Yo soy el diego



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LA RESURRECCIÓN


Napoli '84/'91
Cuando yo llegué al Napoli estaba en cero...

Y con deudas.
En el 79, cuando todavía estaba en Argentinos, el Napoli ya me había venido a buscar... Si hasta me mandaron una camiseta al hotel donde yo estaba concentrado, con una carta que decía que estaban esperando que abrieran las fronteras a los extranjeros para llevarme. Me invitaban a pasar diez días allá, todo pago, viejo, todo pago, me querían llenar de regalos. ¡Yo no entendía nada! Por aquella época se hablaba también del Sheffield de Inglaterra, del Barcelona mismo, qué sé yo... Para mí, todos eran el Estrella Roja de Fiorito... Para mí, Napoli era algo italiano, como la pizza, y nada más.

Lo curioso es que años después, cuando me vinieron a buscar a Barcelona seguía sin saber mucho más de ellos. Vinieron a por mí, dirían los gallegos... Y la verdad es que lo único que yo quería era irme de ahí, irme de España, irme de Cataluña, irme de Núñez. A cualquier parte. Todos me preguntan ahora: ¿por qué no a Juventus, por qué no a Milán, por qué no a Inter? Y... ¡Porque el único que se preocupó por ir a ofrecerme algo fue el Napoli! Y también porque Giampero Boniperti, que había sido jugador y era Presidente de la Juve, había dicho que alguien con un físico como el mío no podía llegar a nada. Bueno, a algún lado llegué, ¿no? El fútbol es tan hermoso, tan incomparable, que le da lugar a todos.

Hasta a los... enanos como uno.

La cosa es que yo quería cambiar de aire y jugar. A ver si se entiende: no digo jugar bien, digo jugar... Jugar un campeonato entero. Y había más razones. Por un lado, cuando el Barcelona me vendió, sabía muy bien adonde, a ver sí le vas a ganar una a los catalanes: ellos no imaginaban a ese equipo italiano como un gran rival en Europa. Por el otro lado, lo más importante, algo que no he contado nunca en detalle: nosotros necesitábamos un negocio porque a Cyterszpiller le había ido tan mal con los números que estábamos en cero. Sí, señor, quebrados... Quebrados económicamente. Cuando yo llegué al Napoli estaba en cero... Y con deudas. Esa es otra de las causas por las que no fui ni a Juventus, ni a Milán, ni a Inter. Salió lo del Napoli y apuramos todo. Jorge había comprado cualquier cosa, petróleo, casas, bingos en Paraguay, qué sé yo... ¡Todo con mi plata! Ya está, ya fue. A mí me pasó lo que canta la Negra Sosa: me caí, me levanté. Tenía 25 años y ni un solo mango. Nunca se lo expliqué a nadie, ni a mi señora: sólo digo que me quedé sin un peso por mi culpa. Tuve que empezar de nuevo... Lo cierto es que teníamos necesidad, porque debíamos acá, debíamos allá. Tan era así que del 15 % que me correspondía a mí, que era 1.500.000 dólares, no vi una moneda. Y la casa de Barcelona, en el barrio de Pedralbes, la tuvimos que regalar para pagar deudas.

El día de la presentación, y sólo para verme, ¡fueron 80.000 napolitanos al San Paolo!

Fue el jueves 5 de julio de 1984. Yo lo único que les dije fue lo que me habían enseñado: "Buona sera, napolitani. Sonó molto felice di essere con voi...", y revoleé la pelota a la tribuna. Los tipos deliraban y yo no entendía nada. Estaba vestido con un jogging celeste, una bufanda del Napoli, una remera blanca de Puma y parado encima de una bandera que habían extendido en el piso. Por primera vez escuché un himno que habían compuesto para mí: Maradona, ocúpate vos/ Si no sucede ahora, no sucederá más/ La Argentina tuya está aquí / No podemos esperar más. Y enseguida pasaron por los altavoces otra canción con la música de "El Choclo", justo a mí, que soy un enamorado del tango... Estuve quince minutos, quince minutos, nada más, porque nos queríamos ir para Buenos Aires, de vacaciones. Cuando bajé por las escaleras del túnel, para irme del estadio, me encontré con Claudia y me abracé con ella llorando... Me temblaban las piernas, otra vez, como cuando había debutado en primera, como cuando había empezado en Boca. Todo había sido muy fuerte, en los últimos tiempos, y sabíamos que nos estábamos jugando la vida, que empezábamos de nuevo. Y en un lugar que tenía mucho que ver conmigo. Por eso les dije a los periodistas, sinceramente, algo que me salió del corazón: "Quiero convertirme en el ídolo de los pibes pobres de Napóles, porque son como era yo cuando vivía en Buenos Aires".

Yo caigo en el Napoli y, sin saberlo, caigo en un equipo de Serie B. Un equipo de Serie B que juega contra uno de la Serie C, por la Copa Italia, y termina apretado contra un arco. De contragolpe, no se cómo, agarré una pelota y la clavé en un ángulo: ganamos 1 a 0, pero supe que iba a sufrir, que iba a sufrir mucho. A mí me dieron el historial del Napoli cuando ya había firmado: ahí me enteré de que en las últimas tres temporadas había estado peleando el descenso, y que en el último campeonato, el '83/'84, se había salvado... ¡por un punto! Les pregunté, entonces, si por lo menos me garantizaban tranquilidad. Como me dijeron que sí, le metí para adelante. Aparte, durante las negociaciones, los hinchas habían hecho hasta una huelga de hambre para que yo fuera. No exagero, ¿eh? ¡Huelga de hambre! Y uno de ellos, creo que se llamaba Gennaro Espósito o algo así, se había encadenado a las rejas del San Paolo. Entonces empecé a ponerme bien físicamente, porque sabía que para ganar en el fútbol italiano necesitaba otro cuerpo. Porque los defensores italianos no eran como los españoles: en España te mataban a codazos y a patadas, a mí me pegaron hasta en la lengua, pero en Italia no, porque la televisión los mandaba en cana a todos y porque se entrenaban para marcar. ¡Y eso que yo tenía el recuerdo de Gentile, en el Mundial '82! Me fui adaptando, me fui adaptando y ahí, en esa etapa, fue fundamental Fernando Signorini.

Yo le decía el Ciego, porque no veía una vaca adentro de un baño, pero sabía mucho, muchísimo, más que nadie, de preparación física. Había llegado a mí en un mal momento, después de la lesión en España. Allá me había ayudado en la recuperación, por eso pude volver a los 106 días. En Napóles, el trabajo era distinto: era poner a punto la máquina. Y lo logramos. Desde el primer día, en la pretemporada que hicimos en Castel del Piano, me hicieron sentir como un napolitano más: me aplaudieron los tacos, los caños, las chilenas —hice un gol así, en la primera práctica—, los amagues... Me festejaron todo.

El técnico era Rino Marchesi y debutamos contra el Verona, de visitantes, el 16 de septiembre de 1984. Nos hicieron tres. Tenían al danés Elkjaer-Larsen, al alemán Briegel... El alemán me hacía así, tac, y me sacaba de la cancha. Nos recibieron con una bandera que me hizo entender, de golpe, que la batalla del Napoli no era sólo futbolística: "bienvenidos a italia", decía. Era el Norte contra el Sur, los racistas contra los pobres. Claro, ellos terminaron ganando el campeonato y nosotros...

