Yo soy el diego



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LA FRUSTRACIÓN


España '82, Barcelona
Me agarró en una época oscura, difícil...
Después de cuatro meses de concentración desde aquel torneo de verano de Mar del Plata que fue mi despedida de Boca, llegamos a España para jugar el Mundial '82, con la idea de que ya habíamos ganado la Copa. Sólo que nos olvidamos de un detalle: para ganar, primero hay que jugar. Tal vez porque pensamos que la cosa había anclado bien en el 78, y mejor todavía en el 79, creímos que ya estábamos hechos, que era fácil... Pero hubo algo más, fundamental: la preparación física fue nefasta. Esto lo digo con una claridad muy grande y por primera vez, aquél fue el error más grande. ¡No se pueden hacer evaluaciones con piques de 150 metros con un pibe como yo, que venía de jugar un campeonato entero! ¡No se puede! Eso me desgastó, y estoy seguro de que al resto también. Para no ser el último, para que no se dijera que yo no trabajaba, respondía con todo... Es así: con los trabajos que nos hacía hacer el profesor Ricardo Pizzarotti yo llegué al Mundial '82 cansado, sobreentrenado. Muerto. Sin la chispa, sin ese pique que era como una marca registrada mía.

Una pena, porque yo tenía muchas ganas de estar en esa concentración. Sabía que eran cuatro meses, ¡cuatro meses!, desde el último partido en Boca hasta el debut, pero no me importaba un carajo. Era mi primer Mundial, estaba excitadísimo. Soñaba con compartir la habitación con mi amigo el Beto Barbas, el entrenamiento con todos esos monstruos, que Menotti me hablara, que me retara... Le había prometido a mi vieja y a Claudia que le iba a pegar únicamente de derecha durante esos cuatro meses de concentración... Y después se fue todo al carajo.

Es cierto, también, que en aquellos tiempos era jodido mantener la concentración. Y menos, estar adentro de la concentración, a ver si nos entendemos... ¡Era bravo! Yo no digo que sólo yo hice las cosas bien y los demás no, ¡no! Yo creo que todos, todos, perdimos concentración y eso se contagió. El fútbol es contagio: si vos tocas, tocas, tocas, la toca hasta el más burro. Y lo que digo es que el aburrimiento, el aburguesamiento también se contagia; y en una concentración ¡ni te cuento! Nosotros estábamos en Villajoyosa, en Alicante, un lugar espectacular... Nos creíamos los mejores, ¡y no habíamos jugado todavía!

El primer partido, aquel contra Bélgica, el 13 de junio de 1982 (¡13, la puta que lo parió!) fue una gran frustración. Yo sé que todos los ojos apuntaban sobre mí, porque ya estaba hecho lo del Barcelona, y porque tenía que ser la figura sí o sí: justo antes del Campeonato el pase se había hecho por una fortuna nunca vista hasta ese momento. Los catalanes habían pagado más de ocho palos verdes por mí. Antes del Mundial, me hicieron posar con la camiseta blaugrana, así le decían, azul y roja, en las manos. Si no ganaba, me mataban... Perdimos, sí, pero no nos dieron un penal que me hicieron a mí, grande como una casa. Después la rompimos contra Hungría, el 17 de junio, le metimos cuatro goles, 4 a 1: ahí hice dos, los primeros míos en la historia de los Mundiales; el primero de palomita y el segundo pegándole desde afuera, con zurda, por supuesto. Seis días más tarde me molieron a patadas contra El Salvador, igual les ganamos 2 a 0, pero yo ya me imaginé lo que se venía... No me quejo, no quiero aparecer como una víctima, pero me pegaron mucho: creo que todo el mundo se acuerda de cómo me marcó Claudio Gentile cuando jugamos contra Italia por la segunda rueda, el 29 de junio en Barcelona. Perdimos 2 a 1 y a él solamente lo amonestaron. Pero, claro, todo el mundo se acuerda del resultado nomás. En Italia, muchos años después, Gentile me reconoció que jugó a no dejarme jugar: cada que intentaba recibir la pelota, me daba, tac, en los gemelos. Y yo ya no me podía dar vuelta... ¡No lo echaron! Eso es lo que puedo creer: no es culpa de los Gentile, la cosa; es culpa de los arbitros.

Después nos agarró Brasil, el 2 de julio, y nos ganó 3 a 1. Pero cada vez que veo ese partido en video, más me convenzo de que no fuimos menos que ellos. Y también me hicieron un penal... Terminó mal, lo sé, pero lo que pocos saben es que la patada que le metí en los huevos a Batista era para Falcáo. No me aguanté una cargada que organizó Falcáo en la mitad de la cancha, hicieron tac, tac, tac, me hicieron pasar de largo. Cuando me di vuelta, vi a uno y le metí la patada, de caliente... Pobre, era Batista.

