Yo soy el diego



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LA GLORIA


México'86
El momento más sublime de mi carrera,

el más sublime...
Yo lo miraba de reojo, porque sabía que mucho no faltaba, que no faltaba nada... Lo miraba de reojo a Arppi Filho, el referí brasileño, chiquitito así, y cuando levantó los brazos y pegó el pitazo, ¡me volví loco! Empecé a correr para un lado, para el otro, me quería abrazar con todos. Sentí en el cuerpo, en el corazón, en el alma, que estaba viviendo el momento más sublime de mi carrera, el más sublime... 29 de junio de 1986, estadio Azteca, México; esa fecha y ese lugar están marcados en mi piel. La Copa en mis manos, la sacudía, la levantaba, la sacudía, la besaba, la sacudía, no sé, se la presté un ratito a Pumpido, en el palco, pero se la pedí enseguida, quería asegurarme de que era de verdad. Que la Copa del Mundo era nuestra, de los argentinos.

¡Nos habíamos jugado tanto por eso! ¡Nos había costado tanto! Que no creyeran en nosotros, que nos quisieran voltear ¡desde el gobierno!, que nos putearan, que nos criticaran. Si hasta los mexicanos se nos volvieron en contra, gritaron los goles de los alemanes. ¿Latinoamericanismo? ¡Latinoamericanismo las pelotas, los latinoamericanos éramos visitantes, ahí, en el Azteca justamente! Lo que nadie entendió, nunca, fue que nuestra fuerza y nuestra unión había nacido precisamente de ahí, de la bronca... De la bronca que nos daba haber tenido que luchar contra todo. Así tenía que ser, ¿no?, ¡si era un equipo mío! Un equipo hecho desde abajo y contra todos.

Para mí, el Mundial de México '86, la más grande alegría deportiva de toda mi carrera, había empezado, en realidad, tres años antes. Bah, también podría decir que comenzó en el mismo momento en que terminó el Mundial de España, porque la revancha me daba vueltas por la cabeza desde aquellos terribles días, pero... En enero de 1983 pasó algo decisivo, fundamental. Yo estaba en Lloret de Mar, en la Costa Brava española. De joda, nada: estaba recuperándome de la maldita hepatitis que no me dejaba jugar en el Barcelona, acompañado por Fernando Signorini y un médico. Vivíamos en una casa hermosa, sí, pero eso era sólo para las fotos: nosotros nos pasábamos todo el día laburando. Y en eso apareció Bilardo, que ya era el nuevo técnico del Seleccionado argentino, en el lugar del Flaco Menotti. Venía caminando junto con Cyterszpiller, desde la casa y hacia la playa... Hacia nosotros.

Yo me estaba preparando para salir a correr y el Narigón me saludó, me dio un beso, y me preguntó:

¿Tenés un buzo para mí?

Le di uno y me dijo:

¿Puedo salir a correr con vos?

Lo primero que pensé fue exactamente lo mismo que después sentí muchas veces, a lo largo de tantos años de relación: "Este tipo está loco, este tipo está mal de la cabeza...". La cosa fue que corrimos un rato y, cuando volvimos, me preguntó:

Quiero saber cómo estás y también comentarte mis planes para el Seleccionado, por si te interesa participar...

—¿¡Cómo!? Por supuesto... Quédese tranquilo que mi contrato con el Barcelona dice bien clarito que me tienen que ceder para las eliminatorias y también para algún otro partido, siempre que el club no tenga algún compromiso importante...

Me imaginaba, por suerte... Y el otro punto: me interesa saber si tenés alguna exigencia económica o algo.

—¡¿Exigencia económica para jugar en el Seleccionado?! De eso olvídese, Carlos... Yo, por defender la camiseta argentina jamás voy a hacer un problema.

Bueno, bárbaro, bárbaro... También quiero decirte que, si estás de acuerdo, vas a ser el capitán de la Selección.

Me quedé duro, pero duro, duro, en serio. Sos el más representativo, me repitió.

Me largué a llorar. Y llorando se lo conté a la Claudia, a mi vieja. A todos. Capitán de la Selección. Era lo que siempre había soñado ser. Representar a todos los futbolistas argentinos, a todos. A mí me encantaba ser capitán, sinceramente. Alguna vez dije, en un reportaje, que quería terminar mi carrera como capitán del Seleccionado. Y aclaraba enseguida, que iba a ser así porque Passarella se iba a retirar antes, por edad. Fui capitán de Argentinos Juniors, capitán del Juvenil, capitán de Boca, ¡y de la Selección argentina! En cada viaje que hacía, estuviera en Austria o estuviera en Nueva York, lo que hacía siempre era comprarme cintas, cintas, cintas. Así que cuando Bilardo me lo confirmó, Claudia salió corriendo a buscar las doscientas cintas que tenía guardadas en el cajón, esperando el momento para usarlas. Era un sueño, un sueño que se cumplía aunque yo, por ahí, lo esperaba para más adelante. ¡Tenía sólo 24 años y estaba Passarella en el medio! El había sido mi modelo como capitán, el había sido el capitán, el patrón, el número uno de Menotti, ¡yo quería ser el capitán, el patrón, el número uno de Bilardo! Y lo fui, lo fui... No sé, no sé si Passarella empezó a enojarse por eso, puede ser, pero lo mío iba más allá, mucho más allá de la relación con él. Lo mío era un sueño que se cumplía.

Lo primero que me propuse en ese momento fue construir algo, una conciencia: jugar por la Selección debía ser lo más importante del mundo. Si teníamos que viajar miles y miles de kilómetros, hacerlo; si teníamos cuatro partidos por semana, jugarlos; si teníamos que vivir en hotelitos que se caían a pedazos, aceptarlo... Todo, todo por la Selección, por la celeste y blanca. Ese era el estilo que quería transmitir.

Y no quiero ponerme como ejemplo, ¿eh?, pero lo cuento, lo cuento igual para que se entienda, para que se sepa lo que hacíamos nosotros por el Seleccionado. Todo pasó en mayo de 1985, justo antes del comienzo de las eliminatorias para México '86 y cuando yo ya era jugador del Napoli. Aunque para mí todos los partidos con la celeste y blanca eran importantes, aquellos amistosos con Paraguay y Chile sí que valían de verdad, por varias razones. Primero, porque era mi presentación en un equipo de Bilardo, mi regreso a las canchas argentinas y a la Selección desde el Mundial de España, ¡casi tres años después!; el último partido lo había jugado contra Brasil, el 2 de julio del '82, y desde que el Narigón asumió hasta estos partidos, había probado con muchachos que estaban en la Argentina. Ahora parece raro, pero yo estuve casi tres años sin ponerme la camiseta celeste y blanca: desde la eliminación en España hasta estos amistosos. Yo, tranquilo, porque Bilardo había sido muy claro desde el principio, no me había escondido nada a mí y no le había escondido nada a nadie: él durante todo el '84 había declarado públicamente que yo era la única certeza que tenía el Seleccionado, el único titular, que eso correspondía con quien era el número uno del mundo, que era el símbolo, que era el capitán porque a donde fuera, a Singapur, a China, a Alemania, a cualquier parte, le preguntaban por mí, le hablaban de mí. Ahí, en Alemania, en una conferencia de prensa le preguntaron si me iba a poner y se le adelantó Beckenbauer, que estaba sentado al lado, y contestó: Si no lo pone él, que me lo dé a mí.

Aunque yo no jugué durante todo ese tiempo, de alguna manera estaba presente: les mandaba telegramas antes de cada partido, para alentarlos, para que se dieran cuenta de que formaba parte del grupo. Eso hice, por ejemplo, en aquella gira que hicieron por Colombia y Europa, que arrancó como el culo y terminó bárbara; me sentía cerca de ellos.

Pero, bueno, la cosa es que llegaron esos dos partidos y yo decía que eran muy, muy importantes: porque lo único que nos quedaba después de esas dos pruebas era salir a jugarnos para poner al equipo en México '86. Contado así suena fácil, pero te la regalo...