En la primera rueda del campeonato '84/'85 sacamos nueve puntos, ¡nueve puntos! Y me fui para Buenos Aires a pasar las fiestas con una vergüenza que no puedo ni contar. A la vuelta, cuando teníamos que empezar de nuevo, la segunda mitad del campeonato, en Italia hacía un frío de la puta madre. Y el 6 de enero, el día de Reyes, fuimos a jugar contra Udinese, que había sacado ocho puntos y peleaba con nosotros el descenso... ¡Era un partido por la B, a mí me daba una desesperación bárbara! La cosa es que le ganamos 4 a 3: para nosotros jugaba la Chancha Bertoni, Ricardo Daniel Bertoni, que hizo dos goles, y yo hice otros dos, de penal. A partir de ahí, después de las fiestas, hicimos más puntos que el Verona, que salió campeón. Nosotros hicimos 24 puntos y ellos 22. Nos quedamos afuera de la Copa UEFA por 2 puntos, nada más. Yo metí 14 goles, quedé tercero en la tabla, a 4 de Platini... Había cada nene en el campeonato italiano: el mismo Platini, Rummenigge en el Inter, Laudrup en la Lazio, Zico en Udinese, Sócrates y Passarella en la Fiorentina, Falcáo y Toninho Cerezo en la Roma.

Entonces, agrandado, lo encaro al presidente del club, Corrado Ferlaino, y le digo: "Compre a tres o cuatro jugadores y venda a los que la gente silba. El termómetro suyo tiene que ser ése, cuando yo le doy una pelota a uno y lo silban, chau... Y si no, piense en venderme, porque yo, así, no me quedo. Cómpreme un par de jugadores. A Renica, de la Sampdoria, que lo ponen de tres y es un líbero de la puta madre". Y lo fuimos armando, así lo fuimos armando.

Para la segunda temporada, la '85/'86, llegaron Alessandro Renica, Claudio Garella —que había sido el arquero campeón con el Verona— y Bruno Giordano... Garella atajaba con los pies, ¡era una cosa increíble, no usaba las manos! Por eso yo le pedía, por favor: "Está bien, no la agarres, pero no des rebote". Y nunca dejó una pelota ahí, para que la empujen. Por eso: yo digo que, por lo que sea, por juego o por resultados, lo que marqué a fuego en ese club fue una época de respeto. Antes Paolo Rossi se había negado a ir, porque decía que no era una ciudad para él, que en Napóles había camorra. Lo cierto es que al Napoli no quería ir nadie.

Cuando lo vi por primera vez a Giordano, me di cuenta de que era un jugador para nosotros: había estado metido en el lío del Totonero, el escándalo con las apuestas clandestinas en lo que era como el Prode nuestro. Me dicen ése es Giordano, que esto, que lo otro... Jugaba en la Lazio, tocaba, se iba por la derecha, por la izquierda. Yo dije: "Este es para el Napoli". Y lo encaré: "Giordano, por favor, vení a jugar para nosotros". Y el me contestó: Ya, cuando quieras. Le pidieron tres palos verdes a Ferlaino y el tipo me lloraba, me decía que no los tenía. "Hace el esfuerzo, viejo", le dije. Y se hizo, por suerte, porque Giordano fue un fenómeno. Con Bruno nos entendíamos bárbaro, él se tiraba más atrás y yo iba un poco más de punta. Yo hice 11 goles y él 10, nos clasificamos para la Copa UEFA, terminamos terceros, a seis puntos de la Juve, que ganó el scudetto.

El técnico, a esa altura, ya era Bianchi, Ottavio Bianchi... Bah, los técnicos éramos nosotros, porque a mí no me cayó bien de entrada. Era un duro, no parecía latino, más vale alemán, no le sacas una sonrisa ni a palos. Conmigo no era cargoso porque sabía que, cuando se ponía pesado, lo dejaba hablando pavadas. Era un tipo autoritario, pero conmigo tenía bastante consideración. Un día me dijo:

Hay un ejercicio que quiero que haga.

—¿Cuál?


Tiro la pelota y usted tiene que ir al piso para barrer con zurda y barrer con derecha.

—Eso yo no lo hago, yo no me voy a tirar al piso... A mí me tiran al piso los contrarios...

Bueno, vamos a tener problemas todo el año.

—Bueno, y vos te vas a tener que ir.

Así era la relación, aunque los resultados los conseguíamos. Por suerte, para esa época, Dios ya me había puesto en el camino a Guillermo Cóppola. El firmó conmigo, en realidad, en octubre de 1985. Los cambios se dieron por aquello de la forma en que me había ido de Barcelona, en quiebra total. Insisto, no fue culpa sólo de Jorge Cyterszpiller; al fin, en realidad, las decisiones las tomé y las tomo siempre yo. Jorge no quería renunciar, porque tenía confianza en que nos íbamos a recuperar, pero yo ya había trabajado mucho como para no tener nada. Las cosas van a cambiar, me decía él. Y yo le contestaba: "No, las cosas no cambian, no va...". En realidad, yo había hecho un plan con mi mujer, sabíamos que teníamos toda una vida por delante y era necesario aprovecharla. Ese plan tenía que ver con los cambios que se venían, ya no podíamos esperar más.

A Guillermo yo lo conocía desde mi pase a Boca, aunque él, aquella vez, estaba del otro lado del mostrador. Defendía los intereses de la mayoría de los jugadores que tenían que pasar a Argentinos Juniors, sobre todo al Carly Randazzo, que era el que menos ganas tenía de irse. La cosa es que en el '85 estábamos en Ezeiza, concentrados para jugar un partido por la eliminatoria con el Seleccionado, y él se enteró por Ruggeri, por Gareca, que yo lo andaba buscando. En realidad, les había preguntado a ellos qué tal era, cómo se manejaba. Y recordaba, siempre, un gesto que Guillermo había tenido con Barbas, que me había llamado mucho la atención: después de transferirlo de Racing al Zaragoza, apareció por Alicante, donde estábamos concentrados para el Mundial de España, y le devolvió a Barbitas algo de plata, después de mostrarle un montón de números con la liquidación de los gastos. Todo con una minuciosidad terrible... Eso se lo recordé cuando nos sentarnos por primera vez a hablar de lo nuestro. Guillermo estaba charlando con Fillol, que también era de él —¡todos eran de él!— y yo lo llamé a mi habitación: le expliqué que la cosa con Jorge ya no iba más y si podía contar con él, que estaba por terminar la relación con Jorge... Guillermo me dijo que no quería entrometerse pero yo lo paré en seco: "¡Vos no tenés que hablar! Voy a hablar yo". El, en ese momento, representaba a casi doscientos jugadores, Ruggeri, Gareca y otros nenes, trabajaba en el banco y yo le pedía exclusividad. Me pidió tiempo. Cerró una transferencia más, la de Insúa a Las Palmas, me acuerdo, y cuando llegó a Napóles ya tenía estudiados todos mis números, todos mis quilombos... Yo tenía una cuenta en el Banco de La Rioja, ahí lo conoció a Ramón Hernández, que iba a ser el secretario de Menem en la presidencia. ¿Quién se iba a imaginar dónde llegaría Ramón después? Enseguida, los puso a mi viejo y a mi suegro a trabajar en la oficina de Buenos Aires: qué había, qué faltaba, una especie de inventario; si no confiaba en ellos, ¿en quién iba a confiar? Era una forma de reunir a toda la familia, aunque ni mi suegro ni mi viejo entendieran nada de números. Ellos eran como una especie de inspectores.

Muchos años después, Guillermo me confesó que, para él, trabajar conmigo era la gloria, ¡era la gloria trabajar conmigo!

Lo de Guillermo, por sobre todas las cosas, fue el orden, el manejo, la presencia, la inteligencia para saber cómo emplear mi plata, cómo invertirla... El nunca tuvo un tanto por ciento de nada, porque... ¡él tenía más plata que yo! Muchas veces jodiamos que íbamos a hacer una carrera, a ver quién juntaba más. Porque de la situación en la que nosotros estábamos, Guillermo hizo un tesoro... Por eso, cuando dicen que Cóppola me lleva a esto, que Cóppola me lleva a lo otro, yo contesto: "Cóppola me sacó del cero y me llevó a diez, ¡Cóppola me sacó del cero y me llevó a diez!".