Me fui muy mal de ese Mundial, lógico. Todavía hoy me veo caminando, saliendo de la cancha, la palmada de Tarantini a la pasada... Todo el mundo pensaba que iba a ser mi Mundial, y yo también.

En mi primera entrevista después de volver, dije que yo en el Mundial '82, no fracasé; hice lo que pude. Un jugador nunca fracasa solo, puede andar mejor o peor, pero no pierde solo. Uno solo no saca campeón a un equipo... Lo que sí sé es que yo fui quien más perdió; nadie arriesgaba tanto, nadie tenía más ganas de que las cosas salieran bien. Se le había dado mucha manija al asunto, éramos pocas figuras para la publicidad, y era mi primer Mundial... Yo les dije antes de viajar a los que lloraban por mi pase al Barcelona: "Vamos, viejo, no mientan; en nuestro país hay cosas mucho más importantes que Maradona... Quiero borrar este Mundial de mi cabeza y empezar a pensar en el del ‘86". Eso les dije.

Y después de todo eso, y encima de todo eso, viene Barcelona. ¡Barcelona! Yo, hoy, creo que Barcelona era un club para mí, de verdad. El mejor club del mundo, mejor incluso que la Juventus, pero yo no conocía la idiosincrasia de los catalanes. Y no me imaginaba tampoco que me iba a encontrar con un tarado como el presidente, José Luis Núñez. Se tiraba de cabeza para aparecer en las fotos, cuando perdíamos entraba llorando al vestuario para ofrecernos mas plata (como si jugar mejor o peor dependiera de la guita), me hacía campañas de prensa en contra porque tenía mucha influencia en un diario. En realidad, toda aquélla es una etapa complicada: me agarró en una época oscura, difícil... Yo pasé de jugar en un fútbol tranquilo a... jugar a otra cosa. Que sé yo, al principio no la agarraba de ningún lado; en los entrenamientos te pegaban patadas en la boca. ¡No era fútbol eso! Y teníamos a los mejores jugadores de España. Esto no es tirarme contra los muchachos del Barcelona, porque hacían lo que podían, pero fue muy fuerte el cambio de la técnica a la furia, muy fuerte: ¡ellos corrían y yo tocaba! Y yo no me iba a acostumbrar a eso: a correr, correr, correr... En el test de Copper yo hacía 2.700, mientras los otros llegaban a 5.000, 6.000. ¡Rompían el test! Y me empecé a dar cuenta: claro, eso los llevaba a que antes de tocar, ya estaban corriendo. Víctor era un corredor, Periko Alonso era un corredor... Me podía entender con el alemán Bernd Schuster, pero cuando llegué él estaba volviendo recién de una lesión; con el Lobo Carrasco, que me ayudó mucho. El tema era seguir corriéndolos a todos o abandonar. Y me hice fuerte, fuerte... Se me hizo muy difícil a mí, no era culpa de mis compañeros. Entonces, no entré en la furia, pero me puse físicamente fuerte y empecé a frenarlos yo, con la pelota. Y ellos me empezaron a entender a mí: yo les marcaba el ritmo, les transmitía la técnica, sin sacarles su furia.

El problema fue que, cuando ya nos comunicábamos fenómeno, cuando no habíamos vuelto a perder desde la primera fecha, cuando yo ya llevaba quince partidos jugados y seis goles, me agarró la famosa hepatitis. Me la descubrieron el jueves 15 de diciembre de 1982. El tobillo me estaba jodiendo desde hacía unos días y yo quería que viniera el doctor Oliva a verme, pero él no podía. Desde la práctica misma me mandaron a una clínica para que me hicieran una sesión de láser, algo común y corriente... Pero cuando entré a la clínica, el médico, en vez de mirarme el tobillo me miraba los ojos...

—Dale, hermano, qué ojos ni ojos, yo vine por el tobillo.

No, hombre, déjame sacarte una muestra de sangre, que no me gusta nada el color que te veo en los ojos.

Me fui para mi casa recagado, no sabía qué pensar. Al otro día, apareció uno de los médicos del Barcelona, el doctor Bestit.

—¿Qué tengo, doctor, qué tengo? —le pregunté.

Me di cuenta de que él no se animaba a contestarme, empezó a dar vueltas.

Bueno, que a cualquiera le puede pasar—me decía, y yo me asustaba cada vez más.

—¡Pero dale, viejo, decime! —le grité.

Que tienes hepatitis, Diego —me dijo.

Y me mató, me mató.

