Yo soy yo y mi circunstancia



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CAPÍTULO I

Victoria: contexto y personalidad

"Yo soy yo y mi circunstancia", reflexionaba en 1914 el filósofo español José Ortega y Gasset en sus Meditaciones del Quijote,1 "y si no la salvo a ella no me salvo yo",2 proseguía Ortega, sin imaginarse siquiera el eco esperanzado que suscitaría su defensa de lo autóctono en el desarrollo de la cultura al otro lado del Atlántico3 y, menos aún, cuán acertadas resultaban sus palabras aplicadas a la mujer a quien, más adelante, apodaría la "Gioconda de la Pampa".4 Justamente así era ella, siempre fiel a sí misma --Victoria Ocampo—y a su circunstancia (según ella misma la percibía): su doble condición de mujer y propietaria en un mundo masculino,5 y perteneciente a una familia cuya historia, como la de tantas otras familias de la oligarquía argentina, estaba estrechamente ligada a la historia nacional; de hecho, consideraban que eran la historia argentina:6 "La Historia Argentina, que era la de nuestras familias, justo es recordarlo",7 según establece también desde el comienzo mismo de su autobiografía.8 En fin, la oligarquía... Y la misión de Victoria sería la de salvarse en medio de tales circunstancias –superándolas, su vida sería una empresa y SUR, parte de la misma.

Consciente de su argentinidad, comprendía que su nación se encontraba en proceso de conformación y que su proyecto personal necesariamente debía incidir en el mismo. "Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo"; y en verdad ello implicaba lo que el mismo Ortega exigía de España: el ponerse a la altura de los tiempos. Pero los tiempos no serían fáciles, y su trascendencia para Argentina --y para Victoria-- sería definitiva

Victoria Ocampo fue directora de la revista SUR y de la editorial del mismo nombre, promotora de intercambios culturales, embajadora de las letras argentinas en el exterior y exponente de lo que podemos considerar como una verdadera innovación cultural en el ámbito intelectual argentino. Su proyecto de vida, aquel proyecto cultural de todo un grupo intelectual, repercutiría durante más de cuatro décadas de labor casi ininterrumpida en el ámbito de la cultura argentina de este siglo.9 A la vez testigo y protagonista, sus Testimonios10 y su Autobiografía darían cuenta de su vida, de sus empresas culturales y del devenir histórico nacional, todo ello desde su muy particular perspectiva.11

En este primer capítulo intentaremos delinear el círculo del contexto nacional argentino en su enlace con el biográfico de Victoria Ocampo, allá por los años veinte, cuando comienzan a surgir las primeras ideas, inquietudes e intuiciones de lo que sería su proyecto cultural y vital por igual. Se tratará de la metamorfosis de Victoria Ocampo de una joven patricia y encumbrada en mecenas y promotora cultural. Será la emancipación de Victoria Ocampo como mujer argentina, a pesar de los límites propios del momento social y cultural, proyectándose en su intento de una reconformación del mismo.

Algunas pinceladas históricas


Victoria Ocampo, nacida el 7 de abril de 1890, funda SUR en 1931, en plena resaca de la debacle económica mundial de 1929 y de su corolario local: la crisis política de 1930 y su culminación en el golpe de estado del 6 de septiembre que desplaza el radicalismo de Hipólito Yrigoyen por el fallido intento corporativista de José Félix Uriburu con el que se inaugura la llamada Década Infame de la historia argentina. Se trata de un período durante el cual Argentina experimenta significativos cambios sociales y económicos, al mismo tiempo que somos testigos de la involución política. Claramente, el proyecto yrigoyenista había llegado a su fin. Pero veamos someramente algo del fondo histórico.