Y lo de la droga, que no hace a esta historia, lo respondo con pocas palabras, escuchen bien: jamás Cóppola pudo haberme llevado a la droga porque cuando yo empecé, en Barcelona, él todavía no estaba. Punto.

La cosa es que terminamos terceros, ¡terceros! Eso, para el Napoli, era la gloria. Campeón la Juve, segundo la Roma y terceros nosotros. ¿Se acuerdan de aquella bandera del Verona, en el primer partido de mi carrera en Italia? ¿Aquello de "bienvenidos a italia" para los napolitanos? Bueno, llegó el tiempo de la revancha, la vendetta...

Fue el 23 de febrero de 1986. Toda la curva, la tribuna de ellos, gritándonos: ¡Lavatevi, lavatevi! (¡Lávense, lávense!). Nos ganaban dos a cero, los napolitanos indignados... Toque, pin, pan, se equivoca un defensor, gol mío. Y a cuatro minutos del final, pum, penal, le pego yo, dos a dos. ¡Festejamos, nosotros, como si hubiésemos ganado la Copa de Campeones! Y claro, los napolitanos que estaban en el banco, en vez de venir a abrazarnos a nosotros, todo el banco se fue abajo de la curva que había estado gritando: ¡Lavatevi, lavatevi! Así éramos, así era el equipo y la ciudad donde jugábamos y vivíamos nosotros.

En la temporada '86/'87 explotó, por fin, todo lo que veníamos preparando. Encima, yo venía de ser campeón del mundo con la Argentina, en México. No me faltaba nada, nada... Bueno, sí, perdimos en el primer turno de la Copa UEFA contra el Toulouse, pero es que tampoco podíamos con todo: encima yo, aquel día, erré un penal en la definición, porque perdimos por penales... Pero igual, estábamos en la lucha grande.

Le había pedido a Ferlaino que me comprara a Carnevale, Andrea Carnevale, y, como ya había aprendido que yo no fallaba cuando pedía algo, me lo había traído desde Udinese. El me había preguntado qué nos faltaba para coronar y yo le había dicho: "Un poco de suerte, presidente, un poco de suerte, nada más". Los demás, los grandes, estaban asustados. Tenían a Platini, tenían un montón de fenómenos, pero también tenían miedo, ¡un miedo bárbaro! Colgaban banderas racistas, pero por temor: no entendían que unos pobres del sur se estaban llevando un pedazo de la torta que antes se comían sólo ellos, ¡el pedazo más grande!

Haber conseguido el primer scudetto para el Napoli en sesenta años fue, para mí, una victoria incomparable. Distinta a cualquier otra, incluso al título del mundo del '86 con el Seleccionado.

A el Napoli lo hicimos nosotros, desde abajo, algo bien de laburante. Me hubiera gustado que todos vieran cómo lo festejamos, lo celebramos más que cualquier otro equipo, ¡mucho más! Fue un scudetto de toda la ciudad. Y la gente fue aprendiendo que no había que tener miedo, que no ganaba el que tenía más plata sino que el más luchaba, el que más buscaba... Para esa gente, yo era el capitán del barco, yo era la bandera. Podían tocar a cualquiera, pero a mí no... Es que... es muy simple... cuando nosotros le empezamos a armar el equipo, llegaron los resultados: venía el Inter, lo goleábamos, venía el Milán, le ganábamos. A todos les ganábamos.

Y en Torino, contra la Juventus, el 9 de noviembre del '86, pasó una cosa increíble: perdíamos uno a cero, empatamos y explotó el estadio, todos festejaban... No entendíamos nada. En el gol de ellos habían dicho gol, así nomás. Metemos el segundo y otra vez, los festejos. Y el tercero, más todavía. ¡Claro, la cancha estaba llena de laburantes, todos del sur! ¡Na-po-lí, Na-po-lí!, terminaron gritando, impresionante.

Ya éramos campeones cuando me enteré de un pequeño dato estadístico, porque los periodistas italianos son fanáticos de esas cosas: sólo dos equipos habían ganado en un mismo año el scudetto y la Copa Italia; dos del norte, Torino y Juventus. Así que, antes de jugar la final de la Copa, enfrenté a la prensa y les dije: "Sí, claro que sería lindo ganar la Copa Italia. Parece difícil, pero la explicación tal vez pase porque los postulantes eran siempre del norte. Nosotros, los del sur, no somos de desaprovechar las chances. Ni en el fútbol... Ni en la vida". La dejé picando y lo conseguimos. Encima, le ganamos a una de las hinchadas más racistas de Italia, la del Atalanta de Bérgamo. Era todo ideal.

Pero el problema, ¿cuál era el problema? Que los dirigentes del Napoli no querían saber nada de gastar plata. Y después de aquel scudetto, por la Copa de Campeones, estuvimos a punto de eliminar al Real Madrid. Tuvimos que jugar a puertas cerradas en el Bernabeu el partido de ida y, para el de vuelta, la gente se enloqueció, parecía que todos los napolitanos del mundo querian estar en el San Paolo: recaudamos cuatro millones de dólares, que con la reventa y todo, al mejor estilo napolitano, serían siete u ocho, en realidad— pero el club no los usó y perdimos la gran oportunidad de hacer un Napoli grande, grande, grande... Ni siquiera nos cambiaron el césped de la cancha de entrenamiento, allá en Soccavo.

¿Les cuento cómo era el centro Paradiso de Soccavo, el centro de entrenamiento del Napoli? Más propio de un club de la segunda de la Argentina que de uno de primera en Europa: las paredes de los vestuarios se caían a pedazos, parecía mi casa de Villa Fiorito; había un alero de chapa para dejar abajo cuatro autos y el piso de la cancha te rompía los tendones. Por eso digo que Salvatore Carmando, que era el masajista, el kinesiólogo y todo, merece el 50 % del reconocimiento por cualquier título que hayamos conseguido.

Yo tenía contrato hasta el '89, pero a Guillermo se le ocurrió que era importante apurar la renovación. Aparte, el Napoli al que yo había llegado dos años antes, no tenía nada que ver con ése, después de un tercer puesto y un scudetto. La negociación empezó en Madrid, en aquel partido a puertas cerradas que perdimos con el Real, en el estadio Bernabeu, por la primera ronda de la Copa de Campeones. Septiembre de 1987. Como al fin quedamos eliminados, Ferlaino ya empezó a echarse para atrás. Pero no contaba con algo: Silvio Berlusconi me quería llevar al Milán... Y empezó el tironeo, aunque íntimamente yo sabía que no podía jugar en otro equipo italiano que no fuera el Napoli, porque me mataban a mí y también al que me comprara. Eso le dije a Berlusconi, cuando lo vi y me impresionó como un gentleman, como un ganador.

—Berlusconi, si se da, nos tenemos que ir los dos de Italia; usted va a perder los negocios porque los napolitanos le van a romper las pelotas todos los días y yo no voy a poder vivir...

A principios de noviembre del '87, nosotros estábamos concentrados en el Hotel Brun, de Milán, para jugar contra el Como, y apareció un Mercedes Benz impresionante a buscar a Cóppola. Se lo llevaron a Milano 5, donde tenía su ranchito el propio Berlusconi. Una mansión de ésas de las películas. El le dijo a Guillermo que me quería a mí, a toda costa, cuando terminara mi contrato, que había gastado casi cincuenta millones de dólares y todavía no había podido conseguir un puto título. Ni le preguntó cuánto ganaba en el Napoli: ¡él ofrecía el doble para mí!, un departamento en piazza San Babila, la zona más cara de la ciudad, el auto que quisiera —no un Fiat 600, ¿eh?: Lamborghini, Ferrari, Rolls Royce—, cinco años de contrato dentro de la organización de ellos y un lazo con la Fininvest, su empresa de comunicación.