La cosa es que Matarrese, Antonio Matarrese, el presidente de la Federcalcio ya en aquel tiempo nos empezaba a poner piedras en el camino: si viajábamos, aun con el permiso de nuestros clubes, la Liga Italiana se reservaba el derecho de suspendernos. Entonces yo les contesté: "¿¡Qué!? ¡Ni Pertini me impedirá viajar a Buenos Aires!". Sandro Pertini era el presidente de Italia....

También estaba Passarella en la historia —él jugaba en la Fiorentina— y a ninguno de los dos nos querían dejar viajar a la Argentina, decían que era una locura. ¿¡Una locura!? ¿¡Una locura jugar por mi país!? ¡Las pelotas! Armé el itinerario, tenía que estar en todos lados, ya era un capricho.

La maratón empezó el domingo 5 de mayo: en Napóles, empatamos contra la Juventus 0 a 0. Del estadio mismo volamos en uno de mis autos, no me acuerdo en cual, para llegar a Roma, 250 kilómetros, al aeropuerto de Fiumicino. Nos habían previsto una custodia policial, pero no cumplieron: me banqué el tránsito del domingo, con mi estilo, y pudimos hacer el trayecto en una hora y media, je... Tomé el avión, aterricé en Buenos Aires y el jueves salí a la cancha, en el Monumental, para enfrentar a Paraguay: empatamos 1 a 1, hice un gol. Volví a la concentración, con los muchachos, y al día siguiente, a las cinco de la tarde, me subí al avión de Varig que hizo escala en Río de Janeiro y siguió hasta Roma. Sábado 11, otra vez en Fiumicino, otro avión: ahora, para Trieste... De Trieste a Udine hay 70 kilómetros y los hicimos en auto. Llegué para la hora de la cena, comí algo y me fui a dormir. Al día siguiente, domingo 12, a la cancha, para jugar contra el Udinese: empatamos 2 a 2, hice dos goles... ¿A festejar? ¡No! ¡A viajar! Setenta kilómetros en auto hasta el aeropuerto de Trieste, una vez más, aerotaxi desde allí hasta Fiumicino y, justo a tiempo, vuelo de Aerolíneas para Buenos Aires, otra vez.

El martes 14 estaba en el Monumental, como si nunca me hubiera ido, pero esta vez para enfrentar a Chile. Ganamos 2 a 0, grité un gol, me tomé un... respiro, y regresé a Italia: el domingo 19, en Napóles, le ganamos 1 a 0 a la Fiorentina de Passarella, que estaba un poquito más descansado que yo porque él se había hecho amonestar cuando todo el paseo empezó y se salvó de un viaje... Sí, no paré desde el domingo 5 hasta el domingo 19 de mayo, porque quería cumplir con los dos, con el que me pagaba, sí, pero también con el que me amaba y me necesitaba.

Claro que ya en aquellos tiempos me inventaban cosas igual: publicaron que por jugar esos dos partidos había cobrado 80.000 dólares, ¡una plata que no le daban ni a Frank Sinatra cantando desnudo en la cancha de River!

Apenas llegué, me sumé al grupo de muchachos que ya trabajaban en Ezeiza. El proceso ya había empezado y no venía nada fácil... Ellos habían hecho una gira que empezó como el culo, en Colombia, y había terminado fenómeno, en Alemania. Enseguida dos empatecitos. Yo había llegado a jugar como uno más y de lo que Bilardo me pidiera: el Loco parecía convencido y yo lo iba a seguir, a muerte.

Las eliminatorias empezaron en Venezuela. ¿Fácil? ¡Fácil las pelotas, para nosotros no había nada fácil! Podía ser que el rival fuera débil, pero aquella vez no jugaron sólo once jugadores contra nosotros, jugaron más. Es la única forma que tengo, hoy, para explicar lo que pasó... Resulta que, apenas aterrizamos en San Cristóbal, se armó un tumulto bárbaro. Había policías, pero eran venezolanos, también. La cosa es que un loco me salió al cruce y me metió tal patada en la rodilla derecha, que ni el tano Gentile lo hubiera hecho mejor. ¡Me mató, me mató! Entré rengueando al hotel, con el doctor Eduardo Madero corriendo atrás y todo el mundo asustado. ¡El hijo de puta me había arruinado el menisco!

Toda la noche previa al partido estuve con hielo en la rodilla derecha, tirado en la cama. No me dormí hasta las cinco de la mañana. Al principio, me parecía una boludez, pero después se fue agravando, agravando. Y encima, en ese maldito partido y en los que siguieron me apuntaban ahí, todos me pegaban en la rodilla derecha. Digo ahora maldito partido porque nos costó un huevo y medio ganarlo, bien al estilo nuestro: terminamos 3 a 2, pidiendo la hora.

Después vino Colombia, en Bogotá, el 2 de junio. ¡Qué presión, qué presión, yo nunca había vivido nada igual! Después ganamos 3 a 1, y todo pareció un camino de rosas, pero nada que ver, ¿eh?, nada que ver... Lo que pasa es que la mayoría de los jugadores no habíamos estado nunca en eliminatorias, incluido yo. Todavía hoy creo que si perdíamos allá, en Bogotá, nos quedábamos afuera del Mundial, porque hubiera sido un golpe anímico demasiado fuerte.

Una semana más tarde, en el Monumental, le ganamos a Venezuela. Pero nos puteaban que daba calambre. ¡Yo no entendía nada! La tocaba Trossero, lo silbaban; la tocaba Burruchaga, lo silbaban; la tocaba Clausen, lo silbaban... Era terrible, tan terrible que terminamos ganando 3 a 0, pero los últimos dos goles los hicimos en los últimos cuatro minutos.

Los dos partidos contra Perú, los que definían la historia, fueron terribles, ¡terribles! El primero en Lima, el 23 de junio, fue el de Reyna... Lo digo así y ya todo el mundo sabe de qué estoy hablando, de aquel muchacho que me siguió hasta el baño, ¡una cosa de locos, viejo! En una jugada, pisé mal y salí de la cancha, para que me viera el tordo. ¡Y el tipo me siguió hasta el borde de la cancha! Cuando volví, se me paró otra vez al ladito, el cabeza de termo. Me hablaba, me hablaba. Cada uno tiene sus armas para jugar, está bien, pero las mías siempre fueron otras, distintas. Cada uno hace lo que puede, ¿no?, pero este muchacho se pasó de la raya... Me pegaba trompadas, también. Está bien, era local, a la semana siguiente tenían que ir a jugar a Buenos Aires, ¿qué le iba a decir?, ¿que allá lo iba a matar? Si eso no era cierto... Qué bárbaro ese Reyna: después de esa experiencia, con los años, me fui dando cuenta de que me gustaba más que me marcaran hombre a hombre, porque me los sacaba de encima, así, tac, rapidito, y quedaba solo. En cambio en zona era más complicado. Pero lo de Reyna... Y pensar que a Cuba me llegó una pelota firmada por todos los futbolistas peruanos, deseándome la recuperación y estaba la de él, también.... ¡Hasta La Habana y a los 40 años me siguió, el hijo de puta!

Después vino el partido de Buenos Aires, el 30 de junio, el de la clasificación. ¡Mamita, cómo sufrimos, mamita! ¡El susto que tuve esa tarde, en el Monumental, no lo había tenido nunca y no creo, ya, a esta altura, que lo vuelva a tener en una cancha de fútbol! Pero, ¿¡cómo puede ser, viejo!? Estábamos jugando bien, por primera vez estábamos jugando bien, je, y resulta que nos metieron dos contraataques y dos goles, dos goles en el primer tiempo... Nos hablábamos con Passarella, no entendíamos nada... Camino al vestuario, al final del primer tiempo, nos reputeábamos entre nosotros, porque nos dábamos cuenta de que lo estábamos perdiendo por errores nuestros. En el entretiempo, Carlos no nos dijo nada de los goles, nada del primer tiempo, nos gritó que nos olvidáramos, que empezáramos de nuevo, que saliéramos a clasificarnos para el Mundial y que... ¡nos dejáramos de joder!