Primer roquismo y apogeo de la oligarquía liberal


A fines del siglo pasado, cuando la oligarquía --aquella reducida élite de propietarios latifundistas criollos, de corte liberal y progresista, y con la mirada fija en Europa, acorde con el ideal sarmientino de "civilización o barbarie"--12 estaba en su apogeo.13 El acuerdo político de 1862, el cese de la guerra con el Paraguay (1865-1870), la Conquista del Desierto, completada en 1879, y la federalización de la ciudad de Buenos Aires en 1880 habían abierto un ciclo de relativa estabilidad política y prosperidad económica que se aceleraría de manera inusitada entre 1880 y 1890, período en el que Argentina experimentó un enriquecimiento individual y colectivo sin precedentes.

El presidente Julio A. Roca, héroe indiscutido de la denominada Conquista del Desierto --quien, de hecho, dominaría la política argentina durante más de dos décadas--, continuó la política liberal de modernización y de laissez-faire iniciada por Bartolomé Mitre y Domingo F. Sarmiento. Se aprobó la legislación sancionando el matrimonio civil (fieles al consabido anticlericalismo liberal) y no se descuidó la educación, reduciéndose considerablemente el analfabetismo. Asimismo, se abrieron las puertas a la inmigración masiva, sobre todo de Italia y España, y se incentivaron las inversiones extranjeras a través de acuerdos preferenciales y no pocas concesiones de tierras, otorgadas a fin de atraer capital británico para la construcción de los ferrocarriles que unían el litoral con las provincias del interior. El cultivo de nuevas tierras, especialmente en la Pampa, unido a la expansión del ferrocarril, permitió llegar a regiones previamente inaccesibles, convirtiendo a Argentina en uno de los mayores exportadores de cereales. Por otra parte, la adopción del alambrado y la plantación de alfalfa, además de la importación de ganado de mejor calidad y el advenimiento de la refrigeración, contribuyeron al desarrollo de la rama ganadera.14

Buenos Aires pronto se convirtió en una vibrante capital moderna y cosmopolita, sede del gobierno y, por virtud de la actividad portuaria, también corazón de la banca y eje del comercio interior y exterior del país: a ella conducían todas las líneas del ferrocarril; a ella también se abalanzaron las masas inmigratorias (para 1914, un 47% de la población bonaerense había nacido en el extranjero).15

En medio de un proceso dialéctico, las clases emergentes –media y proletaria-- no tardarían en protestar su exclusión del accionar político y exigir mejores condiciones de vida y de vivienda; muchos de ellos buscarían realizar sus demandas de participación política y expresar su descontento en las filas del radicalismo. Otros sectores más populares serían cortejados por el anarquismo y el socialismo incipiente (Juan B. Justo fundó el Partido Socialista en 1896).16

Mientras tanto, la clase dirigente, enceguecidos por la desenfrenada prosperidad, se embarcó en una desbocada carrera de consumo y especulación.17 Complacientes, pocos parecían darse cuenta de que Argentina había contraído un nuevo pacto neocolonial, esta vez con Gran Bretaña, ajustando su economía a las demandas alimenticias del mercado internacional --más específicamente del británico- a expensas del desarrollo de la industria local y el mercado doméstico, y creando entonces una situación de clara dependencia. Y eso es precisamente lo que acontece en 1890: el derrumbe del banco Baring supuso el desmoronamiento de la economía argentina y provocó la renuncia del presidente Miguel Juárez Celman.18

El proyecto de la oligarquía liberal del 80 se estaba resquebrajando. La modernización y la urbanización de Buenos Aires y el litoral no se habían extendido al interior del país, donde perduraba una estructura de vasallaje cuasi-feudal presidida por los grandes propietarios ausentes (sus renteros de hecho trabajaban la tierra) y una economía de subsistencia; la perpetuación del sistema latifundista aseguraba la concentración de riqueza (y grandes extensiones de tierras) en manos de pocas familias privilegiadas; la antinomia interior/litoral, provincia/capital no perdía vigencia. Del mismo modo se había desatendido la diversificación de la economía nacional más allá del sector agrícola-ganadero, descuidándose el desarrollo de la industria nacional autóctona: Argentina dependía de Inglaterra para sus importaciones y para sus exportaciones.