Vaya uno a saber por qué, ¿no?, esas cosas que pasan, pero lo cierto es que mi amigo periodista Gianni Mina tuvo la noticia del encuentro y en diciembre la publicó en su revista Special... ¡Para qué! El martes a la mañana, todos sabían que el Milán me quería y ofrecía lo que a mí se me ocurriera; y el mismo martes a la noche, Ferlaino aceptó todas las condiciones que le pusimos nosotros y firmamos un nuevo contrato, con el triple de beneficios de lo que pretendíamos al principio: eran 5.000.000 de dólares por año, hasta el '93, sin contar los ingresos por publicidades y merchandising, que serían 2.000.000 más cada 365 días... Unos mangos y un regalito, además: el presidente, Ferlaino, se me apareció en casa con una Ferrari F40 negra, ¡era la única que había en el mundo en ese momento!

No sé... No sé qué habría pasado con mi carrera si arreglaba finalmente con el Milán; no sé si habría sido distinta, mejor o peor. Pero yo conocía al napolitano y sabía que el napolitano daba la vida por mí... ¡Guay con el que tocaba a Maradona en Italia! Se le iban todos los napolitanos al humo, en Torino, en Milán, en Verona, donde fuera. En realidad, si algo no tenía en aquellos tiempos, era problemas de plata...

Por aquellos tiempos, justamente, la International Management Group había hecho una encuesta sobre quién era la persona más conocida del mundo. Y salió mi nombre... Entonces, el grupo quiso comprar los derechos de mi imagen: ofrecieron 100.000.000 de dólares, ¡cien palos verdes! Pero... Pero había un detalle: me exigían la doble nacionalidad: argentino y... ¡estadounidense! Y eso, la nacionalidad, el ser argentino, como los sentimientos, no tiene precio. Nada puede pagar que yo deje de ser argentino, nada. Así que rechacé la oferta. Fue una decisión mía, como todas en mi vida. Guillermo podía orientarme, pero yo decidía, y así era en todo. En esta tema de la oferta de los 100.000.000 de dólares no era sólo eso: también teníamos participaciones que elevaban esa cifra y hasta Henry Kissinger se había metido en el tema. Pero no, no, ser argentino no tenía precio.

Plata no me faltaba, les dije. Por aquellos tiempos, yo hacía un programa en la RAI y cobraba 250.000 dólares por mes. ¡Teníamos mil puntos de rating! Además, había firmado un contrato de cinco millones de dólares con los japoneses de Hitochi, para una ropa deportiva que lleva mi nombre. Y también con ellos otro contrato de publicidad para un café frío, o algo así. Como teníamos que filmar la publicidad en algún sitio especial, ellos propusieron el Cañón del Colorado, en Estados Unidos. Yo pregunté por qué y me dijeron que tenía que ver con el ambiente, con cómo era el lugar... Entonces yo les dije: "¡Hagámoslo en Argentina, yo quiero hacerlo en mi país!". Y me llevé a los japoneses a La Rioja, a Talampaya. Necesitamos modelos, me dijeron. "Yo los tengo, mis hermanos, el Turco y el Lalo", les contesté. ¿Saben quién nos prestaba todos los días el helicóptero para viajar desde La Rioja hasta Talampaya? El gobernador de La Rioja... Carlos Saúl Menem. Y así salió, y quedó espectacular... Y vendieron un montón de café frío en Japón. También hicimos unas tomas en la boca del volcán Vesubio, para Asahi, una marca también japonesa de cerveza. Con eso generábamos fortunas, pero yo hacía poner en todos los contratos: "Que no altere el normal desarrollo de mi actividad profesional". Hicimos series, programas de televisión, útiles escolares para los chicos, alfajores, lo que quisiera...

Pedía autos que no existían y al tiempo me los traían. Me pasó con una Mercedes Benz Cabriolet, que no llegaba nunca a Italia. Yo le tiré la cosa a Guillermo y él llamó a Mercedes, picaba siempre. La cosa es que pasó el tiempo y un día Guillermo me llamó para que me asomara al balcón... Miré para abajo y ahí estaba: la Mercedes, con todos los tipos que la habían traído alrededor, todos capos, era la primera que entraba en Italia. Bueno, bajé, todo muy lindo, abrazos por acá, abrazos por allá, pedí la llave y me subí. Toqué todo, el volante, los controles, una maravilla... Por ahí, miré para abajo y vi la palanca: "Es automática", les dije. A Guillermo se le transformó la cara: Si, Die, sí, es automática, último modelo. Me bajé, les di la llave a los tipos, les dije muchas gracias y subí a mi casa: a mí no me gustaban los autos con caja automática. Ahora que lo cuento, ¡qué locura!

La vida en Napóles, mientras tanto, era increíble. No podía salir ni a la esquina, porque... me querían demasiado. Y cuando los napolitanos te quieren, ¡te quieren! ¡Ti amo piú che ai mieifigli!, me decían. ¡Te amo más que a mis hijos! No podía ir a comprarme un par de zapatos, porque a los cinco minutos estaba la vidriera rota y mil personas adentro de la zapatería. Entonces iba la Claudia, ella me compraba la ropa, todo. Y a ella sí que la respetaban: Cuidado con tocarle la mujer a Maradona, que si no el domingo no juega. Y el viaje desde mi casa hasta Soccavo, ida y vuelta, ¡una aventura! La cosa era así: yo tenía que salir, de un lado o del otro, me paraba detrás del portón, con el motor en marcha y acelerando... Cuando daba la orden, me lo abrían y picaba, ¡picaba con todo! La gente se iba abriendo y yo pasaba por el medio, ¡una locura! Y los que ya conocían mi táctica, me seguían con las motitos... hasta que los perdía. ¡Los motorini, en Napóles, eran una locura! Me perseguían por todos lados... Pero en el Mercedes o en la Ferrari, los perdía. El hecho de que me haya ido maravillosamente bien en Napóles tuvo que ver, más que nada, con que les traje cosas que ellos no tenían: futbolísticas, si se quiere, como tacos, gambetas y títulos, pero también, y más que nada, orgullo... Orgullo, por eso de que antes nadie quería saber nada con Napóles, que tenían miedo. Yo fui creyendo que era un golfo hermoso y nada más, pero me los gané a fuerza de tacos y gambetas, de ir al frente. Por eso hoy, cualquier napolitano te lo puede decir: Aquellos equipos no los habían armado los dirigentes; los había armado Maradona.

Eran tiempos, aquellos de la temporada '87/'88, la cuarta mía en Italia, de la fórmula Ma-Gi-Ca. A mí y a Giordano se había sumado, gracias a Dios, Careca, Antonio Careca. La gente ya se había acostumbrado a vernos pelear arriba y esa temporada no fue la excepción, por eso me preparé con todo, tal vez como nunca, para enfrentarla.

En octubre del '87 me interné por primera vez en la clínica del doctor Henri Chenot, en Merano, Suiza. Jamás había parado desde mi llegada a Italia, tenía encima una seguidilla de casi doscientos partidos, entre el campeonato, las copas, los amistosos y la Selección. Me dolían tanto los aductores que ni el doctor Oliva, que siempre fue un mago conmigo, encontraba más solución que el descanso. Eran pinchazos que me hacían saltar las lágrimas... Y yo jugaba, jugaba, jugaba, pero siempre a costa de infiltrarme. Por eso, cuando hablan de los futbolistas, de que ganamos demasiado, que somos unos vagos: ¿tendrán idea de lo que significa una aguja de diez centímetros clavándose cerca en la ingle, en un tobillo, en una rodilla, ¡en la cintura!? No, seguro que no...