Pero yo sabía que no era fácil, estábamos nerviosos. Nos había pasado lo mismo en un partido contra Paraguay y también contra Venezuela... Y salimos con todo. Enseguida, Pasculli metió el primero, pero no alcanzaba. En una, después de un pique, miré el cartel electrónico y marcaba 23 minutos. Hice un pase, miré otra vez, ¡32! ¡Hijos de puta los peruanos, ¿adelantaban el reloj o qué?! Y al final, cuando faltaban diez, llegó aquella jugada de Passarella, el empujoncito de Gareca, ¡qué sé yo! Yo ni me di cuenta quién había hecho el gol, pero lo tenía cerca a Pedrito Pasculli y me abracé con él, me abrazaba con cualquiera... Pero fue de Gareca, fue del Flaco, si no la pelota se iba afuera, se iba afuera.

Hasta ese momento, yo pensaba en la palabra repechaje y se me rompía el alma. Estaba fundido, fundido físicamente y con la maldita rodilla derecha a cuestas: soñaba con pegarle y clavarla en un ángulo, pero no me daba, no me daba... Por suerte al fin se nos dio, a todos. Nos clasificamos para el Mundial de México y ahí mismo, lo juro por mi madre, le dije al Flaco Gareca: "Así, así vamos a terminar la final del Mundial nosotros... Sufriéndola, pero ganándola".

Al equipo ése le faltaba entrar en la gente. Y no era que no entendíamos lo que nos pedía Bilardo, ¿eh?: lo entendíamos perfectamente pero no nos soltábamos, no nos liberábamos. Y encima, empezaron los quilombos.

Yo creo que Passarella nunca digirió aquello de que yo era el único titular y capitán en el equipo de Bilardo, nunca. Y entonces empezó a meter presión. Y en una nota de El Gráfico declaró: "Soy titular o no juego en la Selección". Eso era en octubre del '85. Yo ya estaba cansado del conventillo, de los celos y de todas las pelotudeces y salí con los botines de punta. Armé una conferencia de prensa en Napóles, y dije de todo... Yo hablé como capitán, aunque no como dueño de la verdad absoluta, y lo hice sin haber conversado antes ni con Bilardo ni con Passarella. En este problema yo estaba en el medio. Para Bilardo, aparentemente, el único titular era Maradona. Bueno, yo consideraba que Bilardo había estado muy claro de entrada, no sabía lo que pensaba Daniel. Lo único que podía decirle a él, como amigo suyo fuera de la cancha y como compañero, como hombre y como jugador, era que acá lo fundamental era otra vez el tema del respeto a las trayectorias. Y yo creía que Daniel sabía que Bilardo nos había respetado desde el llamado para las eliminatorias. Después, si le había hecho o no promesas, eso no lo sabía, era un problema en el que eran ellos los que tenían que ponerse de acuerdo. Lo que pasó es que ahí hubo algo raro detrás, eso no me lo quita nadie de la cabeza, por todo lo que leí y lo que me contaba mi mamá por teléfono desde Buenos Aires. Daniel quería la titularidad, pero todos sabíamos, los que estábamos a su lado y lo habíamos visto luchar como un león por la camiseta argentina, que él era un ganador nato. Entonces, yo me preguntaba: ¿por qué nos hacía sufrir con una renuncia que no quería nadie, ni siquiera Bilardo?

Bueno, cada técnico tiene sus jugadores. En los tiempos de Menotti, si alguno le tocaba a Passarella, se armaba un lío nacional y todos lo entendíamos, porque Daniel era el capitán, el hombre mimado de todos, como antes lo había sido Houseman, pero nadie decía nada. Yo renuncié una vez a la Selección de Menotti, porque creía en ese momento que debíamos estar todos en el mismo nivel, no por un puesto ni nada por el estilo, pero después volví. Por eso no quería criticar a Daniel por lo que hacía, porque era grande y yo no iba andar indicándole qué debía hacer. Lo único que le podía pedir como capitán y compañero era que tratara de arreglarlo de la mejor manera posible. En la concentración, él sabía que era titular, porque era un líder y por todo lo que significaba dentro y fuera de la cancha. Lo necesitábamos, lo necesitaban todos los argentinos.

Lo que yo le pedí a Daniel fue que decidiera por él mismo, no por otros. Lo conocía mucho y por eso repetía que detrás de todo aquello había algo muy extraño, que no sabía lo que era. Si lo hubiera sabido, lo habría dicho, porque me gustaban y me gustan las cosas claras.

Yo no sabía, y no me interesaba saber, si lo de Bilardo era un capricho o qué era, pero nosotros siempre respetábamos lo que decía el técnico. Me preguntaba, ¿por qué entonces las cosas debían cambiar? Daniel, por el solo hecho de estar entre los 22, sabiendo lo que le daba al plantel desde adentro, no necesitaba que Bilardo le dijera: Vos sos titular. El fue titular desde siempre.

Y rematé: "No es posible que cuando nos tenemos que unir, nos desunamos, que sigamos con esta historia de los pro y los contra de Bilardo, de los pro y los contra de Menotti, ¿no se dan cuenta de que nos estamos destruyendo inútilmente? Yo me quedé afuera en el Mundial del 78: éramos 25, tenían que salir 3 y uno de ésos fui yo, pero igual le estoy agradecido a Menotti, por todo lo que hizo por mí".

En medio de todo el lío aquél, me tocó enfrentarme con Passarella, pero en la cancha: Napoli contra la Florentina, en Florencia, el 13 de octubre. Los diarios italianos toda la semana, dale que dale, con el duelo, con la pelea, un circo bárbaro. Al final, salimos 0 a 0, nos dimos la mano y yo declaré lo que realmente pensaba en ese momento: "No entiendo todo este ruido, toda esta polémica... Daniel es un amigo, todos lo hemos querido y lo queremos mucho. Y para mí es titular indiscutido en la Selección. Es suficiente, ¿no les parece?". El dijo algo parecido y la historia siguió, siguió.

Yo, más allá de todos esos quilombos, estaba viviendo un momento mágico. A pesar de la rodilla golpeada en Venezuela, que había generado una pelea entre los médicos, porque estaban los que decían que tenía que operarme y los que no, seguía para adelante... Por aquellos días, le ganamos a la Juventus, un sueño de todos los napolitanos, con gol mío. Como para que entendieran, de una vez por todas, lo que yo había dicho: Hoy por hoy, entre el Napoli y el Seleccionado, yo elijo el Seleccionado. Lo dije, sí, pero eso no quitaba que me matara por el Napoli cuando tenía que jugar.

El tema era, por aquellos tiempos, qué jugadores seguían hasta el Mundial, quiénes no, y a quiénes se convocaba. Yo bancaba a muerte a los que habían estado en el ciclo, porque se habían comido muchos garrones, demasiados: Pasculli, Gareca, Valdano, Camino, Russo, el Pato Fillol, Garre, Burruchaga, Ponce. Y también declaré, públicamente, ¿eh?, que me gustaría que se sumara Ramón Díaz. Sí, Ramón Díaz: estaba convencido de que, con Bilardo, él sería otro jugador, más completo todavía. Era un jugador para Bilardo, igual que el Bocha, que Bochini.

Con él fuimos a aquella gira, cuando jugamos dos partidos contra México, en noviembre del '85. ¡Tipo raro el Bocha! Era mi ídolo de pibe, yo siempre soñaba con jugar con él... Y no se daba, no se daba. Estuvimos en exhibiciones de Agremiados, cosas así. Después, él participó de las giras previas a las eliminatorias y yo pensé que se iba a dar, pero no, se rayó y se fue. Por eso, la primera vez, la primera en serio, fue allá, en Los Angeles. El era uno de los nuevos, el Bichi Borghi también.