Por otra parte, la realización del proyecto inmigratorio y el veloz desarrollo urbano de fines de siglo se habían traducido en una estructura social más compleja, con la emergencia de nuevas clases que comenzaban a reclamar su inclusión en el ámbito político. Distintos grupos opositores, entre ellos jóvenes intelectuales como José Ingenieros y Leopoldo Lugones, que desempeñarían un papel importante en el desarrollo del pensamiento ideológico argentino más adelante, habían convergido en la fundación de la Unión Cívica en 1889, que aspiraba a desplazar al Partido Autonomista Nacional (PAN) del poder.19

El fracaso radical en socavar los cimientos del partido gobernante produciría eventualmente la escisión entre la facción revolucionaria de Leandro Alem --la Unión Cívica Radical (UCR)-- y la Unión Cívica reformista de Mitre. La UCR se mantendría fiel al lema de "abstención", aun después del suicidio de Alem en 1886, hasta que Yrigoyen decidiera que había llegado el momento de presentarse a las elecciones que le llevarían al poder en 1916. Por otra parte, el desengaño con respecto al radicalismo llevaría a muchos de los desilusionados a probar suerte con el socialismo o el anarquismo, que se disputarían el favor de las clases obreras.20

Argentina había irrumpido en la escena internacional con una producción y una exportación que la habían hecho copar un puesto privilegiado a nivel mundial. Y en la realización de este proyecto nacional fueron conformándose nuevas fuerzas sociales que en la primera veintena del siglo XX buscarían una nueva articulación económica, social y política.21

Segundo roquismo y crisis del proyecto liberal

Roca comienza su segunda cadencia en 1898, inaugurando el período que David Viñas califica de "crisis de la ciudad liberal" y que se cierra con el ascenso del radicalismo al poder en 1916.22 ¿Por qué crisis liberal? Pues porque, a diferencia del espíritu militante, progresista y renovador, imbuido en el positivismo comtiano y el darwinismo social, que caracterizó la primera presidencia de éste (1880-1886), de ahora en adelante se registrarían instancias conciliadoras, represivas o de contención abocadas a la sobrevivencia, de cualquier manera, de la oligarquía liberal en el poder, urgida por la amenaza subyacente del ascenso de las clases medias y el aluvión inmigratorio. Así, por ejemplo, la Ley de Residencia de 1902 sancionando el encarcelamiento y la deportación de elementos subversivos extranjeros, que fue adoptada como una medida para contrarrestar la efervescencia social y coartar la agitación anarquista dentro de los sectores inmigratorios. Ésta fue seguida por la Ley de Defensa Social de 1910, con el mismo propósito, promulgada por miedo a que las acciones de los anarquistas arruinasen las celebraciones del Centenario de la independencia.23 La idea de la inmigración, tan compatible, en principio, con la ideología liberal, en la práctica distaba mucho del 'romántico' ideal de Domingo F. Sarmiento y Juan Bautista Alberdi, manifestándose en lo que la oligarquía –y no sólo ella—consideraría una invasión de seres vistos como moral y socialmente inferiores, portadores de ideas peligrosamente igualitarias y anarquistas.24

Los mismos hombres se suceden en el gobierno, si bien los nombres cambian. Vuelve a repetirse el modelo de recuperación económica/prosperidad/recesión sobre la base de la promoción de inversiones extranjeras y una política de exportación/importación que analizáramos anteriormente. Aunque ahora priman los frigoríficos y los cereales en la economía argentina, ésta sigue dependiendo del mercado internacional, aunque un tanto más diversificado esta vez: los alemanes dominan la importación de maquinarias y artefactos electrónicos a cambio de lana; los norteamericanos controlan la industria frigorífica y el petróleo25 e importan cueros; los ingleses retienen su hegemonía importando carne y cereales argentinos, y envían en su lugar carbón, textiles y materiales ferroviarios.26