Lo cierto es que en aquel tratamiento, el de la clínica, encuentro yo la explicación al rendimiento que tuve en aquel campeonato; lo que no voy a entender jamás, eso lo reconozco, es por qué nos caímos como nos caímos al final. Es curioso lo de aquella temporada, una mezcla muy rara de sentimientos, todavía hoy la recuerdo como una de las mejores, si no la mejor, de toda mi carrera, porque estaba físicamente como nunca, un balazo; y al mismo tiempo es una de las más amargas, de las que más bronca me dan al sólo mencionarlas, porque se dijo que ¡el Napoli había vendido el campeonato! Que lo había entregado, presionado por los apostadores.

Pero primero vale la pena contar todo lo bueno. Está todo anotado, es la verdad de los números: llegué a hacer goles en seis partidos consecutivos, algo que, creo, no se conseguía en Italia desde los tiempos de Gigi Riva, en el Cagliari; vacuné a todos los equipos de primera división, algo que nunca había logrado nadie, y encima algunos se los hice con la de palo, con la derecha, como al Udinese; conseguimos ¡el 87 % de los puntos! en las primeras 19 fechas, récord histórico. ¡Una máquina, éramos una máquina!, un rendimiento que me sirvió hasta para convencer a Bianchi, que tuvo que archivar su autoritarismo: yo, prácticamente hacía sólo fútbol en las prácticas y me entrenaba a fondo nada más que tres días por semana; los viernes, sólo masajes y alguna jugada de tiro libre. Además, se había olvidado, por fin, de sus miedos: atacábamos todos, conmigo, con Careca y con Giordano a la cabeza. Si yo terminé siendo el goleador, con 15, y Careca segundo, con 13... Faltaban pocas fechas, llevábamos cinco puntos de ventaja.

Después, lo malo... El 17 de abril perdimos 3 a 1 con la Juventus, en Torino. No volvimos a ganar, una semana atrás de la otra, un resultado peor que el otro: empatamos con el Verona, 1 a 1; perdimos con el Milán, 3 a 2; con la Fiorentina, 3 a 2, y con la Sampdoria, 2 a 1. ¡Sacamos un punto en cinco partidos! Perdimos un campeonato que no podíamos perder y se empezaron a decir estupideces.

El partido decisivo, creo, fue ese contra el Milán, en el San Paolo: arrancamos perdiendo uno a cero, empaté yo con un tiro libre como creo no patié nunca y después nos mataron con otro gol de Virdis y uno de Van Basten; Careca metió uno, para el 3 a 2, y después el arbitro Lo Bello lo frenó a Antonio cuando se iba otra vez solo contra Galli, el arquero. En una de ésas, si empatábamos... Pero ya estaba todo listo. El boludo de Bianchi había empezado a hacer experimentos, lo había dejado afuera a Giordano y todo se fue al carajo. Encima, yo estaba hecho mierda, lesionado, ya no tenía lugar en la cintura y en la rodilla para infiltrarme y no pude ni salir a la cancha en los últimos dos partidos.

No es cuestión de buscar culpables a lo que pasó... Yo creo que mis compañeros se equivocaron cuando sacaron aquel comunicado para echar al entrenador, a Bianchi, después de la derrota contra la Fiorentina. Tenían razón, la verdad, porque a Bianchi se le había escapado la tortuga con las decisiones que había tomado. Por eso fue una idea noble de Garella, Ferrario, Bagni y Giordano, pero a destiempo. El comunicado decía que nunca habíamos tenido diálogo con él, y es cierto... Pero Bianchi no había tenido la culpa de todo, como tampoco la habíamos tenido nosotros, los jugadores, como se le quiso hacer creer a la gente después. A mí nunca me fue ni una ni otra... Nunca me banqué que me acusaran y estaba dispuesto a irme del Napoli si la gente pensaba que hubo algún jugador que se vendió. No lo acepto hoy y no lo acepté aquella vez. Por eso me quedé en Napóles, una vez terminado el campeonato: porque quería dar la cara. Recuerdo que mandé a Buenos Aires a Claudia y a Dalmita, por si había algún hijo de puta que quería llegar a las manos. Por eso me quedé y aproveché para ir al partido despedida de Platini; no quería ir porque no tenía ganas y estaba físicamente muerto, pero el francés me llamaba quince veces por día a mi casa... Pero sobre todas las cosas, me quedé para dar la cara, para hablar con Ferlaino, para decir de frente todo lo que teníamos que decir. Se habló de la camorra, del totonero. Y lo más increíble es que ¡se había hablado de lo mismo el año anterior! ¡Y nosotros ganamos el campeonato igual!

Con la gente seguía bien. Pero pasaba que si la gente decía que la squadra se había vendido, estaba diciendo que Maradona se había vendido... Y si realmente pensaban así, me quería ir. En el partido contra la Sampdoria, el último, la gente gritaba: ¡Bianchi, Bianchi, resta con noi! (¡Bianchi, Bianchi, quédate con nosotros!). Así que yo pensé: "Está bien, que se quede Bianchi en el club". La verdad es que me daba mucha, mucha bronca, porque el pensamiento generalizado del plantel, aunque yo no había firmado aquella nota, era que se tenía que ir el técnico. Ferlaino, en el momento en que se perdió el scudetto, tendría que haber dicho "vayase" y listo. Pero así, con el comunicado, terminamos haciéndolo mártir, lo hicimos más que Maradona... Tanto fue así que terminaron renovándole el contrato inmediatamente.

No es que yo no estuviera de acuerdo con mis compañeros o ellos conmigo, al contrario. Si el fin de toda esta revuelta era Maradona, ¡pero Maradona por abajo, ¿se entiende?! ¡Maradona por abajo! Yo no tenía nada que ocultarle al técnico, habían sido duras las palabras cuando discutimos con él, si casi llegamos a las manos... Lo que nos pasó futbolísticamente en aquellos últimos partidos fue que no teníamos mucha fuerza en la mitad de la cancha: teníamos a Romano que venía desgarrado, Bagni que estaba mal y De Napoli, que era el que corría por los demás, palmado. Tampoco nosotros, los de arriba, les dábamos una mano a los del medio y el técnico nunca ponía cuatro volantes. Cuando se avivó, ya estábamos fundidos... El querer cambiar justo en el partido clave, con el Milán, fue culpa de él. Y fue culpa nuestra haber aguantado todo el campeonato con Bagni filtrado. Y la dejé picando, con un análisis simplemente de números: "Y aparte otra cosa: si vos sumas, Maradona hizo 15 goles, Careca 13, Giordano 10, entonces, je, ¿viste? Es imposible perder un campeonato. Pero si haces diez y te meten doce, bueno...".

Al fin, me volví a Buenos Aires con toda la calentura del mundo. Cuando nos íbamos de vacaciones, el club dio su opinión: apoyaba a Bianchi, le renovaba el contrato por un año y dejaba abierta la puertita para pegarles una patada en el culo a los cuatro ideólogos del comunicado: Garella, Ferrario, Bagni y Giordano. A mí, lo que me caía como una patada en los huevos, era que le daban todo el mérito de lo que habíamos conseguido al técnico, ¡al técnico! ¿Tan rápido se habían olvidado? Yo había llegado primero que él, había luchado contra el descenso, me había peleado con Ferlaino, le había dicho que comprara a este jugador, al otro, ¿y entonces? Encima, eso no era todo... Yo le había pedido a Ferlaino que comprara al Checho, a Sergio Batista, y él por las suyas compró al brasileño Alemáo. Le tomó la leche al gato, como tantas otras veces.

Cuando volví a Italia en julio, me tiré con los tapones de punta. El pueblito elegido para la pretemporada era Lodrone y allá fui, a pedirle explicaciones al técnico, a defender a los cuatro que habían firmado el comunicado y a aconsejarles a todos que no habláramos más, porque si seguíamos así le iban a renovar el contrato a Bianchi por cinco años... Hablamos con el tipo, no le pedí disculpas ni nada que se le parezca, pero me di cuenta de que la única salida para el Napoli era seguir dándole para adelante. Eso hice y arrancamos otra etapa.