Porque una lesión, bueno, vaya y pase, estamos acostumbrados los futbolistas. Pero ¡hepatitis! Me encerré en mi casa de Pedralbes. Pero me encerré en serio, ¿eh? No quería ver fútbol ni por televisión, estaba prohibido en mi casa. Para las fiestas por suerte vino la Tota. Y a la hora del brindis, Núñez me dio la única alegría en todos mis días en Barcelona: lo despidió a Lattek y lo trajo a Menotti.

Cuando yo había llegado en agosto de 1982 estaba el alemán Udo Lattek. Después, cuando a él lo despidieron y Núñez me sugirió el nombre de Menotti, yo le dije que sí, que era el más indicado. Pero que le quedara claro que él me había preguntado, no que yo se lo había sugerido. Y bueno, con él ganamos una Copa del Rey y una Copa de la Liga. Ese fue el mejor Barcelona que yo integré, táctica y técnicamente. Muy distinto al primero, muy distinto.

Las diferencias empezaban en la forma de trabajo. Lattek te hacía laburar con pelotas medicinales, las medicine ball de ocho kilos, de arco a arco. Un día le tiré una al cuerpo, y le dije:

—Oiga, míster, escúcheme una cosa, ¿por qué no lo hace usted una vez, a ver cómo se siente mañana?

Y yo no lo hacía de nene mimado, sino de lo que mamé toda la vida... En Argentinos, en Boca, yo dormía hasta dos horas antes del partido, para la charla técnica, comíamos y nos íbamos para la cancha. En Barcelona, con Lattek, antes de uno de los primeros partidos del campeonato, el domingo mismo, me tocan la puerta:

—¿Sí? —contesto yo, medio dormido, solo, porque Schuster y yo teníamos habitaciones para nosotros solos—. ¿Sí? —¿qué hora será?, pienso; miro la hora, las ocho y media—. ¿¡Qué pasa!? —ya grito un poquito.

El míster dice que hay que levantarse para caminar —me dicen.

—Decile que yo no camino —le contesto.

Al ratito, enseguida, viene Lattek.

Acá se hace lo que yo digo.

—Y yo quiero descansar... Después, el que corre soy yo... Yo estoy acostumbrado a esto. Si le gusta, bien, y si no...

Va a haber una sanción.

No, no va a haber una sanción —el que saltó fue Migueli, a mí no me dejó ni tiempo de contestar.

A mí también me fastidia eso de caminar a las ocho y media de la mañana —se sumó Schuster.

El alemán no sabía qué hacer; claro, para él era fácil: se levantaba tempranito, se tomaba dos cervezas, ¡y a caminar! Le corté esa y le corté otras, como lo de las pelotas medicinales. Antes de los partidos importantes, como contra el Real Madrid, te ponía pelotas no de 8, sino de 20 kilos... Pero, hermano, bancate con la de ocho, no porque sea más difícil el partido tenés que entrenarte con más peso. O sea: un alemán. ¡Un alemán que decía que revolucionaba el fútbol! Yo lo respeté hasta que pude, después ya no.

Con el Flaco fue otra cosa. Todos los muchachos se enamoraron de él por la forma en que los trataba. No estaban acostumbrados. Hoy, cualquiera de ese grupo que se encuentra, lo primero que hace es preguntar por el Flaco... Fue otro Barcelona, ¡un Barcelona bárbaro!

Recuerdo un partidazo, de esa época: dos a dos al Real Madrid, en el Bernabeu. Yo hice un golazo: sacamos un contraataque desde la mitad de la cancha, corrí con la pelota, me salió el arquero, lo pasé y encaré solo hacia el arco. Yo veía que por atrás me corría Juan José, que era un defensor petisito, de barba, rubio y con el pelo muy largo. Amagué a meterme con pelota y todo, lo esperé y cuando llegó enganché para adentro, casi sobre la línea. El pasó de largo y yo la toqué despacito al gol...

Con el Flaco Menotti al frente, terminamos cuartos en la Liga, yo pude jugar los últimos siete partidos. Volví el 12 de marzo del '83 contra el Betis, justo el día que debutó él como entrenador. Empatamos 1 a 1 y yo me fui de la cancha con una calentura bárbara: me había ahogado, no acerté una y la gente se fastidió con nosotros. En la anteúltima fecha, le metí tres a Las Palmas pero ni siquiera eso me tranquilizó. Y encima, mi enfrentamiento con Núñez llegó a su punto máximo: se venía la final de la Copa del Rey, yo tenía tantas ganas de ganarla como él, pero como siempre, Núñez iba más allá. Hizo ir a la práctica a Jordi Pujol, que era el presidente de Cataluña para que me dijera, bien clarito: Muchacho, confiamos mucho en usted y lo necesitamos. Toda Cataluña estará pendiente de este partido, hay que ganarlo... ¡Hiju'e puta! Núñez sabía que Schuster y yo teníamos una invitación de Paul Breitner para su partido despedida antes de la final por esa copa y no quería saber nada de dejarnos ir. Nos metía presión hasta con los políticos de la ciudad... ¡Si el Madrid no cede a Santillana, pues nosotros tampoco a ustedes!, gritaba histérico.