Las élites, celosas defensoras de su control de las exportaciones, optan por las recompensas más inmediatas del librecomercio y los acuerdos preferenciales antes que el desarrollo de la industria nacional. Hay una distribución desigual de riqueza. Todo sigue igual... hasta el próximo cataclismo, que sobreviene primero con la recesión mundial de la posguerra y, más adelante, con la crisis mundial de 1929. Mientras tanto, bajo el quietismo de la superficie, ebullen los enfrentamientos de clase, la xenofobia, las protestas, las huelgas, la pugna por el reconocimiento y la participación política de las clases medias, la exclusión de los sectores populares, que eruptan en los momentos de crisis cuando sube la inflación, crece el desempleo y bajan los sueldos.

Parecería que las élites argentinas, conscientes de las semejanzas entre la sociedad argentina y las sociedades europeas con un similar desarrollo urbano y la emergencia de nuevos actores sociales,27 se muestran receptivas a las propuestas de los movimientos europeos de democratización impulsados por la filosofía democrático-liberal de John Stuart Mill y la encíclica Rerum Novarum (1891) del Papa León XIII sobre los límites de la propiedad privada.28 De modo que el período Quintana-Figueroa Alcorta-Roque Sáenz Peña (1904- 1916, incluyendo los dos años de Victorino de la Plaza) representa una nueva etapa de índole más reformista, o mejor predispuesta a la reforma, y supone el desplazamiento del roquismo más 'reaccionario'. O quizás, frente a la inminencia de los cambios políticos fincados en la movilización social y la democracia, hayan preferido tratar de encauzar la nueva ola en lugar de verse arrasados por la misma. Buena prueba de ello es la reforma electoral de 1912, la denominada Ley Sáenz Peña --concebida en un principio con el doble propósito de unificar a las facciones conservadores y responder a las demandas de una política más popular--, que de hecho cambiaría las prácticas electorales al sancionar el voto secreto para los varones nativos mayores de dieciocho años. Por cierto, esta ley excluye a las mujeres y a los inmigrantes y fracasó en su intento de crear un partido conservador fuerte con una amplia base popular. Sirvió, más bien, para facilitar el camino de Yrigoyen a la presidencia en 1916.29 Y mientras en el 16 Argentina cambiaba, Victoria cumplía sus 26.

El 'rotativo' radical: Yrigoyen, Alvear, Yrigoyen

Aun sin un detallado plan de reforma, las tendencias populistas de los radicales (en el sentido de mayor representatividad de los distintos actores sociales) y sus protestas de buena administración les aseguran el apoyo de las clases medias ascendentes. Entre sus adeptos se contaban también conservadores descontentos y hasta residuos anarquistas.

Sin embargo, la transición al poder no fue fácil y las esperanzas de los nuevos sectores sociales acabarían defraudadas. Yrigoyen, al igual que Roca antes, actuaría para consolidar el poder de la presidencia y asegurar un fuerte gobierno central y, como sus antecesores, recurriría a la intervención federal para 'colocar' a sus candidatos en las provincias y sobrellevar la oposición conservadora que se encargaba de derrotar sus intentos legislativos en el Senado.30