A Borghi yo lo conocía de las inferiores de Argentinos. De ahí lo subieron rápido a la primera y lo bajaron rápido también, por exceso de audacia, por seguir teniendo mentalidad de pendejo. Tuvo que golpearse y darse cuenta de que jugar en primera era otra cosa. Lo que pasa es que, lamentablemente, los argentinos siempre estamos necesitados de inventar ídolos, engordarlos... Yo ya decía, en aquel tiempo, que a Borghi no había que apurarlo. Y en los partidos en México le gritaba que la largara más, que jugara en equipo, que si no la gambeta no servía para nada.

Y así se iba armando el equipo, siempre sufriendo, siempre con muchas presiones. ¿La verdad? No nos quería nadie...

Yo por suerte y gracias otra vez al doctor Oliva me había salvado del cuchillo: no era necesario que me operaran la maldita rodilla derecha que había hecho famoso a aquel venezolano cabeza de termo que me la pateó. Pero tenía otras preocupaciones.

Yo trataba de defender a un grupo que no estaba lleno de fuoriclassi, de fuera de serie, pero sí que se mataba trabajando. Eran los que venían peleando como podían hasta ahí y llegaba la hora de la verdad. Yo quería que Bilardo respetara a los hombres, más que a los jugadores. El no podía dejar a Barbas afuera del Mundial, al Pato Fillol. En febrero ya le pedía que largara la lista, que la diera, para que trabajáramos tranquilos. Le hablé de Ramón Díaz, y él ni lo fue a ver... Por eso digo, aquello de que yo sacaba y ponía jugadores, ¡por favor!

En marzo del '86, la verdad, yo estaba para el cachetazo. Bilardo me había venido a visitar a Napóles y de lo único que se había preocupado era de mi condición física. Como si yo no le fuera a cumplir... Además, había viajado a Florencia a buscarlo a Passarella, como si aquél no fuera un caso cerrado desde que Daniel se había ido. Tenía las bolas llenas y la barba crecida... La barba crecida: desde aquel tiempo es que dicen que cuando yo tengo barba... ¡mala señal! Pero la verdad es que aquella vez me la había dejado por un pedido de mi hermana, la Lili, que quería verme con barba de macho... Eso me había dicho: barba de macho.

Se venían unos amistosos y a mí me cargaban hasta en el vestuario del Napoli: un compañero, Penzo, me decía si no teníamos miedo de pasar un papelón contra Francia... ¡lo quería matar! Pero algo de razón tenía, no se entendía muy bien lo que estábamos haciendo, éramos medio una banda, Bilardo no sumaba a ninguno de los jugadores que a mí me gustaban, como el Tolo Gallego o el Guaso Domenech.

Me sentía solo, solo. Hasta pensé, como tantas otras veces, en tirar todo a la mierda... Menos mal que por aquellos días llegó mi vieja. Se habían ido el Turco, el Lalo, la Claudia, mi viejo, mis sobrinos. Y estaba sólo ella. Muchas veces me levantaba, a la mañana, y le decía: "Tota, ¿y si nos volvemos, y si nos vamos a la mierda?". No sé, por ahí sentía que se me venían muchas cosas encima y no se estaba encarando todo como a mí me gustaba.

Entonces Fernando Signorini me presentó un plan que me entusiasmó... Era un plan físico que arrancaba en evaluación y terminaba, teóricamente, en los diez puntos para los días de México. Y dije, ma' sí, vamos a darle para adelante. Y le di.

Viajamos a Roma, al Centro de Medicina del Comité Olímpico Italiano, que dirigía mi amigo, el profesor Antonio Dal Monte. Por sus manos habían pasado todos los medallistas olímpicos italianos y yo me puse a pensar en la Copa, en tener la Copa del Mundo en mis manos.

Al fin, Penzo no tenía razón con aquello del miedo a los franceses, pero... Francia nos ganó 2 a 0, Passarella jugó y le pegó un codazo terrible, ¡terrible!, a Tigana. Enseguida viajamos a Zurich, a jugar contra el Grasshoppers, de Suiza. Les ganamos 1 a 0, cagando.

A nosotros nos interesaba saber dónde estábamos parados físicamente, se hablaba mucho de la diferencia entre los sudamericanos y los europeos, todo eso. Para mí, y ahí estaba mi confianza, iba a ser fundamental el mes de mayo, cuando por fin estuviéramos todos juntos. Bilardo lo tenía anotado en su agenda y yo le creía, yo creía. Teníamos que entender —y esto parece una boludez ahora pero en aquel momento parecía revolucionario— que era fundamental que los delanteros entendiéramos que si se perdía la pelota, no podíamos quedarnos paraditos, mirando, ¡teníamos que dar una mano!

Yo era consciente de que no despertábamos entusiasmo en la gente... ¡Más que entusiasmo despertábamos bronca! Pero lo que nadie entendía es que faltaba tiempo, que en ese equipo había muchos jugadores valiosos. No me sorprendía, por otra parte: así es el hincha argentino, también a Menotti le habían hecho la vida imposible antes del 78, ¿o se olvidaron de eso? Yo respetaba las opiniones, pero me jodia, me jodia mucho pensar que esos mismos que criticaban iban a ser después los primeros en subirse al carro de la victoria.

Ya estábamos acostumbrados a luchar solos. Pero estábamos compenetrados y sabíamos lo que queríamos. Aquélla era una Selección perseguida... Había gente, mucha gente, que ya no soportaba nada: Borghi ya no era la promesa, Pasculli no le hacía goles a nadie, Maradona era un jugadorcito... Nos perseguían, sí, que no haya ninguna duda. Pero estábamos más unidos que nunca, teníamos una solidaridad indestructible.

Aquel abril del '86 fue terrible: el 30, perdimos con Noruega, nos querían matar; lo único bueno del partido fue que debutó el Negrito Héctor Enrique. Fuimos a Tel Aviv, a jugar contra Israel, y teníamos todos los cañones apuntándonos: ¡el gobierno quería voltear a Bilardo! Raúl Alfonsín, que era el presidente, había comentado que la Selección no le gustaba, Rodolfo O'Reilly, que era el secretario de Deportes, hacía lobby, y todos le movían el piso... Fue terrible, en serio. Resulta que para los políticos el fútbol era algo poco serio y de golpe se había convertido en una cuestión de Estado, ¿se puede creer? ¡Sí, se puede creer! Yo lo había dicho: "Si se va Bilardo, me voy yo". Ojalá haya servido para algo, como presión, porque si el gobierno argentino echaba al técnico del Seleccionado hubiera sido un disparate y un papelón mundial... El 4 de mayo, le ganamos a Israel 7 a 2 y yo ya estaba convencido: en esos treinta días que nos quedaban nos prepararíamos para ganar el Mundial, ¡para ganarlo! Estaba convencido, además, de que los otros se iban a ir cayendo.

A esa Selección la quería particularmente. Era y es fácil entenderlo: era el capitán, había un grupo de gente excepcional. Sentía que la suerte no nos había ayudado, hasta ahí, y que después iba a llegar toda junta. Sentía, también, que nos faltaban el respeto, que había hacia nosotros una falta de respeto total.

Cuando por fin nos instalamos en la concentración del América, en el Distrito Federal de México, me di cuenta, así, como un flash, que todo lo que pensaba no era un sueño, nada más. Íbamos a ser campeones del mundo.

Jugamos con un equipo de ahí, del club, y perdimos; fuimos a Barranquilla y empatamos 0 a 0 con el Júnior. Pero la cosa iba más allá de los resultados, mucho más. Tuvimos una reunión, sí, una reunión muy fuerte y no fue en Barranquilla, fue en México. Nos dijimos de todo, de todo... Así éramos, vivíamos de reunión en reunión. Y en una de ésas fue que me agarré con Passarella, también, pero lo cuento más adelante, en detalle, porque se lo merece.

