro de una cancha! En aquel momento la definí como la alegría más grande de mi vida y, la verdad, sacando a mis hijas, hablando sólo de mi carrera, me cuesta encontrar otra parecida... ¡Qué lindo que jugábamos! Y nos seguían todos, ¿eh? Basta con preguntarle a cualquier argentino qué recuerda de aquel equipo y seguro que te contesta: Era de locos. Nos levantábamos a las cuatro de la mañana para verlo por televisión. Así era: durante dos semanas hicimos levantar al país a las cuatro de la mañana.

No sé si los milicos que estaban en el gobierno en aquel momento nos usaban, no sé. Seguramente sí, porque eso hacían con todos. Pero una cosa no quita la otra: ni se puede ensuciar aquello por culpa de los milicos ni deben quedar dudas de lo que yo pienso de ellos. Tipos como Videla, que hicieron desaparecer a treinta mil tipos, no merecen nada. Mucho menos ensuciar el recuerdo del triunfo de un montón de pibes... Por eso digo: se quejan de mí, dicen que soy contradictorio, ¿y nuestro país? En nuestro país todavía hay gente que defiende a Videla y son muchos menos los que defienden al Che. ¡Muchos menos! Ni lo conocen, siquiera. Tipos como Videla hacen que el nombre de la Argentina esté sucio afuera; en cambio, el del Che nos tendría que hacer sentir orgullosos.

La cosa es que, en aquellos tiempos, el que mandaba era Videla. Y más allá de que por ahí anda dando vueltas alguna foto mía dándole la mano, debo decir que... no me quedaba otra.

En la relación con los milicos, siempre me voy a acordar de la actitud del Pato Fillol con el almirante Lacoste, que pesaba y mucho en el fútbol argentino. En el fútbol y en River. La historia fue que el Pato se había puesto duro para firmar, ¡era bravo con la plata, Fillol! Y Lacoste lo apretó, o lo quiso apretar. El Pato, ni bola: jugamos un partido y antes de cantar los himnos estábamos todos formados, así, y este tipo, Lacoste, empezó a pasar delante de todos, para saludar uno por uno... Cuando llegó hasta donde estaba Fillol, El Pato se quedó así, duro, firme, no le dio la mano. ¡Un fenómeno!

Siguiendo con la historia, los japoneses nos adoptaron enseguida, les caímos simpáticos. De arranque, el 26 de agosto, le hicimos cinco a Indonesia, 5 a 0, en Omiya, donde éramos cabeza de serie. A partir de ahí, no paramos más: 1 a 0 a Yugoslavia, el 28, y 4 a 1 a Polonia, el 30. Ganamos el grupo caminando o, mejor dicho, tocando, ¡cómo tocábamos! Yo era el capitán y me encantaba serlo: cada vez que hablaba por teléfono con la Claudia, me decía que, cuando tenía la cinta de capitán, llevaba el brazo izquierdo más arriba, más alto. Ella ya me llamaba El Gran Capitán. La verdad es que por eso sentía más responsabilidad, aunque igual había cosas que no podía contener. Bueno, tienen que ver con mi personalidad, con mi forma de entender el fútbol: como lo sentía como una gran revancha, me había propuesto jugar absolutamente todos los partidos del Mundial, los noventa minutos íntegros, no me quería perder nada. Contra Argelia, en los cuartos de final, el Flaco me sacó. ¡Para qué! Me agarré una bronca terrible... Primero me senté en el banco con cara de orto. Y después me fui directamente al vestuario, a cambiarme. Y ahí me agarró un ataque, me puse a llorar como un loco. Cuando terminó el partido y llegaron los muchachos, con otro 5 a 0 en el bolsillo, se dieron cuenta de que algo había pasado, de que estaba mal.

Me preguntaron y yo les confesé lo que me pasaba. Todos trataron de consolarme, especialmente el Flaco, que me dijo: Pero, Diego, usted quiere jugar siempre. Ya lo pensaba sacar contra Polonia. Diego, ¿no se da cuenta de que lo quiero reservar? Qué reservar ni qué carajo, yo quería jugar, quería jugar todos los partidos... Esa noche casi no voy a cenar, pero pensé en la capitanía, en la responsabilidad. Igual la bronca recién se me fue dos días después, cuando llegó la hora de salir a la cancha contra Uruguay, por la semifinal, el 4 de septiembre. ¿Me duró un poquito, no? Bueno, así era yo, ya en aquella época.