Esto no quita el hecho de que en 1918, durante el primer período de Yrigoyen, se dio uno de los mayores triunfos en el camino hacia la democratización al llevarse a cabo la Reforma Universitaria, que expandió los horizontes de la educación superior a nuevas disciplinas y abrió las puertas de las universidades a los nuevos sectores sociales. Se trató fundamentalmente de "la rebelión de las clases medias" contra la aristocracia criolla y contra la estratificación conservadora de las universidades, la provisión arbitraria de cátedras, el mantenimiento de profesores fosilizados y de métodos y asignaturas anacrónicos, y la exclusión de intelectuales renovadores, portadores de corrientes contemporáneas del pensamiento universal. A fin de eliminar a los malos maestros, exigían la intervención de los estudiantes en el gobierno de las universidades y también el establecimiento de cátedras y asistencia libres, lo que facilitaría el acceso de las nuevas clases sociales –media y proletaria-- a la educación superior. A pesar de la fuerte resistencia opuesta por las jerarquías de la docencia oligárquica, el movimiento obtuvo logros significativos, tales como la elaboración de nuevos criterios para el ingreso a las universidades y la reforma del plan curricular.31 Asimismo, apellidos inmigratorios no tardaron en hacer su aparición en el ámbito académico y cultural: Diego Luis Molinari y Emilio Ravignani en la Nueva Escuela Histórica; el dirigente estudiantil Enrique Dickmann; Roberto Giusti y Alfredo Bianchi, directores de la revista Nosotros.32 Todo esto tendría grandes repercusiones en el mundo intelectual, tanto a nivel nacional como continental, y aún volveremos a ello.

Mas a pesar de todas las reformas, en última instancia el abuso del patronato burocrático por parte de Yrigoyen para asegurar su permanencia en el poder, en el estilo de Roca, provocaría el descontento de los sectores que se sentían excluidos, en particular de la clase obrera después de la represión excesiva durante la Semana Trágica de 1919. Si antes deploraban el paternalismo de Roca, ahora protestan el populismo de Yrigoyen. Muchos opinaban que las cosas no habían cambiado tanto. Y sobreviene, entonces, la cadencia presidencial de Marcelo T. de Alvear33 (1922-1928) y luego el regreso de Yrigoyen, para sumergirse del todo en la crisis económica mundial.34

Victoria fundaría la revista SUR en 1931, después de que Argentina había pasado de la fórmula liberal a la experimentación del populismo yrigoyenista; del exclusivo poder oligárquico a la emergencia de las clases medias y populares más involucradas en la praxis política; para llegar, finalmente, al golpe de Estado militar que intentaba frenar estos procesos de democratización política y de radicalización social y que haría prender por encima del destino argentino un amenazante signo de interrogación. En momentos de la crisis, económica y social por igual, los intelectuales buscarían su lugar y su misión. Muchas eran las respuestas posibles. Victoria y SUR darían una de las privilegiadas entre ellas.



La aparición de un nuevo protagonista: el escritor profesional

El ambiente cultural argentino en los años 20 se presentaba fluido y efervescente bajo la aparente caparazón de homogeneidad y quietismo que le acordaban la relativa estabilidad política y los previos ciclos de prosperidad económica que mencionamos más arriba. Sin embargo, las tensiones subyacentes (enfrentamientos de clases, intentos sindicales, Reforma universitaria), corolario de la realización del proceso inmigratorio y las consecuentes importaciones foráneas (demográficas, ideológicas, culturales), repercutieron en el ámbito cultural reclamando adecuaciones a las nuevas circunstancias histórico-culturales. El ascenso de las clases medias y la consolidación de nuevos sectores populares desplazaron las estructuras, formas y valores imperantes (hasta entonces patrimonio de la oligarquía liberal) para dar cabida y expresión a un nuevo público productor y consumidor de un nuevo mercado, y a nuevas manifestaciones culturales de corte más popular: la aparición de la novela "social" y de las novelas serializadas,35 el sainete nacional y la poesía lunfarda; y además, la incorporación del "cocoliche" (la jerga inmigratoria) al teatro y la narrativa y la aceptación pública del tango, previamente descartados por considerárseles manifestaciones de cultura lumpen, asociados con el delito y los bajos fondos.36 De más está señalar la incipiente participación de sectores medios en la elaboración e institucionalización de la cultura, aunque lo que sí cabe destacar son las manifestaciones de una filosofía del nacionalismo argentino que se comienzan a percibir y el nucleamiento de distintos intelectuales en torno a revistas de publicación regular como Ideas y Nosotros37 -- eclécticas unas, de clara identificación ideológica otras--, que habrían de pavimentar el camino para la eventual emergencia del grupo SUR en la década siguiente.38