La hecatombe total llegó cuando me retuvo el pasaporte. Me llenaba de orgullo que el alemán Paul Breitner, el gran Paul Breitner, me hubiera invitado a mí, ¡a mí!, a su partido de despedida. Era una cosa que me quería ir, ¡ya!... Nos mandaba un avión privado a mí y a Schuster. Yo lo había llamado y le había dicho que sí, que iba a ir. Hasta que Schuster me pregunta con su tono alemanote: ¿Tienes-el-pasaporrrte? Y yo le contesto: "Sí, por supuesto, Jorge (a Cyterszpiller) anda a buscarlo". Y entonces veo que al gordo se le transforma la cara. El cabeza de termo se lo había entregado al club, para que lo tuvieran ellos por si había viajes por las copas europeas, y esas cosas... ¡Lo quería matar! Ahí nomás tuve la sospecha de que Núñez no me la iba a hacer fácil, todo lo contrario. Me iba a romper los huevos. Era lunes: lo hice llamar por teléfono al club para que me mandaran el pasaporte, y no, no lo mandaban. Otro día más, y nada. Entonces fui y pedí hablar con Núñez. No está, me dijeron primero. Yo había visto el auto y el chofer. Ahora no lo puede atender, cambiaron enseguida. Vino otro dirigente, que yo quería mucho, Nicolás Casaus, que había nacido en Mendoza, casi llorando: No, Dieguito, no te lo podemos dar, el presidente no quiere... Estábamos en la sala de trofeos, en el Camp Nou. Entonces le dije: "¿Así que el presidente no quiere dar la cara? Yo voy a esperar cinco minutos... Si no me dan el pasaporte, todos estos trofeos que están acá, que son divinos, que son de cristal, los voy a tirar uno por uno". Casaus me rogaba: No, Dieguito, no podes... Y el alemán Schuster se sumaba otra vez: A-vi-sssa-me-qué-émpezamos. Agarré un Teresa Herrera, hermoso, y lo interrogué por última vez a Casaus...

—¿No me da el pasaporte?

No, el presidente dice que no...

—Está, se hace negar y no me da el pasaporte.

No, ¿sólo dice que no puede dártelo!

Levanté lo más que pude el trofeo y lo tiré... ¡Puuummbbb!... Hizo un ruido... Tú-éstas-loco, me dijo Schuster. "Sí, estoy loco. Estoy loco porque no me pueden sacar el pasaporte... Y cuando pasen más segundos, más minutos, más trofeos voy a tirar." La cosa es que me devolvieron el pasaporte... y no nos dejaron ir al partido de Breitner. No sé qué carajo, pero había una cláusula de la Federación Española... Pero les rompí un Teresa Herrera y el pasaporte me lo dieron; era anticonstitucional que se quedaran con él.

La Copa del Rey la ganamos igual, aunque yo tenía una calentura que volaba: la final fue en Zaragoza, el 4 de junio del '83, contra el Real Madrid, dirigido por un grande, don Alfredo Di Stéfano. Era una rivalidad enorme, hermosa: Barcelona contra Madrid, Menotti contra Di Stéfano, Maradona contra Stielike... Arrancamos ganando nosotros, con un gol de Víctor después de un pase mío y nos empató Santillana, justamente, el tipo al que tampoco habían dejado ir a la despedida de Breitner. El gol de triunfo lo hizo Marcos, mi amigo Marquitos, cuando faltaban diez segundos para terminar. Le demostramos a España —¡y a Núñez!— de lo que éramos capaces.

Yo ya estaba instalado, dispuesto a todo. Con la Claudia, habíamos decorado la casa de Pedralbes como nos gustaba. Tenía una cancha de tenis, una canchita de fútbol, una piscina enorme... Y una parrilla donde nunca faltaba carne. Me había hecho muchos amigos y a ellos les encantaba comer a lo argentino, asado o lo que fuera. Venían Quiñi, Esteban, Marquitos. Les encantaba. Y yo pensaba que había llegado la hora de festejar. Ahora sí...