Aquel partido contra los uruguayos fue un partido... contra los uruguayos. No le faltó nada de lo que siempre tiene el clásico rioplatense. Me cagaron a patadas y si lo ganamos fue porque guapeamos, pero con la pelota: no renunciamos al estilo nuestro y terminamos 2 a 0, con un gol de Ramón Díaz y uno mío, de cabeza. Cuando el Pelado hizo el primero yo salí a gritarlo como un loco, Y de golpe me encontré de frente al banco de ellos. ¡Un papelón! Parecía que los estaba cargando... Después, cuando terminó el Partido, les pedí disculpas. Es que estaba muy, pero muy loco. Aquél era mi equipo y ya estábamos en la final. A mí me obsesionaba la idea de volver a la Argentina con la Copa. Eso de bajar por la escalerilla del avión con el trofeo en la mano, era como una película que pasaba por mi cabeza todo el tiempo... Pero había un problema: podía ser que no se concretara. ¿Porque podíamos perder la final contra los rusos? No, por eso no, yo estaba seguro de que les ganábamos. El tema era que el Flaco Menotti ya me había anunciado que iba a formar parte de la Selección mayor en una gira por Europa y por ahí no me daba tiempo a volver... Yo me quería morir: no me animaba a negarme a jugar en la mayor, pero tampoco me quería perder el sueño. ¿Saben quién me salvó? ¡El servicio militar! Sí, señor, yo estaba haciendo la colimba en aquellos días, y a mí y a Barbitas, que estaba en la misma, se nos vencía la licencia militar... ¡Así que teníamos que volver sí o sí! La noticia me la dieron un día antes de la final, así que no me faltaba nada. Bueno, sí, sólo faltaba ganarle a los soviéticos.

Con Barbas, un tipo al que quiero mucho, compartí la pieza. El 7 de septiembre se jugaba el partido, a las siete de la tarde de Tokio, una cosa así. Con Juan tratábamos de dormir la siesta, pero no pegábamos un ojo: los teníamos clavados en las agujas del reloj. ¡Hiju'e puta, siempre eran las tres de la tarde! ¡Qué ansiedad! Esas esperas a mí siempre me mataron. Yo prefería jugar a la tarde, porque como me gusta dormir hasta el mediodía, no tenía ni tiempo de ponerme ansioso... Pero con esta hora no había forma. El consuelo era que los argentinos no tenían que madrugar tanto: en la final nos iban a ver a las siete de la mañana.

Al final, partimos en el micro para el estadio Nacional, en el centro de Tokio, y ahí empezamos a cumplir con todas y cada una de las cábalas. Por ejemplo, antes del partido contra Uruguay, César estaba por empezar la charla técnica y yo me había demorado. Entonces Rogelio Poncini, que era el ayudante, me llamó: Diego, el único que falta es usted. Antes del partido contra la URSS, entonces, me hice el boludo y esperé, me demoré a propósito para repetir la historia, hasta que Poncini picó y me tuvo que llamar. Otra cosa era una manía de Menotti, que golpeaba la pared con los dedos, y parecía que hacía música tropical. Como en el último partido no arrancaba, me acerqué y le pregunté: "César, ¿hoy no toca?". Y el Flaco empezó, dale que dale... Tenía otro rito, más íntimo: me iba hasta la última ducha y ahí rezaba, pedía que me ayudara mi mamá y que Dios jugara conmigo, que la Claudia pidiera por mí y que ganáramos.

Ganamos, claro, le ganamos la final de la primera Copa del Mundo Juvenil FIFA Coca-Cola a la Unión Soviética 3 a 1, aquel inolvidable 7 de septiembre de 1979, y yo lo escribí, en un diario de viaje que hice...