Todo ello no supone un corte tajante ni con generaciones anteriores ni contemporáneas, sino más bien una reelaboración de la función de la literatura en el período que nos concierne.39 Este proceso de reformulación de los fundamentos socio-ideológicos y funcionales de la literatura, en el que sobresale de modo especial la profesionalización del escritor, se venía perfilando desde hacía tiempo, reflejado en la constante preocupación por la cuestión nacional y su evolución,40 y también en la gradual diversificación del quehacer cultural: la profusión de nuevas propuestas ideológico-estéticas, la proliferación de revistas literarias a que aludimos anteriormente, y la evolución del periodismo y las asociaciones culturales.41

Mas antes de entrar de lleno al análisis de este proceso, importa señalar que el concepto de "profesionalización" de los escritores quizás tendría más que ver con la percepción de sí mismos y de su rol como tales, que con el desarrollo de una industria literaria per se. De hecho ésta estaba en su infancia: el público lector era reducido, y el mercado aún más; en muchas instancias los escritores mismos debían pagar los costos de las tiradas. Si hasta entonces el oficio había sido patrimonio de las élites porteñas, surgen ahora escritores de las nuevas capas sociales (Roberto Arlt, Alberto Gerchunoff, Alberto Ghiraldo) e "hidalgos de provincia", como Manuél Gálvez y Ricardo Rojas, que no estaban en condiciones de 'vivir' de sus rentas como escritor exclusivamente. Por consiguiente, no era sorprendente encontrar a muchos de ellos desempeñando algún cargo en la enmarañada burocracia de la ciudad (Gálvez, por ejemplo, era inspector de escuelas).42

Solamente como periodista podía un escritor vivir de su oficio, de la escritura. Pero los periódicos La Nación y La Prensa, propiedad de los Mitre y los Paz, respectivamente, eran reductos de la élite gobernante que básicamente dictaba los gustos y controlaba las formas de producción y consumo culturales: los suplementos literarios, las instituciones culturales privadas como el Ateneo (1892) y, más adelante, los Amigos del Arte (1924), e incluso la organización de las visitas de los conferenciantes invitados del exterior -- "Sabido es que la Argentina es la primera consumidora de conferencias del mundo", decía Ramón Gómez de la Serna, durante una de sus frecuentes visitas a Buenos Aires entre 1920 y 1930.43 Las damas de la sociedad presidían los 'salones' a los que aspiraban ser invitados los artistas en busca de consagración; Victoria Ocampo en esta época es una reconocida y preciada anfitriona.44 O sea, vemos que, en parte, se trataba de un período de transición en el que el continuo perdura: los nuevos escritores en proceso de profesionalización no pueden aún prescindir de la validación de los órganos establecidos; no sin razón, Viñas hace mención del ideal que albergaban algunos escritores de llegar a ser "un hombre de La Nación". Aunque, claro está, ahí estaban también los socialistas, que contaban con su propio vocero, La Vanguardia (1894), en tanto que Ghiraldo y La Protesta Humana (1903) se encargaban de dar expresión a los anarquistas.45

Menos tangibles, pero no menor indicio del proceso de profesionalización de los escritores son los cambios de intencionalidad. Las protestas de "utilidad" o "representatividad" con que los hombres de acción –Domingo F. Sarmiento, Lucio V. Mansilla, Miguel Cané-- postulaban sus proyectos nacionales y justificaban sus incursiones literarias (de tono intimista, como si se tratara de una conversación entre pares)46 son ahora suplantadas por el ejercicio de la escritura como proyecto profesional y proyecto de vida: críticos, profesionales de la pluma a la vez que practicantes de la escritura como un arte.47 No era una ocupación entre otras, meramente ocasional, ni tampoco se daba en función exclusiva de lo político, sino una profesión y una ocupación especializada.


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