Ahí definimos que éramos nosotros contra el mundo, así que más vale que tiráramos todos para el mismo lado... Y tiramos, ¡cómo tiramos! A mí las concentraciones siempre me ataron, siempre me ahogaron, pero aquella vez fue distinto: porque nos sinceramos, porque nos dijimos las cosas en la cara. A partir de eso, todo creció.

Me hubiera encantado que mis hijas me vieran jugar en México. ¡Lo que se hubieran divertido! En aquel Mundial, lo único que yo tenía en la cabeza era poder demostrarle a los argentinos que nosotros teníamos un equipo, no sé si para salir campeones, pero sí para dejarlos bien, muy bien parados en el mundo del fútbol.

Yo estoy convencido de que el primer partido, contra Corea del Sur, el 2 de junio del '86, en el estadio Olímpico de México, no en el Azteca, más de la mitad de los argentinos lo vio de reojo. Ni sabían quiénes jugábamos... Encima se dio lo de la salida de Passarella, entró Brown, entró Cucciuffo, el Negro Enrique... Nosotros confiábamos, confiábamos, pero no teniamos ningún resultado bueno anterior como para que nos apoyara. Pero salimos del vestuario convencidos —ésa es la palabra—, convencidos. Estábamos para vacunar a cualquiera. Todo eso de los laterales volantes, las posiciones, de golpe todos lo habíamos aprendido, lo aplicamos contra Corea y los coreanos se enojaron, me parece... ¡Cómo me pegaron, mamita! ¡Cómo me pegaron! Me hicieron once fouls, casi todos los del partido. Digo once y parece poco, pero algunos me dejaron sangrando, sin joda... ¿Y saben cuándo amonestaron por primera vez a un defensor? A los 44 minutos, al número 17, la desgracia, que no me acuerdo cómo se llamaba pero yo ya lo había bautizado Kung Fu. Otro me entró tan fuerte con los tapones, que me traspasó la media ¡y la venda! Y mira que yo uso vendas que son como yesos, ¿eh?

Ahí mismo empecé con mis luchas contra la FIFA: por los golpes y... por la hora. Claro, por un lado, los arbitros no defendían a los habilidosos, dejaban pegar, y por el otro, por la televisión, los partidos se jugaban al mediodía, a la mañana, a cualquier hora. ¡Saben el calor que hacía en México, con altura, a las 12! Era la hora de los ravioles, no la hora del fútbol, viejo... Yo siempre me acostaba tarde antes de los partidos y me levantaba a las once, pero jugando al mediodía me tenía que levantar a las ocho de la mañana. Era una costumbre de toda la vida, por más que me metiera en la cama temprano, no me podía dormir. Pero, bueno, la cuestión era más grave que una costumbre personal. Por eso armamos un lindo lío con Valdano. Los dos, Valdano y yo.

Todos me preguntaban si no había ido demasiado al frente contra el poder, desprotegido, fuera de tiempo... ¿¡Y qué se pensaban!? ¿¡Que yo era un político!? ¡No, no, no, nunca lo fui ni lo voy a ser! Encima, Havelange, Joáo Havelange, el mismísimo presidente de la FIFA, jugador de waterpolo, salió contestándome que había que respetar al que estaba arriba. Para mí, le contaron mal lo mío o ya estaba sordo: yo no pretendía arruinarles el negocio de la televisión, allá ellos; lo que le pedía era que nos consultara a nosotros, a los jugadores, a los verdaderos dueños del espectáculo, porque ellos sin nosotros no eran ni son nada. Sin Maradona, sin Rummenigge y sin el último suplente de Marruecos... No son nada sin ninguno de nosotros. Y decía, sí, que a las 12 del mediodía se podía morir un tipo, y los quería ver ahí, ¿qué pasaba, eh, qué pasaba? A mí me agarraba un terrible dolor en el pecho en los primeros partidos.

Y lo otro, también: las patadas. No sé, me parece que aquella vez los coreanos se asustaron y se la agarraron con el más gil. ¡Y querían que hablara bien de los arbitros! ¿Cómo iba a hablar bien si le permitían a un tipo pegarme veinte patadas? A Zico le hacían lo mismo. A Platini no tanto, porque el francés metía el pelotazo y se quedaba. ¡Cómo iba a hablar bien de los arbitrajes!

Los otros dos partidos de la primera ronda fueron contra Italia, 1 a 1, el 5 de junio, en Puebla, y contra Bulgaria, 2 a 0, cinco días más tarde, otra vez en el Olímpico. Pasamos caminando, dando cátedra. Ya todos los panqueques se habían dado vuelta, ¡se habían dado vuelta! A Italia yo le hice aquel gol tan lindo, que está entre los mejores de mi galería: lo mataron al arquero, a Galli, pobre, y nadie se dio cuenta de que yo no le di tiempo, porque salté a encontrarme con la pelota, después del pelotazo de Valdano, que me había caído justito delante de mí, en el área, y cachetearla con la zurda en vez de esperar que cayera, con Scirea, que en paz descanse, corriéndome de atrás... ¡Eso hice, la crucé al segundo palo antes de que bajara, no fue que Galli estuvo lento! ¡Fui yo que estuve rápido! Es que estaba muy enchufado: los muchachos tenían en la cabeza, porque Bilardo les machacaba, que me tenían que acompañar. Y yo lo ayudaba en eso, porque no me quedaba paradito allá arriba: si tenía que hacer pressing sobre los defensores no se me caían los anillos, fiera.

Empatamos, sí, porque a los tanos les dieron un penal, por mano de Garre. Pero creo que jugamos el mejor partido de todos desde que estábamos con Bilardo. Creo que fue ahí, en ese partido, donde Bilardo terminó de encontrar el equipo. Porque le dio bola a Batista, lo dejó al Checho que jugara solo como volante central, le dio otra función, más abierta, a Giusti, y lo liberó a Burruchaga. Por eso digo: no fui yo solo, hubo un equipo.

Después, contra los búlgaros, cometimos algunos errores viejos, como que nos pesquen mal parados de contraataque, pero ya estábamos demasiado firmes. Igual, nos confundió un poco la actitud de ellos, porque pensamos que nos iban a atacar más. De todas maneras los vacunamos: primero Valdano, que se colgó del cielo para cabecear un centrazo de Cucciuffo, después Burru, por un centro mío, de esos que me encantan, cuando llego al fondo como wing izquierdo y con la raya final ahí, como si fuera un precipicio, saco el centro torciendo nada más que el tobillo, mirando a la tribuna. Y a cobrar, 2 a 0. Vacunábamos a todos, uno atrás del otro. ¡Ya estábamos en octavos de final!

Eramos un equipo que tenía todo, técnica y garra. Un periodista argentino, Juvenal, lo definió bárbaro: "Dinámica europea con chamuyo criollo". Eso éramos, muy ordenados tácticamente, con una propuesta defensiva muy novedosa, con un libre, como Brown; dos stoppers como Ruggeri y Cucciuffo; dos laterales volantes como Giusti y Olarticoechea; un volante central que paraba a todos como Batista; el Negro Enrique, que nos daba el equilibrio, y Burruchaga que era el enlace; y arriba, Valdano y yo. Con leves cambios, ésa era la base, ¡un equipazo!

Mi vieja, la Tota, me decía: Nene, ¿qué comes? ¡Corres más que nunca! En la televisión apareces siempre vos con la pelota. Es que estaba enchufadísimo, mejor que nunca. Me moría por tirarme a tomar sol, pero no quería dejar el comedor, la concentración, la pieza... ¡La pieza! Yo la compartía con Pedrito Pasculli y todos los días le agregábamos algo: un cuadrito, una foto, un adorno, una carta... Queríamos que fuera nuestra casa por un mes, ¡nuestra casa hasta la final!