De aquella primera parte de la temporada '88/'89, la quinta mía en Italia, recuerdo particularmente dos partidos, dos domingos consecutivos que no voy a olvidar mientras viva. Primero, en la sexta fecha, el 20 de noviembre de 1988, goleamos a la Juventus 5 a 3, en Torino, con tres goles de Careca. Y en seguida, a la semana, el 27, le metimos cuatro, 4 a 1, al Milán en el San Paolo. ¿Se imaginan lo que eran los hinchas del Napoli? ¡A la Juve y al Milán, nueve goles en dos partidos! Y así seguimos: nuestro enemigo, en esa temporada, era el ínter, el Inter del Pelado Díaz. En un partido contra el Bologna, en esos días, inventé el festejo bailando un tango... Es que ese mismo día habían llegado mis viejos a verme y a ellos les dediqué el baile. Eso fue: una dedicatoria.

Y al mismo tiempo, empezamos nuestra carrera en la Copa de la UEFA: ¡Yo me moría por conseguir un título internacional, carajo, eso me faltaba!

Cuando llegaron las fiestas, me di cuenta de que en aquel 1988 me había pasado de todo... Entonces, cerré el año con un mensaje que le mandé a todos los argentinos, a través de los medios y pensando en la gente de UNICEF, que me había llamado a colaborar: "Haría cualquier cosa por los chicos de todo el mundo, sobre todo por los que más lo necesitan, me gusta verlos contentos y felices. Por eso me disfracé de payaso y fui uno más de ellos en el circo Medrano, en Napóles. Había más de tres mil allí y entre ellos mi hija, Dalmita. Por eso quiero cooperar con UNICEF, para ayudar a todos los niños que pasan hambre y sufren. Estoy convencido de que es la mejor forma de terminar este 1988... Por eso también me traje a Napóles a mis padres, para pasar con ellos la Navidad, porque nunca estuvimos separados para esa fecha, y también para recibir el Año Nuevo. Yo lo siento así y gracias a Dios puedo hacerlo... Este 1988 será inolvidable para mí. Sufrí una gran tristeza, como fue la derrota del Napoli en el Campeonato Italiano, pero muchas más alegrías. Mi mejor temporada por un lado, pero también ver crecer día a día a mi hija y tener a toda mi familia reunida. Eso es lo más importante que puede tener Maradona.

"No pido nada más para mí, en este 1989 que se inicia. Como digo siempre, tengo miedo de exigir demasiado. Sólo deseo que mi hijo que está por nacer llegue a un mundo mejor, sin guerras, sin hambre... Eso, en definitiva es lo que deseo para todos. Feliz 1989, Argentina".

Eso, en definitiva, es lo que esperaba para mí, también.

Y fue entonces que vino la idea del cambio, la idea de irme. Apareció ese Bernard Tapie, el presidente del Olympique de Marsella, y me ofreció todo lo que yo quisiera y mucho más. Otra vez en el hotel Brun de Milán, donde estaba para filmar algo de publicidad, me senté con él... Con él, que había llegado en su avión privado, con Guillermo y con un empresario, Santos. El tipo me dijo: No hablemos de cifras, yo pongo el doble de lo que da el Napoli... Lo quiero a usted, ¡sí o sí! ¡Ojo, no era sólo el tema de la plata! O, por lo menos, no era sólo el tema de la plata para mí, porque el Napoli se llevaba... ¡25.000.000 de dólares! Pero había otros temitas que me interesaban más: una villa, y no precisamente Fiorito, una casa en serio, con un parque de 6.000 metros para que corra mi hija, para que disfrute mi familia, con pileta; lo que siempre me habían prometido en Napóles y nunca me daban, simplemente porque no había: ya estaba cansado de escuchar a mi hija decirme: Papi, ¿vamos a jugar al balcón? Y también, lo dije aquella vez y lo reconozco ahora, la tranquilidad de un campeonato como el francés, más... apacible, con un mes de paro en enero, como para volver a la Argentina. Era volver a empezar, era otra cosa, la verdad, era ideal. El tema es quién se hacía cargo de dejarme ir, y yo creo que ése era el terror de Ferlaino... Claro, porque el napolitano que firmara mi libertad, estaba condenado para siempre, todos iban a decir: Ese hijo de puta es el que dejó ir a Maradona.

La cosa es que, mientras tanto, seguíamos avanzando en el campeonato, seguíamos avanzando en la UEFA... En eso estábamos, en Munich, para jugar el partido de vuelta por la semifinal contra el Bayern, el 19 de abril del '89, y el presidente se me acercó. Charlamos un rato y me lo largó: Si ganamos la Copa UEFA, te prometo que te dejo ir a Marsella. ¡Para qué! Yo bailaba en una pata... No quería herir a los napolitanos, que me amaban, pero creo que irme a un club que no fuera italiano no los lastimaba tanto. La cosa es que empatamos y nos clasificamos para la final, porque en el partido de ida, en Napóles, habíamos ganado 2 a 0. Ahora teníamos que jugar contra el Stuttgart de Jurgen Klinsmann y yo estaba que me salía de la vaina... Teníamos un nivel de la puta madre y estábamos convencidos de poder ganar la Copa. El 3 de mayo les ganamos 2 a 1, en Napóles. Y el 17, empatamos 3 a 3, en Alemania... El último partido, el decisivo, fue aquel en que yo le meto la pelota de cabeza a Ferrara, para que defina, una jugada muy rara porque le di así, de cabeza, desde afuera del área y después de un rebote... Para mí, era todo junto: el primer título internacional con un club, el nombre del Napoli en Europa y... ¡el pase!

Pero Ferlaino no me quiso largar. Ahí mismo, en la cancha, se me acercó cuando yo todavía tenía la copa en las manos... Me habló al oído, agarrándome de los hombros, y me dijo: ¿Vamos a cumplir el contrato, verdad Diego? Hay mucho por hacer todavía. Yo le quería partir la copa en la cabeza, pero sólo me salió decirle: "No es momento, presidente, no es momento... Pero yo cumplí con mi promesa, ahora tiene que cumplir usted". Y me contestó, ahí mismo, en la cancha: No, no, no... Yo no te vendo, sólo te lo dije para motivarte.

Ahí, ahí mismo, empezó otra guerra. En realidad, estallaron bombas de batallas anteriores, que por esas cosas no habían explotado antes, y lo que quedó de ahí para adelante fue un campo minado... Entonces, cuando terminó el campeonato, viajé a la Argentina para sumarme al Seleccionado y jugar la Copa América, y empecé a decir todo lo que pensaba... Ferlaino lo había llamado a Cóppola a Brasil para decirle que me olvidara de mi venta, que no me dejaría ir por nada del mundo. ¡Y yo no aguantaba más, no aguantaba más! Me costaba perdonarle a Ferlaino —en aquel momento, ahora ya lo hice— que haya dudado de mí, después de cinco años de conocerme. Después de un partido contra Bologna, que no pude jugar porque mi maldita cintura no me dejaba ni caminar, el 7 de mayo, él había declarado que no creía que fuera para tanto... ¡Y yo traía ese problema en la cintura desde los Cebollitas! Si hasta me aprendí el nombre científico: lumbago artrítico profesional. ¡Inyecciones con agujas de diez centímetros me clavaban ahí para que pudiera jugar! Y es el día de hoy que me duele, todavía... Pero, claro, yo era el poco profesional, el irrespetuoso... Me gustaría tener una estadística de los partidos que jugué lesionado, infiltrado, enyesado casi... ¡Ojo que lo volvería a hacer! Porque lo que yo quería era jugar y ganar.