En el primer tiempo en ningún momento pensé que nos podían hacer un gol. Al contrario, nosotros no llegamos mucho pero lo hicimos mejor. En el segundo, cuando ellos metieron el gol, fueron cinco o seis minutos de incertidumbre. Me puse a pensar en el partido contra Brasil en el Sudamericano de Uruguay, cuando no la podíamos embocar de ninguna forma, pateábamos del área chica y le pegaba al arquero en las rodillas. Insólito. Pero lo más importante fue que no nos desesperamos. Cuando entró el tucumano Meza, él nos llevó de la mano. Jugó el mejor partido de su vida. El clima no fue tan duro como contra Uruguay. Hubo muchos menos roces, sobre todo porque ellos creen ciegamente en su preparación física y tratan de quitar la pelota con firmeza, pero siempre leales.

Seguimos sin desesperarnos, sin tirar pelotazos; tratamos de imponer la habilidad y eso nos ayudó; nunca jugamos a los ponchazos. Siempre lo hicimos con claridad. Y empatamos, con el gol de Alves de penal. Entonces comprendí que íbamos a ganar. Estaba convencido. Ya perdiendo uno a cero andábamos mejor y nos teníamos una fe bárbara. Con el empate, si seguíamos así, la Copa era nuestra.

En unos minutos pasó de todo. El gol del Pelado y el tiro libre que metí yo. La medí, vi el hueco y el gol. Ahí estaba al fin, no lo podía creer, ¡éramos campeones del mundo!

El primero que se me cruzó en el camino fue Calderón. Después me abracé con mi viejo, con Jorge, con los demás muchachos Y enseguida miré para arriba para regalarle este campeonato a mi mamá. Volví a acordarme de cuando quedé afuera del Mundial 78, Y tuve esa revancha...Me preparé para ir a buscar la Copa en medio de un mundo de gente. Lo vi a Havelange que me extendía la mano, le pregunté si la podía agarrar, hasta que no aguanté más... Y se la saqué. Di un paso atrás y me mandé un saludo reverencial tipo japonés y buscamos a César, que en ese momento no estaba con nosotros. Corrimos hasta él con la Copa, se la entregamos, lo llevamos en andas y empezamos a dar la vuelta olímpica. Alrededor, empezamos a escuchar cómo los japoneses se sumaban a nosotros y gritaban: ¡Ar-gen-tina, ¡Ar-gen-tina!

De golpe, se apagaron las luces y un foco nos siguió durante toda la vuelta. Entonces nos largamos a llorar, como chicos. Era una locura, la gente nos pedía que le mostráramos la Copa como si ellos fueran argentinos.

Cuando volví al vestuario, todo era baile, todo era festejo. No nos queríamos ir del estadio, pero la fiesta seguía en el hotel, había que ir. Ahí hubo un momento muy especial. El Flaco Menotti, haciéndome el nudo de la corbata y diciéndome, bajito, como para que los demás no escucharan: Diego, fue elegido el mejor jugador del campeonato. Le van a dar el Balón de Oro. Para mí, ya todo eso era demasiado.

Terminamos a la madrugada, todos en la habitación de Poncini, tomando mate. Como si estuviéramos en la Argentina, como si nada hubiera pasado. Entonces, saboreando la bombilla, me acordé de una frase de Francis Cornejo. Una frase que había usado él para definirme a mí, cuando mi nombre ya empezaba a ser conocido por todo el mundo. Francis siempre decía que yo podía estar en una fiesta de gala, con un traje blanco, pero que si veía venir una pelota embarrada, la paraba con el pecho. Eso tal cual: así me sentí jugando con aquel hermoso equipo en Japón. Y más todavía: si me venía para la cabeza, le pegaba el frentazo, y si me caía para la zurda... bueno, me ponía a hacer jueguito entre las mesas.

Porque así siento el fútbol quise volver a la Argentina, a toda costa, para bajar del avión con la Copa en mis manos. Lo conseguí y fue uno de los momentos más hermosos de mi vida. Además, me saqué de encima la colimba: todos los que estaban haciéndola, Escudero, Simón, Barbas, un montón, me mandaron al frente para que pidiera la baja. Me presenté, me cuadré y les dije: "Nosotros les dimos el título, ¿ustedes no nos darían la baja?". Increíblemente, lo conseguí, fue otro triunfo más, no daba para salir gritando, pero casi.