Tenía nuestro estilo la pieza, además. Era humilde, humilde... No te digo Fiorito, no, pero paredes finitas de ladrillos, camitas chiquitas un poco duras, un solo teléfono, el de la factura de Passarella que cuento más adelante. Pero para nosotros estaba bien, por que así éramos: cobrábamos 25 dólares, ¡25 dólares!, de viático por día... Yo lo vivía intensamente, era todo tal cual lo había soñado, ni más ni menos. Me sentía, por fin, el patrón de Bilardo, como antes Passarella se había sentido el patrón de Menotti. Bilardo se la había jugado por mí, me había dado la capitanía, me había bancado... Passarella fue grande en el '82 porque tenía todo lo que yo tuve en el '86: la capitanía, el consenso, la confianza... Yo salía de la concentración para el Azteca y decía: "¡Hasta lueeegooo!", era como una ceremonia, sabía que iba para ganar.

Teníamos nuestras cábalas, nuestras costumbres repetidas. Siempre, una vez por semana, cenábamos en el restaurante "Mi Viejo", que era del gordo Cremasco, un ex compañero de Bilardo, en la época de Estudiantes. También, por ejemplo, el día anterior a cada partido había una salida obligatoria, a un shopping que se llamaba Sanborns, o algo así. Lo habíamos hecho antes del primer partido, contra Corea, y no lo podíamos cortar. Eso sí: cada vez avanzábamos más en el campeonato, y cada vez más gente se enteraba de nuestra cábala. Para mí, era casi un entrenamiento más: me la pasaba corriendo por los pasillos, con trescientas personas atrás, al trote, hasta que me metía en un negocio —podía ser uno de los negocios electrónicos o una peluquería... de mujeres— y ahí me quedaba, mientras sentía miles de ojos mirándome, clavados en mí, desde el otro lado de la vidriera. ¿La verdad? Yo estaba feliz, feliz... Era un cariño exagerado, pero no me abrumaba, para nada. Conmigo, en esas caminatas, estaba siempre el Negro Galíndez. Bueno, en esas caminatas y a cada rato, listo para defenderme. Me acuerdo que Tito Benrrós, el utilero, lo hacía entrar siempre: a propósito, me gritaba, o hacía que se enojaba, y el Negro saltaba como un loco. Cuando estaba bien, es una forma de decir, ¿no?, lo hacíamos cantar boleros. Su clásico era: Reloj, me voy amor... o un disparate así, con una voz que, bueno, mi perro sonaba mejor. También estaba Salvatore Carmando conmigo, por supuesto: era el masajista del Napoli y siempre me había ayudado mucho. Lo cierto es que la pasábamos muy bien en la concentración del América. Eramos un grupo, un buen grupo.

Nos entendíamos de memoria. Sincronizábamos con Valdano, si él bajaba yo me quedaba más arriba o al revés, Burruchaga picaba cuando tenía que picar. Carlos nos había metido eso en la cabeza y las cosas salían sin hablarnos, como calcadas de los entrenamientos.

Igual no era fácil. El partido contra Uruguay, en Puebla, por los octavos, el 16 de junio, se abrió con el gol de Pedrito Pasculli, gracias a un pase de... Acevedo, un defensor de ellos. No fue un triunfo más, ése: a mí me fastidiaba la paranoia que tenían los uruguayos en aquellos tiempos y, además, ¡hacía 56 años que no le ganábamos a los yoruguas en un Mundial! Desde aquella final del '30. Seguíamos, seguíamos volteando muñecos, pegábamos más duro que Tyson. Eso sí: el guacho de Luigi Agnolin, el referí italiano, me anuló mal un gol a mí, porque yo no había ido en plancha sobre Bossio: ¡Nooo, viejo, nooo! Le gané porque salté, no fue plancha... Ese Agnolin era terrible: nosotros lo quisimos apretar de entrada y el tano nos contestó: A mi no me aprieten porque yo los cago a trompadas a todos. Lo empujó a Francescoli, lo empujó, a Giusti le metió un codazo... A mí me gustaba Agnolin, era de los pocos que me gustaban, aunque se equivocaba como la mayoría de los arbitros.

A esa altura del campeonato a mí me gustaba Alemania, no era ningún boludo, yo. A mi hermano Lalo le gustaban los de toque prolijo, por eso se inclinaba por Marruecos, que estaba haciendo un buen torneo. Y al Turco le gustaban más Francia y Dinamarca. A mí me gustaba Alemania por varias cosas: iban al frente como locos; tenían a Matthaus, ya en aquella época uno de los mejores del mundo, a Vóller, que era un fiera; a Allofs...

Lo de Dinamarca fue increíble: parecía el tren bala, con Laudrup, con Elkjaer-Larsen y el técnico se volvió loco cuando empezó perdiendo 2 a 1 con España, sacó a un defensor y se derrumbó: le metieron cinco, sobre todo porque mi amigo el Buitre Butragueño, estaba inspiradísimo... Bilardo siempre decía: un error táctico, un partido.

La cosa es que habíamos llegado hasta ahí cuando nadie creía en nosotros y alguno me preguntó si nos conformábamos con estar entre los ocho mejores... ¡Para qué! Les recordé, porque la tenía siempre bien presente, aquella frase de Obdulio Varela, antes de la final del '50, antes del Maracanazo: Cumplidos solamente si somos campeones.

Se venía Inglaterra, nada menos. 22 de junio de 1986, otro día que no voy a olvidar mientras viva, nunca... Aquel partido contra los ingleses, peleado, apretado, con el negrito Barnes complicándonos las cosas al final. Y con mis dos goles. ¡Mis dos goles!

Del segundo recuerdo muchas cosas, muchas... Si lo cuenta algún pariente mío, siempre aparece un inglés más; si lo cuenta Cóppola, Bilardo me había dado la noche libre el día anterior y yo volví para el partido, al mediodía... No, en serio: creo que es el gol soñado. Yo en Fiorito soñaba con algún día hacer un gol así en la canchita, con el Estrella Roja, y lo hice en un Mundial, para mi país y en una final.

Sí, una final, porque nosotros, por todo lo que representaba, jugábamos una final contra Inglaterra. Porque era como ganarle más que nada a un país, no a un equipo de fútbol. Si bien nosotros decíamos, antes del partido, que el fútbol no tenía nada que ver con la Guerra de las Malvinas, sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos allá, que los habían matado como a pajaritos... Y esto era una revancha, era... recuperar algo de las Malvinas. Todos decíamos, en las notas previas, que no había que mezclar las cosas, pero eso era mentira, ¡mentira! No hacíamos otra cosa que pensar en eso, ¡un carajo que iba a ser un partido más!

Era más que ganar un partido, era más que dejar afuera del Mundial a los ingleses. Nosotros, de alguna manera, hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo sucedido, de todo lo que el pueblo argentino había sufrido. Sé que parece una locura, un disparate, pero eso era, de verdad, lo que sentíamos. Era más fuerte que nosotros: estábamos defendiendo nuestra bandera, a los pibes muertos, a los sobrevivientes... Por eso, creo, el gol mío tuvo tanta trascendencia. En realidad, los dos la tuvieron, los dos tuvieron su gustito.

El segundo fue, como dije, el gol que uno sueña de pibito. Nosotros, en el potrero, cuando hacíamos algo así o parecido, decíamos que lo habíamos mareado al rival, lo habíamos vuelto loco... Fue... no sé, cuando yo vuelvo a verlo, me parece mentira haberlo logrado, en serio. No porque lo haya hecho yo, pero te parece que no se puede hacer un gol así, que lo podrás soñar, pero nunca lo vas a concretar. Ya es un mito, ahora, y por eso se han inventado muchas cosas, como que yo pensé en un consejo de mi hermano, en el momento... No, en el momento, no, pero después sí me di cuenta, algo me habrá venido a la cabeza, porque definí como mi hermano el Turco me había dicho: resulta que poco más de seis años antes, el 13 de mayo del '81, durante una gira con el Seleccionado mayor, contra Inglaterra, en Wembley, yo había hecho una jugada muy parecida, pero muy parecida y definí tocándola a un costado cuando me salió el arquero. La pelota se fue afuera por esto, por nada, cuando yo ya estaba gritando el gol. El Turco me llamó por teléfono y me dijo: ¡Boludo!, no tendrías que haber tocado... Le hubieras amagado, si ya estaba tirado el arquero. Y yo le contesté: "¡Hijo de puta! Vos porque lo estabas mirando por televisión". Pero él me mató: No, Pelu, si vos le amagabas, enganchabas para afuera y definías con derecha, ¿entendés? ¡Siete años tenía el pendejo! Bueno, la cosa es que esta vez definí como mi hermano quería.