La cosa era tirarnos con todo a la Liga '83/'84. Y arrancamos perdiendo, 3 a 1 contra el Sevilla el 4 de septiembre. Eso fue un mal presagio, me parece. Pero enseguida empezamos a levantar: le ganamos al Osasuna, al Mallorca, y en la cuarta fecha tenía que venir al Camp Nou nada menos que el Athletic de Bilbao... Era el 24 de septiembre de 1983- Ese mismo día, a la mañana, me pasó una cosa increíble. Fui a un hospital, para visitar a un pibito que estaba muy golpeado, porque lo había atropellado un auto. ¡Tenía las piernas a la miseria, pobrecito! Cuando me vio, se le iluminó la cara; lo saludé, le di un beso y me apuré a irme, porque esa misma noche tenía que jugar el partido. Cuando ya estaba en la puerta, él desde la cama, hizo un esfuerzo y casi me gritó: Diego, ¡cuídate, por favor, que ahora van a por ti! Eso me dijo: ahora van a por ti.

Cuando el vasco Andoni Goikoetxea me fracturó, nosotros le íbamos ganando tres a cero al Athletic, ¡tres a cero! Yo pude ver la jugada dos días después, por televisión. Estaba tirado en la cama del hospital en Barcelona, y atiné a decir: "Goikoetxea sabe lo que hizo". Yo no lo había visto venir en la cancha. Si no, lo habría esquivado, como tantas otras veces ante tantas otras patadas. Pero sentí el golpe, oí el ruido, como de una madera que se rompía, y enseguida me di cuenta. Cuando se acercó Migueli y me preguntó qué me pasaba, cómo estaba, le dije, llorando: "Me rompió todo, me rompió todo".

Parece increíble, pero muy poquito antes de que sucediera eso, Schuster le había entrado fuerte a Goikoetxea. Como tiempo atrás el vasco había lesionado al alemán, el estadio se vino abajo: ¡Schuster, Schuster!, gritaban, como aplaudiendo la venganza. El vasco estaba que volaba: Yo lo voy a matar a éste, decía. Claro, lo tenía siempre al lado porque me marcaba a mí. Entonces le dije:

—Tranquilo, Goiko, serénate, que van perdiendo tres a cero y por ahí te ganas una amarilla al pedo...

Juro que se lo dije de corazón, porque lo había visto nervioso, sin ánimo de cargarlo ni nada parecido. Y enseguida, la jugada. Fue un rechazo de ellos y yo corrí a buscar la pelota hacia el arco nuestro, a la altura de la mitad de la cancha. Yo corrí porque pensé que Goiko me iba a anticipar, y como nosotros hacíamos la ley del offside, ya lo veía en el área nuestra... Entonces piqué con él, le gané, la puntié, y cuando fui a pisar para girar y salir, track, vino el hachazo de atrás, sentí que se me aprisionaba la pierna, que tenía todo destrozado...

Después lo único que quería saber era cuándo podía volver a jugar. El Flaco Menotti entró a la habitación y me dijo: Usted es un crack, Diego, y saldrá adelante. Ojalá que su sacrificio sirva para que de una vez por todas se acabe la violencia. Entre todos decidieron operarme. Nadie quería decírmelo, hasta que entró un empleado de limpieza y me comentó, como si tuviera necesidad de consolarme: Quédate tranquilo, Diego, la operación dura apenas dos horas. ¡Apenas dos horas! Le pedí asustado al doctor González Adrio, que era el que se iba a encargar: "Quiero volver pronto, doctor". Loco como estaba, yo creía que podría jugar contra el Real Madrid, un mes después. Un disparate, imposible... Me dolía, ¡cómo me dolía! Era la primera vez en mi vida que entraba en un quirófano, y cuando desperté, lo que hice fue preguntar por mi papá, porque lo había visto muy preocupado, más que yo.

Con el tiempo lo perdoné a Goikoetxea. En aquella época mis hermanos y los hinchas del Barcelona decían que era un asesino y yo no los contradecía. Al que no perdono es a Clemente, que era el entrenador del Athletic: él declaró, apenas terminado el partido, que estaba muy orgulloso de sus jugadores, y después, que esperaría una semana para saber si era realmente tan grave lo que yo tenía. Igualmente, el que mejor le contestó fue el diario Marca, que mandó un título perfecto: "Prohibido ser artista". Era una buena síntesis porque en ese tiempo era muy grande la pelea entre los que jugábamos y los que... corrían. Y yo era algo así como la bandera de los que se divertían con la pelota, justo en el país donde más se pegaba. Porque los italianos sabían marcar, pero los españoles te asesinaban en la cancha.

Tan grave fue la lesión que me obligó a un trabajo de recuperación tremendo. Lo hice con un genio, el doctor Rubén Darío Oliva, y en Buenos Aires, donde yo quería estar.