Desde Brasil les mandé un mensaje. Habían insultado a Guillermo y también a Claudia en el anteúltimo partido del campeonato, contra el Pisa, el 18 de junio, y ya no aguantaba más: o me venden o se bancan que me tome mis vacaciones como corresponde y, cuando vuelva, vemos... Eso les dije. Yo siempre un poco rebelde, ¿no? Y en ese momento quería imponer mi rebeldía en Napóles, si es que me tenía que quedar allí. Ellos ya lo habían contratado a Albertino Bigon, en el lugar de Ottavio Bianchi, por suerte, aunque yo no tuve nada que ver en el raje... Cuando lo hicieron, estaba navegando por el golfo de Napóles con mi familia, en el Dalmín. Me quedó, me queda, la gran bronca de que se haya ido como un ganador; estaba —y estoy— harto de que cuando ganábamos el mérito era del técnico y cuando perdíamos la culpa era de Maradona. Hay todavía gente que piensa que los técnicos ganan los partidos; se equivocan, no hay táctica sin jugadores y creo que eso no tiene discusión. Y pregunto: si Bianchi era tan fenómeno, ¿por qué no fue campeón con el Como? ¿Porque es un equipo chico? Eso era el Napoli cuando yo llegué... Y sin embargo, el cabeza de termo ése, cuando necesitó un consejo, ¿a quién llamó? ¡A Passarella!

La cosa es que me quería ir del Napoli, pero sabía también que si las cosas no se daban, me quedaba y daba pelea.

Entonces se dio aquello de las vacaciones interminables: después de la Copa América me fui a pescar a Esquina, en Corrientes, me fui a esquiar a Las Leñas, en Mendoza, y disfruté, disfruté, disfruté de mis primeras vacaciones en muchísimos años... Yo quería mis vacaciones y las iba a tener, se habían metido conmigo, iban a bailar. ¿Qué se creían, que era la primera vez que tenía un quilombo? Me había pasado en Argentinos, cuando insultaron a mi viejo; en Barcelona, cuando se me tiraron encima con todo... Pero había llegado el límite: se metieron con Guillermo, con la Claudia, con Dalmita. Parecía que se habían olvidado, de golpe, todo lo que les había dado: el scudetto, después de sesenta años; la Copa de Italia; la Copa de la UEFA, su primer título en Europa; dos subcampeonatos. Parecía que también se habían olvidado que me habían pagado un poco más de diez palos verdes y ya llevaban ganados más de cien. ¿La verdad? Estaba dispuesto a tirarles granadas por la cabeza.

Fue entonces que, casualmente, me empezaron a relacionar con la droga y con la camorra. Aparecieron unas fotos en el diario Il Mattino, y también en otras revistas fotos mías con Carmine Giuliano, al que acusaban de ser el líder de uno de los grupos camorristas, el capo de uno de los barrios más fuertes, el de Forcella... Que había camorra en la ciudad, no lo voy a negar yo. Pero de ahí a que yo hiciera negocios con ellos, hay un trecho muy largo: a mí nunca me rompieron los huevos. Era como que yo entretenía a la gente, entonces ellos decían: Con el pibe no se metan. Reconozco que era algo atrapante, ese mundo, lo reconozco. Para los argentinos, una novedad: la mafia, ¿cómo será? Era algo fascinante ver eso, pero claro, a mí me ofrecían cosas y yo nunca quería aceptar: por aquello de que primero te dan y después te piden... A mí me ofrecían ir a los clubes de fans, me regalaban relojes, ésa era la relación que tenía. Pero si yo veía que no era clarita la cosa, no aceptaba... Pero era una época increíble: cada vez que iba a uno de esos clubes me regalaban Rolex de oro, autos, ¡autos! A mí, por ejemplo, me dieron la primera Volvo 900 que hubo en Italia... Y yo les preguntaba: "Pero, ¿qué tengo que hacer?". Y me contestaban: Nada, sacate una foto. “Gracias", decía yo, y al otro día veía la foto en el diario. Así fue que aparecí con Carmine Giuliano y su familia.

Bueno, también decían que traficábamos. Desde Buenos Aires, entonces, mandamos un comunicado donde contábamos y denunciábamos un montón de cosas que nadie sabía. Y pedíamos protección para volver, porque si no se daban las condiciones de seguridad, ni locos aparecíamos por ahí. Detallábamos atentados que habíamos sufrido, como una bola de acero que me tiraron contra el parabrisas de uno de mis autos, y que nunca habían sido investigados, o robos nunca aclarados, como ese en el que me llevaron el balón de oro del '86. Denunciábamos que había un complot que ponía en peligro la vida de mi familia. Cosa que era cierta...

Eso fue el límite, lo máximo, porque había habido otras cosas, pero chiquitas: como que no me dejaban ir otra vez a Merano, a la clínica del doctor Chenot, para empezar bien el campeonato. Pero eso era sólo un detalle, la guerra ya era muy sucia, era como vivir esquivando bombas...

¿Decían que los napolitanos ya no me querían más? ¿Que era peligroso que volviera? Decidí volver y dar la cara, a ver quién era más guapo, a ver quién mentía.... ¿Hablaban de la camorra y de la droga? Claro, era fácil tirárselo a un jugador, que tenía que dar la cara, que tenía que enfrentar controles antidóping. ¿Y los dirigentes? Esos que venían a saludarte al vestuario y estaban tan duros que no podían ni hablar... Volví, entonces. En poco tiempo, otra vez gracias a Fernando Signorini, que durante todos esos días en los que yo había estado de vacaciones había preparado un plan de trabajo impresionante, que terminaba en el Mundial de Italia. Volví contra la Fiorentina, el 17 de septiembre de 1989, y por primera vez me senté en el banco, con el número 16. Entré en el segundo tiempo, barbudo como estaba y... ¡erré un penal! Nadie me silbó, nadie de los que los diarios decían que me odiaban me insultó, nadie. Al contrario. Por eso, a los únicos que perdonaba —y perdono— era a la gente: los demás, los que habían hablado, los que habían escrito, querían acomodar lo que habían desacomodado. Yo falté quince días a los entrenamientos y era un mafioso, un drogadicto y un camorrista. A la vuelta, aplaudido otra vez, era un pibe bueno. Y todo porque hacía mi trabajo, lo que llevaba haciendo, en aquel momento, durante trece años... Me molestó, me molestó mucho que Ferlaino y el club no me defendieran. Estaba preparando una revancha, una revancha que no se imaginaban. Era distinta a cualquier otra cosa que hubiera hecho antes en mis años de rebeldía.

Fue como si hubiera elegido los rivales para gritarles a todos a la cara: ¿Vieron, vieron que hay que pensar antes de hablar? Y al Milán, ¡al Milán!, al que supuestamente le habíamos vendido el campeonato anterior, le metimos tres, uno de ellos mío... Tres a cero, fue el 1 de octubre en el San Paolo, en uno de esos partidos que soñás de pendejo, me salieron todas.

A partir de aquel retorno contra la Fiorentina, jugué veinte partidos seguidos, uno mejor que el otro... Y cuando parecía que el scudetto se lo llevaba el Milán, que nos devolvió el tres a cero en el Giusseppe Meazza, el Barbudo (Dios) me volvió a dar una buena mano. O, mejor dicho, me tiró una moneda.

Fue el 8 de abril del '90. En aquella época, yo volaba, ¡volaba de verdad! Fuimos a jugar a Bérgamo y les cobramos a los hinchas del Atalanta, los más racistas de Italia, con su propia moneda. Le tiraron una a Alemáo, cuando se iba para los vestuarios, le abrieron la cabeza y se suspendió el partido. Después, ¡el Tribunal nos dio los puntos! Y ya al final, cuando todos descontaban que el Milán se llevaba el título otra vez, pegamos el sorpasso, como dicen los italianos. El 22 de abril le ganamos al Bologna, al mismo Bologna que había provocado mi pelea con Ferlaino, por aquello de la cintura, el año anterior, mira lo que son las cosas. Lo cierto es que cuando todos pensaban que aquel primer scudetto nuestro había sido un milagro, algo que no se repetiría jamás, estábamos allí, en las puertas del segundo.