Lo que sí es cierto, y también se cuenta como una leyenda, es que yo lo venía viendo a Valdano, que corría a mi izquierda, abriéndose hacia el segundo palo... La cosa fue así: yo arranqué atrás de la mitad de la cancha, sobre la derecha; la pisé, giré y pasé entre Beardsley y Reid; ahí ya me puse el arco entre ceja y ceja, aunque me faltaban unos metros, todavía... Con un enganche hacia adentro, lo pasé a Butcher, y es a partir de ahí donde me empezó a ayudar Valdano, porque Fenwick, que era el último, ¡no me salía! Lo esperaba a él, lo esperaba para hacer la descarga hacia adentro, que era lo lógico... Si Fenwick me salía, yo se la daba a Valdano y él quedaba solo contra Shilton... Pero Fenwick ¡no me salía! Yo lo encaré, entonces, amagué para adentro y me le fui por afuera, hacia la derecha... ¡Me tiró un guadañazo terrible, Fenwick! Yo seguí y ya lo tenía a Shilton de frente... Estaba en el mismo lugar que en aquella jugada de Wembley, ¡en el mismo lugar! Iba a definir de la misma manera, pero... pero el Barba (Dios) me ayudó, el Barba me hizo acordar... Pie... Hice así y Shilton se comió el amague, se lo comió... Entonces llegué al fondo y le hice, tac, adentro... Al mismo tiempo Butcher, el grandote rubio, que me había alcanzado de nuevo, ¡me pegó un patadón! Pero no me importaba nada, nada de nada... Había hecho el gol de mi vida.

En el vestuario, cuando le dije a Valdano que lo venía mirando, me quiso matar: No te puedo creer, ¿hiciste ese gol y me venías mirando? Me ofendés, viejo, me humillas, no es posible.... Y se acercó el Negro Enrique, que estaba en la duchas, y la remató: Mucho elogio, mucho elogio para él, pero con el pase que le di, si no hacía el gol era para matarlo. ¡Hijo de puta, el Negro! ¡En el área nuestra me había dado el pase!

Pero fue un gol, un gol... increíble. ¿Saben qué quería hacer yo con ese gol? Quería poner toda la secuencia en fotos bien grandes encima de la cabecera de la cama... Le agregaba una foto de Dalmita (en aquel tiempo, todavía no había nacido Gianinna) y le metía una inscripción abajo: Lo mejor de mi vida. Nada más.

Y me dio mucho placer el otro, también. A veces siento que me gustó más el de la mano, el primero. Ahora sí puedo contar lo que en aquel momento no podía, lo que en aquel momento definí como "La mano de Dios"... Qué mano de Dios, ¡fue la mano del Diego! Y fue como robarle la billetera a los ingleses, también...

Nadie se dio cuenta, en el momento: me tiré con todo. Ni yo sé cómo hice para saltar tanto. Metí el puño izquierdo y la cabeza detrás, el arquero Shilton, Peter Shilton, ni se enteró y Fenwick, que venía atrás, fue el primero que empezó a pedir mano. No porque la haya visto, sino porque no entendía cómo podía haberle ganado en el salto al arquero. Cuando yo vi que el juez de línea corría hacia el centro de la cancha, encaré para el lugar de la tribuna donde estaba mi papá, donde estaba mi suegro, para gritárselo a ellos... ¡Mi viejo había sacado medio cuerpo afuera, convencido de que yo había hecho el gol de cabeza! Estuve medio gil, porque salí festejando con el puño izquierdo cerrado y mirando de reojo a ver qué hacían los jueces, ¡mira si el arbitro se agarraba de eso y sospechaba! Por suerte ni se enteró. A esa altura, todos los ingleses protestaban y Valdano me hacía así, ¡ssshhh!, con el dedo en la boca, como si fuera una foto de una enfermera en un hospital.

El me había dado el pase: habíamos tirado una pared, lo apuraron, me devolvió un adoquín, porque otra no le quedaba, y yo salté, salté con el arquero y el puño arriba, pero detrás de la cabeza... Golazo, golazo, a llorar a la iglesia... Como le contesté a un periodista inglés, de la BBC, un año después: "Fue un gol totalmente legítimo, porque lo convalidó el arbitro. Y yo no soy quién para dudar de la honestidad del arbitro".

Me querían matar todos, por supuesto. Pero cuando volví a Italia me pasó una cosa sensacional. Me vino a ver Silvio Piola, que fue un gran goleador italiano en los mundiales de los años treinta, y me dijo: A todos estos que te dicen que sos deshonesto porque hiciste un gol con la mano, deciles que en Italia tienen un honesto menos, entonces... ¡Porque ya también hice uno con la mano, jugando para la Nazionale, contra Inglaterra, y bien que lo festejaron! Un fenómeno, el viejo. Después leí que él también había hecho uno como yo.

Bélgica, pobre, fue un escalón, nada más. En esa semifinal, que se jugó el 25 de junio, estábamos tan agrandados que no podíamos perder. Eso me daba un poco de miedo, la verdad, ¡nosotros nunca éramos banca! Ahí, en ese partido, se terminó de confirmar lo que yo ya venía sintiendo: todos los demás, mis compañeros, me ayudaban a ser figura. En una de ésas, soy figura por los goles que hago, pero los espacios me los hacen ellos. En el primero, por ejemplo, el mérito de Burru fue inmenso. Le amagué, me entendió, hizo la pausa y me la metió justa. En el segundo, el mérito fue de Cucciuffo y Valdano, que me la trajo. Esta vez, cuando hice los goles, pensé en mamá, en lo feliz que debía estar por eso... Porque la alegría es cada vez más grande. En ese partido, insisto, todo el mundo decía que íbamos a ganar, y a mí me daba un cagazo enorme eso: es muy fácil relajarse, dejarse estar, dormirse en los laureles. Por eso, después de los dos goles, quise seguir metiendo, quise hacer más... Y miraba el palco donde estaba mi viejo... Sólo me faltaba que el Barba nos ayudara para ganar el campeonato. Ya estábamos ahí, en la final, en el lugar donde sólo nosotros, los jugadores y el cuerpo técnico, creíamos.

Y para la final se venía Alemania, el equipo que había elegido papá desde el principio. Alemania.

Los alemanes siempre son bravos. Hasta que no les dan el certificado de defunción no se entregan... En ese Mundial, no sé si por primera vez, los equipos salían juntos para la cancha. En el camino nosotros hacíamos un montón de boludeces: gritábamos, nos pegábamos puñetazos en el pecho. Todos nos miraban con miedo. Pero los alemanes, no. Me acuerdo que le dije al Tata Brown: "Con éstos no hay caso, viejo... Estos no se asustan con nada".

En la final me mandaron a Matthaus encima. Ese sí que sabía, no era una marca al hombre común. Normalmente, los que te hacen marca personal son torpes, pero Lothar sabía jugar: podía ser diez, podía marcar, terminó siendo líbero. Un fenómeno. Yo busqué el gol desesperadamente, quería mi gol, pero más quería ganar, más quería ganar.

Hicimos dos golazos, primero: el cabezazo del Tata Brown, porque se lo merecía como nadie, porque lo había reemplazado a Passarella y había jugado mejor que todos, y el de Valdano, porque fue un resumen de lo que Carlos nos pedía y una demostración de lo que era Jorge física y futbolísticamente.