Al Loco Oliva —así lo llamo yo, con respeto, y él lo sabe— lo tenía en la mesita de luz. Para mí, no hay un médico en el mundo que sepa más que él de medicina deportiva. Por supuesto, si lo había llamado setenta veces por cualquier contractura, mucho más lo necesitaba en ese momento, fracturado. El vivía en Milano. Todavía vive allí. Cada vez que yo le pegaba un telefonazo, él se tomaba un avión y una hora y media después aterrizaba en Barcelona. A veces, viajaba a la noche, dormía en España, me atendía a la mañana y salía a los piques para Italia, para llegar a atender a sus pacientes. Si él habría llegado enseguida, después del partido, a mí no me operaban, no, señor... No, porque él no lo hubiera permitido. A mí me operaron dos horas después del partido, enseguida. Y el doctor Oliva llegó a la madrugada. Se reunió con el doctor González Adrio y le preguntó cómo estaba todo. Entonces, hicieron un trato entre ellos. Oliva le dijo: Si dentro de quince días le hacemos una radiografía y se notan ya las primeras sombras de la soldadura del hueso, el tratamiento de recuperación lo sigo yo, con mi estilo. De lo contrario, lo continúa usted. Claro, si seguía con el gallego, eran por lo menos seis meses de inactividad. Pero Oliva le hizo trampa, no esperó quince días: a la semana, nomás, me sacó el yeso, me hizo una radiografía, vio cómo estaba todo y me dijo:

Pisa...

—¿Qué? Yo le digo Loco a usted, doctor, pero es un apodo, nomás...

¿Alguna vez te fallé? Pisa, pisa suave.

Y pisé, con un cagazo enorme, pero pisé.

Una semana después, cuando teníamos la cita todos juntos para ver cómo iba mi evolución, Oliva y yo casi lo matamos de un infarto a González Adrio. Yo llegué caminando con muletas, con la pierna izquierda levantada... Por acá, Diego, con cuidado, me dijo el tordo del Barcelona, y me indicó unos escalones, por los que tenía que bajar para ir a hacerme la radiografía. Entonces yo le dije: "Téngame, doctor, por favor". Le di las muletas y bajé caminando, tranquilamente. A González Adrio se le cayeron los anteojos. Después vieron todo y, claro, mi caso quedó en manos de Oliva. Trabajamos un tiempito en Barcelona y enseguida planteamos eso de viajar a Buenos Aires. Por supuesto, el cabeza de termo de Núñez no quiso saber nada, pero a Cyterszpiller se le ocurrió una gran idea. Le dijo al enano:

Si lo deja viajar a Diego a la Argentina, nosotros le prometemos que en enero está en la cancha, para jugar. Si no cumplimos, no cobramos una peseta del contrato hasta que vuelva.

Al guacho de Núñez le brillaron los ojitos. Claro, él tenía la palabra de los médicos del Barcelona: por seis meses, mínimo, no iba a poder jugar. Se ahorraba unas pesetas, o se las quedaba él, qué sé yo.

La cosa es que gracias a la sabiduría y las ideas del doctor Oliva—que contradecían lo que proponía la mayoría de los médicos—, que me sacó el yeso a los siete días de la operación, pude volver a una cancha a los 106 días: el 8 de enero de 1984, bajo la lluvia, jugué contra el Sevilla. Ganamos 3 a 1, hice dos goles, el segundo y el tercero. Cuando estábamos dos a cero, la gente empezó a pedirle al Flaco que me sacara, para aplaudirme. En eso, el Sevilla se puso dos a uno, y se callaron todos. Hice el tercero y empezaron otra vez, hasta que Menotti me sacó. El estadio se vino abajo, gritaban todos, aplaudían. Más que el clásico "¡Maradooó, Maradooó!", no sé, era como un alarido: es una de las ovaciones que más recuerdo en mi carrera. ¡Nadie lo podía creer!

En el partido siguiente, le hice dos goles al Osasuna, pero no sirvieron para nada, porque ellos nos metieron cuatro. Enseguida empatamos con el Mallorca y llegó la revancha contra el Athletic, el 29 de enero: ganamos 2 a 1, hice los dos goles yo... Empezamos a pelearle la Liga al Real Madrid, cabeza a cabeza. Pero cuando jugamos contra ellos, el 25 de febrero del '84, nos caímos: perdíamos uno a cero, empaté yo y faltando cinco minutos, nos hicimos un gol en contra... Perdimos el campeonato por eso, terminamos terceros.

Yo estaba intacto gracias a Oliva, que les había hecho entender a todos que una de las claves de mi juego está en la movilidad de mis tobillos. Si me hacían una recuperación tradicional, yo iba a perder esa posibilidad que tengo de girarlos, que es mayor de lo normal.