La temporada que había empezado de la peor manera, con el drogadicto y camorrista, que era yo, al borde del abismo, terminaba con el título... Nunca había estado ni estuve físicamente mejor, nunca. Volaba.

Teníamos que jugar el último partido contra la Lazio, pero ya estaba todo dicho. Me acuerdo que me encararon los periodistas italianos en Soccavo, a la salida del último entrenamiento, y me preguntaron si no habríamos sufrido menos de no haber tenido yo todos los líos de principio de temporada, si no me arrepentía de nada. Como respuesta, me salió en el mejor italiano: "A me piacere vincere cosí". A mí me gusta ganar así. El 29 de abril, con mis compañeros del Seleccionado argentino ya aterrizados en Italia para encarar la recta final hacia el Mundial, jugamos con la Lazio, el último partido. Un trámite, viejo, un trámite. Gol de cabeza de Baroni y a cobrar, a cobrar otra vez.

Los maté, estaban todos rendidos de nuevo, nadie podía decir una palabra. Sólo yo las dije: que la culpa de todo lo que había pasado no la tenía ni Maradona ni Ferlaino; que lo mejor que nos había pasado era traer un técnico como Albertino Bigon, que sabía hablar con los jugadores. Y ya en el vestuario, después de la vuelta olímpica, mandé un mensaje para la Argentina: "Este título, esta nueva alegría, es para mi viejo. Apenas terminó el partido hablé por teléfono con él y lloramos mucho los dos... Mucho... Me dijo que él se alegraba por mí y por los que están muy cerca mío.

Pero por nadie más. No se olvida que la última vez me fui de Argentina como si fuera un delincuente, era poco menos que eso... Me dijeron irresponsable cuando todos saben que yo logré todo lo que logré luchando desde abajo, que cuando empecé no tenía ni para el colectivo... En todos lados se dijeron cosas muy feas... Y él, que es un viejo sabio, no perdona; no es tan blando como yo. Te digo algo: quisiera tener el cinco por ciento de su honestidad y sus principios... Lloré, lloramos juntos... Se lo dedico a él, porque sufrió por mí. Y le agradezco a Dios los padres que me dio".

Un rato antes, en la cancha misma, apenas escuché el pitazo final, había gritado, desde el alma y con todo el corazón: "¡Esta es la prueba de que yo me conozco mejor que nadie! ¡Y el pago para que me dejen vivir mi vida! ¡Quiero vivir mi vida, por favor!".

No me dejaron, no me dejaron... Porque todos saben lo que vino después, todos lo saben: el Mundial de Italia, para el que me había preparado como nunca. La eliminación de Italia y... la venganza. Nunca me lo perdonaron, nunca, y por eso todo terminó como terminó. Me acuerdo que fui a un programa de televisión italiano, sólo porque lo conducía mi amigo Gianni Mina, y dije, entre otras cosas:

"¿Por qué me odian en Italia? Cuando yo llegué a Napóles era un jugador simpático, que todos admiraban y adoraban... porque no ganábamos nada. Era simpático y admirado porque jugaba bien, pero al Napoli le hacían tres goles en Torino, cuatro en Florencia, y así todos los domingos. Pero cuando el Napoli organizó un gran equipo y comenzamos a ganar en todas las canchas, empecé a ser antipático. En cinco años, desde que yo llegué, el Napoli ganó dos scudettos, la Copa Italia, la Copa UEFA, dos segundos puestos y un tercero en la Liga... Y a alguien le debe haber fastidiado que Maradona y el Napoli hayan ganado tanto. Y encima, después del Mundial, en diciembre del '90, le ganamos la Supercopa italiana a la Juve 5 a 1, ¡5 a 1! Esos triunfos le deben haber dolido a más de uno... Hablaban de que me la pasaba en las discotecas, en los night clubs, y eso, que yo sepa, no le hace mal a nadie. El día antes de ese partido contra la Juve fuimos varios muchachos del Napoli a un boliche y parece que nos hizo muy bien, porque al otro día le hicimos cinco. También me criticaban porque muchas veces me entrenaba en mi casa. ¿Y qué? Yo siempre me entrené en mi garaje y no quería cambiar mis costumbres, porque en la cancha siempre me iba bien. Siempre me iba bien.”

Aun cuando pasó aquella historia fea del partido en Moscú, contra el Spartak. No me había entrenado bien durante toda la semana, estaba en mi casa y el equipo se fue a Rusia, sin mí. Todos estaban pendientes de si yo viajaba o no, si viajaba o no. Y yo viajé. Llegué, llegué en un avión privado pero llegué. Empatamos uno a uno, fuimos a los penales y perdimos, si no seguíamos en la Copa de Campeones... Lo que pasa es que yo estaba jugado, ya.

Después de lo del Mundial no tendría que haber vuelto, no tendría que haber vuelto. Aquel partido contra Italia, en Napóles, con el gol de Caniggia, fue mi sentencia, fue mi sentencia... Yo no había intentado una sublevación de los napolitanos contra el resto de los italianos, cuando jugamos allá, porque yo sí sabía y sentía que los napolitanos eran italianos también... Pero eran los otros italianos, los que no vivían en Napóles, los que no querían enterarse, los que no querían aceptarlo: sólo aquel día, el día del partido, se dieron cuenta de que los napolitanos también pertenecían a Italia y podían ayudar a la Selección... Yo sabía muy bien lo que nos ocurría cuando íbamos a jugar de visitantes, aquellos carteles de bienvenidos a italia, lavatevi, terroni. ¿Por qué tenía que esconder aquel racismo? ¿Por qué no lo iba a recordar justo en el momento en que los italianos, por interés, querían agregar a Napóles en su mapa? Jamás pretendí que hincharan por mí, jamás... Pero me querían, me querían tanto, que la Curva B gritó mi gol de penal contra Italia, lo gritó. Porque argentinos no había tantos y el grito yo lo escuché... El problema es que lo escucharon todos, todos... Y no me lo perdonaron.

Encima, se dio el impasse en mi relación con Guillermo. Fue en octubre del '90, cinco años después de haber empezado. Nos separamos por razones nuestras... Y yo decidí que siguiera trabajando conmigo alguien del grupo, como era Juan Marcos Franchi. Con Guillermo necesitábamos un paréntesis, y el tiempo nos dio la razón. Si antes vivíamos en un clima tremendo, porque era tremendo, después del Mundial fue peor. Es que todo había cambiado demasiado ya. Napóles ya no era lo mismo, nada era lo mismo.

Y en eso apareció el famoso doping, el famoso doping de Antonio Matarrese... Nosotros habíamos sacado a Italia del Mundial porque teníamos huevos y les hicimos perder a muchos un gran negocio, fortunas, porque la final a toda orquesta era Italia -Alemania... Fue una maniobra, sí, lo juro. Porque yo tenía el problema con la droga, sí, pero por eso mismo me hacía análisis. Y aparte de que la cocaína no sirve para jugar —no sirve porque te tira para atrás y no para adelante— me cuidaba, me hacía análisis propios... Y en aquel partido contra el Barí —fecha fatal: 17 de marzo de 1991— estaba limpio, limpio. Hoy, gracias a Dios, hay una causa abierta, la Justicia está investigando el laboratorio que realizó mi análisis y el de tantos otros, porque había muchas cosas mal hechas, empleados que declararon que los frascos estaban fraguados, un montón de barbaridades... Que se comprobara eso sería para mí un triunfo histórico. Nada, igual, me devolverá los años de fútbol que me hicieron perder... Nada.

Me despedí del Napoli con un gol a la Sampdoria, el 24 de marzo, un gol de penal. Pero me fui de Italia empujado como un delincuente... Y ésa no es la mejor síntesis de mi historia allí, seguro que no lo es.



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