Después, enseguida, me puse a las órdenes del Flaco otra vez. Cómo no lo iba a hacer? Se me estaban cumpliendo todos los sueños, todos juntos. En Glasgow, en el estadio Hampden Park, el 2 de junio de 1979, grité por primera vez un gol mío con la camiseta del Seleccionado mayor. Le ganamos a Escocia 3 a 1 y yo sentía que podía ganarle al mundo. En aquella gira pasó lo del Negro Oscar Ortiz, pobre, que se tuvo que volver a la Argentina porque le había dado un ataque que lo había dejado medio paralizado. Para mí fue un correo generoso: él le llevó a Claudia todas las cartas que yo le había escrito, día por día, porque eso hacíamos. Me pasaban tantas cosas juntas, que no lo podía creer: el 25 de junio, un año después de la final del 78, de esa final en la que yo debí estar, se jugó un partido como celebración: la Selección contra el Resto del Mundo. Me hice notar, sí: le metí al brasileño Emerson Leao uno de los goles más lindos que yo recuerde, pegándole en comba, con la zurda, desde afuera del área, y clavándola en un ángulo... La puta madre que lo parió, si me hubieran dejado estar en esa cancha un año antes, sólo un año antes. ¿Tanto más chico era, carajo?

En ese momento, me juré no perderme un partido más en el Seleccionado, estuviera donde estuviera, pasara lo que pasara. Me daba lo mismo cualquier rival. Inglaterra en Wembley no era cualquier rival, claro, y allá fui: perdimos 3 a 1 y me quedé con las ganas de hacerles lo que hubiera sido un golazo. En realidad, aquello que me pasó en Londres ese 13 de mayo de 1980 me sirvió para acertar, seis años después, y meterles el mejor gol de mi vida: en Wembley los gambetié a todos, igual, pero en vez de gambetear al arquero definí antes... Y se fue así del palo. Mi hermanito, el Turco, que tenía 7 años, me dijo que me había equivocado. Y en el Mundial de México me acordé de su consejo.

Mientras, yo la seguía peleando con Argentinos. En el Metro 79, donde hice 22 goles junto con Sergio Elio Fortunato, terminamos segundos con Vélez y tuvimos que ir a un desempate. Fue la primera vez que tuve que ver una definición de Argentinos desde afuera y, lamentablemente, no sería la última. La cosa fue así: en aquella época nos contrataban de todos lados, y durante la semana íbamos a jugar miles de partidos amistosos. Todos nos querían ver. Viajamos a Mendoza, a jugar contra Gimnasia, en el estadio mundialista. Todo bien hasta que, como sucede en estos casos, el referí quiso hacerse la figura... Típico... Ni me acuerdo cómo se llamaba, un nombre difícil tenía1. La cosa es que, como nos estaban pegando mucho, yo me acerqué y le dije: "Maestro, párelos un poco, es un amistoso...". Y el tipo me contestó: A vos no te voy a echar, pero te voy a verduguear todo el partido. La cosa es que terminó echándome y en el informe mandó que yo le había dicho: "A ver si cobras bien, mendocino" y también "Seguí laburando por 30 palos, que yo gano 3.000 por mes". Más allá del disparate que es recordar lo que valía la plata en aquel momento, hay algo todavía peor: el partido fue a mediados de junio, el 14, y la AFA me suspendió ¡dos semanas después! Fue el 5 de julio, me acuerdo, y me perdí varios partidos y también por supuesto el desempate con Vélez: perdimos 4 a 0.

En el Nacional 79 fui el goleador, con 12, y en el Metropolitano '80 también, con 25, pero volví a perderme la definición: esta vez me enfermé y cuando festejamos el segundo puesto, en la cancha de Tigre, estaba de jean y pulóver. Así vestido me di el gusto de salir a la cancha: debe haber sido el único segundo puesto que festejé en toda mi carrera... Para Argentinos, en aquel tiempo, era como haber salido campeón.

En el Nacional '80, el último con los Bichos, me pasaron un par de cosas inolvidables: primero, haber convertido mi gol número 100, contra San Lorenzo de Mar del Plata, el 14 de septiembre; segundo, la famosa historia con el Loco Gatti.