Igual el problema no estaba en la cancha, sino afuera. Uno de los tantos encontronazos que tuve con Núñez fue porque no me dejaba hablar. Sí, no me dejaba hablar con un periodista en especial, José María García, que lo criticaba mucho a él. Yo igual hablaba, con García, con Pérez, con Magoya, yo hablaba para la gente... La cosa es que me llama un día y me dice: Le prohibo darle notas a García. Yo le dije que no, que a mí no me prohibía nada, que mientras yo me entrenara y jugara, que para eso había firmado el contrato, él no me podía prohibir nada. Le dije que no me había comprado la vida. ¡Para qué! Se puso como loco...

Con esas cosas, yo ya sabía que era boleta. Núñez ya me había dicho que el que mandaba era él. "Está bien, me parece perfecto que mandes vos", le contesté, pero a partir de ahí empezó una pelea muy fuerte a través de los diarios. Cuando jugábamos bien, no pasaba nada. Pero apenas empatábamos, ya empezaba con que "cómo" me había agarrado la hepatitis, que salía de noche, que andaba con mujeres, que esto, que lo otro. Todo con una prensa controlada. Entonces un día corté por lo sano y le dije:

—¡Quiero que me venda!

¡No!

—Entonces, ¡no juego más!

Y salió lo del Napoli. Fue sucio lo que me hizo Núñez, muy sucio. Tan sucio que mucho tiempo después, cuando ya estaba en Italia y volví a España para recibir un premio, como el mejor jugador iberoamericano, o algo así, el tipo buscó venganza y me inventó una historia que me pudo haber salido muy cara. Un pibe dijo que yo lo había atropellado con el auto y le había quebrado las piernas. La policía me fue a buscar a la entrega de premios y me llevó preso. Los jugadores se enteraron y me fueron a buscar... Estaban Schuster, Hugo Sánchez, Juanito, que en paz descanse... Juanito les gritaba, desde afuera de la comisaría, ¡Viva Franco!, y yo adentro, firmando papeles y mirándolo a los ojos al pibito: "¿Cuándo te pisé, yo? ¿Cuándo? ¡Contales todo, deciles que es una mentira de Núñez, por favor!".

La cosa es que mi paso por Barcelona terminó siendo nefasto. Por la hepatitis, por la fractura, por la ciudad también, porque yo soy más... más Madrid, por la mala relación con Núñez y porque allí en Barcelona arranca mi relación con la droga. Aunque no hace a la cuestión de lo que estoy contando, debo admitir que allí arranqué y de la peor manera: cuando uno entra, en realidad quiere decir que no y termina escuchándose decir sí. Porque crees que la vas a dominar, que vas a zafar... y después se te complica. Pero lo de la droga en Barcelona no tuvo ninguna incidencia en mi vida de futbolista, ¡ninguna! Si no, yo no habría podido tener los logros que tuve en el Napoli. Núñez dijo que me vendió porque él sabía que yo tomaba cocaína... ¡Mentira! Yo no habría conseguido todo lo que conseguí en Italia, porque esa porquería de la cocaína, en vez de motivarte, te desanima... Para el fútbol no te sirve como tampoco sirve —recién ahora lo sé— para la vida. Empezó como una jodita más. Y lo que en aquel momento parecía divertido, se volvió dramático. Hoy me arrepiento, cuando ya estoy en el baile y todavía tengo que zafar de alguna manera. Por mis hijas, por toda la gente que me quiere y que hice o hago sufrir. Pero es inevitable, es así, no es un invento mío; es el invento que hoy gobierna el mundo. Quiero ser clarito en este tema: los gobiernos no hacen nada para detener esto. ¿Por qué? Porque también les conviene tener adictos. Pero ésa es otra historia y otro tiempo.

En aquella época hablaban del "clan Maradona" y a mí me enojaba muchísimo. ¿Qué era el clan? Era mi gente, mi familia, mis amigos, mis empleados... Yo tenía una casa en el barrio de Pedralbes, en la zona más linda de Barcelona. Tres pisos, diez habitaciones, pileta, cancha de tenis. ¿Por qué no la podía abrir para la gente que yo quisiera? Repito hoy lo que decía en aquel tiempo: yo soy feliz cuando estoy al lado de la gente que quiero. Para mí, ellos —Osvaldo Dalla Buona, Galíndez, Néstor "Ladilla" Barrone, entre otros— eran argentinos que estaban necesitando que alguien los protegiera; y ese alguien era yo. Para que todos los catalanes me escucharan, declaré en televisión: "Quiero decirle a la gente de Barcelona que no todos los argentinos somos malos, que los argentinos no nos llevamos por delante a nadie, que sabemos vivir. Nosotros no tenemos la culpa de todos los que vinieron a hacerle mal a esta ciudad, y ahora nos quieren hacer pagar por otros". No me cansaba de repetirlo, para que entendieran: hay cosas que mis amigos argentinos podían hacer, como pelearse, fumar o tomar, sin que por eso tuviera que hablarse del clan Maradona. Lo que hicieran mis amigos me podía parecer bien o mal, pero no por eso iban a dejar de ser mis amigos ni tampoco yo estaba implicado en todas sus cosas. Estaba harto de que se hablara del clan Maradona; ¡en Barcelona no había ningún clan! Ayudé a los que me pareció que necesitaban y muchos no me lo agradecieron. Es más, muchos se me volvieron en contra. Entonces dije nunca más... Ahora es mi familia, mis amigos de verdad, y nadie más. pero que quede claro: ni clan ni entorno ni nadie me llevó a hacer lo que hice, a cometer los errores que cometí: si uno no quiere, no quiere. Y eso lo digo por la droga, por ejemplo.