Cuando nos empataron, yo no me asusté. Para nada... Nos habían cabeceado dos veces en el área, sí, una cosa imperdonable para cualquier equipo en serio, pero... Le miraba las piernas a Briegel y estaban hechas un garrote, sabíamos que iba a llegar, que el triunfo iba a llegar. Cuando volvimos a la mitad de la cancha, para sacar, aplasté la pelota contra el piso, lo miré a Burru y le dije: "¡Dale, dale que están muertos, ya no pueden correr! Vamos a mover la pelotita que los liquidamos antes del alargue". Y así fue, nomás: giré atrás de la mitad de la cancha, levanté la cabeza y vi cómo se le abría un callejón enorme a Burruchaga para que corriera, para que corriera hasta el arco... Briegel le había quedado de atrás, a sus espaldas, y ya no iba a tener potencia para alcanzarlo. Entonces, la cachetié así a la pelota, bien al claro. Y se fue Burru, se fue Burru, se fue Burru... ¡Gol de Burru! ¡Cómo grité ese gol de Burruchaga, cómo lo grité! Me acuerdo que hicimos una montaña enorme, uno arriba del otro, ya nos sentíamos campeones del mundo, faltaban seis minutos, ya estaba y... Bilardo nos empezó a gritar: ¡Déjense de joder, déjense de joder!¡Vayan a marcar vos y Valdano a marcar, dale, dale!

Cuando llegó, por fin, aquel gesto de Arppi Filho que yo campaneaba de reojo, cuando terminó el partido y en el estadio Azteca lo único que se escuchaba era los gritos de los argentinos que estaban ahí, porque los mexicanos se habían quedado mudos, entonces me largué a llorar... ¿¡Cómo no me iba a largar a llorar si siempre me había pasado lo mismo en los grandes momentos de mi carrera!? Y éste era el máximo, el más sublime. Con la Copa en las manos nos fuimos para el vestuario y empezamos a putear a todo el mundo, a todo el mundo. Era mucha bronca junta y en medio de esa bronca me pasó algo impresionante...

—¡Venga, Carlos, venga! ¡Desahogúese! ¡Diga todo lo que tiene adentro, grítelo...! —le dije a Bilardo con rabia, porque los dos sabíamos cuánto habíamos sufrido, mucho, demasiado. Y él, con los ojos llenos de lágrimas, me contestó, así, bajito...

No, Diego, deja... Esto yo lo quería desde hace mucho tiempo y no es contra nadie... Déjame pensar en una sola persona, en Zubeldía.

Se acordaba de Osvaldo Zubeldía, de su maestro... Me dejó chiquitito así, me esfumó la bronca, no sabía qué más decir. Al tipo lo habían basureado, lo habían destrozado y no tenía ningún rencor, no gritaba revancha. Era campeón del mundo, había ganado todo... y no tenía resentimiento. Es una gran imagen que tengo, ésa de Bilardo. Se junta con otras, pero ésa me la quedo. Yo seguí gritando, por supuesto, afónico y revoleando la camiseta, en el medio de un vestuario que era un quilombo, con Galíndez besando la imagen de la Virgen de Lujan, la que poníamos siempre en un esquinero, con todos arriba de los bancos, gritando como locos: ¡Se lo dedica-mo’-a todos /La reputa-madre que-los-reparió!

Era un desahogo, un desahogo enorme. Nunca me voy a olvidar del clima de ese vestuario, ese piso verde de césped sintético, los bancos y los armarios blancos, la luz del sol entrando por las ventanas y nosotros... Nosotros felices.

Después nos fuimos para la concentración, a levantar nuestra...casa. Habíamos cumplido con aquello que nos habíamos propuesto: irnos sólo cuando terminara el campeonato. Nos abrazamos, fuerte, bien fuerte y cumplimos con algo que nos habíamos prometido, entre todos: dimos la vuelta olímpica ¡en la canchita de entrenamiento, solos! En esa misma canchita, apenas aterrizamos en México, nos habíamos juramentado: Somos los primeros en llegar, seremos los últimos en irnos. No había tiempo casi para nada, sólo para hacer las valijas. Pero a cada rato, mientras guardábamos la ropa, nos mirábamos con Pedrito Pasculli y nos gritábamos, agarrándonos de la cabeza:

¿¿¿¡¡¡Qué haces, guacho campeón del mundo!!!???

Campeón del mundo, campeón del mundo... El sueño cumplido. Yo digo, hoy, que en aquellos increíbles días de México '86, Dios estuvo conmigo.

Cuando uno está mal puede decir muchas cosas y yo estaba muy caliente, pero mi gran triunfo fue que detractores terminaron viniendo al pie... Igual, hubo muchos que siguieron en la suya, que dijeron que el Mundial había sido mediocre y por eso lo habíamos ganado, o que la Argentina había sido campeón por mí.

Debo decir hoy que fue campeón no sólo por mí. Yo aporté, otros me ayudaron, todos ganamos... Por eso, quise que también disfrutaran del título hasta los que nos habían matado sin piedad.

Lo viví con todo, como cada cosa que hice en mi vida. Había que tomarlo como lo que era y lo repito ahora: fue un extraordinario triunfo del fútbol argentino, que lamentablemente todavía no se volvió a repetir, pero nada más que eso... Nuestro triunfo no bajó el precio del pan... Ojalá pudiéramos los futbolistas resolver los problemas de la gente con nuestras jugadas, ¡cuánto mejor estaríamos!

Pensaba en eso en el balcón de la Casa Rosada, porque allá estuvimos para saludar a la gente que se había juntado en la Plaza de Mayo. Sentía eso y también que era... ¡presidente! Ahí estaba al lado de Alfonsín, el tipo con el que había vuelto la democracia. También estaban los panqueques, claro. Hasta O'Reilly, que unos meses antes, nada más, lo había querido voltear a Bilardo. Pero en ese momento nosotros éramos los reyes... Yo ya lo conocía a Alfonsín, ya lo conocía. Me había recibido antes de las elecciones. Para mí, fue importante lo que él hizo al principio, pero después... Le faltó algo para terminar la obra. Y todavía hoy estamos luchando por salir.

En realidad, en ese momento no me importaban ni Alfonsín ni ningún político. Yo pensaba en la gente.

Me sentí, en realidad, muy cerca de la gente; si hubiera sido por mí, agarraba la bandera y salía corriendo, me metía entre ellos... En ese balcón se me cruzó todo por la cabeza: Fiorito, Argentinos, Boca, todo. Todos los sueños cumplidos.

Cuando llegué a mi casa, por fin, había una multitud. Le pisaban el jardín a la Tota, que se volvía loca, cantaban, tocaban bocina, me traían regalos... Mi casa, en la calle Cantilo, de Villa Devoto, se había convertido en un punto del recorrido turístico de Buenos Aires. A mí, mientras tanto, el intendente de la ciudad, que era Julio Saguier, me nombró Ciudadano Ilustre. La cosa es que mientras tanto, la gente seguía ahí, pasaban los días y seguían ahí. ¡Yo no lo podía creer! Yo decía: esto no se puede hacer por nadie, ni por Maradona ni por nadie... Mujeres grandes, gente grande, chiquitos, me costaba entender. No sé, trataba de ponerme en el lugar de ellos y en una de ésas yo, de pibe, me hubiera parado en la puerta de la casa de Bochini. Creo que es una cuestión de identificación, te gusta lo que hace un tipo y querés que lo sepa. Pero igual, me daba no sé qué, mi familia no tenía la culpa de nada y estaban obligados a vivir encerrados... Una noche de ésas, hice entrar a dos chiquitos, porque me dio mucha, demasiada pena: jugué un ratito con ellos a la pelota en el living, la mamá nos miraba y no lo podía creer. Me parece que ellos ni se dieron cuenta de que habían estado conmigo, pero yo sentía una lástima, una lástima tremenda. Íntimamente sentía que todo eso era demasiado... Yo sólo había ganado un Mundial.

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