Fue a finales de octubre, se estaba definiendo el campeonato Nacional. En un diario de Santa Fe le hicieron una nota a Hugo, y el diario La Razón, que en ese momento vendía un montón, la levantó: la publicaron justo el sábado, la noche anterior al partido que teníamos que jugar contra Boca. El decía que yo jugaba bastante bien, pero que los periodistas me estaban inflando... Y que era un gordito, o que iba a ser un gordito... Yo estaba que me salía de la vaina porque quería jugar de una vez por todas una definición y justo éste me venía a decir eso. Nosotros habíamos jugado el miércoles contra Unión, en Santa Fe; al día siguiente, ¡al día siguiente!, un amistoso en San Justo, ahí cerca; y ahora estaba la posibilidad de clasificarnos para las finales del Nacional si le ganábamos a Boca. Al Loco le contesté con todo: dije que más que un problema de locura, era un problema de celos, que para mí había, ¡había!, sido un gran arquero pero que ahora no era nadie, que le metían goles estúpidos... Que se metía conmigo y con Fillol —porque también había dicho que el Pato atajaba porque tenía suerte— por envidia. ¿La verdad? Me había sorprendido, porque con él teníamos onda. En otro Boca-Argentinos nos habían pedido una foto juntos y todo bien, ningún problema. La cosa es que me había hecho calentar. Y como Cyterszpiller ya se había dado cuenta de que cuanto más enojado estaba mejor jugaba, me empezó a pinchar.

Bueno, hoy le haces dos goles y se acabó la historia, ¿no?

—No, Jorge, no... Dos, no; cuatro le voy a meter.

Antes del partido, Hugo se me acercó y me dijo que él no había dicho eso, que yo era un fenómeno. No me importó... Más me importó cumplir con la promesa que yo le había hecho a Jorge. Lo vacuné cuatro veces.

En el primero, la recibí por la derecha, la tiré al medio del área con un zurdazo de rabona y le pegó en el brazo a Hugo Alves. El penal lo tiré suave, a la derecha de Gatti; él fue a la izquierda.

En el segundo, me fui con la pelota por la derecha, a cuatro o cinco metros de la banderita del córner y en diagonal hacia el centro de la cancha. Ruggeri me hizo foul, ellos se desconcentraron un poco, aproveché y patié enseguida. La pelota se metió arriba y en el segundo palo.

En el tercero, la trajo Pasculli como puntero izquierdo. Yo piqué por el medio, me la tiró perfecta al borde del área, lo sobró a Abel Alves y entonces la bajé con el pecho. Después me fui más a la derecha y cuando salió Gatti se la toqué de cachetada, suave, al segundo palo.

En el cuarto, tiramos una pared con Pasculli, me fui por el medio y Abel Alves me hizo foul desde atrás; me parece que ya estaba adentro del área. El referí lo cobró afuera, del centro un poco hacia la derecha. Vidal se puso adelante de Gatti, aprovechando que ellos ponían a Hugo Alves al lado de un palo y entonces no había offside. Le pegué fuerte, al palo del arquero, y la pelota se metió arriba.

Aquel partido fue increíblemente importante para mí: le respondí a Gatti de la mejor manera, conseguí algo valioso para Argentinos, como era la clasificación para los cuartos de final del torneo y... la tribuna de Boca me gritó por primera vez: ¡Maradooó, Ma-radooó! Fue una emoción enorme: eran los mismos que me habían cantado, hacía pocos años, ¡Que-se-que-de, que-se-que-de! Ya se empezaba a dar entre nosotros algo muy especial... Amor, que le llaman. Encima, después del partido, arranqué con toda mi familia para Estados Unidos: los llevé a conocer... ¡Disneyworld! Mira vos, de Fiorito a Disneylandia en cuatro años.

Por aquellos tiempos, muchos decían que era mi mejor nivel en Argentinos Juniors, desde mi debut en primera. Es posible. Lo más lindo de aquella época es que todas las hinchadas me querían, seguramente porque Argentinos era un club chico. El "problema" es que también me quería la Selección y otra vez me dejaban sin la posibilidad de jugar con Argentinos por cosas importantes. Se venía el Mundialito de Uruguay y nos llamaban a una preparación larga. En Montevideo le ganamos a Alemania, empatamos con Brasil y nos volvimos... Ya estábamos en el '81, y yo no volvería a jugar otro campeonato con la camiseta que me había lanzado al mundo del fútbol, a mi mundo. Argentinos Juniors se terminaba para mí.

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