Allí estaba Núñez siempre presente, y allí ha seguido hasta hace poco. Cosa curiosa, ni siquiera es catalán, porque nació en el País Vasco. No sabe lo que es una pelota ni nunca lo va a saber, no puede ser más importante que un jugador de fútbol ni nunca lo va a ser. Así como me persiguió a mí, siguió con Schuster después, y luego lo tuvo entre ceja y ceja a Rivaldo. Está obligado a inventar cosas para tener a la gente: si el Barcelona no sale campeón como salía antes por dos o tres puntos de ventaja, entonces él es más creíble que los jugadores que salen a la cancha. Si no ganan la Liga, a Rivaldo le van a inventar cualquier cosa. A Romario lo echó él, a Stoitchkov lo echó él... ¡Todas figuras!

Hay un especie de macrimanía entre los dirigentes. Por Mauricio Macri lo digo, por supuesto, por el presidente de Boca Juniors. Es algo muy perverso. Ellos no son agradecidos: nosotros les damos poder, les damos fama... Meten la mano en la lata y siguen siendo dirigentes. Porque Núñez ha sido presidente del Barcelona, pero "Núñez y Navarro" es algo más, es la empresa constructora que tiene con la mujer, la que levantó varias de las obras para los Juegos Olímpicos. Así son la mayoría.

La cosa es que ya no aguantaba más en Barcelona. El último partido, el 5 de mayo de 1984, en Madrid, fue una imagen de todo lo que me pasó allí: una batalla campal contra el Athletic, nuestro archienemigo, en la final de la Copa del Rey, que perdimos 1 a 0, con aquel gol de Endika que los vascos me recordarían muchos años después, cuando volví a jugar a España con el Sevilla. Terminé a las patadas con todo el mundo, porque nos estaban ganando y nos cargaban; hasta que uno me hizo un corte de manga y se pudrió todo.

Nos cagamos a palos en el centro de la cancha... Menos mal que salieron a defenderme Migueli y los muchachos, porque si no me mataban. No sé, creo que Goikoetxea quería terminar el trabajo que había empezado unos meses antes. Desde afuera querían saltar a la cancha los míos, todos esos amigos a los que llamaban el clan querían defenderme y no podían... Se colgaban del alambrado, que era como una reja, y la policía les pegaba en los nudillos, para bajarlos... ¡Una locura! A mí, después, me dio mucha vergüenza por el Rey. Claro, el rey Juan Carlos estaba ahí, en el palco de honor, era su Copa, y nosotros nos estábamos cagando a trompadas. Me dio pena por él, porque yo lo quería mucho, me caía muy bien. Había leído en las revistas lo que decía y me parecía un buen tipo. Por eso, una vez, antes de ese escándalo, le había pedido una audiencia, oficialmente. Y a los dos meses, pin, me llegó la respuesta, que me esperaba en el Palacio, en la Zarzuela. Un fenómeno Juan Carlos, a todos les daba veinte minutos y conmigo se quedó como una hora y media. Hablamos de fútbol, de la Argentina, de los asados... ¡Y de barcos! Al tipo le encanta navegar. Yo me lo imaginaba por los ríos de Corrientes al Rey de España. Bueno, la cosa es que estábamos ahí, charlando, y de golpe se abre una puerta y aparece ¡Felipe González!, el presidente de España. Los dos me pidieron una camiseta argentina para los pibes... Pero bueno, la historia terminaba. Mal, pero terminaba.

Después del escándalo, me decidí definitivamente y pegué un portazo. Del otro lado dejé un contrato en blanco, que me ofrecía el vicepresidente Joan Gaspart: Pon la cifra, me decía. De atrás, Cyterszpiller me susurraba: Dale, dale, ponela y nos quedamos... Yo le dije muchas gracias y me fui. No tenía ni idea hacia dónde.



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